Tercer cuaderno de bitácora: Griffith y sus costuras, Feuillade, MaxLinder, el barco ensangrentado y la cíngara Italia Almirante

El día no podía empezar de mejor manera con mi heroína, Florence Lawrence, quien participa esta vez en la única adaptación de Shakespeare conocida en la obra de Griffith: The Taming of the Shrew (1908). ¿Pueden imaginar qué papel interpreta? Imaginen haberla visto días atrás, valiente y decidida, con una pistola en mano, persiguiendo a un villano en un bote. Pues sí, se trata de La fierecilla domada, donde Florence muestra todo su ímpetu y nos enternece al final.
Cabe destacar la fantástica restauración digital realizada en 2025 por la Film Preservation Society. Un dato curioso: esta película fue rodada en los estudios de Coytesville, New Jersey, en Fort Lee, al igual que la siguiente película que vimos, The Guerrilla (1908). Esta última me sorprendió por su dinamismo y trabajo de planos, como nunca había visto en sus cortos antes. Es la primera película de temática sobre la Guerra Civil de D. W. Griffith, cuyas escenas diversas y llenas de acción resultan innovadoras para la época. ¿Influyó el rodaje en Fort Lee en este resultado? Este tema lo retomaré en futuros cuadernos.
Por último, The Song of the Shirt (1908), la última obra de Griffith que vimos ese día, resultó ser la más emotiva. Si se atreve a buscar esta película por internet o alguna de las mencionadas, no dará crédito a lo que encontrará.
¿Puede un espectador de 2025 conmoverse con Florence Lawrence? La tristeza que siente al morir su hermana en sus brazos, mientras intenta ganar, o más bien «arañar», algo de dinero con encargos de costura que finalmente son rechazados, es desoladora. Ver esta película restaurada a su velocidad correcta y acompañada de la música de Philip Carli… créanme, emociona profundamente. Desde ese momento, Florence Lawrence se convirtió para mí en la costurera por excelencia, y su imagen, abatida junto a su máquina de coser, quedará grabada en mi memoria para siempre.
Continuamos sin pausa con cuatro mediometrajes que esperaba con ansias. No solo porque eran de Louis Feuillade, y nunca había tenido la oportunidad de ver sus obras en pantalla grande, sino también porque estaban acompañados por la música de Daan van den Hurk y, sobre todo, por el arpa de Elizabeth-Jane Baldry, a quien admiro profundamente. Su música el año pasado ya me transportó a otros mundos.
De todos, mi favorito fue Les Vipères (1911), que se veía extraordinariamente iluminado. La película retrata los efectos destructivos de las habladurías y lenguas viperinas de personas envidiosas o simplemente ociosas. Fue hermoso ver cómo Feuillade mostraba la luz y alegría en el rostro de la esposa enferma, al ser cuidada por Renée Carl (otra de mis divas), interpretando a la sirvienta. No es solo la humanidad reflejada en luces y sombras, ni el arpa de Baldry, que evocaba con su música sonidos de luz y, en otras ocasiones, de oscuridad para acompañar las habladurías. Me encantó cómo, en las escenas que recreaban esos diálogos, el arpa de Baldry aportaba una nueva dimensionalidad.
El toque humano de Feuillade continuó en los demás cortos, pero nunca olvidaré la escena final de Les Vipères y a Renée Carl alejándose de la casa bajo esa iluminación sombría. Los otros cortos que vimos fueron: Le Nain (1912), Le Coeur et L’argent (1912) y Erreur Tragique (1913). Tan emocionada estaba por la música de Elizabeth-Jane Baldry que me sorprendí a mí misma saludándola y comentándole lo hermosa que me había parecido su interpretación. Ella misma me dijo que mis palabras entusiastas significaban mucho. Y sí, fueron sinceras.
Father was a loafer (Henry Lehrman, 1915) fue uno de los cortos que me hicieron reír a carcajadas, sobre todo por la actuación de Alice Howell, quien me pareció especialmente cómica. Aunque el protagonista iba vestido como Chaplin, no imitaba sus gestos. El personaje se ve abrumado cuando su esposa tiene trillizos y decide abandonarla. Pero Alice Howell no es cualquier mujer; ella le perseguirá para hacerle enfrentarse a la justicia de una manera muy divertida.

Esta película quedó en mi memoria justo antes de ver The Blood Ship (George B. Seitz, 1927), una de las maravillas del día. Describe las desventuras del capitán Angus Swope en su barco y los maltratos y presiones a los que somete a su tripulación, casi toda reclutada por engaño o incluso secuestro. Hay escenas tan crudas y violentas que olvidas los límites de la pantalla y te parece estar allí con los antiguos rivales y amigos de infancia, Swope y Newman, ahora enfrentados por el odio.
En esos sótanos sombríos y llenos de suciedad, que recuerdan al cine más expresionista, también encontramos a Mary, la hija de Newman, que crece pensando que el cruel Swope es su padre, y al joven tripulante John Shreve. La imagen que quedó grabada en mi memoria no es curiosamente violenta, sino bella. Tiene lugar cuando ambos se encuentran en sus quehaceres: ella, subida en una escalera, limpia el cristal de la cabina del capitán mientras él, al otro lado, trabaja en el suelo. Ella asoma su mano por la ventanilla y él la besa. Un gesto tan sencillo, pero que quita tanto la violencia como algo de la comicidad que envuelve sus encuentros anteriores en el barco. La fotografía de la película y algunos de sus espacios son impresionantes, por momentos abrumadores. Todo ello acompañado de la maravillosa música de Donald Sosin.
No podía perderme las sesiones de The Chaplin Connection por la tarde, que a pesar de ser un programa de diferentes cortos, tuvo como protagonista para mí a Max Linder y su Le Rendez-vous (1913). En este corto, vemos al pícaro Max conociendo a una joven en el parque y acordando una cita con ella, escribiendo su dirección en el puño de su camisa. Al día siguiente, la camisa se envía a la lavandería y Max, desesperado, trata de recuperarla. En su búsqueda se topa con otra mujer atractiva y las cosas se complican. Me encantó ese pícaro de Max, tan fácilmente enamoradizo, capaz de desbaratar todas las cestas de lavandería del camión de reparto buscando su camisa con la dirección escrita. Una delicia de cortometraje.

Max y Chaplin se admiraban mutuamente y establecieron una gran amistad. Tambien me encantó otro de los cortos presentados: Making a Living (1914), dirigido por Henry Lehrman. En este film vemos a Chaplin en uno de sus primeros papeles en el cine, de hecho, su primer papel principal. Aunque reconocemos sus gestos, su indumentaria presentaba una caracterización diferente, supuestamente elección de Sennett: aquí Chaplin aparece con un abrigo largo, sombrero de copa, corbata, monóculo y un bigote diferente, algo más largo. Es una película divertida y me encantó esa versión dandy del personaje de Chaplin, que luego evolucionaría en el que todos conocemos. El piano de Neil Brand puso musica a todas las diferentes facetas de estos cortos de carácter chaplinesco.
A regañadientes, decidí saltarme la sección de Vanguardia Belga, porque quería estar descansada para no perderme la película protagonizada por quien se convertiría en mi segunda diva del festival: Italia Almirante Manzini en Zingari (Mario Almirante, 1920). Lo primero que capta la atención son los ojos y la mirada de Manzini, con primeros planos muy sugerentes que prácticamente te hacen enamorarte de ella o de a quien mira. Sin darte cuenta, te sumerges completamente en su historia.
Zingari narra la historia de Vielka, una bella gitana enamorada de un miembro de un clan rival. El padre de Vielka desea que ella se case con otro, pero ella desobedece y se rebela, abandonando su clan no sin antes dejar un rastro de caos y desconcierto. La pasión entre Vielka y su amado se desborda, y esto se refleja claramente en sus actuaciones y en la magnífica fotografía.
Recuerdo especialmente el momento en que Vielka toma su instrumento de cuerda y empieza a cantar, una escena que cobra vida a través de la interpretación de arpa y voz de Elizabeth-Jane Baldry. Toda la película adquirió una dimensión nueva gracias al acompañamiento musical del piano y violin de Günter Buchwald, el arpa de Elizabeth-Jane Baldry y la percusión de Frank Bockius. Nuevamente, no pude dejar de aplaudir y aclamar a los músicos al terminar la película.
Escribe Laura Bondía | Fotos Pordenone y Valerio Greco | Álbum de fotos nº 4
