Editorial septiembre 2025

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Despiértame cuando septiembre acabe

Tras la feliz clausura del Festival de Cine de San Sebastián, cuya septuagésimo tercera edición ha evidenciado el buen estado de salud de un cine cada vez más diverso y plural, uno podría redactar un editorial esperanzado y entusiasta sin temor a que le tachen de iluso: la oscura época de los guiones tópicos y prefabricados, del cine clónico y desprovisto de hondura, de la repetición de escaletas y clichés, del abusivo uso del CGI, parece estar dejando paso –muy poco a poco, eso es cierto– a originales formas narrativas y técnicas cinematográficas que sin embargo impactan al respetable con el sabor de lo añejo.

Esto no parece sino una forma virtuosa de hacer madurar lo joven: historias clásicas, eternas, que se presentan en formatos novedosos, como si invirtiendo el adagio bíblico, hiciésemos vino viejo en odres nuevos.

El palmarés del festival donostiarra ha concluido con el premio al tercer largometraje de Alauda Ruíz de Azúa, Los domingos, de la que se dice es una obra que transcurre entre el humor y el drama y que refleja muy bien un conflicto familiar, social y religioso sin tomar partido, mostrando aristas y matices, confiando en la inteligencia del espectador. La autora de Cinco lobitos despega definitivamente en lo que parece una carrera prometedora, con un galardón del que muy pocos pueden presumir.

En el premio Especial del Jurado el agraciado ha sido el veterano documentalista José Luis Guerín, con su película Historias del buen valle, que refleja la vida en el barrio de Vallbona, en Barcelona, como si de una especie de continuación de El 47 se tratase, reflejando la contemporaneidad de una periferia cuyas problemáticas son en cierta medida semejantes, en cierta medida distintas, a las que retrató Marcel Barrena en su película de 2024.

Y ya sin abundar mucho en la lista completa de premiados, cabe mencionar que el premio del Público ha sido para The Voice of Hind Rajab (La voz de Hind) un filme de Kaouther Ben Hania que ya recibió en Venecia el León de Plata. Como seguro que han oído decir, se trata de una desgarradora historia real sobre los últimos momentos de una niña palestina atrapada en un vehículo tiroteado por las FDI. Se dice que es un filme minimalista e intenso, aunque algunos le achacan un exceso de emotividad. No podría ser de otra manera, cuando cuenta con algo tan desgarrador como el testimonio sonoro de la voz real de la niña integrado en un filme en el que los actores otorgan contexto.

Por último, señalar que se ha estrenado una versión animada del libro de Amélie Nothomb La metafísica de los tubos, de la que los espectadores del Kursaal pudieron disfrutar por anticipado, como lo hicieron también con la proyección del Frankenstein de Guillermo del Toro, que levantó expectación y posteriores aplausos a pesar de haberse dicho sobre ella que a veces peca de esteticismo.

Inspiraciones literarias que dan lugar a buen cine, una fórmula recurrente que no siempre ha dado los resultados esperados, pero que levanta esperanza y pasiones entre los aficionados a dos de las formas más masivas de expresión artística.

Y es que a pesar de todo, no puede la esperanza en un cine mejor sobreponerse a la memoria de los clásicos, que son los que al fin y al cabo dan forma a nuestra mirada.  Clásicos como los que nos legaron Robert Redford, El chico de Sundance, y Claudia Cardinale, La chica de la maleta, que nos han dejado este mes de septiembre con pocos días de diferencia.

Algo aciago ha resultado este mes que nos hace desear, como dice Greenday en su famosa canción, que septiembre acabe. Esa nostalgia de la pérdida es algo irremediable, un duelo necesario sin duda, para honrar la recién adquirida inmortalidad de los artistas que hasta ayer fueron mortales. Pero quizá, como celebradamente suele decirse, sea necesario que lo viejo acabe de morir para que lo nuevo termine por nacer. En el ámbito cinematográfico eso puede significar que los viejos dioses del celuloide dejen paso a figuras renovadas que puedan crecer alejadas de su sombra.

Ha sucedido generación tras generación de realizadores e intérpretes, y no tiene por qué dejar de suceder ahora. Los tiempos están maduros y es necesario que, como decía Tancredi en El Gatopardo, de Visconti, por boca de Alain Delon, todo cambie para que todo siga igual. 

José Luis Guerín, con su película Historias del buen valle, que refleja la vida en el barrio de Vallbona

El hombre que susurraba a los caballos

Con la desaparición de Robert Redford, el cine pierde a uno de sus rostros más atractivos y reconocibles, pero también a un creador que supo transformar su magnetismo de estrella de la interpretación en una obra de autor comprometida con la cinematografía, tanto detrás de la cámara, como en su labor de promotor de cine independiente como fundador del festival de Sundance.

Nacido en Santa Mónica en 1936, Redford aportó durante décadas una elegancia agreste al mito del cowboy y una cierta dulzura al ideal del héroe americano, aunque nunca quiso conformarse con la etiqueta de rostro bello y amable.

Su salto a la fama está indisolublemente ligado a su alianza con Paul Newman, su hermano cinematográfico, su cómplice en dos de las películas más carismáticas de la historia del cine: Dos hombres y un destino y El golpe. En la primera, ambos encarnaban ese arquetipo que tanto gusta en el cine norteamericano, el de forajidos románticos que cabalgaban hacia la tragedia unidos por una camaradería masculina sin fisuras, inmortalizada en ese salto al abismo y la huida final que todavía resuena como emblema de la amistad y la pérdida.

En la segunda, se transformaron en estafadores encantadores, partícipes de un juego de espejos tan elegante como ingenioso. Redford y Newman representaron juntos algo más que personajes: simbolizaron una complicidad genuina, un entendimiento entre iguales que traspasó la pantalla. Ahora que de nuevo están juntos, podrán rememorar sus deliciosas fechorías.

Pero Redford no se detuvo en la química de pareja ni en el papel de galán. Supo escoger con inteligencia papeles que lo proyectaron como un actor serio, comprometido con los dilemas morales de su tiempo: desde el periodista que destapa el caso Watergate en Todos los hombres del presidente, hasta el enamorado de un ideal perdido en Memorias de África pasando por el forajido en fuga de El jinete eléctrico –tercera película junto a Jane Fonda, por cierto, de quien podría decirse que fue su otra pareja cinematográfica– o el marinero solitario de Cuando todo está perdido, donde sostuvo, casi en silencio, un duelo épico con el mar.

Su verdadera ambición, sin embargo, floreció tras la cámara. Como director, Redford debutó con Gente corriente, un retrato íntimo de una familia marcada por la incomunicación y la culpa, que le valió el Oscar a la mejor dirección, galardón por el que estuvo nominado cuatro veces y solo una de ellas como actor. A ese debut siguieron obras como El río de la vida, con Brad Pitt y Craig Sheffer, donde el agua y la pesca con mosca se convertían en metáfora del paso del tiempo, de la memoria y del vínculo entre hermanos; o Quiz Show, disección sobria de la corrupción mediática en la televisión norteamericana de los cincuenta.

En todas ellas, Redford mostró un interés constante por los conflictos morales, por la tensión entre la pureza idealista y la corrupción de la realidad. No en vano, su faceta como fundador del Sundance Film Festival se convirtió en la gran plataforma del cine independiente estadounidense: allí nacieron las voces de una nueva generación de cineastas que no habrían tenido espacio en la maquinaria hollywoodense. Redford no solo brilló en la pantalla: abrió camino a otros, dio voz a los márgenes, convirtió un festival de Utah en referencia mundial. En el buen sentido… hizo que todo cambiase para que, tras él, todo pudiera seguir igual.

Hoy, al evocar a Robert Redford, queda su imagen de galán perfecto de pelo pajizo, sus papeles legendarios, su sonrisa inquebrantable junto a Newman o en la soledad de la montaña en que se refugió Jeremiah Johnson, pero también sus películas como director, que nos recuerdan que detrás de la estrella había un narrador honesto, preocupado por lo que de verdad importa. Su legado se cifra no solo en la posteridad de títulos inolvidables, sino en la convicción de que el cine puede ser, a la vez, espectáculo y conciencia.

Robert Redford junto a Paul Newman: Dos hombres y un destino

Hasta que llegó su hora

Con la muerte de Claudia Cardinale, el cine europeo pierde no solo una de sus más radiantes estrellas, sino también una presencia tan intensa como enigmática, un rostro tallado por la belleza mediterránea y la fuerza de lo cotidiano. Falleció el 23 de septiembre a los 87 años en Nemours, región de Île-de-France, donde vivía desde hace años, dejando tras de sí una carrera de casi siete décadas en la que nunca abandonó su fidelidad al cine de autor, aun cuando abrió breves ventanas al cine americano.

Nacida el 15 de abril de 1938 en Túnez, hija de sicilianos, Cardinale fue descubierta muy joven, en un ambiente colonial que le legó la mezcla de culturas, idiomas e identidades que luego alumbrarían su magnetismo en pantalla. Su voz profunda, ligeramente ronca, era reconocible también por su inconfundible acento francés. Su porte que mezclaba lo magnético y lo vulnerable, y esos rasgos de mujer mediterránea fuerte, pero frágil a la vez, hicieron de ella una de las musas imprescindibles de los años 60 europeos.

Desde sus primeros pasos, Cardinale se inclinó por directores que le permitieran expresarse más allá del escaparate de belleza. Rocco y sus hermanos, de Luchino Visconti, marcó la pauta y el inicio, como sucedía con Redford y Newman, de una gran amistad. Cardinale rodó cuatro películas con el realizador italiano, y en dos de ellas coincidió con Alain Delon, intérprete también en El Gatopardo, donde Cardinale se transformó en Angélica-Sedara, puente entre la decadencia aristocrática y el empuje de un mundo que emergía, la juventud que trastocaba lo viejo.

En Ocho y medio, de Federico Fellini, la actriz encarnó un ideal femenino, un objeto de deseo que lleva consigo la conciencia de lo imposible, la elegancia y el tormento creativo.  

Pero su cine no se encerró en la Italia de los melancólicos paisajes aristocráticos; Cardinale cruzó fronteras, trabajó con cineastas que la retaron a otros registros. Hasta que llegó su hora, de Sergio Leone, la convirtió en símbolo del western crepuscular, mezcla de resistencia silenciosa y dignidad. Su participación en Fitzcarraldo, de Herzog, le permitió explorar geografías extremas, personajes atrapados en la ambición y rodajes alocados, extenuantes e imposibles.

También tuvo incursiones en el cine americano, aunque no duraderas ni determinantes. Títulos como La pantera rosa la acercaron al star system anglosajón, pero Cardinale nunca se vio tentada a abandonar lo que el cine europeo le ofrecía: complejidad, riesgo, grandes nombres, realismo poético, carácter… y cercanía a su hogar en Italia.

Su preferencia por el cine europeo no fue acto de purismo, sino de convicción: entendió siempre que su voz artística (esa mezcla de sensualidad, melancolía, fuerza, ambigüedad moral) florecía más auténticamente al lado de directores como Fellini, Visconti, Leone o Herzog, aunque paradójicamente su fuerte acento francés hizo que la real fuera doblada en más de una ocasión.

Este pequeño hándicap fonético no ensombrecía su verdadero talento lingüístico: en El gatopardo hablaba en francés con Delon, en inglés con Lancaster y en italiano con Visconti. No tuvo ocasión de expresarse en árabe, que conocía desde su juventud, pero bien podría haberlo hecho.

Claudia Cardinale fue también una figura feminista antes de que esa palabra se volviera ortodoxia: negó la desnudez en pantalla, exigió dignidad en sus papeles, resistió roles que la cosificaran. En una palabra, ejerció autonomía y amó la libertad.

Como en el caso de Redford, cuando uno piensa en Cardinale uno se representa a una mujer que quiso ser más que una cara hermosa, una artista que se hizo a sí misma desde lo que quiso decir, con quién quiso trabajar, cómo quiso ser vista. Será imposible olvidar su andar, su voz, su mirada, esa forma de moverse en la pantalla: muchas horas de cine convertido en clásico dan todavía testimonio de ellas.

Claudia Cardinale hablaba en francés con Delon, en inglés con Lancaster y en italiano con Visconti

Todo final es un principio

Septiembre se acaba, sí, y parece que hay esperanza de poder despertar de la pesadilla en Palestina: Trump ha presentado un plan de paz que tanto Israel como los países árabes, Turquía, Pakistán e Indonesia han aceptado de momento. A la espera de que el grupo terrorista Hamás dé su visto bueno y asuma, junto con los demás responsables de la catástrofe en el otro lado, su lugar en el basurero de la historia, contenemos la respiración deseando que de una vez por todas cese la violencia.

No nos engañemos: de salir bien, esto será solo el principio. Pretender acabar con un conflicto tan retorcido y enquistado con un solo plan basado en veinte puntos y redactado a toda prisa solo muestra un adanismo digno de mandatarios aún somnolientos, que quizá sueñan despiertos con el Nobel de la Paz.

Sin embargo, la propuesta debe ser bienvenida, porque siempre supone algo más que la pura resignación o el sostenimiento de un nihilismo destructivo; muchos de los más recalcitrantes de cada uno de los bandos en conflicto lo ven intolerable. Esa postura es precisamente la que evita cualquier avance, y sin embargo parece señalar algo bueno de la propuesta: si los radicales están en desacuerdo, probablemente estemos en el camino correcto.

Tiempo habrá de juzgar un plan tan ambicioso como difícilmente realizable. Sin embargo, muchos se han señalado ya cuando sugieren que el pacto es una encerrona para Hamás, que «solo» ofrece detener la masacre o que concede demasiado a los palestinos cuando reconoce su derecho a un estado propio. Leyendo esas opiniones, parece que la palabra del sintagma que les chirría a muchos no es «plan», sino «paz».

Lamentablemente, nuevos vientos de guerra recorren también la vieja Europa, amenazada por otro sátrapa invasor que no para de poner a prueba los límites de sus fronteras y su paciencia. Alguien que aún no ha despertado de su sueño imperial y cree poder reverdecer viejos laureles nos arrastra a todos hacia su pesadilla.   

¿Cómo acabará todo? Nadie puede saberlo. Todo principio anhela un final, eso es cierto, pero ese desenlace soñado está más allá del alcance de los simples mortales.

Quizá solo los que han alcanzado la inmortalidad, a vista de cóndor, puedan entender este juego de espías y distinguir los leones de los corderos.

Escribe Ángel Vallejo

«Paradise Now», uno de los grandes títulos que ha dado para el cine el conflicto palestino-israelí.