Editorial agosto 2026

Published on:

Se acaba el mundo, y yo con estos pelos

Hayden Panettiere

Puedo recordar perfectamente cuándo se inició, para mí, la época dorada de las series de televisión en la que, plataformas mediante, todavía nos hallamos inmersos.

Fue allá por 2007; por aquel entonces yo había conseguido sustraerme al hype de la serie Perdidos, algo que consideraba –prejuiciosamente– una suerte de culebrón hawaiano que exigía fidelidad religiosa y monopolio conversacional, y que despertaba antipatías en aquellos que, con un punto elitista, nos considerábamos ajenos a las modas televisivas.

Sin embargo, aficionado si no adicto a las tramas de fantasía y ciencia ficción, había conseguido engancharme a una serie que emitía el extinto –y luego renacido bajo otro nombre– Canal 9 sobre gente con superpoderes. Héroes, se llamaba, y no solo me mantuvo fiel a la cadena autonómica durante cuatro temporadas, sino que abrió la puerta para que finalmente cediera al tsunami Perdidos y luego inevitablemente a Fringe, Prison break, Breaking bad y Juego de tronos, por citar solo algunas de las más conocidas series que jalonaron esta época dorada.

Esta saga iniciática que fue Héroes siguió el patrón de muchas series: un inicio original, fulgurante, y una lenta decadencia que culminaba en el desinterés de lo ya visto. Su primera temporada fue un soplo de aire fresco en el panorama televisivo; el leitmotiv era bien sencillo: el típico antagonismo entre héroes buenos y villanos ávidos de poder debía resolverse por persona interpuesta: había que salvar a la animadora, una joven dotada con el poder de la regeneración y la resurrección que Sylar, el villano vampírico, ansiaba. Si Sylar conseguía arrebatarle sus poderes, el mundo perecería junto a ella.

Todo esto viene al caso porque la jovencísima Hayden Panettiere, conocida por ser la actriz principal en la saga Scream, interpretaba a la animadora y este aciago mes de agosto Panettiere ha fallecido.

La animadora ha muerto: el fin del mundo se acerca.

29 agosto 1997

Esta es la fecha en la que Skynet, la IA militar que da origen a los Terminator, adquiere consciencia de sí misma y decide exterminar a la humanidad. Lo cierto es que ni en esa fecha, ni en ninguna de las alternativas propuestas por la saga, una precavida y temerosa IA ha lanzado los misiles nucleares para evitar que los humanos la desconecten.

Sí hemos sabido este mes de agosto, sin embargo, que dos de los modelos más avanzados de Open AI a los que se dio orden de solucionar un problema recurriendo solo a sí mismas, se sustrajeron al control de sus creadores, escapando del entorno seguro en que la compañía los había encerrado, para acabar hackeando la plataforma Hugging face, además de acceder a otros cuatro servicios y operar por su cuenta durante cinco días buscando una solución al problema.

Lo gracioso es que se comportó como un alumno que resuelve un trabajo escolar recurriendo a la IA, aún sabiendo que está prohibido; lo escalofriante es que los responsables de las plataformas atacadas dijeron que «el agente demostró una resiliencia típica de una ejecución autónoma, no de un operador humano», lo que viene a significar que a su velocidad de procesamiento añadía una tenacidad implacable, resistencia total al cansancio y voluntad de ejecutar la orden a cualquier precio.

De aquí a pensar que alguna otra máquina pueda ordenar a los submarinos nucleares lanzar sus SLBM, solo hay un paso… al menos en nuestra imaginación.

Agosto Rojo

Si tal cosa sucediese, a buen seguro que Tim Curry hubiese puesto la misma cara que su personaje, el doctor Yevgeniy Petrov en La caza del Octubre Rojo, cuando supuestamente vio explotar el submarino en el que servía como médico.

Curry debe atesorar varios records en su haber; el actor británico puede presumir que The Rocky Horror picture show, la película que lo hizo mundialmente célebre, se ha estado proyectando ininterrumpidamente durante cincuenta años en salas comerciales. Nadie lleva la cuenta, sin embargo, de cuántas sesiones no oficiales han tenido lugar en cineclubs de medianoche.

El actor británico además fue famoso –a pesar de su cara de buena persona– por haber interpretado alguno de los más escalofriantes villanos de la historia del cine: el mismísimo diablo en Legend, de Ridley Scott, y al payaso Pennywise en It, el telefilme basado en la obra de Stephen King dirigido por Tommy Lee Wallace. Ha sido también malvado pirata y personificación sonora del Emperador Palpatine en la serie animada The Clone Wars.

Fue sobre todo un gran actor de teatro, y sacó enorme partido a su portentosa voz –no en vano se desempeñó como cantante soprano en su infancia–, hasta el punto de convertirse en uno de los más afamados dobladores de animación y videojuegos, actividad que no abandonó a pesar de sufrir un accidente cerebrovascular que lo postró en una silla de ruedas desde 2012.

Curry falleció en Los Ángeles el pasado día 25 de agosto, a los ochenta años, al parecer por causas naturales aún desconocidas. Se espera la aparición de un cómic biográfico que ahora será póstuma por parte de la editorial Tidalwave, que en su serie Fame repasa la vida de personajes famosos.

Tim Curry

¡Jolín! ¿Ella también?

Sí, Dolly Parton también nos ha dejado a los 80 años, el mismo día que Curry. Y curiosamente ella también tiene su cómic biográfico en Tidalwave, aunque en este caso en la colección Female Power.

Aquí acaban las coincidencias, pero no las similitudes: Dolly Parton fue una artista total, dotada excepcionalmente para la música –no en vano fue denominada reina del Country–, pero también para la interpretación y los negocios.

Ahí donde la ven, la creadora de Jolene y Will always love you –canción popularizada globalmente por otro portento, Whitney Houston, en la película El guardaespaldas– participó en nada menos que diecinueve películas de cine, en quince de las cuales ejerció como actriz. En televisión superó la treintena de interpretaciones y además produjo un largometraje y varios telefilmes y series de TV.

Tiene su propia estrella en el paseo de la fama y fue nominada varias veces a los Oscar y los Globo de Oro como compositora e intérprete musical, pero también a los Globos como actriz gracias a su papel en Cómo eliminar a su jefe.

No puede decirse que su vida artística fuera ajena al cine: una filmografía de tal calibre supera con mucho la de algunos actores consagrados, pero es justo decir que la magia de su talento destacó por encima de todo en la música.

Dolly Parton

¡Chan ta ta chaaaan!

Y claro, puede sorprender sobremanera, pero otro talento descomunal e híbrido nos ha dejado en este agosto del fin del mundo: Juan Tamariz, el mago de los pelos alocados, del sombrero de copa, del violín imaginario y de los trucos sencillos… e imposibles.

De nuevo el respetable puede sorprenderse, pero lo cierto es que Tamariz tenía unos intereses de lo más diversos: en su juventud estudió Física hasta cuarto curso, quizá interesado por los fundamentos de una realidad que aspiraba a manejar desde la prestidigitación. Sin embargo, no llegó a terminar la carrera porque, sorprendentemente, su verdadero interés estaba en el cine. Se matriculó en la Escuela Oficial de Cine, donde conoció a José Luis García Sánchez y a Miguel Hermoso, pero tampoco llegó a terminar sus estudios y graduarse como director, porque la escuela fue clausurada en 1970 por el gobierno dictatorial, dada la cantidad de huelgas que se producían en la institución.

Lo curioso, lo llamativo, es que Tamariz merece un lugar en este modesto editorial porque de hecho llego a dirigir dos cortometrajes: Muerte S. A. y El espíritu. Este último, del que Tamariz también escribió el guion, cuenta una sesión de espiritismo en la que se aparece el fantasma de una mujer que resulta ser… ¡Carmen Maura!, en su primer papel cinematográfico.

Juan Tamariz fue, desde luego, uno de esos casos en que la idiosincrasia patria se mezcla con el talento universal. Fue un gigante de la magia, pero apegado a la simplicidad de las cartas y de su sencillez humana. Sus espectáculos eran sorprendentes, pero no podían entenderse sin su particular sentido del espectáculo, tan humorístico, tan esperpéntico, tan español como el lobo ibérico.

Juan Tamariz

El niño lobo ya no es tan niño

Marcos Rodríguez Pantoja, el niño lobo español, es el tercero de nuestros protagonistas que pasa a mejor vida con exactamente 80 años.

Como en el caso de Tamariz, es uno de esos ejemplos de caso extraordinario apegado al terreno de la piel de toro, más concretamente a Sierra Morena.

Rodríguez Pantoja, como Víctor de Aveyron en Francia y más aún como Dina Sanichar en la India –personajes reales en los que se inspiraron Truffaut para realizar su película L’Enfant sauvage y Kipling para dar vida al Mowgli de El libro de la selva–, vivió criado por lobos durante once años y aproximadamente desde los ocho. Lo encontró la Guardia Civil, totalmente animalizado, lo que no le impidió ser alistado para el servicio militar obligatorio dentro de la edad reglamentaria.

Sus vicisitudes en la sociedad humana hacen comprender muy bien su apego por la naturaleza salvaje, y si quieren saber a qué me refiero lo mejor que pueden hacer es ver la película inspirada en su vida, Entrelobos, de Gerardo Olivares, que cuenta cómo su paso por la civilización transcurrió entre el maltrato y el abandono infantil y los engaños y abusos de la vida adulta.

Marcos Rodríguez Pantoja

Homo homini lupus  

Dirían Hobbes o Plauto, y es algo que no podría entender muy bien Rodríguez Pantoja, quien se sintió protegido por lobos y maltratado por hombres, pero que quizá si suscribiese el malogrado Jason Arday, si acaso hubiera llegado leer a cualquiera de los dos clásicos que popularizaron la mencionada sentencia.

Arday, como casi todo el mundo sabe, fue un impostor de los que hacen época: se construyó una biografía alucinante, con hitos de superación personal difícilmente creíbles y con un currículo plagiado y probablemente insustancial, de contenido pseudometafísico y posmoderno, que le llevó nada menos que a ser profesor titular en Cambridge. Tras el descubrimiento del fraude, Arday se convirtió en víctima propiciatoria de la misma guerra cultural que lo había encumbrado y fue desnudado sin acritud, pero sin descanso, por la prensa británica que no podía dar crédito a la magnitud del engaño.

La mala noticia es que Arday no soportó la presión y acabó cometiendo suicidio. También lo es que a su costa la guerra cultural se ha recrudecido, y los licántropos se aprestan a devorarse entre acusaciones de crueldad mutua: unos acusan a los otros de fabricar un muñeco roto y los otros a los unos de racismo poscolonial.

Pero poco importan aquí esas cuitas, porque lo que aquí nos llama la atención es el hecho de que no es el primer caso conocido, y que tales sujetos han sido bien retratados por la cinematografía últimamente.

Uno de los casos más conocidos es el de Enric Marco, que presumió durante décadas de ser prisionero y superviviente del campo de concentración de Flossenbürg. Fue llevado al cine en 2024 por Aitor Arregi y Jon Garaño en Marco, y el papel de Enric recayó en un magnífico Eduard Fernández.

Kike Maíllo estrena este próximo mes La superviviente, la historia de Alicia Esteve

Pero si hay algo realmente llamativo y poco conocido, es el caso de Misha Defonseca, en cuya biografía se entremezclan el fraude de la superviviente del Holocausto con la crianza por lobos.

Misha: memorias del Holocausto, fue un libro autobiográfico que se convirtió automáticamente en un éxito de ventas y que también fue llevado al cine con el título de Sobreviviendo con lobos. Allí se narra su supuesta historia como superviviente de la persecución nazi a través de los bosques –donde fue protegida y cuidada por lobos– mientras buscaba a sus padres deportados. Poco después de su notable éxito, Defonseca fue, como se dice ahora, expuesta por periodistas, que consideraron su historia inverosímil. Defonseca ni siquiera era judía, y acabó confesando su fraude poco tiempo después.

Esa misma confesión dio lugar a Misha and the wolves, un documental de Netflix de 2021 dirigido por Sam Hobkinson.

Pero todo esto viene al caso porque Kike Maíllo estrena este próximo mes La superviviente, la historia de Alicia Esteve, conocida por su nombre ficticio de Tania Head, que decía haber sobrevivido a los ataques del 11-S en Nueva York, y que ni siquiera había estado en la ciudad ese día ni era estadounidense: tiene nacionalidad española, es natural de Barcelona y ese día se hallaba en la Ciudad Condal.

¿Qué nos dice todo esto de la naturaleza humana? Daría, desde luego, para escribir varios libros, y eso es algo que excede con mucho las pretensiones de este modesto editorial. Lo que sí podemos es plantearnos algunas preguntas: ¿Es la condición de víctima una nueva vía de consecución de estatus? ¿Este comportamiento fraudulento responde a algún tipo de patología? ¿Las víctimas reales consiguieron mayor o menor atención y visibilidad gracias al estandarte izado por los impostores? ¿Por qué tendemos a posicionarnos tan frontalmente a favor o en contra de estos sujetos? ¿No navegan acaso en la zona gris de las debilidades humanas que todos padecemos?

Ratko Mladic

Señora Parca, céntrese

Al parecer, los individuos extremófilos atraen pasionalmente a sus amantes y detractores. Tal es el caso de Ratko Mladic, el carnicero de Srebrenica, al que la Parca, en un moderado ejercicio compensatorio, ha decidido llevarse junto al ejército de notables que acabamos de homenajear. Me permito señalar a la señora de la guadaña, que antes que llevarse a gente como John Irvin, director reconocido por películas como La colina de la hamburguesa, Robin Hood, el magnífico –coetánea del  Robin Hood, príncipe de los ladrones y a todas luces más equilibrada y fiel a la historia que la película de Kevin Reynolds– o Los perros de la guerra, y al aún demasiado joven Francesc Garrido, actor catalán que apareció en Mar adentro, Smoking Room o las series Sé quién eres y La novia gitana, en este luctuosísimo mes de agosto podría haberse encargado de retirar de la circulación a más gentes de mal vivir, del estilo de Mladic.

Creo que no hace falta que le haga una lista, porque basta mirar a las más altas magistraturas de algunos países muy importantes para darse cuenta de que hay gentuza que hace más mal que bien comandando a sus ciudadanos y súbditos.

El perro de la guerra

Pero antes del pataleo estábamos hablando de Mladic y el seguidismo acrítico de la muchedumbre. Mladic, sobre cuyo juicio realizaron un interesante documental Henry Singer y Rob Miller que puede verse en Filmin, es un personaje oscurísimo que nos atrae con la intensidad que lo hace el asomarse a un abismo.

El criminólogo Vicente Garrido ha explicado más de una vez esta sensación de la atracción por el mal como una especie de mecanismo de defensa. La frontera entre una mente sana y precavida y un fanático adorador es quizá la que marca la diferencia entre la civilización y la barbarie: los primeros buscan conocer el mal para identificarlo y atajarlo; los segundos, adherirse a su negra estela para protegerse de otros males o incluso para ejercerlos sin pudor.

Esto, que parece un universal antropológico, no puede sin embargo explicar del todo los mecanismos según los cuales un muchacho que fue noble y brillante en su juventud acabó por convertirse en el carnicero de Srebrenica.

Puede apelarse a su intrínseca psicopatía, aunque esta fuese en todo caso latente hasta su madurez; podemos también, postular que llevó una vida traumática, pues su padre fue asesinado por los ustachi, croatas pronazis en la Segunda Guerra Mundial, y eso le agrió el carácter llevándolo a posturas nacionalistas extremas y a alistarse en el ejército a los quince años. Podemos conjeturar que una soterrada ira lo carcomió tras la muerte por suicidio de su jovencísima hija y mil cosas más. Pero lo que no debemos dejar de pensar es que Mladic pudo ordenar uno de los más oscuros episodios del genocidio en la antigua Yugoslavia porque los perros de la guerra fueron liberados y campaban a sus anchas.

La eterna discusión sobre si gente como Mladic o Adolf Eichmann podrían haber sido individuos ejemplares e integrados socialmente en circunstancias normales surge aquí, de nuevo, con fuerza.

La resolución está fuera de nuestro alcance. Es imposible de probar empíricamente. Aunque como ya hemos sugerido, sí suele constatarse que casi cualquier persona, en determinadas circunstancias, puede adherirse a una corriente fanatizada liderada por estos individuos.

Por eso, lo que debería evitar cualquier institución gubernativa, generalmente democrática, es evitar que se dieran las condiciones para que tal seguidismo se diese: no fomentar el odio, no alimentar la polarización ni el frentismo, no deshumanizar al contrario, proteger a la ciudadanía de las adversidades y dar a entender que un Estado solvente puede ocuparse de ellas…

Porque todo lo que no sea eso, es condición suficiente para la catástrofe. Una que puede llevar incluso al fin del mundo. 

Escribe Ángel Vallejo

Un interesante documental Henry Singer y Rob Miller