Festival Sonafilm VII de Beniarbeg y Estival al Castell de Guardamar

Al maestro Gil Zulueta le gusta ver el acompañamiento del cine silente como un arte, y ciertamente lo es. Esta sensación se experimenta al estar en cualquier sala, ya sea modesta o en un escenario de ensueño, como vivimos en los dos días en que compartimos con él momentos únicos en distintos eventos.
El 8 de agosto, Gil Zulueta presentaba en el Festival Sonafilm VII de música de cine de la Marina Alta, acompañado de su banda The Silent Entertainers Band, el espectáculo Film Music Live, en el auditorio de Beniarbeig.
Al día siguiente, ofreció un Cine-Concierto con la película El estudiante novato (1925), de Harold Lloyd, en el evento Estival al Castell de Guardamar, en el imponente escenario del castillo de Guardamar del Segura.
En ambas ocasiones, Gil Zulueta se toma un momento para introducir al público en el contexto de lo que van a presenciar, subrayando la importancia de «visitar esos orígenes del cine a través de tan bonita experiencia y además con muy diferentes opciones». La propuesta de ese mágico fin de semana fue de las «más desenfadadas, la del slapstick, la del cine de caídas y de persecuciones».
En Beniarbeig, presentó «un programa triple como se solía hacer en esos cines de hace 100 años y con cortometrajes de una duración muy asequible»para el público que venía. Entre ellos, incluyó un cortometraje de unos cuatro minutos de duración de «una pionera del cine como era Alice Guy», la primera secretaria de Léon Gaumont. Ella, al final, «dirigía, escribía los guiones» y acabaría «desarrollando la técnica y el lenguaje cinematográfico».
Y con apenas unas frases, Gil Zulueta logra no solo contextualizar, sino también ofrecer una visión sencilla y personal. Alice Guy, gran olvidada del cine hasta hace poco, vuelve a cobrar vida en ese «viaje al pasado» a ritmo de ragtime y bajo las teclas del piano del maestro. Y ahí se vuelve casi tangible esa convicción: que ya fuera en un sótano oscuro de hotel —como en los primeros tiempos de los Lumière— o en los barracones de feria, lo que allí ocurría ya era cine, y, sobre todo, era arte.
El cortometraje de Alice Guy al que se refiere el maestro, El piano irresistible (1907), es divertido, pero por un instante se vuelve casi mágico. En una curiosa coincidencia visual, veo al maestro tocando solo al piano, mientras en la pantalla aparece otro pianista que encanta y fascina con su música. Los personajes comienzan a dejarse llevar por el ritmo y a bailar; al otro lado de la pantalla, el público también parece rendirse al hechizo.
Gil Zulueta continúa el programa con sus «grandes músicos acompañantes, porque el formato va a ser en banda de Jazz de los años veinte«, nos asegura. En ese momento, los aplausos del público interrumpen brevemente sus palabras. Lo acompañan Diana Valencia al violín, Fabbio Alonso al bajo y David García a la batería. También forma parte del espectáculo Gaia Doblas, explicadora y creadora de efectos foley, vestida con atuendo de los años veinte.
El cine jamás fue mudo: siempre hubo música, efectos de sonido e incluso narradores que explicaban lo que ocurría en pantalla; en este caso, los intertítulos en inglés. No cabe duda de que el acompañamiento de esa noche se acerca mucho a cómo eran los programas cinematográficos de la época.
En Guardamar del Segura, el maestro Gil Zulueta nos invita a asistir a las pruebas de sonido. Allí, el formato del evento sigue siendo el más desenfadado, el del slapstick, pero al mismo tiempo es también tierno y por momentos muy conmovedor. Para esta ocasión, una banda de jazz ya no sería lo más apropiado: el violín de Diana Valencia, acompañando al piano, permite cambiar de registro con una sensibilidad que va desde lo más dulce y delicado hasta lo más tímido o contenido, como lo que sucede entre dos personajes que sienten algo el uno por el otro y no saben cómo manejarlo, cómo situarse en esa emoción que comienza a nacer entre ellos, son escenas de una ternura irresistible. Y entonces surge el contraste: las escenas frenéticas de persecución y el ritmo vertiginoso que puede estallar en un segundo.
Durante las pruebas de sonido es imposible no contemplar las vistas. A la izquierda, las montañas bañadas por una luz de atardecer que armoniza con el romanticismo de algunas escenas que ensayan Diana y Jorge. A la derecha, un cielo azul que parece fundirse con el mar, teñido de verdes jade y tonos aguamarina. En ese momento, pienso en esa sinfonía de colores que la música puede llegar a transmitir.

Harold Lloyd deja de verse en blanco y negro y comienza a adquirir color con cada acorde ensayado. Es curioso percibir esa sensación sinestésica en un momento así, durante la prueba… y luego, una segunda vez, ya entrada la noche, durante el acompañamiento de Jorge y Diana.
Pero esos colores se interrumpen. Diana y Jorge todavía no encuentran su lugar sobre el escenario. El piano, esta vez un precioso piano de cola, suena mucho mejor que el de la noche anterior —o al menos esa es mi impresión—. Diana no está segura de dónde situarse respecto al piano. Prueba colocarse detrás, pero allí apenas se la ve. No están cómodos con la disposición.
El piano está colocado de manera diferente a como suelen hacerlo: ahora queda a la derecha del escenario, de espaldas al mar. Diana comenta que la inspiración no es la misma. Jorge lo corrobora. A pesar de perder esa visión al mar, siguen tocando, siguen calibrando el sonido, mientras los técnicos montan, arman el escenario y ajustan niveles según las instrucciones del maestro.
Finalmente, Diana se coloca delante del piano. Es ahora a Jorge a quien menos se le ve, pero es la mejor opción: «para vernos entre nosotros y tener visual», comentan. Sí, tienen que tenerla, porque nada fácil ha de ser: deben ver la pantalla, las partituras, sus instrumentos y, además, mirarse entre ellos. No solo para sincronizarse, sino para apoyarse mutuamente. El escenario es muy amplio y debe verse bien desde cualquier punto. Hacen pruebas visuales desde los asientos más alejados y laterales del público. Algunos técnicos continúan montando luces, otros se sitúan en la mesa de control al fondo, modulando el sonido.
Los minutos avanzan. El atardecer se tiñe de colores ocres preciosos. Por momentos, se percibe esa sinestesia de imagen, música y color. El calor es intenso. Jorge y Diana siguen ensayando. Hay momentos de silencio pactado, fragmentos determinados de la película que aparecen en la pantalla inmensa. Me doy cuenta de que el viento se cuela en los micrófonos. Jorge también lo nota, pero no puede hacer nada y dice: «el aire es libre». «Sí, dejémoslo libre». Supongo que no hay nada que hacer contra eso. Tampoco contra la humedad: las sillas ya se ven totalmente empañadas.
Diana comenta que teme por su violín: los instrumentos sufren mucho con la humedad, También las cuerdas se vuelven resbaladizas, al igual que las teclas del piano bajo los dedos de Jorge. Eso forma parte del directo, del ambiente, y tiene su encanto. Acerca aún más, a mi ver, esa esencia del cine de otro tiempo, con sus imperfecciones, con sus dificultades.

Por el micrófono se cuelan algunas de sus conversaciones. En pantalla, Harold está en una de las escenas más vibrantes, cuando juega con el equipo de la universidad. Escucho sus voces:
—Es tan bonito que te enganchas.
—¿Entro aquí?
—Sí, sí, es bonito.
—¿A qué compás entras?
—Es binario para mí…
Las voces se pierden. Me alejo, tomo fotos y algunos vídeos del atardecer. Los colores siguen cambiando. Regreso justo en la escena del partido cuando Harold Lloyd cruza la línea de meta. Escucho a Jorge sugerirle a Diana:
—Haré muchas dinámicas, tú me sigues.
Y Diana asiente:
—Sí, lo conozco, te voy a seguir.
Ensayan también las escenas tan divertidas del baile. Hay momentos de silencio. Supongo que debe ser difícil saber cuándo encontrarlos, cuándo dejar que el público se emocione con Harold, con su desolación, su inseguridad y su ilusión desencantada. Es una escena triste. En uno de esos momentos, Diana vuelve a decir:
—Yo te sigo.
Repiten el fragmento. Veo a Harold muy abatido. Otro momento sinestésico: vuelvo a ver el color en Lloyd o en los acordes. Esta vez son más oscuros, con tintes azul lila. Escucho a Jorge decirle a Diana:
—En momentos tristes, si quieres, en acorde menor.
Terminan las pruebas. Pero yo no quiero irme. No quiero perderme esa puesta de sol. Tomo algunas fotos, pero su luz no se deja capturar. Se escapa.

Ya es de noche. La iluminación y el entorno son tan bonitos que la gente del pueblo, que ya va entrando poco a poco, no se sienta aún. Pasean, se saludan. Muchos se conocen. También hay niños entre ellos, y eso me gusta especialmente. En Beniarbeig los eché mucho de menos.
La luna de agosto se ve preciosa. Muchas personas se hacen fotos con ella de fondo. Sí, se nota que es un público especial, o quizá es el espacio lo que influye en su dinámica. No estoy segura, pero se ve a Jorge animado con ellos, comentando sobre su invitación a «ese viaje de justo hace cien años, pues El estudiante novato cumple cien años en este 2025, y en esos primeros treinta años de ese cine mal llamado cine mudo, ya se inventó todo el lenguaje cinematográfico que nosotros conocemos actualmente».
Me sorprende un poco que Jorge exprese esta visión así, con tanta sencillez. Es una idea compleja, incluso osada de hacer ver en otros contextos y, sin embargo, es algo de lo que yo también estoy plenamente convencida.
Sigo de pie escuchando, sin saber bien dónde ponerme. Sigo prestando atención a sus palabras: «Hemos tenido el atrevimiento de realizar una adaptación de la música que compuso Carl Davis —quien falleció hace dos años—. Era un gran restaurador de música para ese cine mudo».
Allí pienso: qué bonito homenaje de un maestro a otro, en un lugar tan mágico y con la adaptación personal de su música.
Jorge sigue comentando: «Van a escuchar esa música original de Carl Davis, adaptada al piano y al violín, junto con piezas que se interpretaban en la época, en los años veinte: hot jazz, ragtime y también temas compuestos para los pianistas que acompañaban escenas determinadas del cine mudo».
Por fin me siento. Una señora con una risa muy simpática y su marido se sientan delante de mí. Luego descubro que ella (y un poco él) es la causa de esa risa tan contagiosa que se escucha durante toda la velada. Su marido, alto, me tapa parte de la visión. Me levanto, pero no encuentro asiento libre: hay lleno total. Justo antes de que comience, cuando Jorge y Diana están listos, una señora de la organización me dice que no puedo estar de pie, que molesto. Y zas, espontáneamente decido sentarme en el suelo de piedras, en una esquina, debajo y muy cerca de ellos, para no molestar.

Permanezco así durante todo el concierto. Grabo algunos fragmentos para el recuerdo. Sufro un poco mientras lo hago, porque me cuesta contener la carcajada. Nada fácil. Al terminar la película, estalla una gran ovación. No pude grabarla; lo intenté, pero mis ganas de aplaudir lo impidieron, y acabé sumándome al entusiasmo del público.
Me despido de Jorge y Diana. Les felicito: están radiantes, sobre todo él.
Jorge reaccionaría más tarde a un escrito mío en una red social sobre la experiencia en el Castell de Guardamar de una forma muy bonita. De pronto, el doctor en musicología, docente e investigador se transforma en el apasionado acompañante de cine silente —como en aquellos tiempos—, y aflora en él esa dimensión artística que tan bien ha estudiado en otros:
«Oír las carcajadas del público es el mejor aliciente que podemos tener los músicos en el escenario; es una sensación increíble que te motiva aún más a involucrarte en la película. Pero pasó algo que nunca me había pasado: el público llegó a aplaudir al terminar determinadas escenas, como si hubiera finalizado un clímax para dar paso al siguiente. Como cuando terminas un tema e inicias otro, pero en el cine. Una noche mágica».
Sí, sin duda, mágica. Y agradezco profundamente haber formado parte de ella.
Escribe Laura Bondía
Notas:
Este video reportaje sobre los eventos de aquel mágico fin de semana en Beniarbeig y Guardamar del Segura apenas logra capturar una pequeña muestra de lo que realmente fue. Mi más sincero agradecimiento a Florenci Salesas por su excepcional trabajo en la creación y edición del video.
Web de Jorge Gil Zulueta.
Algunas de las composiciones y acompañamientos del maestro también se pueden escuchar en Spotify.
Por último, su canal de Youtube.
