La leyenda de la ciudad sin nombre (Paint your wagon, 1969)

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Progreso frente a naturaleza… humana

la-leyenda-ciudad-sin-nombre-1Si buscásemos títulos que simbolicen la diferencia entre el ser humano en contacto con la naturaleza frente al ser civilizado (o, mejor dicho, frente al hombre de la polis, al ciudadano) habría donde elegir, sobre todo películas de tesis acerca de los instintos salvajes que priman cuando vivimos aislados. Sin ir más lejos, acaba de estrenarse El corredor del laberinto, que algo de eso tiene, y que es una revisitación del clásico El señor de las moscas.

Pero personalmente me voy a inclinar por un título que, a priori, poco tiene que ver con esta temática: un musical de finales de los 60 que fracasó en todo el mundo (excepto en España), que le costó prácticamente la carrera como director al gran Joshua Logan (continuó en los escenarios, pero nunca más en los platós cinematográficos), que en su momento fue visto como un intento fracasado de “airear un musical”…

Y que hoy en día es mucho más: es… un clásico.

La leyenda de la ciudad sin nombre (Paint your wagon, 1969) llega a los cines norteamericanos el 15 de octubre de 1969 y pronto se convierte en un gran fracaso de público.

Su director, Joshua Logan ha triunfado prácticamente con todos sus títulos anteriores: Picnic (1955), Bus stop (1956), Sayonara (1957), South Pacific (1958), Fanny (1961) y Camelot (1967). Sin embargo, nunca se considera un verdadero director de Hollywood y tras diez películas y el sonoro fracaso de su último título se retira de nuevo a Broadway, donde sigue dirigiendo obras y cosechando premios como el Tony.

¿Civilización o barbarie?

Si atendemos a su título original, Paint your wagon (Pinta tu carromato), la película ya ofrece pistas de cuál es el subtexto de esta ciudad nacida junto a un arroyo el día en que van a enterrar a un pobre desgraciado y, al excavar la tumba, descubren que allí hay oro… lo que da pie a un campamento de hombres dispuestos a enriquecerse.

El paraíso terrenal: whisky, oro, sólo hombres y ninguna norma.

Hasta que un día aparece un mormón con dos mujeres.

Dos mujeres en mitad de un hatajo de sudorosos, sucios y maleducados individuos acostumbrados a cavar, lavar la piedra y beber hasta caer de espaldas en cualquier lugar.

Buen ejemplo de este tipo de individuo, próximo al salvajismo, es Ben Rumson (interpretado por un sobreactuado Lee Marvin), quien al salvar la vida de uno de los individuos que habían caído con un carromato por una ladera, lo hace su Socio (un joven Clint Eastwood) con un claro objetivo: que lo cuide en estas circunstancias extremas, aunque habituales.

Así que Ben, al despertarse de una borrachera y asistir a la subasta de una de las mujeres del mormón, alucinado con lo que ve, dobla la última puja y se queda con esta nueva Eva recién llegada al paraíso.

La llegada del mormón y, sobre todo, de Elizabeth, una Jean Seberg en plena cima de su carrera tras sus éxitos con la Nouvelle Vague francesa, cambia las costumbres de una ciudad que por no tener ni siquiera tiene nombre: supone no sólo la llegada de la mujer, sino también del orden, del hogar, de las buenas maneras, de la limpieza… y, naturalmente, del sexo, algo que Elizabeth muestra deja bien patente: su primera aparición es para sacarse un pecho y dar de mamar a un bebé… ¡en medio de todos los hombres!

Y hablando de evidencias, pocas veces un cartel fue tan explícito: el triángulo entre Ben, el Socio y Elizabeth no es sólo una sugerencia, aparece ya clarificado en el afiche original de su estreno en cines.

La música cuenta la historia

la-leyenda-ciudad-sin-nombre-2Si hay algo que todo buen musical sabe hacer es avanzar la acción a base de canciones más o menos afortunadas y La leyenda de la ciudad sin nombre es un prodigio en ese sentido: cada momento de la historia, cada situación clave está apoyada por una canción que no detiene la trama, sino que la lanza hacia delante.

De la mano de Lerner y Loewe, los creadores de la partitura original en los escenarios, junto al trabajo André Previn, adaptador para la versión cinematográfica, la banda sonora está llena de canciones inolvidables que permiten seguir la trama sólo escuchando el CD.

Así, las canciones narran la vida cotidiana de la Ciudad Sin Nombre (Hand me down that can O’beans), la posibilidad de convertirse en un símbolo del progreso, una ciudad con mujeres y burdeles (Whoop-Ti-Ay! Shivaree), la llegada de la diligencia secuestrada llena de prostitutas (There’s a coach comin’in), la aprición de la religión que ve en este lugar de pecado una nueva Sodoma y Gomorra (The Gospel of No Name City), o el trabajo de Ben y su Socio creando túneles bajo la ciudad para recoger oro acompañados de una aseveración que no deja dudas de lo que van a encontrar (Best things)…

Y así hasta llegar al tema más conocido, el que interpreta Ben Rumson cuando decide marcharse porque aquello ya es una ciudad y no el paraíso que él había conocido (Wan’rin star): la estrella errante que busca un nuevo paraíso, lejos del progreso.

Todas brillantes, todas significativas, todas bien interpretadas… incluso cuando Lee Marvin desafina lo suyo, algo normal teniendo en cuenta su personaje y ese concepto de “musical al aire libre” o “musical cotidiano” que Logan intentaba crear. Algo que no fue muy bien entendido en su momento.

Un gran ejemplo de cómo construir un musical coherente… aunque la coherencia también está en lo narrado, en ese otro enfrentamiento. En lo que llamamos subtexto.

¿Ciudad o libertad?

El crecimiento de No-Name City (la Ciudad sin Nombre) conlleva la presencia de todos los signos habituales de la civilización: bancos, salones, alcohol, iglesia, prostitutas… y, por supuesto, la llegada de personas biempensantes ante las que hay que mantener ciertas apariencias.

Un territorio abonado para la religión.

Nada de dos maridos. Nada de borracheras. Nada de sexo en público. Y, por supuesto, ni alcohol ni mujeres, faltaría más.

Un aprendizaje que el hijo de una familia recién llegada realiza a velocidad de vértigo, mientras nuestra familia no-tan-ejemplar se dedica a excavar en la ciudad para recoger el oro que se pierde al caer al suelo de bancos, tabernas o simples cuchitriles.

Arriba, las apariencias, el orden, la ciudad. Abajo, el oro, la miseria humana.

Un modo de vida a la vista y otro subterráneo. Pero ambos acabarán sucumbiendo  por un auténtico terremoto, en el film está generado por un toro que va destruyendo los soportes de los túneles, pero que en el fondo simboliza el triunfo de la Civilización y el fin de aquel paraíso improvisado.

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En este sentido, la secuencia de la destrucción de la Ciudad Sin Nombre es modélica: en la superficie, el sacerdote (símbolo de la religión castradora) clama al cielo por la corrupción que ven sus ojos, está ante una nueva Sodoma y Gomorra; bajo la tierra, un toro (símbolo de las celebraciones paganas) va hundiendo la ciudad mientras recorre la galería de túneles (símbolo de la codicia humana).

Todo al ritmo de la canción The Gospel of No Name City: ya hemos apuntado que éstas son modélicas y hacen avanzar la acción sin entorpecer el desarrollo.

Aparentemente es una plaga del Dios justiciero, en realidad la destrucción de la ciudad se produce por la miseria humana.

Y así, con la Ciudad Sin Nombre desaparecida, literalmente engullida por la tierra, deja de ser una realidad y pasa a ser un mito, una leyenda. Por una vez, el título en español le ganó la partida al original: Pinta tu carromato dice mucho de lo que significa el progreso; La leyenda de la ciudad sin nombre habla de esos paraísos perdidos que nos muestra el film.

Una vez ha comprobado qué es la ciudad, con su progreso, con su hipocresía, con sus negocios legales, con sus apariencias, con su religión y con sus buenas maneras… a nuestro querido Ben Rumson no le queda otra cosa que marcharse a buscar un nuevo reducto lejos de todo.

En un final magistral, el progreso camina en una dirección y Ben lo hace en la contraria, mientras canta la canción emblemática del film, Estrella errante.

Casi siempre en la vida, todos caminamos junto a los demás, en su misma dirección, pero en más de una ocasión hemos pensado en volver la vista atrás y acercarnos a ese Robinson Crusoe que se aleja del mundo civilizado para convertirse, paradójicamente, en un ser más humano.

Pocas veces un final fue tan significativo acerca de la naturaleza humana.

Escribe Mr. Kaplan

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