Aventura interplanetaria entre el sueño y la realidad
Según afirma Philip K. Dick, el género de la ciencia ficción no consiste simplemente en un relato de aventuras que suceden en el futuro, incluso si éste se nos presenta adornado con los más exóticos y sorprendentes inventos tecnológicos y científicos.
En cambio, según el principio de coherencia, es necesaria cierta conexión entre la sociedad actual y la sociedad futura ficticia, concebida como “desfiguración conceptual”, extraña e inquietante pero perfectamente verosímil, rasgo que distingue la ciencia ficción del denominado género fantástico.
Para este inspirador de importantes filmes del género (Blade Runner), las ideas deben ser las auténticas protagonistas del relato, más que los hechos y el entorno, por más extravagantes que éstos se desplieguen ante el lector. Por lo tanto se concluye que el objetivo de la ciencia ficción debería consistir en inquietar, provocar y hacer pensar al lector, puesto que, como sucede con la literatura en general, de lo que se trata es de consumar un acto creativo entre autor y destinatario.
El cuento y la película
Algunas de estas reflexiones de Philip K. Dick sobre sus propios libros se observan, evidentemente, en su cuento Podemos recordarlo todo por usted al por mayor (We Can remember it for you wholesale, 1966), en el que se basa la película Desafío total (1990). Y tampoco son ajenas a los principios en que se fundamenta el cine de Paul Verhoeven, director del filme, tanto respecto al carácter transgresor y provocador de su obra como al contenido temático e ideológico de la misma.
El relato original contiene, en efecto, más ideas que aventuras. Por un lado, un deseo, un anhelo, impulsa al humilde funcionario Douglas Quaid a visitar Marte, algo fuera del alcance de un hombre simple y ordinario, lo que le conduce a la empresa Rekall Incorporated, especializada en insertar recuerdos en la memoria. Por otro, la imposibilidad de Quaid de distinguir entre los recuerdos reales y los implantados crea tal confusión en su interior, que se ve abocado a la duda permanente sobre su verdadera identidad, y quizá condenado a permanecer en un eterno bucle de ida y vuelta, de la vida real a la evocada.
Para colmo, las futuristas y sofisticadas máquinas manipuladoras de la memoria no pueden interferir en uno de los aspectos esenciales de la naturaleza humana, como refleja la réplica que la doctora, especialista en implantes de recuerdos, da al director y dueño de la empresa: “los deseos no se pueden borrar”.
Como vemos, son muchos los temas que el autor pone ante el lector, desde la dualidad de la realidad y la angustiosa incertidumbre sobre su existencia, a los problemas ocasionados por la manipulación de la mente mediante drogas e ingenios tecnológicos. También se puede inferir una velada crítica a una sociedad del futuro continuadora de la actual, pues aún existe una clase media gris que ha de conformarse con sucedáneos de recuerdos por no poder pagarse unas vacaciones de verdad.
Muchos de estos matices se pierden total o parcialmente en el proceso que va de la literatura al cine, pero la contingencia que experimentó el proyecto de Desafío total fue realmente accidentada, pues desde que Ron Shusett compra la opción para adaptar el relato al cine en 1974, hasta la adquisición de los derechos por Arnold Schwarzenegger, en 1989, pasan 15 años. A eso hay que añadir el desgaste de varias quiebras empresariales, propuestas fallidas de dirección, abandonos de varios actores y 44 versiones del guión. Lo que parece milagroso es que el proyecto pudiera sobrevivir y realizarse finalmente.
El guión —escrito por Ronald Shusett y Dan O’Bannon cuando aún no habían alcanzado el éxito que les llegaría cinco años después con Alien, el octavo pasajero— fue modificándose y adaptándose a los gustos de Dino de Laurentiis primero, y a los de David Cronenberg y Bruce Beresford después, para acabar en las manos de Paul Verhoeven, director afianzado ya en la industria de Hollywood tras el éxito de Robocop, dos años antes.
Como actores para encarnar a Doug Quaid se propuso a Richard Dreyfuss y Patrick Swayze. La intervención de Arnold Schwarzenegger sirvió para salvar el proyecto y limpiar su imagen de actor musculado, violento y encasillado en películas de acción de escasa calidad. Finalmente, tras unos sobrecostes que se compensaron sobradamente con la recaudación de taquilla, la película fue producida por Carolco y rodada en los Estudios Churubusco en México DF.

En aquel momento del proceso, el guión se había alejado suficientemente de la historia original para convertirse en un producto comercial y entretenido, una aventura interplanetaria llena de acción y aventura. Pero también lleva la impronta del director holandés, que impregna el filme de significados más profundos y sugerentes en consonancia con su anterior filmografía.
El argumento se aleja del libro en varios sentidos: Quaid viaja a Marte en su papel de héroe justiciero y en defensa de los rebeldes de la colonia, víctimas de los intereses espurios del malvado gobernador marciano Cohaagen (Ronny Cox) y su esbirro Richter (Michael Ironside). La acción adecuadamente dosificada se colma de carreras, luchas y batallas, donde puños y armas compiten en cantidad e intensidad por parte de ambos bandos. La violencia de algunas secuencias causó problemas en la distribución de la película, que consiguió la calificación “R” por la MPPA gracias a los recortes impuestos por la censura de este organismo, que, por otro lado, no supo reconocer la ironía implícita en el tratamiento de este aspecto del filme.
Dice Oliver Mongin en su ensayo Violencia y cine contemporáneo (Paidós, Barcelona, 2002) que, en la actualidad, la violencia en el cine es un fenómeno transversal, pues trasciende los géneros clásicos (western, negro, boxeo, bélico, gangster, terror…), donde su existencia venía determinada por las exigencias del argumento y del contexto en que éste se desarrollaba.
La inflación de la violencia y su espectacular aumento en el cine pueden responder a una forma de reciclar la violencia social, pero también pueden llevar a los espectadores a una insensibilización sin límites. Además de las múltiples formas que la violencia puede adoptar en la filmografía contemporánea, en este caso nos interesa destacar algunas formas de trascenderla, ya sea por acumulación o por simulacro y parodia. En ambos casos se trata de dos “excesos” —insiste O. Mongin— que bien podríamos atribuir a nuestra película, donde encontramos tanto la hipérbole como el contraste irónico que conduce a la parodia, ingredientes ambos del humor, tal como explica Henri Bergson en su obra La risa: ensayo sobre el significado de lo cómico. (Alianza editorial, 2008)
A la misma conclusión llega Jordi Revert en su reciente estudio sobre Paul Verhoeven (Cátedra, 2016), cuando afirma que la violencia es uno de los ejes temáticos del cine del director holandés. Pero matiza que se trata de una violencia más irónica que realista, que tiende a la sátira social y responde a la necesidad de ilustrar la pérdida de control tanto como el instinto de supervivencia, y todo ello debido a su experiencia infantil y juvenil durante la última guerra europea.
Es cierto que, en Desafío total, el espectador siente cierto distanciamiento ante las secuencias y escenas violentas, y sonríe más que se estremece u horroriza. En fin, que se trata de lo que Jordi Revert califica —también irónicamente— como “una violencia verbenera […], grotesca”.
El mérito de Paul Verhoeven estriba en la realización de una película de cuidada estructura narrativa que mantiene al espectador clavado en su butaca, al tiempo que impregna de ironía y sarcasmo la aventura de acción y desorienta al espectador con una deliberada ambigüedad en la formulación de sus mensajes. Empeñado en enfrentar al destinatario con la complejidad de la realidad, se niega a simplificarla, por lo que propugna la incertidumbre sobre la certeza, la duda sobre la aserción, la pregunta sobre la respuesta.

Las claves de la película
Una vez escrito el guión, el relato de Philip K. Dick aporta el punto de partida del hombre que, deseando viajar a Marte, decide implantarse un recuerdo del viaje en su memoria. Cuando los hechos le sumen en la confusión que le impide distinguir los recuerdos reales de los implantados, no encuentra respuesta sobre su identidad y circunstancia.
En la película, Quaid descubre que quizá haya sido realmente espía del Gobierno para luchar contra los rebeldes marcianos y que, desengañado, quizá decidiera apoyar a los llamados “terroristas” para defenderlos de la ambición de los conspiradores del Gobierno. Su viaje al planeta rojo encadena el deseo de hacer justicia con la búsqueda de respuestas sobre sí mismo. Todo un desarrollo argumental que se aleja del original para plantear otras propuestas.
El héroe y su entorno sufren las variaciones exigidas por la historia y el particular estilo de su realizador. El héroe clásico es siempre un ser singular y superior que encarna el bien, se enfrenta al mal y lo vence. En la literatura y el cine modernos, los protagonistas pueden ser seres imperfectos, feos, malvados o mentirosos: antihéroes. En este caso, el exceso de musculación de Schwarzenegger exigió cambios en el guión como que el protagonista fuera obrero de la construcción y no un vulgar funcionario. También hubo que cambiar su apellido —Quaid en vez de Quail— para no suscitar asociaciones maliciosas con el nombre del entonces vicepresidente de EEUU (Dan Quayle), durante el mandato de George H. W. Bush. Así estaban las cosas en el contexto del poder republicano.
El héroe de Desafío total no es un apático y pasivo Segismundo que se sumerge en reflexiones calderonianas sobre la verdad vivida y soñada. No es un platónico contemplativo de las luces y sombras de la caverna. Se trata más bien de un sujeto hiperactivo que, inmerso en la vorágine de los hostiles hechos que le impulsan, también se pregunta sobre su identidad y sobre la realidad de la existencia. Es un pensador instantáneo y dinámico. Si atendemos a la clasificación de Mongin, Doug Quaid, sería el héroe justiciero y solitario, que se asocia con los rebeldes para luchar contra la violencia del mundo mediante la violencia. Eso desde el punto de vista de la acción externa. Desde el interior del personaje, éste muestra una personalidad con varias facetas: desorientado y seguro, angustiado e irónico, vencedor y trivialmente tópico.
El comienzo de la película revela con claridad uno de los rasgos del héroe: el anhelo, el deseo de viajar y estar en Marte, lugar que, para él, parece representar la felicidad. La realidad y virtualidad de ese deseo se suceden y oponen a lo largo de la historia y condicionan el carácter y actos del protagonista. Antes de la primera secuencia, una cortina roja ondula sus pliegues mientras van apareciendo los créditos y la magnífica música de percusión de Jerry Goldsmith, impactante y turbadora, resuena en la sala. El telón rojo desaparece para que comience la ficción, el espectáculo.
En la primera secuencia, vemos, en un gran picado, un paisaje rocoso, seco, árido y… rojo. Una pareja de astronautas, hombre y mujer, pasea con sus trajes herméticos. Las manos enguantadas se tocan y acarician, mientras la cámara se desplaza hacia las caras dichosas de ambos y su respiración tras el visor. De pronto, un resbalón y él (Douglas Quaid) cae hacia el abismo. Su escafandra se rompe, su cara se distorsiona por la falta de aire y se asfixia. La siguiente escena sucede en el dormitorio, en la cama con su mujer Lori (Sharon Stone), que le abraza para que se olvide de su pesadilla.

El comportamiento de los dos personajes mientras están en su casa se ajusta al más trillado cliché: ella tiene celos de la mujer del sueño y la respuesta de él se parece más a la de un galán trasnochado que a la de un hombre del futuro: “Vamos, nena, tú eres la chica de mis sueños”. Con ironía incluida. Pero lo importante es la pulsión de ese deseo, que el héroe “no puede borrar”, como escribió Philip K. Dick. Quaid insiste obsesivamente (“Vayamos a Marte”) y enciende la televisión para ver noticias de atentados marcianos. Ella sólo quiere olvidar, ocultar, adaptarse; él quiere “hacer algo más”, ser especial. Observamos la doble perspectiva que encarna cada personaje. Con mucha ironía, Quaid expresa esa dualidad, que será determinante en los sucesos que vendrán, aunque él todavía no sabe sus causas: “Sueño con ella cada noche y me levanto contigo cada día”.
El tópico heroico representa la fantasía de un hombre corriente como Quaid. Cuando acude a Memory Call para su implante de memoria, el perfil de su personaje ideal es el de un agente secreto “que sea un héroe y salve a la chica y al planeta”. Y heterosexual, naturalmente. Igualmente sucede con los rasgos de la mujer que elige para su viaje simulado, igualmente idealizada: “morena, atlética, modosa y viciosa”. Los roles masculino y femenino vuelven a aparecer como proyecto de los malvados en su afán de reconvertir a Quaid y Melina (Rachel Ticotin) en personas calcadas de un modelo que desprende efluvios claramente conservadores: “Serás una esposa sumisa, complaciente y obediente, como corresponde a una mujer”.
Pero sobre todo, Quaid se transforma en un hombre valiente, arriesgado, generoso y altruista, dispuesto a morir por una buena causa. También listo e ingenioso, como lo demuestra el hecho de colocar su dispositivo de seguimiento en una rata para despistar a sus enemigos. O la divertida y sorprendente máscara de señora gorda y afable, con bomba incluida, con que intenta ocultarse para cruzar la aduana marciana. Por cierto, ése es el único guiño que la descafeinada versión de Len Wiseman (2012) hace al filme de Verhoeven, pues la misma señora aparece junto al Quaid encarnado por Colin Farrell mientras esperan en el control. Es evidente que, en parte, el héroe de Desafío total se ajusta en su perfil a los cánones del arquetipo del relato tradicional. Lo que se incorpora es esa desorientación que padece por no saber quién es en realidad, y la duda sobre si esa realidad existe o es mera apariencia, mera ilusión soñada.
En cuanto al entorno, los diversos escenarios donde se desarrolla la acción remiten a la idea que pretenden evocar. La casa es estándar y anodina, como corresponde a la vida mediocre de sus habitantes, al inicio de la historia. Los espacios exteriores como plazas, calles, trenes y la clínica Memory Recall trasladan la sensación de una fría eficacia urbana y tecnológicamente avanzada; pero los hombres que recorren los exteriores e interiores de una ciudad tan competente y estructurada reflejan también la soledad y el vacío de unas vidas encasilladas en la rutina.
Sin embargo, las decrépitas y degradadas ruinas donde Quaid se esconde para investigar el contenido de la maleta enviada desde el pasado por su otro yo, Hauser, muestran el lado oscuro de una sociedad injusta y deteriorada. También los bajos fondos marcianos de Venusville y El último suspiro funcionan como prolongación emocional del relato, ya que remiten al infortunio y marginación de los personajes.
Otro significado más simbólico es el de los túneles laberínticos de Mina Pirámide, el lugar que oculta y salvaguarda la voz oracular del alienígena Kuato, así como el reactor que, una vez activado, suministraría aire respirable al planeta y a sus habitantes. Los espacios en el cine de Verhoeven contribuyen a la narratividad del relato, pero también adquieren connotaciones significativamente adecuadas para hacer llegar un mensaje cuyo contenido es más moral que político, pues lo que se denuncia es la ambición de Cohaagen y su plan de vender (léase “privatizar”) el aire vivificador según las reglas más despiadadas del liberalismo económico imperante. Una crítica muy vigente ya en los años 90, cuando se estrena la película.

La búsqueda de la identidad en una realidad dual y compleja constituye, si duda, el núcleo temático y vertebrador del argumento de Desafío total. El personaje que encarna el conflicto de no saber quién es ni dónde está es nuestro protagonista Douglas Quaid. Los acontecimientos le llevan a deslizarse por territorios pantanosos y movedizos que, en un continuo vaivén, desde la pesadilla del sueño a una realidad inestable y tornadiza, desorientan tanto al héroe como al espectador.
Primero, Quaid cree que su vida como agente renegado y defensor de los débiles es real, pero después comprueba que esa vida ha sido manipulada para conducir a sus enemigos hacia el líder de los rebeldes. Cuando, finalmente, decide que su “yo” corresponde al del héroe salvador y justiciero, y lucha por liberar el hielo marciano para transformarlo en aire, la duda vuelve a instalarse en él con la ambigua ironía del que no está seguro de nada. Sus dos personalidades —como aliado de Cohaagen y héroe de los llamados “terroristas” por el poder— le hacen vacilar sobre su propia naturaleza.
Las primeras respuestas a la gran pregunta (¿Quién soy yo?) se sugieren veladamente desde el comienzo de la historia, pues se encuentran implícitas en la existencia de las dos mujeres —la soñada y la real—. También se reconocen en el estímulo que conduce a Quaid al deseo de otra vida, que intuye y que le impulsa a un viaje, cuya virtualidad le arroja a una realidad mueva. De esta forma, la aventura rige tanto la exploración de un exterior argumental lleno de acción, como un interior anímico y existencial.
La conversación entre Lori y Doug, una vez desvelado el papel de la falsa esposa que le dispara, ilustra a la perfección la confusión del protagonista y la irónica frialdad de las respuestas:
Lori: Lo siento, Doug, tu vida es un sueño.
Doug: Si yo no soy yo, ¿quién demonios soy?
Lori: Yo qué sé. Yo sólo trabajo aquí.
Esta combinación de humor y reflexión reside en la frase que Hauser dirige a Quaid desde la pantalla del ordenador (“Tú no eres tú, eres yo”) que, fuera del contexto, sería un oxímoron o una paradoja cercana al absurdo. La profundidad de este enunciado contrasta con el tono coloquial de la última instrucción de Hauser a su otro yo como Quaid: “Mueve el culo hacia Marte”.

También se duplica la función de estas palabras: por un lado sirven a la narratividad del relato como progreso de la acción, y por otro, favorecen la aparición del humor por contraste. La dualidad que impregna tanto el desarrollo del argumento como la naturaleza del protagonista, no abandona nunca la historia. Al entrar en El último suspiro, alguien le propone adivinar su futuro. La despreocupación aparente de la réplica de Quaid-Hauser (“¿Y por qué no el pasado?”) evidencia el humor con que el protagonista relativiza sus dudas sobre su reciente identidad.
Cuando, más tarde es arrinconado en el hotel por el doctor Edgemar (Roy Brocksmith) y las armas de Richter y sus esbirros, Lori incluida, la incertidumbre y la desesperación desmoralizan a Quaid-Hauser haciéndole vacilar de nuevo:
Doug-Hauser: ¡Todo es mentira!
Edgemar:- ¿Qué es mentira? ¿Tu vida como agente que viajó a Marte o como obrero de la construcción?
La pastilla roja, que presumiblemente curaría a Hauser de su sueño y de los falsos recuerdos para devolverle a una realidad hipotéticamente verdadera, surge como símbolo de la deseada vuelta a casa, trampa en la que el héroe no cae. La violenta lucha y el disparo a Lori en la frente revelan la elección de Hauser y su adscripción al bando rebelde. La conversación oracular con Kuato parece situar el problema en su justo sentido y resolver la dicotomía en que se encuentra el héroe:
Kuato: ¿Qué quieres?
Hauser: Recordar.
Kuato: ¿Por qué? Eres lo que haces. El hombre se define por sus actos, no por sus recuerdos. Abre tu mente…
Un paréntesis para valorar el diálogo anterior y las variadas interpretaciones que ha suscitado desde el ámbito de la filosofía o la psicología, como la distinción entre razón y deseo, mente y voluntad. Lo mismo sucede con el nivel simbólico, muy evidente en algunos casos, como la pecera rota con los peces asfixiándose, mientras los colonos marcianos sienten la falta de aire. Menos claro y más subjetivo es el que relaciona los dos aspectos de Marte —el exterior seco y tóxico y el interior helado lleno de posibilidades— con otras facetas de la existencia: la muerte y la esperanza respectivamente. Otra dualidad, por cierto.

A este respecto, es el malvado Cohaagen, el obstinado manipulador de la mente de Quaid-Hauser, el portavoz de un reiterado discurso sobre la naturaleza soñada de su exagente. Cuando éste afirma ser Quaid, la respuesta de su antiguo jefe es contundente: “No tenías que ser Quaid, sino Hauser. ¡Idiota! Lo has estropeado todo. No eres nada, no eres nadie. Eres un estúpido sueño. Al final todos los sueños se acaban”.
La puesta en marcha del reactor provoca la explosión cuya fuerza lanza a los tres hacia el exterior marciano donde Cohaagen muere y la feliz pareja se salva. La última escena de los dos cogidos de la mano respirando felices duplica y cierra el círculo argumental que se inició como un mal sueño. La conversación sintetiza la ambigüedad, humor y relativismo con que Verhoeven transformó esta historia de acción en algo lleno de sugerencias y posibilidades interpretativas:
Melina: No puedo creerlo. Es como un sueño.
Quail: Acabo de pensar algo terrible: ¿Y si es un sueño?
Melina: Pues bésame rápido antes de que despiertes.
Con esta visión del héroe alienado e inseguro, que emprende un viaje en busca de sí mismo, que desea realizar su sueño y no tiene la certidumbre de haber alcanzado su objetivo, Verhoeven nos sitúa ante una realidad compleja y nada reduccionista. Todo parece tener dos caras o más, incluido el protagonista de la historia. De esa naturaleza poliédrica se escapan el resto de personajes, mucho más planos y previsibles, por lo que no resulta gratuito afirmar que Arnold Schwarzenegger hizo con este director el papel más interesante de su homogénea filmografía.
El humor no está ausente en este tema, susceptible de ser objeto de hondas disquisiciones filosóficas que han dado lugar a múltiples y variadas interpretaciones. Por ejemplo, el dispositivo que clona y duplica a Hauser en un holograma que desorienta y confunde a sus enemigos constituye el broche irónico y genial con que concluye este apartado. El juego del director es también el de su criatura: “¿Crees que soy Quaid? Pues lo soy”.

La narratividad y el ritmo trepidante que determinan la estructura de la acción en Desafío total constituyen uno de sus rasgos más característicos. Alguien valoró esta película como una montaña rusa donde los hechos configuran una línea de tensión dramática tan variada y a la vez equilibrada, que define este filme como thriller alejado del clásico relato donde el desenlace resuelve el conflicto central y lo cierra.
El guión, llevado a su realización por Paul Verhoeven, goza de la destreza del maestro en combinar momentos de tensión media o baja (escasos y más descriptivos) con otros de tensión máxima (muchos). La historia comienza con una escena de gran impacto como es la pesadilla inicial, con su contenido de peligro y muerte. Se mantiene en un nivel medio en la casa, el trabajo y durante la visita de Quaid a Memory Call, secuencias que sirven para proporcionar al espectador los datos necesarios para que comprenda el planteamiento de la historia y el anhelo del protagonista.
Sin embargo, también en esta fase del proceso se ofrecen indicios que configuran el enigma que mantiene atento al destinatario. Por ejemplo, la mirada de Lori mientras apoya la cara en los hombros de su marido, se pierde indiferente en la lejanía sin mostrar implicación alguna en el estado de ánimo de su esposo, con lo que se sugiere que ella no es lo que parece. Las miradas son importantes en el cine, por lo que revelan u ocultan, como ocurre con los ojos huidizos y engañosos de Harry, el supuesto compañero de Quaid, que luego se revela como uno de los conspiradores.
El crescendo comienza cuando la máquina de los recuerdos revela el posible misterio de la vida anterior de Quaid, comienzan las persecuciones, los ataques y los intentos de hacerle desaparecer. A partir de esos momentos no hay descanso para el héroe ni tampoco para el espectador. La tensión del relato sigue ascendiendo en la casa, en las calles, en las ruinas donde Hauser revela su existencia, con esa misteriosa maleta como contrapunto enigmático que abre nuevas líneas de emocionante acción. Continúa en todos los lugares de Marte, desde el aeropuerto, a El último suspiro y los túneles de Mina Pirámide.
El culmen, la apoteosis, se va gestando con el apresamiento de Melina y Hauser por Cohaagen, y parece decaer o concluir con la derrota de la heroica pareja. Pero de nuevo se precipita en la huida, la lucha y el intento de conexión del mecanismo que activa la fusión del hielo marciano. El nivel más álgido coincide con el lanzamiento de los personajes hacia el exterior con la natural y emotiva incertidumbre sobre su destino, previsiblemente mortal, por la ausencia de atmósfera respirable. Esta estructura de acción y tensión ascendente conforman lo que Jordi Rever llama “thriller futurista” donde el vacío de la identidad y la dualidad del mundo impulsan y mantienen el ritmo del relato.

El carácter de peplum, que muchos críticos han reconocido en el filme se justifica por lo exagerado y descomunal de los músculos de Schwarzenegger junto con lo artificioso y falso de algunos escenarios y secuencias. Precisamente esa sensación de artificio e impostación que se extiende por todo el filme tiene mucha relación don el humor y la ironía entendidos como claves esenciales de la película.
Decíamos arriba que precisamente el humor permite al espectador distanciarse de la violencia de la historia y contemplarla como una broma del director. Hay humor ligeramente negro en la propuesta de Lori de hacer el amor como despedida de la vida soñada que ambos han interpretado. Muy cómicos y refrescantes son los diálogos entre el robot taxista, el Johnny-taxi, cuando interpreta el “¡Mierda!” que expresa la frustración de Quaid como el rumbo solicitado y dice aquello de “No me suena ese destino”. Muy estilizadamente graciosos son los esqueletos de los viajeros que pasan el control del metro mostrando las dinámicas radiografías de sus cuerpos. Contraste e ironía se desprenden del tentador y pacífico anuncio de Memory Call en las pantallas del vagón del metro donde se refugia Quaid tras huir del violento ataque de Richter y los suyos. El rutinario y tranquilo ambiente del vagón contrasta intensamente con su anterior y vertiginosa huida por las escaleras mecánicas, saltándolas en sentido contrario y usando a un pasajero como escudo humano, escena que se ha convertido en un tópico del género.
Mucho humor se desprende de los diálogos de Hauser con la mutante de rostro lleno de surcos de El último suspiro, que le recrimina su traición diciéndole que “tiene mucha cara”. La respuesta del héroe es digna de cualquier cómico con reflejos: “Y tú me lo dices?”. Nos hace sonreír también la conversación entre el taxista Benny y la mutante de tres pechos, pero, sobre todo, la mil veces comentada frase de Hauser —chulesca al estilo de James Bond—: “Considérate divorciada” mientras dispara a Lori un tiro en medio de la frente.
Muy divertido es el momento en que la reconciliada pareja recorre los túneles que contienen un osario en el que se eleva un esqueleto y aparece la pistola que necesitan los rebeldes. Podríamos citar muchos detalles más: la mano mutante de Benny el taxista, la enana con la metralleta, e incluso el humor muy negro de las manos de Richter cortadas por el montacargas; la desmesurada y excesiva distorsión de las caras de Cohaagen, Hauser y Melina con la previsible explosión de sus ojos y piel. Y finalmente y, sobre todo, el diálogo último que ya hemos citado.

Finalizamos con algunas conclusiones sobre Desafío total, de la mano de Jordi Revert que nos ha guiado y orientado en este análisis y al que agradecemos la claridad de su exposición y lo sugerente de sus propuestas.
Sobre el cine de Paul Verhoeven, se menciona una anécdota de la niñez del director donde éste dice que le gustaba más cambiar las reglas del juego que jugar, lo que explicaría uno de los rasgos más relevantes de una personalidad provocadora y transgresora que utiliza el cine como mecanismo para acceder a otra forma de percibir el mundo.
Lo que en el fondo desea hacer Verhoeven es proponer otra forma de mirar como hizo Buñuel en Un perro andaluz, mediante el conocido plano del cuchillo cortando un ojo. En esta película ha conseguido algo que parecía muy difícil, si no imposible: plantearnos una profunda reflexión sobre el sueño, el engaño y la apariencia de las cosas. Coincidimos con muchos en la valoración de este director, que arriesga siempre y nunca deja indiferente, que conquistó Hollywood sin perder su carácter reflexivo y humanista.
Compartimos la idea de que Paul Verhoeven, ese gran transgresor del género, “ha tenido la habilidad de combinar, para crear elementos razonablemente bien construidos a partir de materiales de derribo”.
Mientras finalizaba este artículo, se difundió la noticia de la muerte de Darío Fo, otro gran provocador cuyo propósito —según afirmaba de sí mismo— fue “abrir grietas en las certezas y fustigar el poder mediante la risa”. Homenaje doble también.
Escribe Gloria Benito
