¡Al fuego, bomberos! (Horí, má Panenko, 1967), de Miloš Forman

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Comedia costumbrista agridulce, hilarante y crítica

Fue el tercer trabajo de Miloš Forman y es considerada una gran película y, a la vez, es difícil encontrar una obra en el cine checo realizada en condiciones tan difíciles, en tiempos tan movedizos y sombríos, y con un resultado tan chispeante y sardónico.

Antes, Forman había rodado: Pedro, el negro (1964), que se había coronado como mejor filme en el Festival de Locarno; y Los amores de una rubia (1965), que había sido nominada para el Oscar a mejor cinta de habla extranjera. Un radiante inicio de carrera como pionero de la llamada Nueva Ola Checoslovaca, junto a Jan Nemec, Vera Chytilová, Jirí Menzel, Ján Kadár o Elmar Klos.

De modo que corría el año de 1967 cuando, con esta película hizo una representación naturalista de un acontecimiento social en una ciudad de provincias checa, que fue vista por los estudiosos del cine y las autoridades de su país como un ataque al comunismo en la Europa del Este.

Introducción

El tema surgió por casualidad cuando los guionistas Miloš Forman, Jaroslav Papoušek e Ivan Passer se encontraban estancados escribiendo un libreto sobre un desertor militar. En esta tesitura asistieron al baile de bomberos local en Vrchlabí. Esta experiencia atemporal determinó la creación de un tema nuevo para la película, donde los asuntos principales (una rifa robada o un concurso de belleza), se convirtieron en una trama en la cual el baile, por decisión de Forman, fue el eje de la película.

Estaban en Vrchlabí, sin contratar a ningún actor profesional. Por esto, curiosamente, la película dio la oportunidad a los vecinos de hacerse cargo de la mayoría de los papeles.

Forman solo había dirigido dos películas antes, pero su reconocimiento internacional había llamado la atención de Carlo Ponti (esposo de Sophia Loren), quien actuó de productor aportando 80.000 dólares a la obra.

Ponti no estuvo en el rodaje ni se presentó cuando el filme se proyectó en pase privado, lo cual no acabó bien, pues era una parodia burlona con riesgos de censura, a lo que se añadía que Forman no había cumplido al rodar tres minutos menos del mínimo exigido en el contrato (el cual Forman no había leído en su letra pequeña, según parece).

De modo que se presentó el enorme problema de devolver los 80.000 dólares, algo fuera del alcance de Forman y de la paupérrima economía checoslovaca. Para más, la película fue finalmente prohibida por la censura al poco de su estreno, en diciembre de 1967. Se argüía que se burlaba de la clase trabajadora.

Es curioso que esta prohibición se levantó tras la toma de posesión de Alexander Dubček como jefe del Partido Comunista en enero de 1968, pero tras la invasión de las tropas soviéticas en agosto de ese mismo año, la película volvió a quedar clausurada, en stand by.

Pero Forman acabó convenciendo al director y productor francés Claude Berri para que comprara los derechos para el extranjero por los consabidos 80.000 dólares. En una historia curiosa, la copia de demostración sin título tuvo que ser robada de la caja fuerte de Barrandov y llevada clandestinamente a Francia por Jan Němec, director y amigo de Forman.

Finalmente, la película fue nada menos que nominada a los Oscar (pero ya anteriormente dos películas checoslovacas habían ganado la estatuilla: La tienda en la Calle Mayor, 1965, de J. Kadár y E. Klos; y Trenes rigurosamente vigilados, 1967, de J. Menzel), lo que creó las condiciones para a este título no le concedieran el premio y para que Forman emigrara a los Estados Unidos.

Forman nunca olvidó sus raíces y continuó explorando temas relacionados con la libertad y la lucha contra la opresión

El cine de Miloš Forman

Sobre todo en sus primeras obras ofrecía una mirada crítica al régimen comunista, mostrando su impacto negativo en la vida de las personas, la cultura, la libertad individual o la eficacia en la labor institucional.

En la cinta Los amores de una rubia (1965), exploró las relaciones personales en un contexto de represión y falta de libertad, donde los individuos luchan por encontrar el amor y la felicidad en un entorno controlado.

Y en esta, ¡Al fuego, bomberos! (1967), considerada un clásico del cine checo, muestra el absurdo y la opresión del régimen comunista a través de la historia de un grupo de bomberos voluntarios que no hacen una a derecha. 

A pesar de su posterior éxito en Hollywood, Forman nunca olvidó sus raíces y continuó explorando temas relacionados con la libertad y la lucha contra la opresión en sus películas americanas, como es sabido.

Esta curiosa comedia está ambientada en un baile de bomberos. El guion lo escribió junto a Jaroslav Papousek (que ya había colaborado con él en sus dos anteriores filmes) e Ivan Passer, otro de los cineastas destacados del país. Al parecer la idea surgió casi de manera imprevista, de algo tan simple como un baile de bomberos real al que acudieron y que les pareció tan horrible que el guion no tardó en tomar forma.

A un espectador español, la mezcla de costumbrismo y humor negro le debe recordar a Berlanga. Esta fue una obra clave de la Nueva Ola Checoslovaca, convirtiéndose en la última película de Forman antes de emigrar a Estados Unidos.

La película recoge de modo encantador, lúcido y festivo, aunque también amargo, las miserias y las grandezas de las personas

Comedia satírica y agridulce

Gloriosa comedia agridulce que con un pretexto argumental mínimo es capaz de trazar una acendrada y certera radiografía de la sociedad de su país a mediados de los sesenta, cuando gobierna el comunismo, pero que se estaba produciendo un tímido deshielo y apertura del ya caduco estalinismo.

Con unos pocos rasgos, la película recoge de modo encantador, lúcido y festivo, aunque también amargo, las miserias y las grandezas de las personas. Pues la causa primera del baile es el deseo de rendir homenaje al exjefe de bomberos, un hombre de 86 años que toda su vida estuvo al frente de la patrulla.

Pero también está la mezquindad de otorgar algo tarde ese reconocimiento, e incluso, de aprovechar la «nocturnidad» y la picaresca para apropiarse con alevosía de los regalos y objetos que no pertenecían a nadie, al contrario, estaban para darle un poco de solvencia a la fiesta.

La cosa es que en el baile hay una tómbola cuyos premios son robados durante el festejo, mientras el anciano presidente de honor insiste en ir hacia el podio a dar su discurso en los momentos en que aún no toca.

Se va viendo cómo desaparecen las cosas: la botella de coñac, la tarta de chocolate, los chicharrones… y uno de los bomberos, cuando mira el bolso de su esposa ve que dentro hay una tarta… A lo cual ella le contesta: «Todo el mundo roba aquí y tú eres un estúpido honrado».

Tiene el filme un estilo narrativo que fluye con una agilidad asombrosa, a la par que se usa la música con enorme inteligencia. Todo el metraje está cargado de un humor mordaz y el caos que va aconteciendo se maneja de modo genial, in crescendo, desde el concurso de belleza, el baile, la orquesta, todos los sucedidos de la celebración resultan naturales a la par que graciosos.

El momento más chocante es sin lugar a duda el concurso de belleza, en el cual los maduros bomberos examinan a una serie de jóvenes, muchachas de pueblo intimidadas por los señores trajeados de bomberos que pueden ser sus padres o abuelos.

Los organizadores no saben si para el concurso de belleza hay que mirar las piernas, o los pechos o quizá a la cara… a qué chica anotar para el concurso y a cuál no, la cosa pinta complicada. Cuando la señora de un bombero que grita «¡Anoten a Ruzena (la hija) y no rechisten!», les preguntan a las jóvenes si quieren participar y ellas en estado de perplejidad y desencanto responden con desdén y con evasivas.

Una de las jóvenes, metida en carnes, de repente se desnuda, lo hace espontáneamente para que la vean en su traje de baño, que no es tal, sino el juego de sujetador y bragas que se ha puesto para la ocasión. Tienen que invitarla a que se vista con toda urgencia pues una señora, madre de otra de las muchachas, insiste en entrar para saber qué se hace en aquella sala cerrada.

El resultado es un filme costumbrista y coral poblado por personajes extravagantes y situaciones absurdas y jocosas

La situación llega a un punto álgido de tontuna cuando uno de los bomberos intenta explicarles cómo caminar y las pobres chicas empiezan a dar vueltas con cara de humillación. Esta escena refleja a la perfección que la intención de Forman es ante todo crear situaciones absurdas, a la par que grotescas, con aviesas intenciones.

En todos estos guisos está, además, el formidable apoyo de la hermosa y natural fotografía de Miroslav Ondrícek, que resalta durante todo el metraje, pero en particular en las escenas de fuego y en el memorable y triste plano final.

El resultado es un filme costumbrista y coral poblado por personajes extravagantes y situaciones absurdas y jocosas. Forman no busca crear gags claramente humorísticos, sino más bien hacer un retrato general sobre el caos y el absurdo que rodea a todo el baile.

En el tramo final la situación se descontrola del todo: se produce un incendio que los bomberos ni pueden ni saben atajar. A la vez intentan en vano que la gente devuelva lo que ha robado de la tómbola y finalmente se quedan los bomberos solos con el pobre anciano, el presidente del cuerpo de bomberos.

Esa solitaria y entrañable figura patética que no es consciente de lo que sucede y a quien han olvidado durante todo el baile, aun cuando se suponía que todo era en su honor. Además, cuando le van a hacer entrega de una pequeña hacha de bombero simbólica, con su estuche, al abrir el estuche ¡no está el obsequio honorífico! O sea, lo han robado también.

La censura

Aunque en comparación con otros filmes de la Europa del Este de la época su tono no es abiertamente político, no fue interpretado así por las autoridades, que no tardaron en prohibirlo al ver en él una alegoría cáustica justamente a la situación política.

Sin duda se vieron reflejados en ese cuerpo de bomberos incompetente y caótico incapaz de llevar adelante una celebración, tampoco su trabajo cuando aparece un incendio. Pero lo más curioso es que realmente no hay nada explícito en la película que dé a entender que pretenda mostrar algo más que lo que se ve.

En suma, por parte de los censores fue una acusación que no venía a cuento, o sea, una acusación irrelevante, inapropiada, que, en lo manifiesto, los hechos en sí no tenían relación con lo político, ni tampoco el tema principal de la obra.

Forman creó una película crítica del comunismo, delante de las narices de los censores del Partido Comunista

La afrenta de Forman al comunismo checo

Siendo el proceso creativo un fenómeno harto complejo y difícil, se vuelve mucho más espinoso bajo el régimen intrusivo de las dictaduras, en el caso que nos trae de una dictadura comunista. Esta cinta es un producto del régimen comunista checoslovaco durante los meses previos a la Primavera de Praga.

Lo que provocó tantas pegas y desaliento con esta obra fue que Forman creó una película crítica del comunismo, delante de las narices de los censores del Partido Comunista, o sea, pasó por encima de las directrices y las exigencias del discurso oficial del régimen. Sin duda necesitó para ello mucha confianza, inteligencia y entereza.

Puede que esta empresa fuera posible en parte ser una sátira. La hilaridad que emanaba sorteó los radares de los dirigentes, al menos temporalmente. O sea, que fue justamente la ineficiencia de la burocracia comunista la que dio el visto bueno a esta película.

Forman, burlonamente, ofreció al espectador una explicación en primera persona de la extraña reacción recibida por su película en su Checoslovaquia natal, cuando supuestamente 40.000 bomberos renunciaron en protesta después de su estreno.

Forman, mirando a la cámara con la cara seria afirma, a cuantos se sintieron ofendidos, que «no se trata de bomberos, y que los bomberos en la película son simplemente símbolos de toda la sociedad». Porque la cinta no va sobre los bomberos incompetentes, como Forman declaró: «El director solo quiere que el espectador se divierta».

Pero todo esto enojó particularmente a las autoridades. La idea de abandonarse al ocio, lo que Forman llama «diversión», en la Checoslovaquia de 1967 es una contradicción trágico-cómica, cuyo verdadero significado no entenderán muchos espectadores. «Diversión en la Checoslovaquia comunista» es un oxímoron que Forman necesitaba reconocer públicamente.

Este filme es, en lo esencial, una farsa de la sociedad comunista. Lo que le da efectividad a la película es que el director no fuerza las críticas poderosas que hace, que son bastantes. En cambio, permite que brille el ridículo que viene a través de la eventual auto implosión de las sociedades comunistas que, como tales, colapsaron, como es sabido por razones diversas, entre otras la inoperancia para alcanzar los resultados deseados de manera eficaz y económica.

La trama de la película es ingeniosa, aunque sin pretensiones. Los bomberos locales, sus familias y amigos se reúnen en un gran salón para celebrar el baile anual de bomberos donde se honra a un jefe de bomberos que se jubila y tiene cáncer.

Desde el comienzo de la película, todo lo que puede salir mal sale mal: una pancarta se incendia, alguien se cae de una escalera y luego otro roba un pastel. De hecho, uno de los motivos sutiles de la película presenta a personas que roban comestibles, o sea, cosas básicas.

El caos y la sátira pueden parecer de naturaleza predominantemente física al principio, pero, al examinarlo más de cerca, el espectador se da cuenta de que está observando a personas neuróticas que están acostumbradas a hacer todo por comités.

Todos en esta película sospechan de los demás

Entre los bomberos, un comité se encarga de elegir a las jóvenes que serán seleccionadas para el concurso de belleza; otro comité tiene que presentar al jefe de bomberos que se retira, al que piensan regalar un hacha pequeña, etc.

Todos en esta película sospechan de los demás. Además, los bomberos usan uniformes que se parecen a los militares. La sutileza es la gran arma de Forman. La fiesta, el baile, avanza a tropezones ante el espectador y todos actúan así, como por espasmos. Hasta la banda de música, con un director mal encarado, toca música desagradable que alienta poco a la alegría.

También vemos el uso de los bomberos para burlarse de la esterilidad moral de la sociedad comunista. Podía haber elegido a dirigentes políticos o funcionarios del Partido Comunista. Pero la elección es un grupo de hombres alejados de la burocracia oficial. En este caso, los bomberos son los peones o terminales de un orden político altamente burocratizado. Su incompetencia es manifiesta cuando una casa al otro lado de la calle se incendia, corren hacia ella asustados y finalmente la casa se quema al completo.

Forman hace un trabajo estupendo al representar los matices que marcan las sociedades comunistas y la vida cotidiana de sus paisanos. Cuando la casa se quema con su dueño, un hombre viejo y angustiado, este es llevado al baile. El hombre recibe boletos de rifa y mira este «regalo» con desprecio. Los bomberos consideran esta acción como una muestra de su caridad.

La risa va a más cuando quien habla no encuentra la palabra apropiada y correcta políticamente. Alguien del público sugiere: «generosidad». El presentador responde: «Nuestra generosidad es importante, pero». Otro vuelve a sugerir: «Benevolencia». Otra persona grita: «Gracia». Pero el presentador no está contento. Un joven grita, «camaradería», y el presentador de los boletos de la rifa dice: «solidaridad» es la palabra perfecta. Luego, casi en el momento justo, el anciano que va a recibir los boletos dice: «Mi casa se quemó. Necesito dinero».

Mientras esto sucede, uno de los bomberos se da cuenta de que casi todos los premios han sido robados. Comienzan a acusarse mutuamente entre ellos. En un rapto kafkiano, un bombero dice: «La idea de la brigada es más importante la idea de ser un hombre honesto». Apagan las luces para que devuelvan los regalos, encienden y uno está devolviendo una bolsa de chicharrones y es insultado por ladrón y por bobo.

Pero el punto elevado de la locura es cuando un bombero razona que «todos los que compraron un boleto de rifa, pero que no robaron son estúpidos por no robar». Otro bombero pone la lógica cabeza abajo cuando exclama que «todos en el baile son sospechosos, por lo tanto, todos son culpables. Esta es la verdad».

El pasillo se vacía mientras los bomberos deliberan en una habitación trasera sobre qué hacer con los bienes robados. Cuando finalmente llegan a ofrecer al jefe retirado su hacha simbólica, descubren que también ha sido robada.

Al final del metraje, Forman ha conseguido transmitir el sentimiento de desesperanza que predomina en aquella sociedad, cuando incluso una ocasión aparentemente alegre resulta ser una farsa humana sin sentido.

Algún tiempo después, cuando Forman había abandonado Checoslovaquia, admitió que ¡Al fuego, bomberos! era de hecho una crítica a los líderes comunistas gobernantes.

Esta interesante obra de la Nueva Ola Checoslovaca fue prohibida en su después de la Primavera de Praga

Cierre

En suma, las autoridades de la Checoslovaquia del telón de acero consideraron la película subversiva, lo que demostraba que carecían de sentido del humor y de un mínimo conocimiento de la naturaleza humana.

Tal que, esta interesante obra de la Nueva Ola Checoslovaca fue prohibida en su después de la Primavera de Praga, convirtiéndose en la última película de Forman antes de emigrar a Estados Unidos.

Bien es cierto que no es formalmente tan buena como otras obras posteriores de Forman que le darían mayor fama, pero el tono marcadamente autóctono y su estilo costumbrista la hace más interesante hoy, si cabe.

Es una obra que tiene un gran interés, amén de cinematográfico, histórico; una comedia bufa y graciosa de aquel comunismo que era de todo menos gracioso. Película paradójica y chocante. Pero como decía Nietzsche: «A lomo de todas las paradojas se cabalga hacia todas las verdades».

Y también alcanzó a escribir Nietszche: «El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu. Si lo intentas, a menudo estarás solo, y a veces asustado. Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo». Eso debió pensar Miloš Forman cuando saltó el charco para ir a parar a un país libre.

A Miloš le reprocharon haberse ido al hollywoodiense mundo del dinero, a lo que él replicó que prefería estar de ese lado donde los intereses eran claros y compartidos, que sumiso a una dictadura en la cual no se conocía la lógica ni el sentido de sus dictámenes. En sus palabras: «Viví bajo un régimen totalitario en el que existía la censura de la presión ideológica. Ahora vivo en un país en el que si existe alguna presión es la comercial. Sin duda prefiero esta última, porque al menos en ella deciden miles de personas y no una sola».

Forman (1932-2018) vio cómo sus padres, un profesor judío y una madre protestante, fueron arrestados y muertos en los campos nazis. Finalmente, pudo compensar su angustia convirtiéndose en el director checo más inteligente y transgresor, hasta que los tanques rusos pusieron un abrupto final a la Primavera de Praga y lo condenaron al exilio.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

La película que propició la llegada de Forman a Estados Unidos