“Odio entre hermanos” frente a “Lanza rota”

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House of strangers (1949) y Broken lance (1954)

odio-entre-hermanos-1Situada entre Carta a tres esposas y Eva al desnudo, Odio entre hermanos no ha gozado de la popularidad de éstas, dos de los momentos cumbre de la filmografía de Mankiewicz. Sin embargo su calidad no las desmerece en absoluto.

El guion fue escrito por Philip Yordan, basándose en una novela de Jerome Weidman, que a su vez posee inequívocas resonancias de Rey Lear. Unos años más tarde el argumento de Yordan daría pie a que Richard Murphy reescribiera en clave de western esta historia, lo que fue Lanza rota, dirigida por Edward Dmytryk. Este trabajo le reportó a Yordan el Oscar de 1954 al mejor argumento.

El análisis conjunto de las dos películas es muy útil para percibir la distancia que media entre ellas. Aun partiendo de presupuestos comunes, y con la presencia en el guion, en los dos casos, de Yordan, la complejidad y sutileza no son, ni mucho menos, las mismas.

La filiación shakespeariana es común, aunque se perciben ciertos matices diferentes. En primer lugar el sexo de los hijos de Lear, que aquí son hombres en lugar de mujeres. En ese sentido el autor inglés va a resultar más avanzado que el conservador Hollywood, que no concebía hacer descansar esta historia sobre las andanzas de tres mujeres, en este caso cuatro, ya que se le añade un hijo más al rey destronado.

La relación entre padre e hijos también es distinta. Al menos en su planteamiento. Mientras en la tragedia de Shakespeare es Lear quien decide repartir su reino entre sus hijas (y los influyentes yernos, figuras ausentes en las películas, a excepción de la antipática esposa del hijo mayor en Odio entre hermanos), dejando fuera del reparto a la favorita, Cordelia, en las secuelas serán los vástagos quienes devengan usurpadores de las posesiones del padre, el cual morirá a causa de sus traiciones. En la muerte y en la promesa de venganza por parte del hijo predilecto, con el cual no hay aquí enfrentamiento alguno, descansa la tensión dramática sobre la que se erigen ambos filmes.

Para interpretar la figura de Lear se recurrió a dos pesos pesados del star system. Mankiewicz otorga el papel a Edward G. Robinson, mientras que Dmytryk se lo ofrece a Spencer Tracy. Era lo que el carácter del padre necesitaba. La fortaleza arrolladora, tiránica incluso, de quien tiene un absoluto control de sus posesiones y de su familia.

Hay una escena que muestra a las claras ese rol. Cuando el hijo condenado sale de la cárcel y regresa al hogar familiar, ahora abandonado, se topa con el gran retrato del padre presidiendo el salón. Un padre que ya ha muerto, pero que parece que desde ese retrato sigue ejerciendo su poder. En la mirada del recién llegado (en ambos casos) no hay ningún rencor. Si acaso admiración y reconocimiento, llegando Joe incluso a quitarse el sombrero ante él. Todo ello queda resaltado por la forma en la que se rueda la escena, con un contrapicado sobre el cuadro, y con el contraplano en picado sobre el observador, quedando de este modo subrayada la jerarquía existente.

Sin embargo se descubre un importante matiz que marca una distinción en la particular Cordelia de una y otra película. Mientras en Lanza rota la distancia entre ambos personajes no se cuestiona, Mankiewicz, tras el reencuentro con el retrato, al que ilumina mientras el hijo permanece en la oscuridad, acentuando aún más el dominio, añade un plano conjunto de ambos, previo al flashback que narrara lo acontecido, y que introduce una similitud entre los dos personajes.

Es este detalle el que introduce una de las diferencias más importantes entre ambas películas, quizá la más relevante: La construcción que se hace del hijo predilecto.

lanza-rota-1Mankiewicz está mucho más enamorado de esta figura que Dmytryk, y así lo transmite al espectador. Max es más complejo que Joe. Éste está hecho de un solo trazo, el de la bondad un tanto bobalicona y simplista. Tanto es así que su deseo de venganza causa más sorpresa, viniendo de quien viene, que comprensión. Por su parte Max posee rasgos de  fidelidad tanto al padre como a los hermanos, pero al mismo tiempo una independencia que en Joe ni se insinua. De hecho en el western todos los hijos de Devereaux son vaqueros, mientras que Max no sigue la profesión del padre y hermanos, siendo abogado en lugar de banquero.

Ahí radica la explicación de la predilección que el viejo italiano siente por este vástago con vida propia. Su encanto personal lo hace merecedor de ella, mientras que el viejo terrateniente, mucho más arisco, menos dado a expresar sus preferencias, tiene que depositar su inclinación en un motivo externo al propio hijo, esto es, en la particularidad de ser hijo de su segunda mujer, la india interpretada por Katy Jurado. Es como si él, por sí mismo, no reuniese la suficiente valía para acreditar el interés de su padre.

Esta distancia nos instruye sobre la manera de construir un personaje interesante. Mankiewicz lo consigue, Dmytryk no. Resumiendo podríamos decir que si este empeño ha de llegar a buen fin el protagonista ha de albergar junto a las cualidades positivas, y de manera coherente, una vertiente menos impoluta. Max es simpático y perverso a la vez, y esta ambivalencia es la que lo hace creíble, reconocible. La simpleza con la que está construido Joe (y el trabajo de Robert Wagner encarnándolo no ayuda) palidece ente las aristas que dibujan a Max.

Pero es en la historia de amor donde la distancia es más clara.

Hay que decir antes que nada lo chirriante que resulta esta historia. Más en Odio entre hermanos que en Lanza rota. En la primera transmite en demasiados momentos la sensación de ser un peaje que el director ha de pagar, cuando en realidad lo que le interesa es el trasfondo de relaciones de poder y visiones del mundo sobre el que se sitúa. La utilidad de esta historia puede aceptarse, pero el tratamiento que se le da es apresurado y descuidado. Cada vez que se tiene que dar cuenta de las andanzas amorosas de Max se produce la impresión de estar ante un añadido que no acaba de encajar. Aun así es esa historia la que permite uno de los momentos más felices de la película, el del reencuentro entre Irene (Susan Hayward) y Max cuando éste sale de la cárcel. El talento de Mankiewicz elide la escena y nos muestra sólo la ilusión de la mujer un segundo antes de abrir la puerta tras la que le espera su amado.

En Lanza rota la historia resulta un poco más creíble, está más integrada, quizá porque pivota alrededor de la componente racial, de la tensión entre la aceptación y el rechazo hacia Max por ser hijo de una india, cosa que no ocurre con sus hermanos.

Pero sea como fuere la actitud ante esta historia de ambos personajes marca con nitidez las diferencias entre ellos. Joe es el novio abnegado pendiente de su amada. Cuando sus hermanos pretenden bromear con ella le advierte del picante en la comida (que ella, mucho más dura, probará), y le acerca un vaso de leche para aliviarla. Es el novio de toda la vida, que llega incluso a provocar un poco de pena, y que nunca se giraría a mirar a otra mujer.

Max, en cambio, parece ahogarse con su novia de siempre, esa que siempre aparece acompañada de su madre, como un recordatorio del futuro que le espera, y que es dócil hasta la exasperación. Y como la personalidad de Max no es de ningún modo sumisa, no pone reparos a la infidelidad cuando la mujer fatal se cruza en su vida. Mankiewicz filma perfectamente esta dualidad cuando enlaza el beso de María con el abrazo a Irene. Y señala todos los riesgos que la nueva relación conlleva al ofrecernos el beso de Max a su nuevo amor con el combate de boxeo en segundo plano.

Más allá de esta diferencia el tema central de ambas películas es el mismo, un viejo tema del western, la colisión entre lo viejo y lo nuevo, un mundo que concluye y se va solapado con otro que está emergiendo. En este caso esos dos mundos vienen representados de la manera más obvia, con el tránsito entre la generación de los padres y la de los hijos, sobre las que se materializan las distintas visones de la realidad, si bien en ambos casos la figura del hijo predilecto ejerce una especie de mediación que acabará demostrándose irrealizable.

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La época de los padres es, podríamos decirlo así, más salvaje, más ajena a las normas sociales que siempre constriñen, más libre. El trabajo que desempeñan y el modo de llevarlo a cabo resumen esta visión.

El viejo Monetti es un banquero a la antigua usanza. Reparte dinero sin necesidad de avales, confiando en la palabra, y como contrapartida no tiene reparos en fijar unos intereses desorbitados. Su modo de llevar el negocio no está sometido a horarios ni a reglas, y es más importante saludar a sus amigos que abrir su banco a la hora establecida. Por otra parte el sueldo no es un componente esencial del trabajo. Pagar un sueldo es casi como desvincular al trabajador de sus tareas, y de ahí ese sentido de entrega total al trabajo que debe prevalecer sobre la compensación que de él se obtenga, más aún si todo ello ocurre en el marco de una familia tan tradicional como la italiana, y que el director subraya con claridad en la hermosa secuencia de la comida, donde además queda de manifiesto la jerarquía, no podía ser de otra manera, entre el padre y los hijos.

La nueva generación tiene otros proyectos comerciales, pero sobre todo otra concepción del modo de llevarlos a cabo. Frente a la visión colectiva de antaño brota ahora el individualismo. La apelación a la unión familiar como manera de salvar al padre no tienen ningún efecto sobre los hijos díscolos, y sólo Max, puente entre esos dos tiempos, cargará con las culpas.

Algo parecido ocurre con Lanza rota. El viejo Devereaux es un ganadero como los de antes. Su ocupación es exclusivamente cuidar sus reses, aunque sabemos que sus hijos han acabado invirtiendo en minas y siendo accionistas o vendiendo tierras a una compañía petrolífera, el símbolo del progreso. El modo que tiene de resolver sus conflictos está presidido por la violencia y el desprecio a las leyes. Él es la justicia, como en los tiempos de los pioneros de aquella tierra indómita. El recurso a la ley que el hijo mayor propone para acabar con el conflicto con la mina no es ni tomado en consideración, e incluso cuando ya ve inevitable el juicio al que va a ser sometido presiona al gobernador para que corrompa al juez. Viejos métodos que ya no funcionan, y que acabarán con el hijo menor penando por las culpas del padre.

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Pero la línea del tiempo es irreversible, y en ambas películas queda de manifiesto. Los dos patriarcas acaban muriendo y llevándose consigo esa época ya periclitada. Y la venganza que exigen no será llevada a cabo, aunque en esto Mankiewicz es más sutil y elegante, una vez más, que Dmytryk.

Aunque la identificación entre Max y su padre es mayor que la que encontramos en Lanza rota, aunque sus ansias de venganza son también mayores, y aunque el desprecio del director por los hermanos es absoluto, presentándolos como unos tipos endebles y cobardes a quienes ni siquiera les concede la grandeza de la maldad, Max acaba asumiendo su pertenencia a ese nuevo mundo, y no sólo no lleva a cabo la venganza sino que salva a su hermano y acaba integrándose en aquello que tenía le mandato de destruir. Su huida con Irene es el abandono de la familia tradicional de la que formó parte, y no hay que olvidar el reproche que su amada le hizo al salir de la cárcel, cuando le espetó que era igual que su padre. Al reemprender su vida con ella no sólo renuncia a lo que significa su familia y se adentra en la aventura (también eso es individualismo), sino que renuncia a algo más importante, a seguir siendo como su padre.

En el western de Dmytryk la resolución es más clara. Aunque la lanza se rompa la justicia poética ha colocado las cosas en su sitio. El hijo malvado acaba muriendo y lo hace a manos del indio que trabajaba para su padre (y que le dispara desde arriba, como una especie de Deus ex machina). Parece que el viejo orden desaparece, pero eso no significa que las cosas dejen de permanecer en su sitio, que los culpables no paguen sus faltas o que el caos se imponga. Lo nuevo no viene a destruir lo antiguo, sino tan sólo a sustituirlo.

El saber hacer cinematográfico de Mankiewicz corre parejo a la complejidad en el desenlace de la película. Lejos de dejar todos los cabos atados la obra permanece abierta, en una apertura que combina la esperanza con el desencanto. La vida futura de Max con Irene es tan ilusionante como incierta, plagada de múltiples dificultades que se adivinan, y el nuevo tiempo que se avecina estará en manos de los ineptos que sustituirán a los viejos corruptos.

Qué tiempos. Aquellos y estos.

Escribe Marcial Moreno  

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