Un amor más allá de la muerte
Se dice que el amor traspasa fronteras llegando, en ocasiones, a transgredir las leyes físicas. Porque hay amores capaces de superar a la propia muerte. Claro que, si nos atenemos al estricto significado de estas palabras y no al metafórico, únicamente puede suceder algo así en un mundo irreal e imaginario.
El ser de ese universo fantástico que más ha amado en muerte es el vampiro, pero no ese personaje empalagoso y barbilampiño que creó para su saga Stephenie Meyer y con el que mató toda la erótica con la que primigeniamente fue creado, por supuesto que no, es otro vampiro, uno ancestral y con mayúsculas, es Drácula, el hipnotizador conde que en los 90 llevó magistralmente Francis Ford Coppola a la gran pantalla. Dando vida al mito literario que tanto empuje le proporcionó Bram Stoker en el siglo XIX con su novela epistolar.
Entre las diversas fuentes en las que se basó el escritor está la leyenda creada entorno a Vlad Tepes. La historia vampírica arraigó de tal manera en la sociedad que su leyenda ha hecho correr ríos de tinta y múltiples versiones cinematográficas del mito, llegando a ser él mismo un subgénero, el del cine de vampiros.
El romanticismo del monstruo
De entre todas las versiones cinematográficas es destacable la creada por Coppola, donde Gary Oldman se transforma continuamente debido a las diversas metamorfosis de su personaje. El terror victoriano de la narración y la hipnótica atracción sexual que el conde desprende permanecen intactos, es más, ambos atributos están acompañados por un romanticismo, nada sensiblero, abocado a la tragedia desde el inicio.
En 1462 el conde Drácula es un guerrero cristiano que lucha contra los turcos en Constantinopla. Antes de partir a la guerra deja en su castillo a su amada Elizabetha. Los turcos, como venganza, hacen creer a la joven que su conde ha muerto, tras lo cual se suicida. Drácula, al hallarla muerta, en una dramática escena, reniega de Dios y realiza un pacto sellado con sangre. Lo cual será su maldición, pues caminará en vida estando muerto. Todo cambia cuando el destino le hace encontrar a Mina, reencarnación de Elizabetha, algo que le devuelve al poderoso conde sus sentimientos más humanos. El amor de ambos es ahora capaz de superar la muerte.
La magia, lo sobrenatural del monstruo y el amor están enmarcados en Londres a finales del siglo XIX, una época de grandes descubrimientos científicos, ingenieros y tecnológicos, como el cinematógrafo, en contraposición con el esoterismo que desprende el conde y toda la compañía que pretende darle caza, encabezada por el doctor Van Helsing.

La sensualidad y el sexo
Bien es cierto que la sensualidad siempre ha acompañado tradicionalmente al vampiro, desde las mitológicas lamias hasta el decimonónico creado por Bram Stoker, en el cual, generalmente, se basan las versiones actuales con sus siempre insinuantes mordiscos nocturnos en el cuello, presentes en toda revisión a la que se someta.
Sin embargo, el film de Coppola va más lejos con partes tan eróticas como la de las tres concubinas seduciendo a Jonathan Harker, entre las que una bellísima Monica Bellucci acapara todas las miradas, o el beso lésbico bajo la lluvia en el laberíntico jardín entre Mina y Lucy, o la relación sexual de la segunda con Drácula metamorfoseado en monstruo.
Estas escenas, entre otras muchas sugerentes, y las diversas insinuaciones hacen de ésta película una de las más sensuales y con mayor carga erótica, siempre mostrada a través de una mirada artística y delicada que no cae en lo chabacano ni en la gratuidad, estando muy cuidadas, acordes con el resto de la cinta.

Cuando el cine es arte
La obra posee una calidad artística aún no superada en cintas del género, con imágenes que oscilan entre la representación del videoclip, hasta otras que recuerdan los inicios del cine cuando los hermanos Lumière plantaron su cámara a la Salida de una fábrica o a la Llegada de un tren a la estación.
Mezcla diferentes técnicas y estéticas cinematográficas con gran acierto. Los sugerentes y creativos fundidos se encadenan para sorpresa y deleite del espectador, llegando a descubrir más imágenes insólitas cuántas más veces visiona la película. Una obra sin parangón en la que ni siquiera falla la banda sonora de Wojciech Kilar o el tema principal que cantó Annie Lennox, Love song for a vampire, y que con el paso de los años aún nos remite a ella nada más comenzar a escucharla.
Dentro del cine de terror es muy habitual y representativo el arquetipo de vampiro como una mixtura de romántico maligno e insaciable sexual, una fusión entre un hombre seductor y un demonio. Se trata de una bestia que vive en un castillo solitario y se alimenta durante la noche de jóvenes vírgenes, adentrándose en su dormitorio para morder su impoluto cuello. Dicha iconografía ha acompañado al personaje audiovisual desde su génesis.

El vampiro según Coppola
Cuando Coppola lo lleva a la gran pantalla, su Drácula presenta la faceta de un vampiro más romántico, mezclando éste género con el del terror gótico. Y aunque la sangre, la sexualidad, las bestias y alimañas continúan acompañando al personaje, ahora encarna a un ser más sentimental y algo menos demoníaco que en otras versiones. Pues el amor que siente hacia su fallecida Elizabetha y la tragedia que le acompaña en vida y muerte, hace que el espectador empatice y se identifique con él, llegando a comprender el porqué de este ser y su transformación en un hijo de la noche.
Queda el personaje de esta manera dividido en dos partes iguales: por un lado, es negativo, pero por otro, es benefactor, una faceta positiva dada por su capacidad de amor y sacrificio por la amada. Ya no es la representación de un seductor insaciable, sino de un enamorado que se abre camino superando los obstáculos precisos para volver a unirse con su prometida.
Pero como en otras historias, parte de la temática se repite, y el hombre debe de dar caza al monstruo, aunque en esta cinta la forma varía y el acecho se realiza en una persecución contrarreloj que recuerda a las de los western. Sin embargo, ahora no se trata de un ser indefenso, o con algún tipo de debilidad, como en ocasiones sucede con otros personajes tipo freaks, sino que Drácula es un monstruo poderoso, difícil de atacar, capaz de dominar los elementos naturales y la mente humana, entre muchas otras cosas.
Pese a ser un héroe romántico, los crímenes cometidos por esa faceta demoníaca que posee, hacen imposible que pueda alcanzar el amor. Únicamente logrará la redención de su alma.
Escribe María González
