Profetas, telépatas y magos

España, aturdida y descolocada, hubo de celebrar la noche de difuntos velando casi setenta almas que no debieran haber desencarnado tan pronto.
Una nueva tragedia acababa de sacudir nuestra intranquilidad, ya lo suficientemente agitada por la convocatoria electoral de noviembre y por la de los disturbios callejeros previstos para finales de octubre: en la mañana del día 28, dos trenes colisionaron por alcance en la misma ruta en que se produjo un accidente similar el pasado febrero, sin que hasta el momento hayan llegado a conocerse por completo las causas de ambos eventos.
Parece que, tal y como anticipara casi proféticamente el filósofo Ernst Jünger, en la época de la técnica lo accidental se había tornado necesario, lo que significaba que catástrofes de la era tecnológica como los accidentes ferroviarios, los fallos de aviación o los desastres industriales no representaban un error de cálculo ni una anomalía corregible: eran resultado de una inversión metafísica en la que accidente devenía en consecuencia inevitable y lógica del despliegue de la propia razón técnica.
Al complejizar y automatizar los sistemas para hacerlos hipereficientes, la sociedad creaba una estructura donde el fallo sistémico masivo se hallaba implícito en su propio diseño. El peligro ya no provenía de la naturaleza salvaje, sino de nuestras propias herramientas, que pasaron de potenciales liberadoras a ejecutoras de una nueva servidumbre: la del técnico especialista pendiente de que sus máquinas –ya fueran mecánicas o burocráticas– funcionasen a la perfección, pero que en su desapasionamiento profesional corría el riesgo de resultar alienado al descuidar las relaciones humanas que habían cohesionado las sociedades no masivas de otro tiempo. Habría que procurar que en este mundo transformado los seres humanos no dejasen de serlo para convertirse en meros apéndices de las máquinas.
El filósofo alemán era consciente de una llamativa paradoja: para que una sociedad tecnológica funcionase, debería incorporar la certeza de la catástrofe en sus ecuaciones económicas y burocráticas… pero sucede que a medida que el mundo se vuelve más complejo, los propios cálculos y previsiones se vuelven inmanejables para un ser humano normal, incapaz de hacerse cargo de un conjunto de operaciones de tan enorme, caótico.
La tentación, evidenciada ya en clásicos como Metrópolis, de Fritz Lang, o retomada con carácter apocalíptico en los primeros Terminator, de Cameron, de dejar que nuestro sistema fuese gobernado por algún tipo de inteligencia artificial, sería en esta tesitura demasiado grande, pero tal medida acabaría por hacernos obviar que la nueva divinidad de silicio no solo sería potencial, sino también esencialmente falible, y que un fallo sistémico implicaría en ese caso una catástrofe colosal.
No obstante, la paradoja no consiste solo en ser consciente del «instante peligroso» en el que lo accidental deviene esencial, sino también de la esperanza en que un mundo administrado por una entidad todopoderosa al estilo del Multivac, de Asimov, acabase por funcionar realmente: en una sociedad maquinal engrasada a la perfección, el inconformismo y el aburrimiento, atávicos acicates de nuevas experiencias de riesgo y descubrimiento, acabarían por conducirnos a la desesperación, y más tarde a la violencia y el pillaje: no sería extraño ver cómo una juventud desarraigada de la más natural experiencia vital, se lanzaría, como síntoma de una enfermedad autoinmune, a la destrucción de una utopía distópica en la que lo imprevisible, lo emocionante e incluso lo peligroso habrían dejado de existir.
Se antoja que nuestro tiempo, con ciertos matices, discurre entre el intersticio de esas dos pesadillas: la hipercomplejidad inmanejable de la técnica que produce catástrofes y la pérdida de sentido de la vida humana que acaba por generar una reacción alérgica solo pueden ser empeoradas por una falta de perspectivas reales para las nuevas generaciones: el desarrollo tecnológico, abandonado a su propia lógica, ni siquiera es ya capaz de cumplir sus promesas de paraíso donde fluyan la leche y la miel.
Así, parece que en nuestros días lo impensable acontece más rápido de lo esperado: disturbios que se contagian de país a país, como ha sucedido desde Francia hacia Italia y España con las revueltas estudiantiles que parecen cumplir con el vaticinio de Jünger, conflictos políticos entre poder ejecutivo y judicial, como los que perturbaban –dentro de un orden– los gobiernos agónicos de Israel o de España, pero que se han recrudecido hasta el paroxismo en Polonia… el endurecimiento de la ofensiva rusa sobre Ucrania, con crímenes de guerra diarios perfectamente ignorados –si no directamente favorecidos desde su inoperancia criminal– por los tecnooligarcas; crisis energéticas, de la vivienda, de las migraciones…
El mundo está en un momento de gota colmatante y nadie sabe muy buen cuál puede ser la chispa que prenda ese vaso de gasolina en que se ha convertido ¿Quizá las midterm estadounidenses? ¿La guerra regional de Oriente Medio entre hutíes y petromonarquías? ¿Una confrontación civil en Francia? ¿La política de barra libre contra los ucranianos en Rusia?
Esto es territorio desconocido de tiempos interesantes. Quizá aquí tengamos una respuesta a por qué los creativos de nuestra época no paran de escribir relatos entre apocalípticos y distópicos.

Purgandus populus
Una de esas famosas distopías es la de la saga de La purga, que se inició en 2013 con Ethan Hawke de protagonista y que, excepción hecha de la segunda entrega, ha seguido un camino descendente desde lo mediocre hasta lo abominable.
Pero no es de la calidad de la película de lo que venimos a hablar aquí, sino de la influencia que la saga haya podido tener en las recientes manifestaciones violentas de París, Turín, Barcelona o Bilbao.
En efecto, parece que más allá de las diferencias conceptuales –en La purga el caos es una especie de vía de escape catártico para un estado policial, mientras que en las manifestaciones estudiantiles reales la espontaneidad ha jugado un papel esencial–, lo cierto es que algunos de los agitadores dicen haberse sentido inspirados por la película a la hora de arrasar las ciudades. Muy probablemente exageran, porque más allá de la estética y la cartelería o la comunicación por redes para organizar sus aquelarres, las coincidencias son muy pocas: ni se asaltan familias en sus casas, ni el asesinato de los ricos es leitmotiv de las protestas, como de hecho sucedía en las películas.
En realidad las autoridades policiales han definido las ramificaciones más violentas de Blocus como un fenómeno juvenil sin ideología política definida ni reivindicación social concreta. Sociólogos y psicólogos apuntan a dinámicas como el Efecto Lucifer, de Philip Zimbardo: menores y jóvenes normales que, bajo el amparo de una masa coordinada por redes, desconectan su brújula moral por el afán de aventura, la frustración y la oportunidad de cometer saqueos de forma gratuita.
Vamos, más o menos lo que vino a profetizar Jünger sobre el desencanto en una sociedad tecnificada.

Puentes, accidentes de tren y adivinas míticas
Hay una película de George Pan Cosmatos protagonizada por Burt Lancaster, Sophia Loren, Richard Harris, Ava Gardner, Martin Sheen, Lee Strasberg y O. J. Simpson que parece un crisol de todos nuestros miedos actuales: accidentes de tren en puentes desvencijados, virus mortales y terrorismo internacional.
El puente de Casandra es la típica película de catástrofes que, como tal, aúna virtudes y defectos: un reparto estelar, un guion disparatado y una buena banda sonora de Jerry Goldsmith para acabar consiguiendo un resultado más que discreto, pero que encierra algunos simbolismos curiosos: Casandra, la mítica sacerdotisa de Apolo que engañó al dios a cambio del don de la profecía y que fue maldecida con no ser creída al no cumplir su parte del pacto, se ve representada en esta película por el digno saber científico frente al poder político y militar, que prefiere ignorar las advertencias de jugar con el fuego prometeico.
La película cuenta cómo un tren, donde se han refugiado terroristas internacionales contagiados con un virus militar mortífero, es dirigido hacia un campo de concentración nazi abandonado para confinar al pasaje en cuarentena, sugiriendo que la alianza científico-militar conduce a una catástrofe ya conocida, y que ignorar el pasado es tan grave como no hacer caso de las advertencias sobre el futuro. Como para simbolizar esto, el convoy debe atravesar en su trayecto el puente de Casandra, carcomida reliquia metálica que frustrará los propósitos de los incrédulos poderes fácticos, que no quieren oír las proféticas advertencias de los científicos.
Lo que no se explica muy bien en la película es por qué un puente que no sirve para nada sigue estando todavía en pie, a riesgo de provocar graves accidentes ferroviarios.

Con la muerte en los talones
Eva Marie Saint trabajó en el Actor’s studio de Lee Strasberg, protagonizó junto con Burt Lancaster la serie Viaje al terror, con Martin Sheen la película Taxi y se subió a la litera de un tren con Cary Grant.
Uno de los últimos símbolos de la época dorada de Hollywood nos dejó este mes de octubre a la edad de 102 años, tras haber protagonizado más de cincuenta películas y series de TV, ganado un Oscar y trabajado con los más importantes intérpretes y realizadores de Hollywood.
Sin embargo, es poco conocida la anécdota sobre ella que Patrick Stewart gustaba rememorar: mucho antes de que el actor británico alcanzara la fama mundial, Eva Marie Saint le dio un crucial e inesperado consejo profesional. Le aseguró que en Hollywood las apariencias importaban y que llevar un reloj caro convencería a los productores de que ya era un actor de éxito. Confiando en su palabra, ella misma lo acompañó a una joyería en Beverly Hills donde él eligió su primer Rolex. Stewart recordó años después que esa compra le costó todos sus ahorros y le obligó a comer patatas y espaguetis durante meses.
Fueron vecinos y amigos el resto de sus vidas, y ambos se fueron juntos con pocos días de diferencia.

Patrick Stewart, el mentor y telépata.
«Con un actor tan magnífico no es difícil» le decía Javier Franquelo, el famoso actor de doblaje fallecido en junio de 2025, a Stewart. El reconocido intérprete del profesor Charles Xavier en la saga X-Men o del capitán Picard en la serie Star Trek, tuvo la ocasión de encontrarse con Franquelo, el actor malagueño que le ponía voz en España durante una entrevista en el programa de entretenimiento de Pablo Motos.
Allí se produjo una química especial entre ambos, quizá anticipada por la capacidad intuitiva del actor británico: como si fuera Charles Xavier, el psíquico que patrocinaba la escuela de jóvenes mutantes, fue capaz de identificar a su doblador entre cinco candidatos sin oír siquiera sus voces. Después de la demostración, Motos, como buen maestro de ceremonias, los presentó dando lugar a ese momento memorable de reconocimiento mutuo y de intercambio de elogios.
Stewart siempre ha sido un caballero, y tal afirmación no es baladí: aunque será recordado principalmente por los papeles mencionados en la saga de superhéroes y la serie de ciencia ficción, Stewart –que parece atesorar la virtud de la atemporalidad en su aspecto físico– será siempre para un servidor el Rey Leodegrance, padre de Ginebra y suegro del Rey Arturo en Excalibur, la mágica epopeya de John Boorman y también Gurney Halleck, maestro de Paul Atreides y más fiel aliado del Duque Leto en la Dune, de David Lynch.
Como anticipando también su triste destino, Stewart protagonizó una de las mejores entregas de la saga de X-Men, Logan, dando vida por última vez a un decadente Charles Xavier que padecía una suerte de demencia senil.
El actor británico falleció el día 28 de octubre a consecuencia de la enfermedad de Alzheimer.

Más cosas de magia
Casi cien años antes, el 31 de octubre de 1926, nos dejaba una de las personas más extraordinarias del mundo del espectáculo, y cuya memoria ha dejado impronta en multitud de obras cinematográficas, ya sea de forma indirecta como sucede en El truco final (El prestigio), donde Nolan se inspira en el truco de la Cámara de Tortura China, o Kamchatka, de Marcelo Piñeyro, como directamente en películas como El Gran Houdini, protagonizada por Tony Curtis en 1953, o El último gran mago, con Guy Pearce y Catherine Zeta Jones, que rendían homenaje al mayor escapista de todos los tiempos.
Una de las paradojas más interesantes de Erich Weisz, que así se llamaba realmente Houdini, era su profundo descreimiento ante las artes adivinatorias o parapsicológicas. Se dice que elaboró junto a su esposa un código secreto para desacreditar a los médiums que lo invocaran tras su muerte, ritual que por cierto se sigue llevando a cabo cada 31 de octubre desde hace 100 años. El código se estableció porque si el supuesto espíritu de Weisz fuera capaz de evidenciar su conocimiento del mismo en cualquier sesión de espiritismo en que su esposa se hallase presente, entonces podría afirmarse con certidumbre la pervivencia del alma tras la muerte.
Ni que decir tiene que tal cosa nunca sucedió, y uno puede aventurar algunas respuestas ante tan patente silencio: o bien los espíritus ya no se interesan lo más mínimo por las cosas de los vivos o bien estos no existen en absoluto. Sea como sea, no está en nuestra mano saberlo, y si de saber se trata, creo que podríamos hacer nuestra la frase de Bufón en La cChaqueta metálica: «los muertos solo saben una cosa: es mejor estar vivo».
Desde el punto de vista de la esposa de Weisz y demás parientes desconsolados, podríamos añadir otra: los vivos solo saben que es mejor que sus muertos hubieran seguido viviendo.
La creencia en una vida ultraterrena que se manifiesta en la terrenal es el último anhelo de esperanza de quien no puede cerrar sus heridas. La precognición y la quiromancia son el único consuelo de los impotentes que, ante la muerte, no quieren aceptar que lo son.
Nadie puede prever el futuro, aunque esto no es óbice para que pongamos los medios técnicos e intelectuales para que los más indeseables efectos de un porvenir tecnificado no se cumplan. Los ingenieros no son Casandra, y los responsables políticos no son Houdini: a los primeros debemos creerlos y a los segundos no debemos dejarlos escapar en puente de plata como si el ejercicio del poder fuera un simple espectáculo.
Escribe Ángel Vallejo
