27 Festival de cine mudo de Forssa (4): 20 y 21 de agosto

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Primer cuaderno de bitácora: Un sombrero, un teatro y muchas películas

El corazón del Festival Internacional de Cine Mudo de Forssa lo forman tres jornadas de proyecciones en vivo, de viernes a domingo, acompañadas por músicos de lo más diverso. El último día, vas tomando conciencia, poco a poco, de todo lo que has vivido: unos días mágicos que ojalá, en el futuro, lleguen a ser muchos más.

El jueves, a mi llegada, todavía no había acompañamiento en directo, pero la impaciencia por conocer por primera vez el Elävienkuvien teatteri, y hacerlo además con la proyección de Seven Chances (1925), de Buster Keaton, era demasiado grande como para perdérselo.

Fue emocionante entrar en el teatro. Lo imaginaba algo más pequeño, más alejado del centro de la ciudad, quizá incluso más inaccesible. Todavía no había llegado el numeroso público que llenaría las sesiones siguientes y eso me permitió detenerme en el lugar con más calma.

Me fijé en las paredes, en el techo, en los colores, en los carteles, en las fotografías que cuentan parte de su historia y en el rojo del tapizado. Para algunos, un cine de lo más sencillo; para otros, un lugar donde se acarician los sueños.

El pasado octubre yo había llevado mi sombrero bombín y mi chaqueta a lo Charlot al Festival de Cine Mudo de Pordenone, para animarme, ilusionada por ver parte del programa dedicado aquel año a Charlot y a sus imitadores.

Siguiendo aquel juego y aquella emoción, llevé a Forssa un sombrero más adecuado al verano: el sombrero de Harold Lloyd, curiosamente parecido al que Buster Keaton lleva en Seven Chances (Keaton, 1925). Lo dejé apoyado en la butaca.

Era, además, una de las pocas veces que Keaton llevaría un sombrero diferente al de sus otras películas y la primera vez que yo llevaba uno de ese estilo a un festival. Sí, definitivamente tenía que ser Seven Chances la primera película que vería allí, en aquel teatro tan especial y, al mismo tiempo, tan familiar durante aquellos días.

Al comenzar la proyección, me quedé parada. No recordaba así los colores del comienzo. Me sorprendí y miré a Kari Glödstaf, director artístico, que se había sentado a mi lado y que, unos momentos antes, había presentado la película a los espectadores. ¡Claro! Yo misma había reconocido un par de palabras de su introducción en finés; una de ellas, «Technicolor». ¿Cómo era posible? La película restaurada es bien conocida y accesible, también en lo que respecta a sus colores iniciales. ¿Podía ser simplemente el efecto de verla allí, en aquel teatro?

Se proyectó con la banda sonora que acompaña a la copia de la restauración. Después descubriría, al volver a verla con música en vivo, qué emocionante había sido vivir aquel momento en directo, con la interpretación tan personal de los músicos.

Fueron dos Seven Chances diferentes, dos accesos diferentes y, por qué no decirlo, dos sentimientos diferentes.

Aquella tarde fue también una ocasión para pasear por los alrededores del Elävienkuvien teatteri. Era la primera vez que estaba allí y me resultaba extraño, después de tanto tiempo imaginándolo, encontrarme finalmente frente al teatro.

Con la llegada del viernes comienza una de las grandes jornadas del festival. Esa mañana no hay proyecciones en el Elävienkuvien teatteri, sino en otro lugar estrechamente ligado a la historia de Forssa: el Forssan Työväentalo (la Casa de los Trabajadores de Forssa), un antiguo edificio emblemático de la ciudad que, curiosamente, también sufrió un incendio en 1930. Al igual que el cine-teatro, el edificio ha pasado por distintas etapas de reconstrucción y conservación. Durante los años veinte, entre muchas otras actividades, acogía también sesiones de cine.

Mi sombrero, a lo Harold Lloyd

Allí acudo a mi primera proyección con música en directo. El salón es muy amplio y Elina Korkeila-Väänänen, la pianista, ya está allí, preparada. El público son niños de un colegio y la película que se proyecta no es ni más ni menos que Marinero de agua dulce (A Sailor-Made Man, 1921), con Harold Lloyd.

En realidad, son dos sesiones. En la primera hay niños más pequeños. Llevo mi sombrero de Harold Lloyd y algunos sonríen al verme; un par incluso me saludan con la mano. Prefiero sentarme cerca de ellos. Me gusta oír las carcajadas de los niños durante las proyecciones de cine mudo. Nada más comenzar, ¿qué aparece en pantalla? Lloyd, en primeros planos, con un sombrero como el mío. Algunas niñas de delante se giran para mirarme, o, mejor dicho, para mirar mi sombrero. Sonrío y seguimos viendo la película.

Por momentos no puedo contener la risa, aunque a veces me cuesta soltarme, porque no estoy segura de si el público finlandés es dado a las carcajadas tanto como yo. La tarde anterior, durante Seven Chances, había escuchado algunas, pero bastante tímidas. Aquí, en cambio, no tardan en llegar: muchos niños se lo pasan en grande, y yo con ellos.

Al salir, algunos ya se han familiarizado con mi sombrero y me dicen adiós con la mano. Yo respondo levantándomelo y despidiéndome igualmente. Creo que el festival no podía haber empezado mejor.

Después de la película, Ville Koivisto, el director, nos invita a Kari y a mí a visitar su lugar de trabajo. Ville es documentalista, hace publicidad y, en realidad, un poco de todo. Tiene muchas aficiones: entre ellas, restaurar coches antiguos y motos clásicas, recuperar edificios e incluso elaborar su propia cerveza.

3. Niños de un colegio de Forssa en la proyección de A Sailor-Made Man en la Casa de los Trabajadores de Forssa

Me enseña su gran estudio, una mezcla de taller, almacén y espacio de trabajo donde parece caber de todo: antiguos carteles del festival, una máquina vintage de palomitas que ha venido a recoger para instalarla en la carpa, una batería que toca su hijo, zonas de grabación y locución y numerosos proyectores de cine antiguos. «Él se maneja con todos los posibles formatos de vídeo, film y audio», dice Kari. Después de ver aquel lugar, no me cabe la menor duda. «», asiente Ville, «aunque hoy todo es mucho más fácil y prácticamente automático».

La verdad es que cuesta imaginar a los directores de otros festivales haciendo las cosas que Ville hace.

El viernes es, sin duda, el día más agotador del festival. La película que abre las proyecciones con música en directo es Braza Dormida (Humberto Mauro, 1928). No sé muy bien cómo definirla y mucho menos cómo describir lo que hace Jarmo Saari Solu con su instrumentación.

Hay escenas en las que va surgiendo el acercamiento, el romance, pero también otras de gran tensión. Reconozco que soy impresionable ante este tipo de músicas, efectos e instrumentaciones, así que esto me pasará varias veces durante las siguientes proyecciones. Jarmo Saari construye una especie de eco sonoro que parece respirar con la película: la inquietud, el suspense progresivo, la incertidumbre, todo avanza en un continuo crescendo.

Los paisajes naturales frente a los industriales, la inminencia del peligro, pero también la del romance. La guitarra eléctrica, el piano y los efectos electrónicos, incluso percusivos; el sonido certero de unas conchas agitadas y golpeadas entre sí; los ecos de la vegetación que parecen reflejarse en los interiores… Todo es sugerente y magnético.

Elina Korkeila-Väänänen al piano

No puedo evitar fotografiar antes de la proyección los pedales de guitarra que Jarmo ha traído consigo, todos esos efectos coreografiados que, sin duda, juegan a favor de la película. El resultado: todo un éxito.

Poco tiempo de descanso. El siguiente título programado es Sunshine Sally (Lawson Harris, 1922), y tengo muchas ganas de verla en pantalla grande, en este teatro y en su formato original de proyección. Se trata, además, de una producción australiana que nos ha llegado casi milagrosamente: estuvo a punto de desaparecer, como ocurrió con buena parte del legado cinematográfico australiano de aquellos años. Es, por tanto, una oportunidad excepcional para verla, ya que apenas es accesible en buenas condiciones de imagen.

Anu Rautakoski acompaña al piano. De formación clásica, presta mucha atención a los personajes y a las situaciones. Me encantan, sobre todo, las escenas en las calles de Woolloomooloo y la carrera que se desarrolla por ellas. Sin embargo, durante la proyección me ocurrió algo curioso. En una de las escenas, Anu toca unas melodías que parecen reinterpretar la melodía de Gute Nacht, del ciclo Winterreise de Schubert. Es una de mis canciones favoritas y, además, tiene para mí un significado muy personal. Mientras Gute Nacht me habla de una ruptura, de una despedida, del amor, de la aceptación y de la soledad, las imágenes de Sunshine Sally me hablaban de algo muy diferente: del comienzo de algo nuevo, de la posibilidad de seguir adelante y de la esperanza.

Reconozco que esta es una experiencia completamente subjetiva, pero forma parte también de la manera en que viví aquella proyección. Curiosamente, al día siguiente, durante el programa triple Las aventuras de Kutsu-Juku, La caza del oso en Pärnu, ¡Atrápenlo! (Chyťte ho!), la música de Anu, totalmente improvisada, volvió a desempeñar un papel importante para mí. No había intertítulos en inglés; sin embargo, su música me permitió sumergirme plenamente en las historias y dejarme llevar por las imágenes.

Esa misma noche se proyectaba Tšekaa Komissar Miroštšenko (El comisario de la Cheka Miroshchenko, Paul Sehnert, 1925).

5. El dúo Rokasahurit (Sanna y Kalle Mansikkaniemi), junto a Ricardo Padilla y Jani Snellman

Las percusiones y los ritmos de Ricardo Padilla me resultan especialmente atractivos y expresivos. Tiene una enorme variedad de instrumentos y crea efectos con distintos objetos, algunos de ellos similares a los «caracolillos» que emplea Jano. También realiza efectos maravillosos de fricción con el pandero y con diferentes objetos, explorando continuamente sus posibilidades sonoras. Hay algo hipnótico en la manera en que Padilla construye estos sonidos.

Sanna, la violinista, se arranca a cantar en una escena muy solemne y trágica. Es un momento muy breve, pero de enorme impacto: su voz grave aparece durante unos instantes y deja una fuerte impresión. Más adelante recurre a la melódica en una escena en la que varios personajes beben y festejan en un casino, entre el baile y la embriaguez. En otro momento aparece la sierra musical, con la que crea nuevos efectos: La piel de gallina.

Reconozco que intenté ver la película antes del festival, pero me fue imposible terminarla al llegar a una escena concreta. No es una película fácil, pero sí muy necesaria. Se siente como el miedo va creciendo, las denuncias anónimas, las torturas a ciudadanos estonios que intentan regresar a su tierra…  Al finalizar, el público respondió con una gran ovación.

Al salir, conocí a Eva Näripea, la archivista estonia, y a su equipo. Estuvieron hablando con Kari sobre las dificultades de la restauración y algunos de los problemas que habían detectado en aquella copia. Para mí, fue un verdadero privilegio poder verla en esas condiciones y, sobre todo, acompañada por una música tan poderosa.

También me gustó conocer un poco más de cerca la labor que están llevando a cabo Eva y su equipo: estudiar materiales, investigar y trabajar para sacar adelante nuevas restauraciones. Ese esfuerzo por recuperar y devolver a la vida películas que, de otro modo, podrían quedar olvidadas me parece especialmente valioso.

Esa noche no pude dormir mucho. Las imágenes, tan impactantes y cargadas de sufrimiento en algunas escenas, unidas a un acompañamiento musical tan sobrecogedor, hicieron que me resultara difícil conciliar el sueño.

Escribe Laura Bondía

Jarmo Saari Solu, ovacionado tras su acompañamiento de Braza Dormida