El gran juguete de Wes Anderson
Auténtico rompecabezas totalmente imaginario, con lo que encajar las piezas supone por lo menos un mínimo esfuerzo mental para llegar a absorber el 100% de todo lo que nos quiere contar Wes Anderson, que no es poco.
Ya sin empezar la película la primera en la frente, en los créditos nos avisa que los hechos y la historia transcurren en la imaginaria República de Zubrowka, perteneciente a los países del este europeo en los años de entreguerras, en el siglo XX, todo imaginario.
Pero Zubrowka sí que existe, es un tipo de vodka aromatizado con hierbas, de origen polaco, destilado a partir del centeno y con una graduación alcohólica de 40%, es un vodka especial y Wes Anderson lo sabe, no ha empezado la película y ya nos avisa que se se va a reír del espectador todo lo que pueda o más.
Preparados para descubrir cómo se vive en la república del vodka.
El primer plano de El Gran Hotel Budapest es el muro de un cementerio con una ciudad típica de los países del este de fondo; en el muro del cementerio hay una pintada, en la que podemos leer “Antiguo cementerio lutz”. Nuevo mensaje de Anderson, el término Lutz sólo se utiliza en los EEUU, exactamente en un condado del estado de Florida, un lugar bautizado por el censo, para llevar una cuenta demográfica del lugar, habitado por personas que viven al margen del sistema.
Una niña entra en el cementerio de esas personas que vivían al margen de la sociedad, según el director, y se para en un pedestal lleno de llaveros, sobre el pedestal un busto de Stefan Zweig, un famoso escritor austriaco en el que dicen que Wes Anderson se ha inspirado.
La niña lleva una mancha en la cara, igualita al mapa de México, otra de Anderson, y lleva un libro en la mano, ¿sabéis cómo se titula? El Gran Hotel Budapest. La niña abre el libro y empieza la historia.
Fijaos la intensidad en la información en tan breve espacio de tiempo, y toda llena de mensajes subliminares: ya hemos entrado en el juego, el juego de Wes Anderson. Estoy convencido que se lo pasaría bomba rodando esta película porque es su película, es un tipo de Texas, le encanta el cine desde pequeño y por eso hay momentos en los que la película parece infantil.
Y ya entrados en materia, el hotel parece de juguete, la ambientación parece de juguete, los colores vivos pero con un tono rosáceo constante que te da la sensación de que la película es un gran juguete; de hecho el director juega hasta con la cámara: hay un par de planos que parece que está manejada con un mando de videojuegos. La mueve con delicadeza al mismo tiempo que con grosería. Se lo pasa bien.
Dentro de un mundo imaginario todo es posible, un mundo absurdo pero sensato, o un mundo sensato pero absurdo, un poco Berlanga, pero con la visión de un tejano; por cierto, en ningún momento parece una película americana, todo lo contrario.
A pesar de ser una película muy personal, el resultado es muy agradable para muchísimos espectadores, y ha recibido multitud de premios técnicos, lo que asegura ver un buen trabajo.
En resumidas cuentas, es la historia del robo de un cuadro, un cuadro renacentista imaginario pintado para la película: El niño de la manzana es la pieza que acaba el puzle del universo Anderson, un universo donde los límites los marca la mente del autor.
No hay que olvidar en esa ausencia de límites los cambios de formato de proyección durante la película (pasa del 4:3 al 16:9 e incluso al 2,50:1, o sea, pantalla normal, panorámica y scope), para mí eso ya es demasiada vanidad artística, pero, como ya he dicho El Hotel Gran Budapest es la película de Wes Andersón.
Escribe Isi Lucas
