Tercer cuaderno de bitácora: Un festival al que volver

Llega el último día del festival. La lluvia y el cielo cubierto han decidido quedarse, imprimiendo un cierto aire melancólico a la jornada. Quedan solo dos películas del programa por ver. Me paso temprano por el teatro para intentar grabar algunos exteriores más.
Confieso que, un día antes de viajar a Finlandia y sin saber muy bien qué saldría de esta aventura, compré una cámara más profesional para vídeo y fotografía. Demasiado sofisticada para mí y sin tiempo para practicar, temí acabar como Keaton en The Cameraman. Así que, por seguridad, decidí dedicarme a grabar algunos exteriores más.
Al llegar a la carpa del festival veo que ya hay un grupo de personas reunidas y hablando con gran interés: ¡era el público! Kari Glödstaf me había contado que él y Ville Koivisto suelen quedar el último día con él para conocer sus opiniones y, sobre todo, escuchar sus propuestas para la próxima edición.
No conozco muchos festivales que hagan algo así. En los grandes, lo habitual es que, al salir de la sala, la audiencia vote por escrito por su película favorita. El resultado suele convertirse en el llamado «premio del Público». Pero aquí entran en contacto directo con los organizadores: proponiendo, comentando, discutiendo. Mi imaginación se dispara y ya está recreando la emoción de ver a Keaton, ya anciano, recogiendo ese imaginado premio. Estoy convencida de que se lo habría llevado por alguna de las dos películas que pudimos ver.
Voy grabando el ambiente, reconozco algún nombre, como «Vidor», mientras otros se me escapan. Ville interviene y Kari toma notas. La conversación se alarga.
La carpa parece más vacía de lo habitual: ya han empezado a recoger. Me alegro de haberme llevado mi camiseta y la bolsa de tela del festival. Kari Glödstaf también me había regalado algunos de sus libros, entre ellos uno dedicado a Harold Lloyd, cuya portada lleva un dibujo de él con mi sombrero.
Se acerca la hora de la primera proyección y me quiero colar para ver las pruebas de sonido de Kotila, el dúo formado por Jonna Tervomaa y Darin Gray. Solo ver los instrumentos dispuestos ya resulta fascinante. Ambos son músicos muy reconocidos. Gray es bajista, compositor e improvisador estadounidense, vinculado sobre todo a la escena de la música experimental; Tervomaa desarrolla su carrera principalmente en el ámbito de la canción.
Antes de comenzar la película, Gray explica algo emocionante: Llevan cinco años y medio trabajando en este proyecto, pero esta es su primera actuación juntos como Kotila. Jonna y él están casados y el dúo nace, en sus palabras, como «una celebración y un ritual de nuestras vidas juntos».
Además, el Elävienkuvien teatteri forma parte de su historia íntima. Por eso, iniciar allí su recorrido creativo juntos tiene para ellos un gran significado: «Es muy especial para nosotros comenzar este viaje musical junto a vosotros», explica Darin. Y mira a su alrededor antes de referirse al teatro y a su público, como un entorno único. Termina con una frase sencilla que lo resume todo: “Creo que todos tenemos mucha suerte de tener este lugar”.
Y entonces da comienzo El tren fantasma (Gabriel García Moreno, 1927).

La película parece hecha para los paisajes sonoros de Kotila. Los silencios dejan respirar las imágenes; la voz de Jonna aparece en determinados momentos, muy suave; la kalimba, los efectos de Darin con el bajo, los sonidos que produce con distintos objetos y pequeños instrumentos van construyendo un mundo sonoro que parece prolongar el espacio del filme.
Hay cascabeles, percusiones, pedales de guitarra y efectos, y multitud de cachivaches que no sé identificar. Recuerdo especialmente unas varillas que, al ser golpeadas, producen una vibración mágica. También algún silbido, un soplido, un susurro a través de pequeños instrumentos de viento. Todo muy adecuado para ese tren fantasma. Me acerco con curiosidad a ellos, como también haré después, durante la última proyección.
Durante aquella hora, música e imágenes parecen sugerir mundos muy diferentes al nuestro. Me emociono. Y cuando llegan los últimos ecos, el bajo de Darin se mezcla con la kalimba que maneja Jonna. Poco a poco, el sonido se apaga junto a la imagen. Los aplausos y la vuelta a las luces nos devuelven a la realidad. No es difícil entender que ambos sean tan queridos por el público.
Fuera del teatro empiezan a verse las primeras señales de retirada de la carpa. También se recogen los instrumentos y se prepara la última sesión que tiene lugar en el auditorio de la Casa de los Trabajadores de Forssa.

Vuelvo a pensar en algo que me ha llamado la atención durante todos estos días: el festival de Forssa es su público, pero también su voluntariado. Aquí todos parecen participar en todo. Uno de los hombres que ayudan a montar la carpa, que cuelga los adornos y está pendiente de esos pequeños detalles puede ser, al mismo tiempo, uno de los grandes expertos actuales en cine mudo de su país. No tiene reparos en echar una mano. Tampoco los demás voluntarios dejan de hacerlo, ni el propio Ville. Está Pia Oksa, parte esencial de ese equipo de voluntarios. Está Outi Rämö, atendiendo la máquina de hacer palomitas que Ville trajo de su estudio. Descubro que también es pintora. Hay muchos más que espero conocer mejor en mi próxima visita.
Como todavía soy bastante novata con la cámara, no me arriesgo a grabar demasiado. A algunas personas les pido permiso; a otras no llego a preguntar. A Outi Rämö, finalmente, solo me atrevo a fotografiarla discretamente de espaldas. Después descubriré que una de sus pinturas estuvo expuesta paralelamente al festival en el Wiksbergin Taidevintti, el ático de arte de Wiksberg.
Me acompañaron a verlo. La visita fue rápida, entre dos sesiones del festival. Mi fotografía de su cuadro no reproduce bien los colores y la perspectiva tampoco es la mejor. Son las limitaciones de las visitas rápidas. Pero me gusta mucho aquel lugar: en medio de la naturaleza, rehabilitado y convertido literalmente en un pequeño rincón dedicado al arte y a los artistas locales. Pienso de nuevo en lo que Kari Glödstaf me había dicho alguna vez: esta gente maravillosa es el festival.

Queda el último largometraje: Sangue Mineiro. Sé que el final se acerca y eso me produce una cierta tristeza. Pero aun nos espera esta película ensoñadora y el acompañamiento de Kari Mäkirannan orkesteri formada por Kari Mäkiranta al teclado y en los arreglos electrónicos, Karin Mäkiranta a la voz, percusión y efectos de loop, y Kimmo Gröhn al saxofón, flauta y guitarra.
También aquí vuelvo a fijarme en los instrumentos. Hay una melódica a un lado, su teclado está gastado por el uso, una kalimba y otros objetos de sonoridades mágicas. Las kalimbas, por lo que veo, son muy queridas en este festival, algo que me encanta. Me acerco a ellos con la misma curiosidad que durante la actuación de Kotila e incluso hablo con Karin, admirando especialmente su glockenspiel.
El acompañamiento es sensible y evocador. Y el desenlace resulta especialmente hermoso: un pequeño instrumento entre sonajero y maraca se va alejando poco a poco, mientras también lo hacen las imágenes. Suenan muy bajos los últimos acordes del teclado ambiental. La música deja respirar la imagen, el silencio y los créditos finales. El resto lo pone la imaginación del espectador. Las sensaciones se diluyen entre los aplausos. Miro hacia arriba y allí está Ville, todavía pendiente de la proyección. Casi no hay pausa. Los voluntarios empiezan inmediatamente a recogerlo todo. Hay que desmontar y ordenar la sala.

Y entonces llega el vacío.
Pero no dura mucho. Ville nos invita a conocer el lugar donde fabrica su cerveza. Tiene grandes planes, reformas y proyectos para el futuro. Al concluir, me llevo conmigo algo que me dice Kari: «Cada invitado es importante. Tú eres importante. Todos lo son». Y añade: «Esta es la diferencia de este festival». También me dice que, al escribir sobre él, aporto algo, por pequeño que pueda parecerme, ya que todos contribuimos de alguna manera. Y termina con una frase que me gusta especialmente: «Tú has venido, has sido una de las primeras en hacerlo, y traerás a alguien más contigo».
Y quizá ahí está la mejor manera de entender lo que ha sido para mí Forssa. No he sentido que estuviera allí simplemente para cubrir un festival, sino que, poco a poco, me han hecho sentir parte de él. Me llevo películas, músicas, fotografías, conversaciones y muchos nombres que todavía quiero conocer mejor. Pero, sobre todo, me llevo la sensación de haber encontrado un lugar en el que el cine mudo no es solo algo que se programa y se proyecta: es algo que se comparte.
El festival termina. Se desmonta la carpa, se recogen las sillas, los instrumentos vuelven a sus cajas y el teatro queda en silencio. Sé que volveré… y que inevitablemente traeré a alguien más conmigo.
Escribe Laura Bondía | Álbum de fotos
