Instinto básico (Basic Instinct, 1992)

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Sexo, drogas y rock & roll

instinto-basico-1Sangre, mucha sangre. Una escena de sexo sin inhibiciones, ese puro instinto básico que da nombre a la obra, desencadena una orgía de sangre cuando esa mujer rubia desnuda, en el momento del clímax asesina brutalmente a su amante con un punzón de hielo.

En ningún momento veremos su rostro, pues su cabello dorado lo cubre estratégicamente en cada movimiento de su cuerpo, en cada plano, inclusive en los múltiples en los que asesta sus certeras y explícitas “puñaladas” que bien recuerdan  a las que un travestido Norman Bates propinó a la también rubia Marion Crane en la ducha del motel en Psicosis (Dir. Alfred Hitchcock, 1960).

Así mismo, mantiene similitudes con las películas de Hitchcock en la manera de manipular al espectador: mientras el inglés lo hará de forma más habitual por medio del suspense, el director neerlandés lo hará por medio de la intriga, revelando al personaje y espectadores la misma cantidad de información, para así confundir y sorprender a ambos mediante el desconocimiento. Otro guiño, uno más evidente, a la obra del maestro del suspense son las secuencias de los personajes mientras conducen, en el interior de los coches.

El hombre asesinado en la escena que abre la película es la pareja de la inteligente y sensual Catherine Tramell, una bella escritora que utilizaba al difunto, una ex estrella del rock, para basar al personaje de su novela, en la cual se describe un asesinato como el sucedido. Esto resulta ser una coartada perfecta para Catherine.

El juego mental en Verhoeven

Para la investigación del caso y la vigilancia de Catherine se asigna a Nick Curran, interpretado por Michael Douglas. La sospechosa juega mentalmente con todos los policías: su desbordarte inteligencia y el uso de su belleza en conjunción con su derroche de sensualidad y sexualidad, son atributos que a la hora de la verdad hacen que todos los hombres se sientan minúsculos ante ella. Es la rubia deseada en sus sueños que al tornarse realidad los intimida y vence.

Ella es quien dirige el juego, quien con su astucia los lleva por el camino que desea como si todos ellos fueran los personajes de la obra que está escribiendo y que realizan la acción según ella la va creando. Catherine es como ese Demiurgo que Descartes describía y que jugaba con nosotros. El no distinguir una realidad de otra, el mundo empírico del soñado, la confusión entre vida y ficción, es algo muy habitual en las obras de Verhoeven.

En Robocop, 1987, el propio híbrido entre robot y humano se confunde tras su creación, debiendo descubrir quién es en el camino de su aventura. En la mítica Desafío total, 1990, donde también trabajó Sharon Stone, el sueño y la realidad tratan de confundir al héroe durante todo el argumento, siendo engañado por sí mismo, aquí el juego mental no tiene fin.

En Instinto básico no sólo se juega y engaña a las mentes de los personajes, también el propio espectador se verá afectado pues no conocerá la verdad hasta la última toma de ese punzón de hielo que cierra la película. Tan sólo otro personaje, además del culpable, sabrá qué es cierto y qué es mentira, Beth. Casualmente, Verhoeven, vuelve a enfrentar a una rubia contra una morena, como en su anterior obra de 1990, donde una representa el juego y el engaño, y la otra la realidad y la verdad.

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La mujer como asesina

La obra supuso un nuevo tipo de personaje femenino. Catherine no es un monstruo con problemas mentales como lo fue por ejemplo el personaje de Bette Davis en ¿Qué fue de Babe Jane? (Dir. Robert Aldrich, 1962). Es un nuevo tipo de asesina que nada tiene que ver con el arquetipo de Norma Desmond (El crepúsculo de los dioses, Billy Wilder, 1950).

Ahora las mujeres asesinas, ya sean rubias o morenas, son inteligentes, calculadoras, sin discapacidades psicológicas, terroríficas por la normalidad que poseen. Un tipo de asesino sobrio y muy cabal que vimos un año antes con Hannibal Lecter. Esta clase de mujer homicida dejó una herencia muy evidente en Perdida (Dir. David Fincher, 2014) tanto en la manipulación como en el asesinato que la protagonista realiza durante el acto sexual.

El personaje de Tramell resultó tan fuerte que alzó a la categoría de mito erótico a Sharon Stone, adhiriéndose a ella una parte de su memorable interpretación de la que nunca que deshará. El sorprendente inicio que abre la película y su revelador final, junto con la tensión de la intriga contenida a lo largo de la trama, la convirtieron en una cinta mítica, pero todo ello palideció a la salida de los cines pues lo más comentado resultó ser el contundente cruce de piernas de la protagonista durante el interrogatorio. La obra la catapultó a la fama sobreviniéndole multitud de trabajos para interpretar siempre a personajes muy sensuales.

La secuela

En un fútil intento de explotar a la gallina de los huevos de oro en que se había convertido la película, años más tarde, en 2006, se realizó una segunda parte, en ella repetiría únicamente Sharon Stone y la dirigiría Michael Caton-Jones.

La obra fue un fiasco. No logró mantener la esencia de una cinta tan importante ni de un personaje tan significativo. Tampoco estuvo presente el juego mental, ni la intriga, ni las grandes dosis de sangre, elemento reiterado y que explícitamente se muestra en otras obras de Verhoeven, en forma de tiros o de apuñalamientos por diversos y variopintos objetos, que causan esa generalizada presencia de sangre y carne desgarrada.

El resultado fue como el de muchas otras sagas que Hollywood ha intentado crear tomando como base una película de calidad, de las que hacen historia y revientan taquillas: destrozar el recuerdo de un filme inolvidable. Pese a todo, el espectador siempre tendrá la opción de borrar de su memoria tan desastrosas secuelas para quedarse y revivir los originales.

Escribe María González

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