Segundo cuaderno de bitácora: Los papeles japoneses, Chaplin y la Muerte cansada

Después de la primera jornada, ya sufría de resaca visual e insomnio constante. Sin embargo, era imposible perderse las películas matutinas de Griffith, especialmente si aparecía mi diva, Florence Lawrence, esta vez acompañada por la música de John Sweeney. El dilema era decidir qué no ver para tener un mínimo descanso, pero no supe decir «no» a nada, lo que resultó ser uno de los días más intensos del festival. Me lancé a por todas.
Por la mañana, las producciones de la Biograph incluían Concealing a Burglar (Griffith, 1908), que no solo mezclaba géneros, sino que sorprendía al fusionar la figura del ladrón con la del mirón, y la de la víctima con la del cómplice.
Florence Lawrence, un día después de haber sido la heroína armada, se desviste inconsciente del ladrón escondido en su alcoba. En esta escena se observa una piel de animal como alfombra, puertas y cama estratégicamente posicionadas. La manera cuidadosamente descuidada de Florence al quitarse la ropa, revelando el corsé y su bata, añadía un toque de humor descarado al momento en que descubre al ladrón, poco despues su marido intentaba entrar. Fue un juego escénico que me dejó estupefacta. Con toda la emoción, terminé aplaudiendo y aclamando la música de Sweeney. Sin embargo, para sobrevivir al resto del día, me perdí lo que hubiera sido mi primer encuentro con mi segunda diva, Italia Almirante Manzini, a quien vería más adelante.
Todo mi entusiasmo se volcó en el evento especial japonés, por ello decidí cambiar de lugar y subí arriba del todo para observar a Hikaru Tamaki tocando el cello y a Yoko Reikano Kimura con el koto. Los músicos y sus instrumentos estaban ocultos bajo la pantalla en el foso del teatro, pero me aseguré de estar en posición para ver cuánto más pudiera su técnica y belleza. Un asistente ya me advirtió que la pantalla no se vería bien desde allí, pero tenía que estar cerca de Yoko y su koto.
Ellos acompañaban las películas en papel japonesas, ya que entre 1932 y 1938, algunas empresas japonesas crearon películas animadas en papel (kami firumu) en lugar de las tradicionales de celuloide. Utilizaban proyectores especiales para mostrar estas películas en casa o en la comunidad. Estos proyectores podían mostrar imágenes de materiales opacos y transparentes, reflejando la luz sobre la película para proyectar la imagen en una pantalla. Las bandas sonoras incluían música, efectos especiales y diálogos, o contaban con narradores japoneses. Así, las películas en papel de Japón ofrecían una experiencia visual bastante avanzada, combinando sonido y color.
Es imposible aquí describir cada una de ellas, pues se mezclan unas con otras en mi recuerdo, como las animaciones de la luna y de aquel conejillo buscando venganza, pero dos llamaron especialmente mi atención: Los animales olímpicos (Animal Olympics, 1935) era muy divertida, la acción y su toque especial radicaban en una banda sonora donde los animales participaban en varios eventos deportivos olímpicos. La película detallaba todos los aspectos, desde la ceremonia de apertura hasta un coro de animales; el comentarista de radio describía los eventos e intentaba diferentes trucos o estrategias para evitar que el espectador se aburriera en los eventos largos.
También me encantó una película en papel Cell 2455: Death Row (de aprox. 1955), claramente creada por un gran aficionado que intentaba reproducir el estilo del filme noir de 1955, pero maravillosamente amateur y realizada a mano. Era muy tierna, una película sobre otra película encontrada en el reverso de otro filme en papel. Esta obra incluía señalizaciones de teatro, precios de entrada. Era divertidísimo cómo este autor agregaba diferentes reducciones de precio según el tipo de espectador, la hora y el día del visionado de la película. También se veía una recreación de una escena de persecución del filme noir estadounidense del mismo título. Dura apenas 1 minuto, ¡pero qué imaginación!
Para mí, esta sesión era una de las atracciones del festival, lo reconozco. Tenía muchas ganas de verlos y seguiré asiduamente sus próximos proyectos y colaboraciones. Las músicas de las películas que no se conservan son de ellos, y ellos mismos comentan en el programa: «No solo tratamos de incorporar tipos de música comunes en la época, como canciones populares, jazz y melodías folclóricas, sino que en las películas de chambara (esgrima japonesa), el koto cita directamente piezas clásicas compuestas en los períodos Edo (1603-1867) y Meiji (1868-1912) que representan escenas de batalla. También utilizamos algunos efectos de sonido y sonidos percusivos, ya que la música japonesa en general es más abierta a lo que la música clásica occidental podría considerar ruido».
Sí, el asiento en lo alto era mi única oportunidad para ver cómo Yoko Reikano Kimura no solo tocaba, sino que permitía que su instrumento vibrara, creando un espectáculo mágico. Observé cómo sus manos parecían realizar encantamientos mientras hacía sonar el koto. Era hermoso ver el baile de ellas acercándose a las cuerdas, introduciendo efectos con una baqueta o colocando objetos entre las cuerdas. Producía sonidos rasgados y efectos en cascada, utilizando solo sus manos y, en ocasiones, un poco de papel. El acompañamiento del cello de Hikaru Tamaki añadía una combinación hermosa y aún más vibrante.

A partir de estas películas japonesas, ya no hubo posibilidad de descanso. El programa continuaba implacable, con apenas unos minutos para salir, tomar aire y regresar antes de que la cámara de Valerio pudiera captarme. Sin embargo, no fue posible evitarlo. Continué con el corto de Max Fleischer que, al igual que Griffith, era imposible de ignorar. The Clown’s Little Brother (1920) deslumbra con la animación tan realista de los movimientos del cuerpo humano y escenas impactantes, como la del gato y los objetos reales que envuelven los dibujos.
Continuamos las siguientes sesiones con un programa completo titulado The Chaplin Connection. De los archivos de la familia, me queda en la memoria material único recopilado, algunos de ellos vistos por primera vez en Pordenone: cortos de animación y películas que documentan cómo la fiebre por Chaplin se había extendido por América.
En la pelicula Sammy’s Scandalous Scheme (1915), la novia de Sammy está obsesionada con Chaplin, lo cual irrita a Sammy. Debido a esta obsesión, tienen una discusión y ella decide escribir dos cartas: una para terminar con Sammy y otra para expresar su admiración por Charlie. Sin embargo, las cartas se mezclan accidentalmente, creando confusión y escenas hilarantes. Sammy se disfraza de Chaplin y trata de actuar de manera escandalosa y ridícula cuando visita a su novia, lo cual resulta divertidísimo.
Los dos cortos de animación de Chaplin me encantaron, realizados de manera tan diferente. Charlie in Turkey (1919) y Chaplin’s Droom son fantásticos en su imaginación. Ambos se conectan con el mundo onírico: Chaplin duerme, Chaplin sueña… ¿Qué soñará y de qué formas? Este último me gustó especialmente; incluía escenas macabras en una atmósfera fantástica con una animación en fondo negro y el movimiento de figuras recortadas articuladas. Los recortes se manipulaban bajo la cámara y se fotografiaban fotograma a fotograma. Me encanta esa animación fantasmagórica que yo no conocía realizada de esa manera.
Además, se proyectaron más películas de los archivos de la familia Chaplin y una serie de cortometrajes que mostraban a diversas personalidades visitando a Charlie en sus estudios, así como campañas de apoyo que él ofrecía. Ver todo ese material junto me dio una sensación melancólica, como si Chaplin hubiera sido muchas veces el animador oficial de su época, el alma de la fiesta que estaba allí para hacer reír. Me dio que pensar que probáblemente detrás de la máscara de sus gestos y sonrisas no siempre se veía a la persona real o sus sentimientos.

A estos cortos siguieron otros igualmente enternecedores de las Chaplin Family Home Movies, mostrando a Charlie con Oona y su hijo Eugene, o a Chaplin en su avanzada edad haciendo poses divertidas. Nuevamente, la melancolía me invadió al ver a Chaplin en su barrio natal, claramente reconociendo los lugares de su infancia. Fue conmovedor.
Todo este programa estuvo acompañado por la fantástica música de piano de Stephen Horne y la excepcional percusión de Frank Bockius.
Al terminar el programa de Chaplin apenas sali para tomar aire y regresar para ver lo que finalmente me dejaría sin aliento en esta jornada llena de emociones: Der müde Tod (La muerte cansada, 1921) de Fritz Lang. En esta película se reunían algunos de mis arquitectos y fotógrafos fílmicos favoritos: Walter Röhrig, Hermann Warm y Robert Herlth.
Aunque conocía bien la película, verla en pantalla grande y bajo el acompañamiento de los diferentes pianos, espinetas o clavecines (no supe distinguir bien los intrumentos) de Ilya Poletaev fue impresionante. Vivi la pelicula en su tridimensionalidad sonora, una por cada una de las luces, una por cada una de las muertes en diferentes epocas. Los escenarios, aquel muro designado solo para aquellos que ya no viven más, me hicieron sentir como si lo atravesara por primera vez; puro estremecimiento y, al mismo tiempo, algo dentro de mí también murió con la protagonista.
Aplaudiomos tanto a Poletaev que no tuvo mas remedio que subir arriba a agradecer al público. Creo que, a partir de esa noche, mis aplausos y aclamaciones comenzaron a llamar la atención, sin poder evitarlo. El regreso a casa fue duro, con otra ronda de resaca visual y cansancio acumulándose un día más.
Escribe Laura Bondía | Fotos Pordenone/Valerio Greco | Álbum de fotos nº 3
