Editorial enero 2025

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Los nuestros vs los vuestros

Una nueva catástrofe ha ensombrecido el comienzo del año. Esta vez han sido dos accidentes de tren, uno de ellos con un gran número de víctimas.

En nuestra desolada tierra, los representantes de ambos bandos eternos, redivivos con ocasión del enfrentamiento partidista, cautivos de hambre electoral, se apresuran a relatar el suceso con no pocos subterfugios y medias verdades para galvanizar a los suyos.

Como siempre, después de una tragedia tras la que se intuyen indicios de ciertas responsabilidades políticas, los que antaño condenaron, ahora absuelven; los que entonces condescendían, se apresuran a señalar. Alguno, en su insoportable banalidad, pretende hacernos creer que la DANA era un fenómeno previsto y previsible y que por tanto los responsables de todas las muertes fueron quienes sabiendo lo que se venía no las evitaron, y que sin embargo una rotura de vía fue un accidente tan inesperado como inevitable y que la culpa fue del azar maldito.

Otros, presos quizá del sentimiento de culpa o del resentimiento, exigen con carácter inmediato las dimisiones que para otra ocasión demoraron durante meses. ¡Que no es lo mismo, que no es lo mismo!, braman los «hunos» y los «hotros», y afirman con rotundidad que la verdad y la razón están siempre del mismo bando –el suyo, por supuesto, sea cada desgracia un tronío o un descarrile– y nada de aquella hay nunca en el otro.

Lo cierto es que siempre pagan los mismos, y aquí me van a permitir la vulgaridad de recurrir al adagio: vuestros errores, nuestros muertos.

Muertos que se arrojan a la cabeza o con los que se frivoliza de manera abyecta, siempre arrimándolos a su ascua, hasta el punto de querer transformarse performativa y simbólicamente en algunos de ellos, como sucediera en La invención de Morel, demandando ser enterrados en una cuneta para reclamar una identificación solidaria tan fatua como insultante.

Hablando de fatuidades y con ocasión del desplante del muy laureado y pagado de sí mismo escritor David Uclés, que decidió no presentarse en un acto sobre la Guerra Civil porque no quería ver su nombre junto al de Aznar o Espinosa de Los Monteros, para después enorgullecerse de que este se hubiera abortado, me solazaba viendo la notable serie de Anatomía de un instante, basada en la obra homónima de Javier Cercas, cuando se me ocurrió pensar cómo se había marchitado esa rara flor del consenso nutrida con el mantillo de la concordia y regada con las aguas del perdón.

La serie de Movistar puede ser criticada, como el libro de Cercas, por algunas inexactitudes maliciosas o por algunas especulaciones rosáceas y salvíficas, pero se trata sin duda de un documento magnífico en lo histórico y en lo cinematográfico, no sólo por lo que dice, sino por cómo lo dice.

Me gustó mucho, en el primer sentido, cómo se narra la sublimación de lo arribista en lo sacrificial: Suárez era un vendedor de lavadoras y camisa nueva que devino estadista y luego en mártir. Un hombre claramente imperfecto pero cuyos defectos resultaron virtudes en un tiempo que necesitaba de líderes temerarios y osados.

Gutiérrez Mellado, un veterano de la División Azul que aprovechó su prestigio y ascendencia en el mando para trocar el autoritarismo y la obediencia debida en germen de un ejército democrático. Un traidor a sus valores de elevadísimo rango y, como Carrillo, potencial reo del noveno infierno de Dante que abrió para todos el camino al paraíso.

El eurocomunista pasó de probable criminal de guerra por inacción, de revolucionario sin Dios ni amo, rey ni patria, a aceptar todos los símbolos del enemigo con vistas a la democratización de un país que antes quiso regido por la dictadura del proletariado. Eso le valió la ruina electoral y el ostracismo político, pero contribuyó sin duda al reencuentro de muchos que se creyeron enemigos sencillamente porque no habían encontrado una causa común. 

Los tres arrimaron el hombro y en el proceso se hicieron amigos, dejando a un lado las más que notables diferencias, insalvables para muchos adanistas en el día de hoy, que prefieren rehuir por incomparecencia no ya el diálogo, sino incluso la posibilidad de un disenso cordial.

En un segundo sentido no cabe sino señalar que la serie está magníficamente ambientada y aún mejor interpretada: poco cabe decir de Manolo Solo, Eduard Fernández y Álvaro Morte, que clavan sus papeles. Pero me gustaría centrarme también en el oficio de algunos secundarios y en algunas escenas muy destacables: Óscar de la Fuente está magnífico como Milans del Bosch, y la secuencia en la que, durante el juicio, sugiere que los fiscales militares hubieran sido los primeros en apoyar el golpe si hubiera triunfado, transmite una verdad escalofriante y desoladora: es cómodo decir cosas cuando se cuenta con el apoyo de la mayoría, y las teatrales autoafirmaciones morales son muchas veces signo de una cobardía intrínseca.

Lo difícil es enfrentarse al rival con el riesgo de la pérdida de la incontestada razón o incluso de la propia vida. Atacar, en un contexto polarizado, es más fácil que comprender y compartir, porque garantiza el apoyo de los tuyos frente a la crítica de todos. Disentir con propios y ajenos puede ser un síntoma de egolatría o de insensatez, pero también de autoconfianza y valentía.    

Nadie se engañe: todas estas palabras bonitas no garantizan un acuerdo feliz ni una sociedad utópica; el conflicto es consustancial al dinamismo y al cambio. No somos hormigas, abejas o termitas, seres determinados que no abandonan un camino social prefijado… pero por eso precisamente hemos intentado desarrollar sistemas que gestionen el disenso de forma racional, controlada y casi siempre pacífica. Lo primero que hay que saber es que eso no nos salvará de todos aquellos que quieren ver el mundo arder, pero sí enfriará los ánimos de quienes viendo a los pirómanos en minoría, no se dejarán arrastrar por ellos como probablemente lo harían en cualquier otra circunstancia.

Conocer las mecánicas de nuestro gregarismo intrínseco es fundamental para evitar que los rebaños se transformen en hordas. Respetar la dignidad de los individuos y no instrumentalizarlos como corderos suele llevar aparejado reconocerles racionalidad y agencia. Todo debería ir más o menos bien mientras no se desmonten los sistemas que garantizan esos delicados contrapesos.

La serie está magníficamente ambientada y aún mejor interpretada: Manolo Solo, Eduard Fernández y Álvaro Morte clavan sus papeles.

Trump vs EE. UU.

Y lamentablemente este parece ser el empeño del fontanero Trump en EE. UU. en Minneapolis. Algunos ya se malician con que Alex Garland anticipó un escenario parecido en Civil War. Lamentablemente el personaje presidencial real es demasiado caricaturesco como para no propiciar esos relatos.

Lo cierto es que algunos de los elementos que Garland plasmó en esa obra —a mi juicio, fallida pero llamativa— se hallan presentes en la crisis de Minnesota, el único Estado perpetuamente demócrata del país norteamericano: todo aquel que no sea un «auténtico americano», como sugería el personaje de Jesse Plemons en su escalofriante actuación, debía ser eliminado sin contemplaciones. Y así parecen actuar algunos de los agentes del ICE, cabestros de gatillo fácil liderados por un comandante cuyo atuendo recuerda demasiado a tiempos pasados.

Algunos equivocadamente se centran en el abrigo que luce Greg Bovino –apellido que parece muy adecuado, por cierto –, pero no es solo esto: el cinturón Sam Browne con sus correajes de cuero y las camisas negras con insignias en las puntas del cuello, aderezadas por un corte de pelo «alto y ajustado» acaban por transmitir una imagen impactante en su conjunto que recuerda a tiempos peores no necesariamente bélicos, pero sí marcadamente autoritarios.

Todo esto desde luego parece cuestionar la orgullosa pluralidad de un país de integración y acogida, pero además pone en jaque la idea fundacional de que los ciudadanos deben estar siempre por encima del Estado e incluso tienen el deber moral, portando armas, de defenderse de él si se vuelve tiránico.

Nadie sabe cómo acabará esto. Lo cierto es que EE. UU. parece haber vuelto últimamente por la senda de la destrucción antes que la de la creación. Esperemos que los sistemas y resortes democráticos aguanten: un gigante en trance de descomposición no puede augurar nada bueno más allá de los adictos a la mística de la guerra y el éxtasis de la batalla.

Algunos ya se malician con que Alex Garland anticipó un escenario parecido en Civil War

Trance vs éxtasis

¿Entrar en trance o escuchar trance? ¿Alcanzar el éxtasis o consumir éxtasis? ¿Los Domingos o Sirāt? Esta parece ser la principal batalla que se dará este año en la entrega de los Goya, pronunciamientos políticos aparte que algunos, como siempre, estamos deseando no ver.

En principio la película de Alauda Ruíz de Azúa parte con un mayor número de nominaciones frente a la de Laxe (13 frente a 11), y alguna de ellas, como la de mejor sonido, parece concedida de antemano, sin menoscabo de que en los premios mayores parezca librarse un combate desigual entre ambas.

Algunas de las que pueden robarle justamente los premios a estas serían sin duda Maspalomas, Sorda o La cena, aunque nadie pueda descartar que, de nuevo, Tardes de soledad se imponga cinematográficamente por encima de consideraciones ideológicas.

Susan Sarandon estará presente en la gala como homenajeada, y recibirá su cabezón como antes lo hicieran  Richard Gere, Sigourney Weaver, Juliette Binoche o Cate Blanchett.

La gala se celebrará el 28 de febrero y será presentada por Luis Tosar y Rigoberta Bandini.

Sirāt ha sido nominada por la Academia de Hollywood para optar al galardón de mejor película internacional y al mejor sonido

Oliver vs Oscar

Sirāt, la película de Oliver Laxe, también  ha sido nominada por la Academia de Hollywood para optar al galardón de mejor película internacional y al mejor sonido. Laxe está muy contento, pero tan imprudente como los protagonistas de su película, se ha puesto a bailar sobre un campo minado destapándose con unas declaraciones sobre el nacionalismo extremo de los académicos brasileños que tienen voz y voto en la entrega de premios. Recordemos que los exabruptos pesan mucho en la Academia, y si alguien lo ha olvidado, que piense qué sucedió con Emilia Pérez.

Naturalmente todo esto viene al caso porque El agente secreto es otra de las nominadas y parece que Laxe no las tiene todas consigo para llevarse el Oscar al desierto. En mi opinión, esto es una actitud muy típica de estos tiempos: un poner la venda antes de la herida, un desacreditar a posibles rivales ensombreciendo sus virtudes cinematográficas. Un poco infantil, quizá, aunque no creo que obviamente malintencionado: parece más bien fruto de una ansiedad y euforia comprensibles.

No he visto una película que se estrena el 20 de febrero en España, pero de momento El agente secreto lleva ventaja en cuanto a premios recibidos frente a Sirāt: dos Globos de Oro y tres palmas en Cannes, además de los premios a mejor película de la crítica de Nueva York y Los Ángeles. No parece que la cosa vaya de brasileños nacionalistas, sino de un filme bien interesante.

La única ventaja para Laxe es que, de nuevo, El agente secreto compite en dos apartados aparentemente excluyentes: mejor película internacional y mejor película a secas. Si la película brasileña se llevara el primero, Sirāt podría tener alguna oportunidad, aunque para ello también debería superar a filmes como Valor sentimental, La voz de Hind o Un simple accidente, todas ellas películas de gran éxito. Pero si El agente secreto no consigue el galardón máximo, el espíritu de compensación puede hacer que se la premie con el de consolación.

La verdad sea dicha: viendo la calidad de sus rivales, creo que un filme como Sirāt, original pero imperfecto y a veces demasiado peculiar y estrambótico, lo tiene bastante difícil.

En un aspecto más anecdótico, llama la atención el exagerado número de nominaciones al Oscar que han obtenido por un lado Sinners y por el otro Una batalla tras otra. La película sobre vampiros rompe todos los records con 16 y la de revolucionarios le sigue por poco con 13. Para entender bien por qué esto genera extrañeza, deberíamos comparar esos números con los de las películas más nominadas a lo largo de la historia; ahí destacan Eva al desnudo, Titanic y La la land, todas con 14. Pero claro, es que el clásico de Mankiewicz y el musical de Chazelle sólo obtuvieron finalmente seis galardones, y Titanic se quedó con 11.    

En la humilde opinión de un servidor, Sinners ha sido sobrevalorada de inicio. No dejaré de decir que es una película con virtudes notables: una inmejorable banda sonora, perfectamente integrada en un guión que no por original deja de tener unos cuantos agujeros. Un epílogo maravilloso en su escena postcréditos, que no deja de sostenerse en una pequeña trampa de la película en su tramo final. Un juego de formatos interesante, que combina Ultra Panavisión con IMAX 70 mm en distintas escenas y con distintos significados, pero que parece más bien un truco efectista antes que una verdadera innovación técnica.

En fin, una buena película, entretenida y no exenta de cierta carga simbólica y política –no en vano quien suscribe la ha incluido entre sus favoritas del año–, pero que, exceptuando su banda sonora, no parece poder competir con otras en la excelencia de sus aspectos creativos. Uno no puede dejar de pensar que quizá su temática ha pesado más que su calidad cinematográfica a la hora de ser nominada.

En la humilde opinión de un servidor, Sinners ha sido sobrevalorada de inicio

Sobre Una batalla tras otra puede decirse otro tanto: de nuevo la crítica política suma enteros a la hora de que la conciencia de la Academia nomine, pero quizá como película sea más completa y compleja que Sinners. Particularmente espero que otras nominadas les ganen a ambas en algún que otro campo, dejando sin embargo constancia de que las dos me gustan como ejemplo de buen cine recuperado para las grandes salas.

Paradójicamente una de las también nominadas, Frankenstein, de Guillermo del Toro, se exhibió de un modo muy limitado en salas. A pesar de haber sido pensada para pantalla grande, su estreno masivo se hizo a través de Netflix.  

Marty Supreme y Hamnet, agazapadas, esperan también su oportunidad de dar la sorpresa. Lo comentaremos el mes próximo.

Despedida y cierre

Este mes de enero no ha sido especialmente luctuoso en el ámbito cinematográfico, pero al cierre de este editorial del mes de enero, nos enteramos de que ha fallecido Catherine O’Hara a los 71 años. Actriz justamente afamada por su talento para el doblaje, su rostro era conocido por ser la matriarca en Bitelchús o Solo en casa. O‘Hara también trabajó con Scorsese en Jo ¡Qué noche!, de Scorsese (¡jo, qué traducción!), con Lawrence Kasdan en Wyatt Earp, y como dobladora con Spike Jonze en Donde viven los monstruos y con Tim Burton en Pesadilla antes de Navidad y Frankenweenie.

Descanse, madre, allá donde esté. Descansen todos los que nos contemplan, enfangados como estamos en nuestras frívolas cuitas sin reparar en que lo importante es superar todos estos trances, y si se tercia, alcanzar quizá un delicioso y moderado éxtasis contemplativo como el que puede suministrarnos una buena película.

Eso les deseo, hasta el próximo mes. 

Escribe Ángel Vallejo

Ha fallecido Catherine O’Hara a los 71 años