El Evangelio según Winston Smith

Hace exactamente un año, el editorial de noviembre de Encadenados comenzaba con una referencia a Jorge Luis Borges y su cuento Deutsches Requiem. Allí sostuve que la tesis de Borges es que el nazismo, a pesar de haber sido derrotado en el campo de batalla, acabó por triunfar de forma indirecta al imponer la violencia sublimada como arma política.
Hoy, un año después, retomaré una tesis similar, pero homenajeando a un autor de cuya sórdida y misteriosa desaparición se cumplen cincuenta años.
En efecto, entre el 1 y 2 de noviembre de 1975 Pier Paolo Pasolini –que algunos identifican no sin acierto con el prototipo de hombre del Renacimiento por su versatilidad y variedad de intereses– fue asesinado en circunstancias todavía no aclaradas, nadie sabe realmente si por un chapero de poca monta, por una banda de extorsionadores o por los más rancios conservadores de las esencias de la Mafia.
Recuerdo que mi primera aproximación a su muerte fue gracias a esa hipnótica secuencia de Caro diario, de Nanni Moretti, en la que el director italiano conduce su Vespa hasta el lugar del crimen mientras de fondo suena una pieza de piano del irrepetible Keith Jarrett.
Un homenaje tan sencillo como emotivo del cine al cine, que además tuvo un resultado inesperado: el evidente abandono del monumento conmemorativo al artista que Moretti mostró, pareció azotar la conciencia de algunos y desde entonces la escultura ha sido restaurada y rehabilitada, ocupando un espacio algo más digno. Nunca a la altura, eso sí, de la importancia del homenajeado.
Porque ya hemos sugerido que Pasolini no era solo, y ni siquiera principalmente, un cineasta. El boloñés cultivó la poesía, el teatro, la novela y el ensayo. Era un narrador con mayúsculas, un creador de imágenes, un observador polémico y comprometido, un autor contra corriente que no eludió la crítica a sus correligionarios, si como tales llegaron a existir, en la medida en que siempre cultivó la hetorodoxia y se negó a mecerse en la comodidad del consenso.
En este sentido, y dentro de la amplia obra ensayística de Pasolini, el texto que más polémica ha suscitado —y quizá el más profético— es El fascismo de los antifascistas. Lejos de ser una provocación superficial, el ensayo plantea una tesis inquietante que nos puede sonar familiar: el antifascismo oficial de la Italia de posguerra habría quedado petrificado en un ritual retórico incapaz de ver el verdadero fascismo del presente.
Para Pasolini, ese nuevo fascismo no venera camisas negras ni símbolos del Ventennio, sino que se encarna en el consumismo, en la televisión como aparato de homogenización cultural, en una modernidad que anula las diferencias y convierte al pueblo en un conjunto de consumidores dóciles. El antifascismo institucional —sostenía— combate un enemigo histórico mientras coopera inadvertidamente con un poder mucho más profundo y eficaz.
Su crítica no es, por tanto, una defensa del fascismo real, sino un reproche hacia la ceguera ideológica: un antifascismo que repite consignas sin advertir que el poder ha mutado, que ya no necesita violencia explícita porque impone sus normas a través del deseo, la publicidad y la uniformización cultural. En esto Pasolini se acerca mucho más a, por ejemplo, George Orwell, que a sus contemporáneos: ambos comprendieron que los totalitarismos modernos podían ser blandos, seductores y sentimentales, y que su fuerza residía precisamente en la apariencia de libertad.
Comparar a Pier Paolo Pasolini con George Orwell –de quien se cumplió en enero el 75 aniversario de su muerte– puede parecer, a primera vista, un ejercicio caprichoso; sin embargo, esta afinidad se nota especialmente cuando se observa la evolución de sus obras políticas. Orwell, en textos como La política y el idioma inglés –casi un anticipo de la novela 1984, tres veces adaptada al cine y una a la televisión– u Homenaje a Cataluña, desenmascara el autoengaño del lenguaje político, esa tendencia a vaciar las palabras hasta convertirlas en armas de propaganda.
Pasolini, desde un contexto distinto, desarrolla una sospecha cercana: el nuevo poder no utiliza únicamente el lenguaje sino el deseo, la mercancía, la cultura popular transformada en homogeneidad. Ambos vieron un tipo de despotismo no ya en las instituciones represivas, sino en la conformidad mental que inducen los discursos mayoritarios. Ambos se enfrentaron, con ello, a sus propios aliados
Cincuenta años después de su asesinato en Ostia en 1975, Pasolini sigue siendo una figura inclasificable. Su obra cinematográfica recorre un arco sorprendentemente coherente pese a la diversidad de estilos. En su primera etapa, a principios de los 60, destacan películas como Accattone y Mamma Roma, centradas en la vida marginal de la periferia romana. Con un estilo casi neorrealista pero cargado de lirismo, Pasolini retrata a los subproletarios como figuras trágicas, ajenas al optimismo de la modernidad italiana.
En El Evangelio según San Mateo logra una de las representaciones más intensas y austeras de Cristo, muy lejos del sentimentalismo habitual del cine religioso. Su Cristo es pobre, duro, profético, casi furioso: una figura que encarna la ruptura radical y la compasión sin concesiones.
Con Teorema, película de 1968, de la que tuvimos ocasión de hablar en el editorial anterior a raíz de la desaparición de Terence Stamp, explora la irrupción de lo sexual-sagrado en una familia burguesa, a través de un ángel devastador que desnuda las hipocresías del bienestar moderno y la incapacidad de los individuos acomodados para superarlas.
Durante los años setenta, Pasolini se adentra en su Trilogía de la Vida con El Decamerón, Los cuentos de Canterbury y Las mil y una noches, celebraciones sensuales y vitalistas de un mundo popular aún no capturado por la industria cultural. Pero incluso en esta etapa luminosa persistía una advertencia: el propio Pasolini renunciaría luego a estas películas, convencido de que la sociedad de consumo había transformado la sexualidad popular en mercancía y que su trilogía había sido absorbida por aquello que pretendía criticar.
Su última obra, Saló o los 120 días de Sodoma, es una de las películas más perturbadoras del siglo XX: un descenso al infierno donde el sadismo nazi funciona como metáfora del poder absoluto, ya no como barbarie histórica sino como lógica estructural del dominio. Una reconfirmación de la tesis sostenida por Borges por la vía sexual.
A medio siglo de su muerte, Pasolini sigue interpelándonos porque leyó con precisión el poder que se disfraza de libertad. Como Orwell, sigue recordándonos que el verdadero conflicto político no pasa solo por enfrentarse a las colosales y muy evidentes instituciones opresoras, sino por la capacidad de pensar contra el casi invisible pero igualmente destructivo viento dominante de las ideologías salvíficas. Ambos siguen siendo, desde sus tumbas, contemporáneos incómodos… sobre todo para los que supuestamente compartían sus postulados.

Los otros
El mes pasado anticipamos el desarrollo de la Mostra de Cinema del Mediterrani, que concluyó el 2 de noviembre y que tuvo un seguimiento por parte de Encadenados en las crónicas de Luis Tormo y Marcial Moreno.
En lo que respecta al palmarés, Aisha Can’t Fly Away, de Morad Mostafa, obtuvo la Palmera de Oro y Pieces of a foreign life, de la directora franco-siria Gaya Jiji, obtuvo la de plata. El director Alejandro Amenábar hizo entrega de la Palmera de Honor a Fernando Bovaira, quien le produjo Los otros, Mar adentro, Ágora, Mientras dure la guerra o la más reciente El cautivo.
Bovaira, además, ha producido obras de gran éxito como Lucía y el sexo, La lengua de las mariposas, Los destellos, Primos, Caníbal, la serie Crematorio o La buena letra.
Pero no solo de la Mostra vive la Comunidad Valenciana. Los otros festivales que pueblan nuestra geografía empiezan a adquirir una relevancia notable, como en el caso del Maniatic Film Festival que se celebró del 10 al 15 noviembre y que pretende hacerse un hueco en el panorama de los festivales de cine fantástico de nuestro país.
El festival otorga muy variados galardones que se ven materializados como trofeo en la figura del Bullet Babie, de H. R. Giger. En esta novena edición los premiados fueron Resurrection, de Bi Gan, con el premio al mejor largometraje y también el del público; Se dit d’un cerf qui quitte son bois, de Salomé Cricks, como mejor corto internacional; y Pálpito, de Moisés Romera y Marisa Crespo, como mejor corto nacional, entre muchos otros premios.
Esperemos que el festival siga creciendo y nos dé muchos buenos ratos de cine.

Linklater: más cine dentro del cine
El 22 de noviembre de 1943 fallecía Lorentz Hart. Quizá muy poca gente sepa de quién hablo, y he de confesarles que hasta hace dos día yo tampoco sabía quién era este señor, prematuramente desaparecido y descendiente de un gran dramaturgo alemán.
Resulta que Hart fue uno de los más célebres compositores musicales de Broadway, pareja artística de Richard Rodgers, junto a quien compuso más de 1000 canciones, algunas de fama notabilísima, como My Funny Valentine o Blue Moon.
Pues bien, viene esto al caso porque Richard Linklater ha estrenado una película basada en este compositor y en su relación con Rodgers, y que lleva por título precisamente Blue Moon. Esto, que no pasaría de ser un anticipo de cartelera, no deja de ser extraordinario en la medida en que no solo supone el enésimo trabajo de Linklater con Ethan Hawke, sino que además es una de las dos películas que va a presentar de forma casi consecutiva en las próximas semanas.
La segunda película lleva por título Nouvelle Vague, y tratará sobre el rodaje de Al final de la escapada, de Godard. De Broadway a París, siempre con el espectáculo como telón de fondo, Linklater nos ofrece sesión doble, aunque al contrario que en Francia y EEUU, en España no podremos verlas en cines de forma simultánea: Blue Moon ya está en la gran pantalla, pero Nouvelle Vague no se proyecta hasta enero.
El realizador tejano ya tuvo protagonismo en esta modesta revista hace unos años, puesto que le dedicamos un Rashomon bastante completo. Si quieren admirarse con su cinematografía, les recomiendo que le echen un vistazo.

Vinieron de tres en tres
Creo que en alguna ocasión les he comentado cómo los fans esperamos el estreno de Cita con Rama, la película de Denis Villeneuve basada en la obra homónima de Arthur C. Clarke. Muchos rezamos para que el genial y a veces irregular director canadiense no meta la pata y entregue algo más parecido a La llegada que a Blade runner 2049.
Pero hoy no quiero hablarles de esperanza, sino de inquietud. Resulta que ha aparecido un tercer objeto interestelar en nuestro sistema solar, 3i Atlas, que llega después de Oumaumua y 2i Borisov. Las especulaciones sobre la naturaleza de este objeto están ya desbordadas y muchas de ellas vienen alimentadas por la opacidad de la NASA y por el estudio que de sus anomalías ha hecho el astrofísico Avi Loeb.
La cuestión, como pueden imaginarse, es de si se trata de un objeto artificial o de un cometa muy raro; pero lo que a mí, como buen aficionado a la literatura y el cine de ciencia ficción me llama la atención es que, como los visitantes de la trilogía de Clarke, que lo hacían todo por triplicado, 3i Atlas sea el tercero y más misterioso de los objetos interestelares que nos han visitado en muy pocos años.
Parece que entre diciembre y marzo su acercamiento a la Tierra y Júpiter nos brindará más datos e imágenes reveladoras, y sobre todo nos confirmará si es un simple cometa, si es un objeto artificial, y en este último caso, si sus creadores se parecen más a los ramanes de Clarke, absolutamente indiferentes a la especie humana, o a los trisolarianos de Liu Cixin, alienígenas hostiles y despiadados.

El drama, siempre el drama
Tom Stoppard, muy destacado escritor checoslovaco, nos ha dejado este mismo 29 de noviembre y ya no obtendrá respuesta a estos interrogantes.
La incursión de Stoppard en el cine muestra, de nuevo, el espíritu de la versatilidad; aunque es mundialmente famoso como dramaturgo, su pluma se adaptó con éxito a guiones de muy distinto tipo: desde adaptaciones literarias como Anna Karenina o Billy Bathgate, hasta guiones originales con alto grado de fantasía o fábula y producciones épicas e históricas. Entre sus aportaciones destacan los guiones de Desesperación, de R. W. Fassbinder; Brazil, de Terry Gilliam; El imperio del sol, de Steven Spielberg; La casa Rusia, de Fred Schepisi ,o Shakespeare in Love, de John Madden, con la que ganó un Oscar.
Stoppard, cuya familia huyó de los nazis en la antigua Checoslovaquia, pasó la mayor parte de su vida en el Reino Unido, donde llegó a ser comandante de la Orden del Imperio Británico.
El mismo 29 de noviembre pero de 1935, nació Diane Ladd, que nos dejó el día tres de este mes, a punto de cumplir, por tanto, noventa años que le dieron para mucho: varias decenas de películas en cine y televisión y la fundación de toda una familia cinematográfica junto a Bruce y Laura Dern.
Ladd, emparentada con el dramaturgo Tennessee Williams, fue una memorable actriz que destacó en papeles como el de Florence Casttleberry en Alicia ya no vive aquí, Marietta Pace Fortune en Corazón Salvaje o La señora Hillyer El precio de la ambición. Para cada una de ellas recibió una nominación al Oscar como mejor actriz, y en las dos últimas películas mencionadas trabajó junto a su hija Laura.

La última de las dramáticas desapariciones de este mes de noviembre es la de Udo Kier, uno de los actores fetiche de Lars Von Trier, con quien participó en nueve películas: Su amistad era tan firme que el actor fue incluso padrino de su hija Agnes. Protagonista de numerosos filmes de terror de serie B, algunos rodados en España, Kier era reconocible por su inquietante mirada clara e intensa. Su drama personal es el de la orilla opuesta de Stoppard: nació durante un bombardeo de los aliados en Colonia, de donde fue rescatado entre los escombros milagrosamente junto a su madre.
Así, todo acaba por remitirnos a lo mismo: los dramas y catástrofes que nos sacuden y nos conforman, ya sea como individuos de carácter esculpido en piedra desde el dolor y la esperanza, ya como acomodaticios espectadores de un mundo aparentemente sereno y estable que sin embargo se agita en las profundidades meciéndonos a su antojo.
La historia sería muy aburrida sin estos eventos, es cierto, pero quizá lo sería incluso más si a pesar de ellos, no hubiera grandes creadores que llamaran nuestra atención sobre lo real y sobre aparente, sobre lo superficial y lo subterráneo, sobre lo prescrito y lo proscrito.
Saló, Eurasia, Nuremberg…nombres de profundos y oscuros ecos que reflejan la iniquidad de la naturaleza humana en el espejo de las más imaginativas almas del cine y la literatura. ¿Qué sería de nuestras trágicas vidas sin su generosidad creativa? ¿Cómo podríamos sobrellevar lo innombrable, si no hubiera alguien que pudiera hacerle frente para catalogarlo?
Eso forma parte del testimonio incómodo de Borges, Pasolini y Orwell. La mejor parte, sin duda.
Escribe Ángel Vallejo
