Truhanes (1983), de Miguel Hermoso

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Una comedia estupenda

Gonzalo Millares (Arturo Fernández) es un estafador con dinero, de exquisita educación y depurados modales, elegante a toda hora y empedernido conquistador, siempre para conseguir algún beneficio. Un cínico en toda regla. Por un asunto de faldas con una menor y otras lindezas, la mala suerte y su reprobable conducta llevan a Gonzalo Millares a presidio. Estando entre rejas siente una enorme sensación de inseguridad y gran zozobra, por las presiones a que es sometido por algunos reclusos. Gonzalo desconoce los mecanismos de la vida en la cárcel.

Su malestar y angustia son tan grandes, que pone su seguridad en manos de Ginés Giménez (Francisco Rabal), un ladronzuelo, timador, mujeriego y bebedor, para quien la cárcel es como su segundo hogar. Ginés se presta a echarle una mano a Gonzalo, asegurándole su integridad mientras esté preso.

Gonzalo, a cambio, le promete que cuando salgan de la cárcel, él le proporcionará un futuro prometedor, echándole una mano en lo que fuere menester. Como explica el director Miguel Hermoso: «Es una película planteada en un principio como comedia pero que, posteriormente, y sin yo proponérmelo, ha ido adoptando una cierta moralidad. Diría que Truhanes es la historia de dos hombres que se encuentran, que se conocen en la cárcel y tratan de autodefenderse aferrándose el uno al otro y aprovechándose mutuamente también, al menos en cierto sentido». El trato de los personajes, así, se fundamenta en la idea de que nada es gratis en la vida y mucho menos entre rejas.

Hermoso es un director de cine granadino con una carrera irregular y no muy sobresaliente, pero que tiene su oficio y sus valores, como puede descubrirse en esta comedia rodada en 1983 con un guion del propio director. Como escribe Fernández-Santos: «el guion, escrito por Miguel Hermoso en sucesivas etapas de colaboración con Manolo Marinero, Luis Ariño y Mario Camus, aunque no es un guion perfecto, porque da lugar a algunos, muy pocos, tiempos muertos, tiene unos diálogos antológicos, unas situaciones muy graciosas y, sobre todo, unos personajes que echan chispas de pura vida que tienen, es decir, unos personajes de esos que todo actor espera encarnar algún día para demostrar cuál es su auténtica talla».

Y es así, una película graciosa, fresca como una lechuga y, aunque decae gradualmente, no deja de ser una comedia estupenda que no recibió la acogida que sin duda merecía. Esta película transpira desvergüenza y donosura, en gran medida por el elenco actoral que participa en ella. La música de José Nieto tiene su pase, junto a una fotografía sin pretensiones de Fernando Arribas.

Un valor principal de este filme es el reparto. Lo primero que me sale exponer es que Arturo Fernández está magistral en su típico papel de hombre atractivo, playboy, caradura y de punta en blanco en cualquier momento, personaje que no da puntada sin hilo; así que Fernández hace un trabajo de lujo.

Y sintoniza perfectamente con el granuja que interpreta un inconmensurable Francisco Rabal, que no en vano es uno de los grandes actores de nuestro cine patrio. Ambos, Fernández y Rabal, con mucha química entre ellos y gran capacidad de compenetración. E incluso se permite Hermoso filmar una antológica y ya histórica escena de Rabal con la mismísima Lola Flores, que hace de su hermana en la película, y que la Flores interpreta con espontaneidad y naturalidad, tal como era la Faraona. La escena la podéis ver en el enlace al final de esta crítica.

Luis Urbez escribe lo siguiente del trabajo de Rabal: «ha confeccionado un personaje a la medida amplia de su madurez, un pícaro, truhan, borrachín y vividor, hombre de honor a su manera, que resulta difícilmente olvidable». Y el crítico Pedro Crespo extiende este parecer a los dos protagonistas: «Sin Rabal y Fernández no habría película. Rabal hace un Ginés espléndido, derrochando sinceridad y adecuación, mostrando que, junto a su honda vena dramática, subyacía una clara corriente cómica, impregnada de humanidad, que le abre nuevas posibilidades como actor cuando lleva más de cien películas a las espaldas. Y si Rabal logra uno de sus trabajos más atractivos, más completos, traspasando el celuloide con su encarnación del descuidero veterano, amante de las mujeres y del vino, confiado en su suerte y sin preocuparse seriamente del futuro, Arturo Fernández consigue no desmerecer. Como Gonzalo, sin traicionar sus rentables clichés teatrales, Arturo Fernández concede fuerza y veracidad a su personaje».

Igual ocurre con Lola Flores, que aparece en unas breves secuencias con empaque y oportunidad. Hasta Juan Cueto, el estupendo escritor asturiano, metido a actor por amor al cine, está bien en su intervención como pintor que prepara exposición. Acompañan magistralmente en el equipo actoral Isabel Mestres, Vicky Lagos, Rafael Díaz o Antonio Gamero, todos muy bien.

Hermoso, cuando realizó esta película, ya tenía tras de sí una larga experiencia en el mundo de la publicidad. Como dijo Ángel Fernández-Santos: «La solvencia técnica que le proporciona el haber sido un director a destajo de spots publicitarios (…). Pero sólo con solvencia técnica no se hace una película tan divertida e inteligente, tan libre y rigurosa al mismo tiempo, como Truhanes, que es una de las mejores comedias que ha dado en mucho tiempo el cine español».

De manera que esta película fue la ópera prima de Miguel Hermoso cuando ya tenía cuarenta años en el cine: un debut que recrea el pulso desinhibido, jovial y dramático de la mejor comedia italiana. Delirante invitación al caos, todos los actores se antojan mágicos, tocados de esa cálida tragedia que atesoran las muchas derrotas acumuladas.

Paco Rabal y Arturo Fernández, pareja protagonista gracias a que el director empeñó su casa para rodar.

La historia de personajes del filme tiene tres partes. La primera, la ocupa el encuentro de los dos marginales en un ambiente carcelario dulcemente tópico, pero que resulta creíble pese a ello.

La segunda, dedicada a la exposición del mundo de Gonzalo, donde los delincuentes son peores, aunque vistan bien, y en ella decae evidentemente el interés y el humor alcanzados por la primera.

Afortunadamente, la tercera y última, la más larga, contiene la historia común de Ginés y Gonzalo, el choque de sus respectivas concepciones de la sociedad, aunque compartan una moral prácticamente idéntica. Y la película recobra ritmo, personajes y esa necesaria tensión que Miguel Hermoso, que se revela excelente director, logra utilizando con maestría un reparto de buenos actores encabezado por dos de acreditada valía: Francisco Rabal y Arturo Fernández.

Comedia al fin excelente, que explora con gran aplomo un espacio inexplicablemente virgen entre nosotros por aquellos entonces, la comedia de género bien hecha, libre tanto de circunloquios cerebrales como de chabacanerías, sólidamente apoyada en actores competentes.

Quería decir, finalmente, para que veamos cómo son las cosas en el mundo del cine, a Miguel Hermoso no le resultó fácil organizar la producción de la película. ¿Por qué? Pues justamente porque él se había empeñado en el reparto. Algo que contó Paco Rabal en un libro suyo cuando escribió: «Llegaron a decir que no íbamos a dar un duro en taquilla, que esa película sólo daría dinero con Esteso y Pajares. Miguel se decidió entonces a hacer la película por su cuenta. Empeñó su casa, empeñó todo lo que tenía, se quedó sin un duro y montó la producción».

En resolución, yo la recomiendo. Lo hago por sus méritos, que los tiene, por el denodado esfuerzo de Hermoso por sacar adelante esta hilarante comedia, que también tiene sus puntos de crítica social, y por la labor tan meritoria de los actores principales.

Escribe Enrique Fernández | Artículo parcialmente publicado en FilmAffinity