Delicias turcas (Turks fruit, 1973)

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El cine anticonformista de Paul Verhoeven

delicias-turcas-10Años setenta, Ámsterdam y una historia de amor complicada entre un artista bohemio y una chica burguesa. Estos son los ingredientes que componen la trama de Delicias turcas, una joyita del cine holandés de los años post 68, reconocida como una de las películas más aclamadas por el público del país y un éxito de taquilla.

Nominada a los Oscar de 1973 como Mejor Película de habla no inglesa, Delicias turcas es un filme que no pretende que simpaticemos necesariamente con los personajes o que entendamos el porqué de muchos de los acontecimientos bizarros o ridículos que ellos mismos viven, sino que nos dejemos llevar por ellos, en un vórtice de locuras y juegos entre los dos amantes.

Con erotismo y humor negro, la película es un largo flash-back de los eventos que cambiaron la vida del artista Eric al conocer a Olga, sus dificultades en ser aceptados por la familia de ella y la libertad con la que viven su vida juntos. Una libertad que pronto le hará pagar precios muy altos, hasta llegar a un lento y progresivo final inesperado.

El filme, de hecho, es una serie de recuerdos agridulces que no dejan tiempo para conmoverse o para reflexionar sobre ellos mismos. Rápidos, intensos, a veces fríos y directos. Paul Verhoeven nos recorta el tiempo. En este filme el tiempo, de hecho, es como un sueño, porque pertenece al recuerdo. Y por tanto, no conseguimos atraparlo. Fluctúa, escapa de nuestro control. Huye, como los personajes.

Cuando pensamos que algo va a pasar dentro de la historia, inmediatamente ocurre lo contrario y corremos con y detrás de los protagonistas que parecen no querer perder ningún momento. Disfrutan, se aman. Pero esto no ocurre de forma demasiado romántica o empalagosa. Al contrario, es una historia fuerte, directa e intensa. Pasional, seguro, pero no dulce. No de estos cuentos “azucarados”, sino más bien una historia de amor y de supervivencia. Eric y Olga superviven a las banalidades de lo que les rodea, para crearse su hueco de libertad y diversión.

Sin embargo, el principio de la película nos despista ya que lo que vemos es a Eric solo, que intenta ligar con varias mujeres, pero lo que gana es sencillamente más soledad. Una soledad que desaparece cuando conoce a Olga. Un largo recuerdo, algo que sólo se mantiene dentro de la mente del protagonista y, por tanto, queda “líquido”, corriente, rápido y fluido.

Delicias turcas es un filme peculiar que no puede ser clasificado ni como un melodrama, ni como una comedia negra, ni siquiera como una simple historia de amor. Es cierto que posee tonos eróticos, pero representa simplemente una forma pasional y sincera de contarnos una relación entre dos personas. Paul Verhoeven empieza por esta misma pasión y libre expresión de amor por parte de Eric y Olga para acabar enfrentándose a diferentes cuestiones como la muerte o la incomunicación. De repente, todo lo que parecía concentrarse principalmente en una feliz relación, cambia de tonos y colores, para ponerse más “seria”.

Con su segundo largometraje, Verhoeven demuestra su carácter visionario y su habilidad en realizar y poner en escena historias absurdas y a contracorriente. Una película que no tiene pelos en la lengua, que muestra todo lo que tiene que enseñar, esencial y directa, muy influenciada por el cine del 68. De hecho, la pareja vive una sexualidad muy abierta, lucha contra la moral burguesa de la familia de ella y su relación desafía los límites tradicionales acercándose más a un libre juego de pareja.

Verhoeven dirige una película anticonformista que, sin embargo, nunca crea incomodidades y se queda como una obra bien escrita y, sobre todo, maravillosamente interpretada por dos actores como Rutger Hauer y la bella Monique Van De Ven.

Delicias turcas se queda en la filmografía del maestro como una de las películas que han marcado mayormente su carrera cinematográfica, antes de sus otras trayectorias en las que se ha movido a raíz de títulos como Instinto básico o Robocop.

Escribe Serena Russo

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