Los que se quedan

Los editoriales de diciembre de cada año navegan entre aguas cuyas corrientes confluyen, a veces con temperaturas distintas, a veces indistinguibles en un mismo caudal: deben dar cuenta de los sucesos del mes, pero además, tradicionalmente, de los del año que finaliza y también del que se inicia.
En este sentido, inauguraremos este editorial con la incertidumbre que genera un movimiento que, respondiendo a una corriente de fondo lejana y persistente, se ha iniciado el último mes del pasado año aunque promete prolongarse a lo largo del nuevo: la compra de Warner Bros por Netflix o Paramount.
Al lector medianamente entrado en años esto no tiene por qué sorprenderle: fusiones ha habido muchas, y algunas muy pretéritas: varias compañías productoras de cine, como la de Adolph Zukor, se unieron y consolidaron a principios del siglo XX, culminando en la creación de la misma Paramount Pictures Corporation tal como la conocemos hoy.
La de la Metro-Goldwyn-Mayer (MGM) es una de las fusiones más icónicas de la era clásica. Ocurrió en 1924, cuando Marcus Loew (propietario de los cines Loew’s, Inc.) adquirió Metro Pictures y Goldwyn Pictures (que había sido fundada por Samuel Goldwyn) y contrató a Louis B. Mayer para dirigir la nueva y poderosa Metro-Goldwyn-Mayer.
La Warner Bros no se queda atrás: creció significativamente mediante adquisiciones estratégicas, comprando First National Pictures a fines de la década de 1920, lo que les proporcionó una extensa red de cines y mayores capacidades de producción.
Por último, la famosísima 20th Century Fox se constituyó en otro de los «cinco grandes» estudios gracias a un movimiento estartégico: la Fox Film Corporation se fusionó con Twentieth Century Pictures en 1935.
Últimamente, ya se sabe, Sony Pictures Entertainment adquirió Columbia Pictures y Tri-stare intentó, infructuosamente, hacerse con Paramount. En el actual estado de cosas, las cinco grandes se reparten el mercado con una cuota máxima por cada participante que nunca llega al 22%.
Claro, el asunto que nos ocupa parece implicar algo más que la constitución de una Mega-Major del Studio-System; es que el catálogo de Warner forma parte de HBO Max, lo que parece implicar no solo que la plataforma de las letras rojas pueda hacerse con el 33% de todo el mercado de streaming, sino que vista su –casi nula y en todo caso efímera– política de estreno en salas, esto suponga un golpe mortal para la manera de ver y hacer cine que todos consideramos tradicional e inmersiva.
La batalla no se ha cerrado con un vencedor claro: Warner no ha aceptado la oferta de Paramount, pero tampoco acaba de firmar con Netflix; Trump ha considerado el tema asunto de Estado y ha advertido sobre los problemas de la absorción para una sana competencia. Los que amamos el cine no solo nos lamentamos nostálgicamente por el posible cierre de salas, sino por la potencial disminución de calidad de las películas hechas como churros.
El streaming ha venido para quedarse, sí, pero quizá su ambición parasitaria y explotadora sea una manera de matar la gallina de los huevos de oro: la inclusión de publicidad en la mayoría de las plataformas de pago y la exclusividad de los catálogos de cada una han resucitado el fantasma de la piratería. El equilibrio virtuoso entre oferta, precio y demanda de los últimos años parece condenado a desaparecer por la codicia de las grandes empresas de entretenimiento.
Nadie sabe qué deparará el año nuevo en este sentido. Pero no apunta a nada bueno: una época parece morir, llevándose con ella el Studio-system, el Star-system y su contraparte del cine independiente. Ni grandes producciones y estrellas, ni vida fuera del circuito.
¿Qué será de nosotros entonces, sin las figuras tan rutilantes de antaño?

Los que se fueron
En este mismo sentido, pero desde un enfoque más humano y emotivo, este mes de diciembre ha sido tan luctuoso como todo el año 25, y por ello comenzaremos con un pequeño homenaje a quienes dejaron en el mundo en general y el cinematográfico en particular.
La última de estas personalidades ha sido la de Brigitte Bardot, cuya aportación a la gran pantalla es numerosa, pero discreta desde un punto de vista artístico: a pesar de haber trabajado con Godard, Louis Malle o Roger Vadim, la Bardot pasará a la historia antes como icono sexual que como intérprete de valía… e incluso antes y en mayor medida como –paradójica– activista política que como actriz. Virtualmente retirada desde 1973, no puede decirse de ella que su desaparición suponga para el cine algo más que la clausura definitiva de un tiempo lúdico y dorado.
Pero diciembre nos estremeció mucho antes con la desaparición del, este sí muy relevante en el mundo del cine, Rob Reiner.
Reiner puede presumir de haber entregado algunos clásicos inmortales al séptimo arte, y de hacerlo para y desde la cultura popular. Autor de la que se dice es la mejor adaptación –con permiso de Cadena perpetua, de Frank Darabont, o Misery, del propio Reiner– de una novela de Stephen King, Cuenta conmigo, fue también artífice de delicias como La princesa prometida, estupenda reinterpretación cinematográfica de los cuentos clásicos de aventuras, o de trial movies como Algunos hombres buenos.
Murió asesinado junto a su esposa por su propio hijo en lo que parece una tragedia clásica de familias rotas por las adicciones.
En España hemos perdido a un actor de talla considerable. Siendo por lo general un secundario de lujo, Celso Bugallo destacó siempre por su versatilidad. Intérprete de cerca de cincuenta películas entre las que destacan Mar adentro, El buen patrón, Los lunes al sol o La lengua de las mariposas, Bugallo era también un destacado actor y productor teatral que fundó su propia compañía.
En la fría corriente anual navegan los espíritus de Diane Keaton, Robert Redford, David Lynch o Gene Hackman, de los que ya hablamos en otras entregas de este editorial. La paz sea con todos ellos.

Que se vayan
Sin embargo, uno de los más firmes deseos de año nuevo sería el de que los personajes siniestros hicieran lo posible por abandonar los focos de una vida pública que tanto contribuyen a destruir, encanallar o envenenar.
No hace falta poner nombres para identificar a los que promueven guerras de exterminio o hacen negocio con ellas; a quienes construyen muros, a los que someten a su pueblo o incitan al odio contra otros. A quienes se corrompen o corrompen a los demás, y por último, a quienes nos tratan como estúpidos porque creen que no somos capaces de verlo. Que se vayan, no sin antes reparar lo que han roto, y que acaben pagando por sus actos criminales.
No insistiremos en ello: hemos venido a hablar de cine y de buenos propósitos, pero precisamente por esto no podemos menos que desear que, después de cumplir con nuestro primer deseo de reparación del daño causado y con los siguientes de libertad, prosperidad y paz para ellas mismas, potencias cinematográficas como Irán sean por fin libres del velo teocrático para expresar su libertad creativa; que Rusia supere la censura que imponen los propagandistas de guerra y quede franco el presupuesto bélico para que sus cineastas vuelvan por la senda de Konchalovsky, Tarkovsky o Sviaguintsev.
Que por ello mismo, una Ucrania en paz pueda seguir las de Shepitko o Sentsov; que Palestina pueda permitirse soñar con un futuro mejor libre de tiranos terroristas opresores y verdugos descarnados y llegue a ofrecer algo más que documentales que muestran al mundo su mísero destino: obras de esperanza y alegría, de drama o tragedia, de épica o de humor, pero alejadas de la onerosa, aunque necesaria, labor de concienciación.
Eso significaría que de nuevo pueden vivir como seres humanos y expresarse como tales, sin necesidad de que tengamos que pararnos a considerar, por el trato que se les dispensa, si realmente lo son.

Los que estuvieron
2026 es el año en que celebraremos el centenario del nacimiento de Marilyn Monroe y también el del advenimiento de la sociedad distópica de Metrópolis.
Sobre la malograda actriz estadounidense, como Bardot icono sexual de varias generaciones pero indudablemente mejor valorada como actriz y protagonista de grandes clásicos de la historia del cine, como Niágara, Los caballeros las prefieren rubias, Con faldas y a lo loco o Vidas rebeldes entre muchas otras, nos ocuparemos probablemente en junio del presente año.
Allí daremos cuenta de cómo una carrera tan corta pudo ser tan intensa, de su versatilidad para interpretar con solvencia tanto drama como comedia, de su innegable magnetismo y carisma, resultado probable de una equilibrada mixtura de atractivo físico e inteligencia, y de su trágico destino, probablemente debido a un malestar psicológico congénito que la hizo difícil de tratar incluso por quienes la amaban.
Sobre la obra maestra de Lang, nadie mejor que nuestra compañera Laura Bondía para hacer un estudio actualizado sobre la película. Como anticipo diré sin embargo que resulta interesante ver cómo Lang mostró por un lado las preocupaciones de su época –industrialización, sociedades fuertemente estamentales, ruptura del sueño tecnológico que conducía a la alienación– y cómo esas preocupaciones, si bien no se han realizado de forma completa y a veces ni siquiera aproximada, se muestran todavía de algún modo presentes en nuestra sociedad.
La preocupación por la inteligencia artificial y su potencial uso en la manipulación social, la constatación de nuevas desigualdades, la desconexión entre la élite económica y el pueblo pauperizado, el problema ecológico… son temas recurrentes en el ideario distópico de las civilizaciones industriales. Sin duda las manifestaciones actuales de tales preocupaciones son más sutiles que en la película de Lang, y parece que menos incitadoras a la rebelión.
Los tiempos en los que una revolución de raigambre marxista prometía la liberación humana quedan lejos, conscientes como son nuestras generaciones de la realidad catastrófica de sus proyectos. Pero el malestar sigue ahí, y nadie sabe cómo estallará si llega a hacerlo. Debemos soñar con que los narradores que vendrán muestren nuestras pesadillas en pantalla. Quizá así podamos exorcizarlas.

¿Los que vendrán?
Una de las más recurrentes es, sin duda, la de la llegada de los extraterrestres. ¿Serán mensajeros de paz, como en La llegada, maestros de virtud y tutores severos como en Ultimátum a la tierra, o parásitos como en La invasión de los ultracuerpos?
Spielberg ha sido uno de los profetas del género: a veces habla de la salvación, a veces del apocalipsis. Comenzó su andadura alienófila con la teoría del contacto, plasmada en la película Encuentros en la tercera fase, tópico que parece continuará desarrollando con su próxima película El día de la revelación. Ambas narran el contacto desde perspectivas desconcertantes que implican una comunicación no verbal y casi mística.
Más allá de un enigmático tráiler, poco se sabe sobre su último filme, pero lo que ha trascendido parece apuntar en este sentido: la conexión será más espiritual que física; más vinculada a lo religioso que a lo científico, ajena a los grandes poderes que pretenden monopolizarla.
En este mismo sentido, E.T. el extraterrestre se muestra como una transliteración del mito cristológico a la narrativa alienígena: un ser que viene del cielo, hace milagros curativos, muere, resucita y asciende a los cielos dejando un mensaje de paz y bondad. De nuevo un tema recurrente aquí es la crítica al secretismo y al intento de apropiación del contacto por parte de los gobiernos. El bien triunfa, sí… pero a pesar de nuestros líderes.
Pero esto no debe dar una idea equivocada de Spielberg. El autor de E.T. no se ha limitado a los buenos sentimientos; La guerra de los mundos constituye la parte alienófoba y apocalíptica de su filmografía, y habla también del fracaso de las grandes instituciones: ni el ejército ni los gobernantes pueden hacer frente al colapso. Solo la vida se abre paso desde la más inesperada fragilidad.
Los que regresan
Pero no solo de extraterrestres vive el cine de 2026.
También regresa a nuestras pantallas La Odisea de mano de Nolan, Torrente como presidente de mano de Santiago Segura, Los Minions y Spiderman, Linklater con Nouvelle Vague y Chloé Zhao con Hamnet, Mamoru Hosoda con Scarlet y Pixar con Hoppers, Daniel Day Lewis con Anémona y Carmen Maura con Calle Málaga, Sorrentino con La Grazia, Almodóvar con Amarga Navidad e Isabel Coixet con Tres adioses, entre muchos otros.
Mientras nos quede, no hay excusa para no disfrutar del cine. Feliz Año Nuevo.
Escribe Ángel Vallejo
