En verano las cosas se pudren antes

El mes que precede al canónico descanso estival ha venido cargadito de reproches en un patio político desquiciado: tan pronto como el día 9 en el Congreso de los Diputados –ahora solo Congreso a secas– el jefe de la oposición acusó al presidente de ser partícipe a título lucrativo del negocio del proxenetismo.
La acusación era fundamentada, seria y dolorosa para un Gobierno que se decía el más feminista de la historia y que abogaba por la abolición de la prostitución, y constituía además una piedra más sobre el ya agrietado escaparate de su hipócrita moral sexual, habida cuenta de que varios de sus más señalados representantes habían sido consumidores de sexo de pago… pero el jefe de la oposición no podía dejar de señalar con igual intensidad y siguiendo la misma lógica atributiva, que la máxima representante política de la Comunidad de Madrid también había disfrutado de los réditos de las presuntas –e igualmente bien fundamentadas– corruptelas de su novio.
El líder opositor sin duda estaba respondiendo airado a la enésima referencia a sus amistades peligrosas vinculadas con el narcotráfico, y decidió tirar por la calle de en medio para encanallar aún más una política que se dedica a todo menos a solucionar problemas reales.
Por esa senda de entorpecimiento nos hemos seguido conduciendo tras la crisis abierta por el falseamiento curricular de muchos de nuestros supuestos representantes y la no votación de los decretos antiapagones. Muchos esperamos que pase julio para que sus señorías se vayan a paseo y nos dejen disfrutar del calor insoportable en paz, acudiendo a las terrazas de verano para contemplar espectáculos más edificantes que sus disputas veniales: hay, por ejemplo, películas de asesinos vengativos (Sé lo que hicisteis el último verano), de apocalipsis zombi (28 años después) de tramas terroristas internacionales (Misión: Imposible), de posesiones infernales y canibalismo (Devuélvemela) y de psicópatas despiadados (La huella del mal).
Es interesante señalar de esta última, que tiene además una carga erótica notable. Como para matizar un poco mi afirmación anterior sobre la inutilidad de la política tomando como excusa esta película, diré que la parte «sumativa» del Gobierno ha impuesto por ley la figura de los coordinadores de intimidad, que se ocupan de que los actores y actrices no tengan que hacer nada, en el terreno sexual, que no hayan pactado antes con el equipo creativo. Esto pretende evitar situaciones incómodas o directamente delictivas, como aquella tan famosa de El último tango en París que tuvo como protagonista involuntaria a María Schneider y la mantequilla o la del cruce de piernas de Sharon Stone en Instinto básico.
La figura de los coordinadores de intimidad ya era habitual en los rodajes de España y muchos otros países. Esta Ley puede decirse que no ha hecho otra cosa que solidificar el derecho consuetudinario; con todo, no puede dejar de señalarse como una buena noticia, y como un avance sensible en un mundo en el que a veces las presiones ambientales sobre los intérpretes les llevan a hacer cosas que nunca hubieran querido hacer.
Repitiendo, que es gerundio
En el catálogo de espectáculos más estimulantes y éticos que la contemplación de la política he dejado aparte las películas de superhéroes, porque me interesaba señalar una extraña derivada de la cartelera actual que se ha puesto de manifiesto especialmente este julio. Para ello conviene distinguir entre en lo que en vocabulario anglosajón se denominan remakes, live actions y reboots.
Un remake, palabra con la que les supongo familiarizados, viene a ser una película que se vuelve a hacer de nuevo, generalmente con un guion parecido, algunos añadidos y quizá una dirección diferente, pero sin cambiar esencialmente la historia. Las motivaciones pueden ser muy variadas: actualización de una película que –supuestamente– se ha quedado vieja o anticuada en sus aspectos técnicos para las nuevas generaciones; intento de revitalizar una idea que en su tiempo fue rentable; confianza en añadir nuevas perspectivas e interpretaciones a un tema fructífero… o incluso el simple y puro troleo.
En esta última variante me atrevo a incluir la versión americana de Funny games que rehízo plano por plano Michael Haneke, más que nada por parecer coherente con la mala baba del autor, muy obsesionado con la sublimación de la violencia del cine hollywoodiense de la que Funny games es una furibunda crítica. Sin embargo, no me atrevo a postular la misma tesis con la Psicosis de Gus Van Sant, otro famoso remake plano por plano de un clásico inimitable.
El caso del director americano parece diferente por varios motivos: en primer lugar, la película original no es suya, sino de Hitchcock, el genio británico que jugó magistralmente con la simbología y el lenguaje cinematográfico y que incluso ya había hecho remakes –tal es el caso de El hombre que sabía demasiado– de sus propias películas. En segundo lugar, las motivaciones parecen más bien metacinematográficas: no se trataría, como en el caso de Funny games, de aprovechar la temática interna del filme para trolear a los productores poniendo a estrellas de relumbrón para que rehagan una película antihollywoodiense, reforzando la paradoja implícita de la obra, sino de evitar, en las propias palabras de Van Sant, que nadie más tuviera que hacerlo, subrayando así la genialidad de Hitchcock y postulando la inutilidad de rehacer una obra maestra.
El realizador da otros motivos, casi todos banales: una explicitación de la tensión sexual de la obra –cosa absurda, puesto que para todo buen intérprete esa tensión ya estaba en el original –, la posibilidad de hacerla en color, como se dice que Hitchcock hubiera querido hacerla y no pudo por falta de presupuesto, y sobre todo… la de llevar a cabo un experimento social que, obviamente, ni tuvo la menor relevancia ni salió bien.

El segundo término, live action, es generalmente un remake, pero que transiciona de la animación al rodaje con personas vivas, es decir, con actores y actrices de carne y hueso. Tal es el caso de Cómo entrenar a tu dragón o Lilo & Stitch, actualmente en cartelera o de Blancanieves, disponible ya en plataformas.
Las motivaciones que pueden llevar a una productora a realizar live actions son aún más banales que las esgrimidas por Van Sant en la justificación revisionista de la crónica negra de los Bates. Parece que el público siente más real una historia con personajes vivos que una de dibujos animados; es decir, empatiza más. La empatía es, en nuestras sociedades ultraemotivas, el perejil de todas las salsas. Todo se justifica con ella, hasta lo injustificable.
La verdad, no alcanzo a entender qué avance hay en el hecho de diluir las prosopopeyas visuales, de difuminar lo glorioso o caricaturesco de ciertos personajes cuya alma se dibuja en el rostro, si no es un empobrecimiento de la capacidad imaginativa o de abstracción del respetable. Traerlo todo a la realidad más palpable es simplemente una manera de vulgarizar el poder, ahora sí, emotivo y estético del arte. Y es que difícilmente puedo imaginar una escena más impactante que la de la muerte de la madre de Bambi, por muy animada que sea.
Parte de la magia del cine es la implicación psico-emocional del espectador con los personajes, que trasciende con mucho la mera identificación física. La construcción de esa implicación es un aspecto fundamental de la estética, del arte en general. Es un aspecto que se ha ido puliendo a lo largo de la historia de las artes pictóricas, y también a través del séptimo arte, desde el expresionismo alemán hasta la animación japonesa o americana.
Alguien debería preguntarse si esa obsesión por el realismo no es un intento redundante, autoafirmativo y fallido, de huir de un mundo cada vez más «virtualizado», inauténtico. Una obsesión que no acaba de comprender que la pura mímesis es realmente una mala imitación de lo real, una copia que no alcanza a captar lo que entendemos por esencial –exista o no tal cosa–, elemento abstracto que en última instancia nos relata y nos convierte en comunidad de sentido, aquello que de verdad puede considerarse auténtico por constituirnos como humanos. Como el impacto emocional que supone la muerte de la madre de Bambi.

Lo último, y acaso más respetable artísticamente, es la cuestión de los reboots. Un reboot es el reinicio de una historia, contada de una manera en cierta ocasión, y cuyo origen es ahora reinterpretado con vistas a hacerla más interesante o matizada.
En esta reinterpretación histórica hay una cierta conexión con los tópicos y arquetipos; ¿Cuáles son los dominantes en este momento? ¿De cuáles puedo sacar ahora un propósito edificante, ideológico, crítico, estético? ¿Qué fallos de anteriores versiones puedo pulir ahora? ¿Cómo puedo justificar la psicología del personaje desde sus inicios y a raíz de sus vivencias, de sus traumas?
Son muy típicos los reboots de historias de superhéroes, y viene esto al caso por el reciente estreno de las nuevas versiones de Superman y Los 4 fantásticos.
La de Superman es una saga que se ha reiniciado ya varias veces. El superhéroe es ya un arquetipo jungiano moderno en sí mismo, y el del Hombre de acero parece un ejemplo canónico; en las diferentes aventuras lo hemos visto buscar sentido a su vida a raíz de la constatación de su naturaleza no estrictamente humana y de la muerte del padre, pero también algo tan humano como pelear con su sombra, enfrentar sus debilidades e incluso renunciar a una vida normal junto a su amada.
La diferencia del más reciente reboot del Superman de James Gunn con respecto al de Zach Snyder, dejando aparte el hecho notorio de que se basan en cómics diferentes, es que el segundo es más oscuro, atormentado e individualista y el primero es más consciente de sus limitaciones y reclama la ayuda de otros. No me atreveré a valorar qué visión es más acertada porque todas parecen lícitas en cada reinterpretación de la vida de un semidiós: ¿Sería Superman un ser pagado de sí mismo, consciente de su invulnerabilidad, en riesgo siempre de convertirse en un tirano absolutista? ¿O acaso alguien más humano, vulnerable y bondadoso, dispuesto al sacrificio propio y, sobre todo, de nuevo, tremendamente empático con sus conciudadanos?
Lo interesante, desde luego, es que un reboot permite explorar todas esas posibilidades, y además con intérpretes diferentes. No parece lo mismo el Superman de Reeve que el de Routh, Cavill o Corenswet, ni el Luthor de Hackman es igual que el de Spacey, Eisenberg o Hoult. Variaciones sobre un mismo tema que son en sí mismas un tema de conversación para el fandom.
El caso de Los 4 fantásticos parece diferente: por primera vez un reboot de la serie parece bien adaptado y entretenido, a tenor de las críticas. Cuatro entregas precedieron a la de Shakman y todas fueron valoradas catastróficamente. Esta no parece ser la quintaesencia del cine de superhéroes, pero sí ha querido tomarse las cosas con humor y revitalizar un tanto el anquilosado mundo de los leotardos con ínfulas.
Pero quizá todo esto no sea más que una manera de darle vueltas a un asunto bien simple: al fin y al cabo, todo o casi todo son repeticiones de películas: cosas ya vistas… una probable falta de imaginación, y sobre todo… necesidad de hacer caja de la manera más fácil y menos original. Recuerden: el dinero abomina del riesgo, y toda novedad creativa lo representa en sí misma.

Fruta fresca
Aunque no todo es corrupción ni cine anquilosado o revenido. No crean que por haber nombrado lo más taquillero puedo dejar de señalar que la cartelera está últimamente de lo más nutrido.
A pesar de lo que pueda parecer, hay películas de lo más variadas en nuestro cine; variadas por nacionalidad y por temática: está Condenados, una película danesa sobre relaciones humanas en prisión, y sobre el peso del pasado en la conciencia; o El cuadro robado, una típica comedia francesa sobre arte robado y los pillos que quieren sacar tajada.
Francesas son también Mi querida ladrona, Bon voyage Marie, o Diamante en bruto; canadiense Matt y Mara y estadounidense Un like de Bob Trevino, la mejor valorada por la crítica de todas las anteriores. Y, por último, me gustaría menciona Leer Lolita en Teherán, una película italo-israelí ambientada en Irán que, con mayor o menor fortuna, quiere mostrar que no todo es desolación en Oriente Medio.
Los cuatro jinetes
Y es que siguen trotando los cuatro del apocalipsis sobre la tierra de Gaza, hasta no dejar piedra sobre piedra. Ahora es el Hambre quien toma ventaja en esa enloquecida carrera que nadie puede ganar, sin menoscabo de que la Guerra, la Peste –que se transmite en forma de enfermedades por la escasez y la calidad del agua– y la Muerte, reina y señora de todas ellas, sigan dándose el relevo ocasionalmente en aquella desgraciada tierra.
Una de esas ocasiones ha sido la de la desaparición de Odeh Hadalin, uno de los protagonistas de No other land, el documental que ganó el Oscar, asesinado a manos de un colono israelí que ya tenía antecedentes de sangre.
El jinete Netanyahu, que parece querer comandar a los otros cuatro, se está viendo sin embargo cercado por la cada vez más unánime respuesta de sus antaño aliados como Francia o el Reino Unido, que «amenazan» con reconocer el Estado palestino si no cesa en sus políticas criminales sobre Gaza.
Bibi, un político que se mantiene en el poder a contracorriente, cercado por escándalos judiciales y de corrupción que amenazaban con acabar con su dilatadísima y por lo general abyecta carrera, se ha visto apoyado por gente como Ben Gvir y su partido ultraderechista y fundamentalista Poder judío.
Bien sabido es que los partidos con una misión, ya sea divina o nacional, no tienen escrúpulo en mantener líderes corruptos si eso ayuda a la causa. El hecho de que sean muy minoritarios no les resta capacidad de influencia: muy al contrario, con apenas el 5% de los votos son capaces de mantener a zombis políticos que gobiernan a todos para atarlos en las tinieblas. Uno no deja de sorprenderse por lo cada vez más acertado y actual de las añejas palabras de Tolkien.

Dios (o quien sea) los tenga en su Gloria
Ha fallecido el denominado Príncipe de las tinieblas, más conocido por Ozzy Osbourne, que fue un famoso cantante británico cofundador de Black Sabbath y también de la banda que lleva su nombre. Que el también apodado Madman aparezca en un editorial sobre cine tiene su explicación: Ozzy no solo es un grandísimo referente cultural de lo underground, sino que además tiene una interesante vertiente cinematográfica.
El de Birmingham ha aparecido en numerosas películas y series de televisión. Las más señaladas son Little Nicky, Austin Powers Goldmember y Cazafantasmas, donde aparecía representándose a sí mismo en papeles de mayor o menor relevancia. Incluso fue un personaje secundario en la película Jerky Boys.
Su voz ha aparecido en múltiples películas, series y videojuegos, pero sobre todo se hizo famoso para el gran público en ese extraño reality show que fue Los Osbourne, una serie documental en la que se seguían las andanzas familiares de una familia tan extraña que no necesitaba de guion para resultar epatante.
A Ozzy también se le dedicó un interesante biopic documental, God bless Ozzy Osbourne, pero casi todos los que lo tenemos como referente tragicómico lo que estamos necesitando es una buena dramatización de su vida. A nadie se le escapa que se han hecho películas de personajes musicales menos significativos. De seguro que nos daría grandes momentos de entretenimiento e incluso de reflexión.
Otro personaje bizarro, enormemente famoso y mucho menos relevante que Ozzy que también ha pasado a mejor vida es el luchador Hulk Hogan: secundario en Rocky III, protagonista en No holds barred y Suburban commando, Hogan interpretó, como Osbourne, un bio-reality show llamado Hogan Knows Best, que se mantuvo en TV durante cuatro temporadas.
Sin embargo, en el apartado ideológico ambos diferían sensiblemente; mientras que Hogan se había significado últimamente como un trumpista irredento, Osbourne prohibió a Trump el uso de sus canciones en sus campañas electorales. El británico nunca fue un personaje muy sensibilizado ideológicamente –incluso ignoraba qué era el Brexit–, pero sin duda influenciado por su muy sensata esposa Sharon, sabía bien lo que no le convenía, y el Señor naranja no era un buen cartel publicitario.

En julio también nos ha dejado el Señor Rubio, más conocido por Michael Madsen, uno de los actores fetiche de Quentin Tarantino, a la pronta edad de 67 años. Madsen, intérprete en más de cincuenta películas, fue hallado muerto en su casa de Malibú con todos los síntomas de un infarto agudo de miocardio.
Este actor sobrio, de gran presencia y mirada profunda y misteriosa, dejó profunda huella en muchos fans del cine de gánsteres. Personajes ambiguos, de nobleza liminal, eran su especialidad en pantalla. Se dice que su primera prueba como actor la hizo en solitario por sentir vergüenza o miedo escénico, pero más tarde hizo valer su extraño magnetismo en filmes de gran éxito: a la ya implícitamente mencionada Reservoir dogs pueden sumarse Thelma y Louise (ambas protagonizadas junto a su muy estimado Harvey Keitel), Donnie Brasco, Kill Bill I y II, Los odiosos ocho o Érase una vez en Hollywood, su última colaboración con Tarantino.
Madsen se hallaba profundamente deprimido tras la muerte de su hijo hace tres años. Quien fuera seleccionado como segundo mejor villano de todos los tiempos por la revista Maxim a raíz de su interpretación en Reservoir dogs fue además un excelente poeta, lo cual muestra una notable diferencia entre la sensible persona y los ásperos personajes que solía interpretar.
Que la tierra del desierto de Mojave le sea leve.
Mientras tanto nosotros procuremos disfrutar de la arena de la playa mientras leemos un cómic de Superman o escuchamos a Ozzy interpelar a Mister Crowley o gritar contra Los cerdos de la guerra antes de acudir a una terraza para disfrutar de una sesión de cine, tan refrescante como la fruta de verano.
Los políticos, a repetir en septiembre.
Escribe Ángel Vallejo
