Horas de luz (2004), de Manuel Matji

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Todos vivimos cárceles interiores

Película basada en hechos reales, cuenta la historia de Juan José Garfia. Con 17 años sustrajo tres kilos de goma 2 en la mina de León donde trabajaba. Fue su primera condena: seis años por tenencia ilícita de explosivos. Cumplió tres y, como declaró el propio Garvia: «Salí muy envenenado de aquello. Sabía que cuando me cogieran por cualquier tontería volvería a dentro. Por eso cuando vi aparecer el coche de los municipales, reaccioné disparando».

En 1987 mató a tiros en Valladolid a un policía municipal, a un guardia civil y a un empresario que se metió casualmente en la refriega. Fue en un control rutinario de la policía. «Yo iba en un coche robado en compañía de mi hermano y su novia. Nos pararon, los encañoné, sacaron las armas y nos pusimos todos a disparar. La intención era ésa, encañonarlos, desarmarlos e irnos», explicaría años más tarde al periodista Jesús Quintero en Cuerda de presos. «Hay situaciones a las que no hay que llegar, pero, si se llega, no hay filosofías, es la supervivencia», añadió sin arrepentimiento.

Garfia protagonizó en 1989 su primera fuga al escaparse de un furgón celular durante un traslado, y en 1991 hubo otro intento. Durante 74 días tuvo en jaque a las fuerzas de seguridad: atracó bancos, secuestró a un teniente coronel de la Guardia Civil y a hirió gravemente a un brigada del cuerpo. Finalmente, fue detenido en una casa de El Albaicín granadino tras una espectacular operación policial en la que intervinieron 60 policías y 14 geos. Ya era un reo de leyenda. Pocos meses después, tras liderar un violento motín en Badajoz, fue aislado en una celda de El Dueso (Cantabria). Allí conoció a una ATS de prisiones llamada María del Mar.

María del Mar era una joven bilbaína enfermera que inicialmente trabajó en un barco donde tuvo tres hijos con el sobrecargo, un hombre libio que la abandonó. Finalmente acabaría aprobando unas oposiciones para ATS de Instituciones Penitenciarias. Tras Basauri y Palencia, fue a destinada al Dueso donde conoció a Garfia que estaba en un régimen penitenciario especial llamado FIES (Fichero de Internos de Especial Seguimiento), un experimento de Antonio Asunción, a la sazón director de Prisiones en el Gobierno de Felipe González (luego sería ministro del Interior por pocos días).

Las condiciones de vida de los presos en ese régimen eran terribles e inhumanas (con lo buena persona que parecía Asunción): «Hay una orden desde Madrid para que estos seis hijos de puta se autoeliminen», comentaba el jefe médico, según el testimonio de María del Mar: «Allí había una negación absoluta de derechos»; continúa. «No podían mirarse al espejo, les recortaban el mango del cepillo de dientes, no tenían libros, ni tele, ni derecho a visitas… Vestían mono de trabajo y chancletas. Comían dentro de la celda y salían solos al patio. Les hacían radiografías, atados de pies y manos, con el único fin de humillarlos. Eran seres destinados a morirse. Había órdenes de darles Tranxilium y Tranquimazín a mano abierta, psicofármacos muy potentes que crean adicción y te pueden volver loco. Más de uno acabó suicidándose».

La incomunicación en la celda era absoluta y el trato vejatorio continuo. Y en estas llegó la enfermera a la celda, siempre acompañada por un carcelero, para darle un masaje en la espalda a Garfia. Él ya había detectado su perfume por el pasillo, una fragancia tan excitante como balsámica: «Sí, todavía sigo usando Agua de Vanderbilt», asegura Marimar tras 12 años de relación.

En esa situación María del Mar sintió el flechazo del amor con Garfia. El idilio acabó en boda en 1998; se casaron por la iglesia en la cárcel valenciana de Picassent y se ha mantenido gracias a las innumerables cartas y a los dos vis-à-vis mensuales, uno íntimo y otro familiar, dos horas por encuentro. A los pocos días de la boda, Garfia quiso adoptar a los hijos de Marimar. No lo logró porque el trámite de 6.000 euros era demasiado caro para su exigua economía.

María del Mar denunció el régimen FIES a Salaketa, una asociación de ayuda a presos comunes. La acusación llegó al parlamento vasco y el módulo de El Dueso acabó desmantelándose. «Me metieron un expediente de seis meses, pero Antonio Asunción pidió tres años». Ella solicitó el traslado a Martutene (Vizcaya) y a su novio lo mandaron a Picassent (Valencia).

En 1993, Garfia se enteró de que María Mar se había jugado el puesto, lo cual le conmovió. Marimar cuenta que «Salía de trabajar de Martutene, cogía el autobús a las nueve de la noche y llegaba a Valencia a las tres de la mañana. Me iba a una pensión a las cinco y media, dormía dos o tres horas, me iba a verle y a las 11 de la noche cogía el autobús de vuelta». Le siguió de cárcel en cárcel.

Después de llevar media vida entre rejas, Juan José Garfia, un hombre de gran inteligencia, se dedicó a la pintura, pasando de la abstracción al hiperrealismo, pinturas que ha expuesto con la ayuda de su mujer. Además, ha estudiado en la Universidad Historia del Arte; lee mucho, autores como Delibes, Dostoievski, García Márquez y muchos más, y ha escrito y publicado varios libros: una recopilación de fugas titulada «Adiós prisión», que escribió en la dura cárcel de El Dueso, según declaró: «Para que las personas que permanecen en prisión sepan que es posible fugarse. Y que pueden y deben intentarlo”; además, ha publicado una novela histórica sobre los comuneros de Castilla y Crónicas rústicas.

Con una condena que se refundió en 35 años, a Juan José le fue concedido el segundo grado y esperó un permiso, el primer peldaño hacia su reinserción. Terminó de cumplir condena en Madrid VII, donde disfrutó de permisos penitenciarios y le fue concedida la libertad condicional poco después. En 2015 extinguió su pena totalmente.

Supuestamente trabaja y vive en Madrid con otra mujer y no quiere mirar atrás: «Vivo en un barrio donde nadie me conoce. Mi deseo es ser uno más. Normal. Currar. (…) Estoy dado de alta como autónomo y hago los trabajos que me van saliendo».

Después de llevar media vida entre rejas, Juan José Garfia, un hombre de gran inteligencia, se dedicó a la pintura.

La película Horas de luz, dirigida por Manolo Matjí y protagonizada por Alberto Sanjuán y Emma Suárez, aborda con sobriedad esta «historia de lucha, compromiso y reivindicación, pero también de culpa, de emoción, de amor», según explican los guionistas, Carlos López y José Ángel Esteban.

«El preso más peligroso aprende a querer. La enfermera incansable se juega el puesto por defenderle. Y sólo se tienen el uno al otro. Esta era la historia de un culpable que empieza a redimirse cuando descubre sus propios sentimientos». Desde el cartel publicitario se dispara una pregunta a bocajarro: «¿Puede el amor liberar a un asesino?».

El director del filme, Manolo Matji, comenta que: «Decidimos hacer la película como es y de ninguna de las otras maneras que nos tentaron como sirenas cautivadoras. La fuga se produce dentro de la cabeza del personaje, algo sutil y emocionante; la evidencia se cuela en la mente de rondón y cambia el sentido entero de tu vida, a veces basta una sola palabra. Queríamos atrapar el relámpago, ese instante concreto, el milagro de la lucha del hombre contra su propia fatalidad».

Para el director, «Emma Suárez, por quien siento debilidad desde hace muchos años, quiso estar en la película al instante de leer el guion y se entregó al proyecto con la pasión de las actrices que empiezan. Admiro el coraje de Emma y la inteligencia con la que aborda el trabajo. Se fue a Granada y estuvo unos días con Marimar y sus hijos. Pienso que nunca lo olvidará. Se puede confiar en la energía de Emma: nunca engaña, siempre dice lo que siente. Igual que su personaje: apariencia débil e indomables convicciones. Prisionero, preso, recluso, interno, cualquiera de estos términos alude a una verdad de la condición humana: todos vivimos cárceles interiores».

En cuanto al protagonista Garfia, Matji comenta: «Quizás la mayor dificultad de Horas de luz haya sido elegir el actor para que interpretase a Juan José Garfia. Hicimos interminables pruebas de reparto a lo largo de un año. Creo que hemos visto a cualquier actor que por edad y físico pudiera hacerlo. Y en este trabajo Luis San Narciso fue irreemplazable y buscó a cada uno de los actores con tanto cuidado como si fueran los protagonistas. Y cuando habíamos completado el reparto, aún no teníamos el personaje principal».

Aquí es de destacar la voluntad y el empeño de Alberto San Juan quien, «luchó por el papel desde que el guion cayó en sus manos de una manera fortuita. Llamó y dijo que quería hacer la prueba. Y la hicimos; mejor dicho, las hicimos, porque fueron muchas. Trabajábamos con escenas que se habían desechado en el guion, pero Alberto lo ignoraba y las preparaba a conciencia. Y luego, en el rodaje, se lamentaba. O preguntaba por ellas, las echaba de menos; Alberto siempre tiene a punto otra pregunta, en él las preguntas son tan naturales como la respiración. Alberto conoció a Juan José Garfia en la prisión de Córdoba adonde fuimos a visitarle. Ambos sintieron al instante simpatía, calor y proximidad. Más tarde observé que a Alberto le aparecían gestos e inflexiones capturados en aquellos dos encuentros. Cuando Marimar vino al rodaje se quedó muda al ver cuánto se parecían Alberto y su marido».

Película impecablemente dirigida, con sobriedad, y tono oscuro y dramático por Manolo Matji. Un guion extraordinario y casi cubista de José Ángel Esteban, Carlos López y el propio Matjí; magnífica fotografía de José Luis López Linares arropando la trama. Muy buena dirección artística de Luis Ramírez, y un estupendo montaje de José María Biurrún. Produjo Gustavo Ferrada.

Esta obra es un canto noble en aras a la reinserción, con el enorme apoyo del amor, un amor que va más allá de los barrotes.

Los actores hacen unos papeles de excelencia, empezando por Alberto San Juan que interpreta con sobriedad, pero sintónicamente, al preso Garfia. Una Emma Suárez maravillosa, creíble y con enorme química con su antagonista San Juan, en el papel de Marimar; y un elenco de actores de reparto excelentes como José Ángel Egido (Chincheta), Vicente Romero (Morata), Andrés Lima (Granizo), Ana Wagener (Chus), Aitor Merino (Tormo), Daniel Núñez (Chester), Alicia Cifredo (Chini) o Paco Marín (Rafa). En resumen, sobresaliente trabajo de los dos protagonistas y el resto del elenco actoral.

Hasta ahora he querido exponer, muchas veces en palabras de los protagonistas reales, la historia del filme. Pero si he de dar mi valoración, estamos ante una lúcida película justamente de cárceles y fugas, y a la vez un vivo retrato de la reparación por el amor, con un final apasionante, donde no hay buenos ni malos, ni fraudes en el camino de la cinta.

Esta obra es un canto noble en aras a la reinserción, con el enorme apoyo del amor, un amor que va más allá de los barrotes, las paredes y las distancias. La película mantiene un ritmo conveniente, sin apresurarse, pero sin hacerse lenta; y un sentido de la elipsis concertado, justo y eficiente a partes iguales; película, pues, que se sigue con interés. Película valiente por cuanto tiene de apuesta personal por un personaje y por un entorno, que pocas veces ha sido visto, hasta donde llega mi conocimiento, en el cine español.

Y quiero añadir que ya Sigmund Freud, antes de 1912 (aunque luego hubiera un viraje en sus ideas), apuntó que el amor, si se sabe instrumentalizar y si el azar o las circunstancias son favorables como en esta historia, ese amor puede llevar a la cura. La demanda de un paciente es por lo común una petición de amor y Freud (también Lacan), comprendieron que la cura psicoanalítica es una cura por amor, o mejor, que el amor cura, sana las mentes enfermas o con desórdenes, no sólo el amor de transferencia hacia el analista: el psicoanálisis le ofreció un nuevo espacio al amor. Algo que en la película cobra un relevante papel.

Esta película es el paradigma que explica cómo una buena dirección, unos excelentes actores, todo al servicio de un buen guion, son elementos sobrados para conseguir un filme que nos mantiene en la butaca los 98 minutos que dura, nos entretiene, nos emociona, todo ello sin necesidad de efectos especiales ni superhéroes.

Y, sobre todo, la angustia de la cárcel, del sometimiento irrestricto a los dictámenes de las autoridades policiales, el cuerpo de los funcionarios de prisiones de entonces, de las autoridades políticas y, contra todo, el poder del amor. La desesperación, la angustia del maltrato permanente y del ansia de fuga constante del protagonista.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

La desesperación, la angustia del maltrato permanente y del ansia de fuga constante del protagonista.