Soñadores (2003)

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Hacia la revolución… pendiente
Escribe Adolfo Bellido

soadores2.jpgHemos nacido en el 59, dice Isabelle, la joven protagonista, en uno de los significativos momentos de la película. Y es que para esos discutibles cinéfilos que son los tres protagonistas ese año, aunque no sea el momento en que ellos vinieron al mundo, representa una nueva forma de mirar.

Fue el instante en que aparecieron las primeras películas de la nouvelle vague, una nueva forma de mirar, de hacer. Una propuesta que quería ser el punto de partida de un nuevo cine, explicada por cineastas jóvenes de Francia y que luego sería asumida por jóvenes cineastas de otros países. Fue aquélla, si se quiere, una revolución artística que poco a poco se fue quedando en nada.

Algo parecido a lo que ocurrió con esa otra revolución, la del 68, convertida igualmente en un fiasco. A esa revolución es a la que se acerca Bertolucci. Una especie de mirada sobre aquellos hechos, pero no sobre sus causas ni tan siquiera sus efectos, que, eso sí, asoman por las aristas de este hermoso y sentido filme debido a aquel realizador que hace años filmara Antes de la revolución (1964).

soadores5.jpgDe todas maneras, no habla directamente sobre la “primavera” (soñada más que realizada) francesa del 68: aquel intento de lanzar al mundo unas precisas señales sobre la posibilidad de un cambio por el que se abolieran unas formas de gobierno y de vida, viejas y caducas, algo pretendido por la unión de la fuerzas obrera y estudiantil. Un movimiento que, como la nouvelle vague, quedó en esperanza más que en una realidad. Pero es que, de todas formas, es fácil soñar. Lo realmente difícil es el momento en  que hay que despertar.

Bertolucci vuelve con esta película a su ciudad de adopción, al Paris de las revoluciones (frustradas) de todo tipo, entre las que, naturalmente, se incluye la sexual. La ciudad donde, por ejemplo, vive y hace cine el ginebrino Jean Luc Godard, uno de los reconocidos maestros del realizador italiano, al que un día (en aquel maravilloso El conformista) acudió, simbólicamente, a asesinar: había que eliminar al padre.

soadores9.jpgParis es, también, la ciudad por donde pasearon los personajes de su emblemática El último tango en Paris. Un lugar donde se podía vivir soñando que todo era posible. Y, en esa ciudad cohabitan los tres personajes principales de su último filme: Isabelle, Theo y Matthew.

Los dos primeros, de allí mismo. Hermanos gemelos reales o imaginarios, hijos de padres artistas y liberales, educados en una falsa libertad generadora de huidas hacia ningún sitio, de pretensiones que no escapan más allá de sus ofuscaciones o aislamientos culturales y personales.

El tercer personaje es un americano perdido y solitario en la ciudad de la luz y que busca encontrarse… aislándose de la realidad. Eso, sin duda, le une a los otros dos personajes, a los que conocerá y con los que vivirá una extraña historia de amistad y de sexo.

Matthew, además, muestra un concepto ético-moral del mundo alejado del que le brinda la vorágine europea. Un hecho que queda expuesto con claridad en dos momentos del filme: su “pudorosa” masturbación (con el carácter edípico propio del realizador) mientras escribe la carta a su madre (y en contraposición con la furiosa masturbación de Theo en presencia de los otros dos jóvenes y en honor de Marlene Dietrich) y la explicación del orden en la escena de la comida. Un momento realmente significativo: el joven muestra (mientras los otros hablan de revoluciones mediante diálogos tan inútiles y escapistas como su propia “ausencia” del lugar) a la familia con la que comparte mesa, la justeza con la que “todo” se ordena con el mechero que tiene en sus manos. Da igual el lugar sobre el que se lo coloque, en todos los sitios se acopla perfectamente. Tres personajes solos, ocultos en la oscuridad de las salas cinematográficas, que, al igual que sus héroes de la pantalla, tratan de interpretar unos papeles que nunca han sabido asumir.

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La película parte, de forma curiosa, de una novela de tintes autobiográficos, de un norteamericano que se asemejaría, como tal, con el personaje de Matthew. Y digo curiosa porque tales temas y ambientes son reconocidos como las vivencias personales de Bertolucci. Pero ahí no queda la cosa, ya que el propio escritor ha sido quien ha escrito el guión del que se ha servido el director para realizar el filme. De todas formas, la simbiosis con el autor del escrito, si no hay algo más lejos o no conocido, de esos hechos, es total; entre otras cosas porque el mundo que se retrata es reconocible como propio del realizador, en sintonía además con el resto de su obra.

soadores7.jpgLos tres protagonistas de Soñadores son unos adolescentes que se niegan a vivir, a aceptar la vida como algo real. Su único sentido es vivirla en, o como en el cine. Una forma de ocultarse de un mundo que les arremete, los sobrepasa o simplemente no comprenden. Se esconden, evitando salir a la luz (real y metafóricamente), al encerrarse en un gran vientre protector: la casa familiar en la que aparentemente se encontrarán a salvo de todos y de todo. Una clara forma de huida.

No se puede entender pues, en ningún momento, que esta película sea una oda a la cinefilia. No lo es. Su sentido último es todo lo contrario. Se trata de una llamada de atención, una reflexión, para comprender la diferencia que existe entre el conocimiento o valoración del cine, y la vida como imitación del cine: algo tan absurdo como inútil. Los tres personajes sueñan en cine. Como tal los ha visto Bertolucci. Es lo que conoce y por eso así lo expone. Pero daría igual que tal razón se buscará en otros escapismos y sueños. En todos ellos la finalidad consiste en huir de la realidad. Y, por tanto, de no comprometerse con la vida.

soadores6.jpgMintiéndose en sus verdaderas intenciones, los personajes juegan, como niños eternos, con sus juguetes preferidos, convirtiéndolos en aparentes seres con vida: el cine es su vida y su sentido. También su soledad. Es la razón por la que se han instaurado en la cinefilia: tratan de encontrar en sus actos diarios el reflejo de mil películas. Por eso imitan a los actores (como haría el propio Belmondo de la abanderada A bout de soufflé de Godard) creyéndose y viviendo como ellos. Son falsos actuantes en el gran teatro de la vida. Ninguno de los tres vive en la realidad. Llevan sobre su rostro la máscara de los actuantes. Lo suyo es la interpretación. Lo dice, y lo refleja, Isabelle: actuamos. Al igual que lo hacen los comediantes.

Al comienzo, en la primera conversación de Matthew con la joven en la Filmoteca cerrada por orden gubernativa, él piensa que ella está encadenada a la entrada del lugar. Es una mentira. Está simulando. A ninguno de los tres le interesa que Langlois (el director de la Filmoteca) haya sido expulsado de su cargo. Lo único que les importa es que su expulsión les impida ver películas. Y ella, a la puerta, falsamente encadenada, espera quizá que milagrosamente se abra, igual que sus falsas cadenas, la puerta de acceso a la sala de proyección.

soadores3.jpgCasi la totalidad de la película, como en un remedo del tango parisino, transcurre en el apartamento de los jóvenes, que han sido simbólicamente “abandonados” por sus padres. Solos, se sienten incapaces de vivir: la casa (ejemplo, como ha quedado dicho, de su aislamiento) es un refugio, pero al mismo tiempo señala la imposibilidad de comunicación con el exterior y, por tanto, la dificultad de aceptar o de saber vivir: la casa se llena de suciedad, se les termina la comida, son incapaces de reflexionar sobre cómo poder seguir adelante sin la ayuda de los padres, malviven e, incluso, casi al final, la muerte, el suicidio, se mira como una solución.

Mientras dentro de la casa ocurre esto, fuera (ajena a su propia existencia, real en su lucha por subvertir los valores) está estallando la revolución. La suya es inútil, por parcial y personal; la de fuera trata de ser colectiva y, por tanto, solidaria. Si una y otra fracasan es simplemente debido a la falta de cohesión entre ambos intentos revolucionarios. Si falla la revuelta personal es porque esos jóvenes son eternos niños protegidos hasta el hastío e incapaces, por tanto, de convertir sus apetencias en procesos adultos y coherentes. Si falla la revolución colectiva es porque los individuos han sido incapaces de ser conscientes de la propia realidad, envueltos también probablemente en inútiles y volátiles sueños.

Al final, unos personajes se unen a la colectividad y se afanan en una lucha que ni siquiera entienden. Es un momento preciosamente explicado. Hasta ese instante, la revolución ha estado fuera y lo que les ha llegado es el eco de lo que ocurría fuera, por medio de la parlanchina televisión o de los insistentes sonidos (en off) de las sirenas policiales que han acompañado a la falsa liberación sexual (¿acaso interna?) de los personajes.

soadores8.jpgAhora, casi al final, la joven decide ella misma clausurar la vida: la suya y la de los otros. Se aburre en una existencia que no tiene ningún sentido. Y, mientras su hermano y su amante duermen, prepara todo para morir y hacer morir a los otros, por inhalaciones de gas. Han buscado los tres un mayor aislamiento. Han creado un espacio en el que esconderse, aún más, dentro de la casa familiar. Han preparado una especie de tienda de campaña en la que refugiarse. Pero no hay tal posibilidad. Sólo se puede vivir o desaparecer, aceptar y salir, o morir física o metafóricamente.

Isabelle ordena todo, sin el consentimiento de los otros jóvenes dormidos, para ritualizar la muerte. Debajo de ellos, por la puerta misma de su casa, pasa la revolución. Un adoquín rompe la ventana. El gas sale hacia fuera. La chica exclama que “la calle ha entrado en la habitación”. Es decir la colectividad ha roto el aislamiento. La revolución de fuera los llama para que se unan a ella. Es este final uno de los momentos más hermosos de esta triste y sentida película. Después veremos cómo los jóvenes parisinos se aprestan a luchar (¿convencidos? ¿como un juego? ¿superando sus infantiles traumas?) mientras que el americano no solamente rehuye esa invitación a la insubordinación sino que “decide” caminar en dirección contraria a los revolucionarios…

soadores10.jpgEstupendamente dirigida, con momentos excepcionales, Bertolucci muestra esa relación del cine con los personajes en unas escenas primorosas, como aquélla en la que se recuerda el nacimiento al amor de Greta Garbo en La Reina Cristina de Suecia, o la vociferante Jean Seberg vendiendo el New York Times por los campos Eliseos en A bout de soufflé.

Una fotografía que recuerda en sus tonos al cine de entonces y una música con las canciones del momento terminan por dar un perfecto acabado a un filme que, a pesar de lo que una mirada rápida puede hacer creer o vislumbrar, va mucho más allá de una exaltación de la cinefilia, de la gratuidad o el morbo de sus explícitas imágenes sexuales.

Mucho más complejo que todo ello, Soñadores es un alegato a favor de la necesidad de vivir despiertos, alejados de las falsas ensoñaciones que no llevan a ningún sitio.

Magnífica película que, quizá, sea mal entendida. Una lastima. No estamos en el hoy tan sobrados de verdaderos directores de cine como para despreciar la reflexión de uno de los más interesantes realizadores que aún quedan en activo.

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