Donde suena el alma

Aunque ha pasado mucho tiempo desde que leí la autobiografía de Chaplin, las impresiones que me dejó aquella lectura aún perduran, incluso antes de haber estudiado cine. Tanto es así que volví a adquirir y leer el libro, esta vez en un segundo idioma. Siempre pensé que, aunque por momentos esta autobiografía se adentra en el terreno de la recreación, lo más atrayente de ella era justamente su forma de narrar, casi de confesar. Su lectura me resultó valiosa entonces, y lo sigue siendo hoy.
Chaplin, con su naturaleza fantasiosa y aventurera, mostraba también una faceta vulnerable que revelaba cuánto del pequeño vagabundo había en él. Las primeras páginas de su autobiografía son conmovedoras, independientemente de si fueron recreadas o no. Sus recuerdos sobre su madre, su hermano Sydney, su infancia en Londres y la miseria que intentaba compensar resuenan con fuerza. En esas páginas iniciales confiesa el origen gitano de su abuela, un tema que aparentemente avergonzaba a su familia.
Más adelante, narra una anécdota con Douglas Fairbanks en una de las exclusivas reuniones que este organizaba y a las que Chaplin solía ser invitado para entretener a los asistentes. En una de ellas, de varios días de duración y de ambiente selecto, Fairbanks le pidió que se sentara junto a la agasajada invitada: una joven esposa en plena luna de miel que, a pesar de todos los festejos organizados, se mostraba visiblemente deprimida. Chaplin fue el último recurso que se le ocurrió a Fairbanks para hacerla sonreír. Así que, una noche, se sentó a su lado y decidió improvisar un número un tanto esotérico: le comentó que debía alegrarse de no estar tan triste, que él era «un poco gitano» y podía ver ciertas cosas. A través de preguntas, gestos y frases enigmáticas, logró arrancarle una sonrisa y, más aún, que se sintiera comprendida.
Esa capacidad de ejercer una poderosa fascinación, de romper con lo esperado y aportar un elemento mágico o lírico y cautivador, es lo que Chaplin atribuía a esa «parte gitana» suya. Y no importa si se trataba de una media verdad o de una reconstrucción algo fantasiosa: lo importante es que él creía profundamente en ello.
Tanto es así que, según cuenta su familia, guardaba bajo llave en una cómoda cerca de su cama una carta que le había enviado un gitano romaní, quien aseguraba que Charlie no había nacido en Londres, sino en un campamento gitano llamado Black Patch, en Smethwick, cerca de Birmingham. La carta, enviada después de la publicación de su autobiografía, fue descubierta años más tarde, tras la muerte de su amada esposa Oona.
No creo que Chaplin guardara esa carta por vergüenza; nunca la mostró a sus hijos cuando hablaba de esa conexión gitana. Más bien pienso que era para él una especie de extraño MacGuffin: un catalizador preciado y enigmático que alimentaba su imaginación, que le daba sentido a su parte más soñadora, lírica e impulsiva.
El documental de Carmen Chaplin, Chaplin: Espíritu gitano (2024), profundiza en estas raíces familiares, aunque lo hace desde una perspectiva más centrada en la mirada melancólica —incluso vulnerable y sensible— de Michael Chaplin, su hijo y padre de la realizadora. El documental sugiere cómo estas conexiones culturales y musicales influyeron en él.
Sin embargo, más allá de lo que muestra el documental, me interesa destacar que Chaplin no solo se dejó fascinar por la cultura y la música gitanas, sino que creó —y sigue generando— un diálogo musical: un homenaje que fluye en ambas direcciones, de la cultura gitana hacia Charlie, y de Charlie hacia esa cultura. Ese intercambio sigue manifestándose de forma viva en distintos espacios.
Uno de ellos fue la apertura del XXIII Festival Internacional XàbiaJazz, donde actuaron los hermanos guitarristas Stochelo y Mozes Rosenberg, figuras destacadas del jazz manouche o gipsy jazz. Acompañados por el violinista Costel Nitescu y el contrabajista Matheus Nicolaiewsky, presentaron su más reciente proyecto: una reinterpretación de algunas de las composiciones de Charles Chaplin al estilo manouche, un sonido que sin duda lo habría fascinado.

Los hermanos Rosenberg, con trayectorias también notables por separado, se unieron el 2 de agosto para este concierto especial, en el marco de una colaboración con la familia Chaplin. El proyecto incluye un álbum que reúne algunas de las melodías más emblemáticas del cineasta, junto con composiciones originales dedicadas a su figura, varias de las cuales forman parte del documental Chaplin: Espíritu gitano.
Fue emocionante escuchar en vivo piezas como Smile, de Tiempos modernos, o Eternally, de Candilejas, acompañadas también por el violín y el contrabajo. Pero el momento más conmovedor fue, sin duda, Gypsy (Gitano), una pieza escrita por el propio Chaplin y que Stochelo Rosenberg reinterpretó en una manera muy personal.
En su autobiografía, Chaplin menciona en más de una ocasión el poder de la música como refugio o escape, ya sea en pasajes recreados o recordados. Es una constante que aparece de fondo en numerosos momentos clave de su vida. Por ejemplo, cuando narra su infancia junto a su hermano Sydney, bajo el cuidado del padre y otra mujer, describe el ambiente gris y melancólico de las habitaciones. Y, sin embargo, aparece la música: «A veces, los sábados por la noche, me sentía profundamente deprimido; entonces oía la animada música de un acordeón, que entraba por la ventana de la habitación del fondo, interpretando una marcha escocesa, acompañada por jóvenes alborotadores y las verduleras, que se reían».
Esa irrupción musical aparece en varios pasajes de su autobiografía. En momentos en que —casi siempre de forma repentina— la música y su lirismo, tal como él mismo lo describe, irrumpen con fuerza y logran, al menos por un instante, disipar la tristeza y la oscuridad, especialmente en los recuerdos de su infancia. Creo sinceramente que esa irrupción, esa afección instintiva, es exactamente lo que él reconocía como su «espíritu gitano”».
Cuando Chaplin compuso la música para Luces de la ciudad —película que decide mantener silente, contra toda opinión y asumiendo un riesgo extraordinario— lo hace plenamente consciente de que, en esa transición al cine sonoro, el diálogo tendía a retrasar la acción. Sin embargo, la música y los efectos sonoros no lo hacían.
Por eso, aprovechando la posibilidad de controlar la banda sonora, expresó en otro momento que su intención al componer música para sus comedias era lograr un tono elegante y romántico, en contraste con el carácter del vagabundo, ya que ese tipo de música aportaba una dimensión emocional a sus películas. Señalaba que los adaptadores musicales rara vez comprendían esta idea, ya que tendían a buscar un acompañamiento alegre. Él les hacía saber que no quería que la música compitiera con la acción, sino que funcionara como un contrapunto lleno de gracia y encanto, capaz de expresar el sentimiento. Añadía que, sin ese componente emocional, una obra de arte permanecía incompleta.

Tal vez por eso, aunque El chico también es una de mis películas preferidas de Chaplin, Luces de la ciudad es, sin duda, la que más me conmueve. Si tuviera que elegir una sola, sería esa.
En el documental Chaplin: Espíritu gitano, los hermanos Rosenberg interpretan la pieza Gitano de Chaplin en una versión profundamente personal. Reconocí de inmediato las guitarras: eran las mismas que usaron durante su concierto en el XàbiaJazz. También identifiqué la melodía, una de mis favoritas de la noche, junto con Flamed Toast, una composición original de Mozes.
Tanto en el documental como en el concierto, Gitano se percibe como una interpretación íntima, nacida o sentida desde otro lugar emocional. Hay una entrega distinta, más profunda, especialmente si se la compara con piezas como Smile, también parte del repertorio, pero que suena más como una interpretación respetuosa. Gitano, en cambio, parece tocada desde más adentro.
Durante el festival, Stochelo comentó que era la primera vez que tocaban esa pieza en público. No estoy segura si se refería a esa noche o a la gira en general, pero también contó que fue el propio Michael Chaplin, hijo de Charlie, quien les pidió que la interpretaran. Fue, sin duda, el momento más emocionante de la noche.
En otro pasaje del documental, Stochelo —de ascendencia gitana— le cuenta a Michael que empezó a tocar la guitarra relativamente tarde para lo que es común en su familia: a los diez años. Sin embargo, su padre reconoció de inmediato su talento, y así comenzó todo. Michael le pregunta si fue esa misma pieza de Gitano —compuesta originalmente por Charlie para El gran dictador— la que lo inspiró al versionarla. Stochelo responde: «Sentí algo. Cuando escuché la melodía pensé: puedo hacer esto, puedo tocarla así. La entrada la imaginé de una manera y la improvisación simplemente me vino sola».
Creo, entonces, que eso que Charlie llamaba su parte gitana era, en realidad, ese instante de arrebato o afectación emocional que viene solo y que forma parte esencial del gesto artístico —sea uno gitano o no. Es ese momento en que «algo» aparece, casi sin aviso: una suerte de chispa que irrumpe. Para mí, esa presencia tiene siempre algo de lo lírico, aunque adopte distintas formas: pictórica, musical o cinematográfica. A veces surge en una película, otras veces en los lugares más insospechados.
Escribe Laura Bondía | Fotos Festival XàbiaJazz
