Un folletín decimonónico en la España de Carlos IV

Tras el fracaso económico de Man on the moon (1999) Miloš Forman pasó el siguiente lustro intentando sacar adelante varios proyectos en la Republica Checa. Uno de ellos fue la escenificación teatral de la opera Dalibor, de Bedrich Smetana, y otro el film Ascuas, basado en un libro de Sándor Márai, guionizado por Jean-Claude Carrière y en el que estaba implicado el actor Sean Connery. Por diversas razones ninguno pudo llevarse a cabo a pesar de estar bastante avanzada su preproducción.
En este contexto de sequía laboral, tras una visita del director checo al Museo del Prado acompañado del productor Saul Zaentz, ambos quedan impresionados con la profundidad y dramatismo de las pinturas y grabados de Goya y deciden poner en marcha un proyecto con Francisco de Goya de protagonista y como telón de fondo la España convulsa de finales del siglo XVIII y principios del XIX.
De esta manera, con una producción hispano-estadounidense de 50 millones de euros, y con libreto del propio Forman y Jean-Claude Carrière, con el que ya había colaborado en varios trabajos previos, comienza el rodaje en España de Los fantasmas de Goya, volviendo al cine de época que tan buenos resultados artísticos le había reportado con títulos como Amadeus (1984) o Valmont (1989).
Conviene que nos adentremos brevemente en el argumento, dados los múltiples vericuetos de la trama. El filme nos muestra la actuación del tribunal de la Inquisición que acusa injustamente a la joven Inés Bilbatua (Natalie Portman) por practicar rituales judíos, siendo sometida a tortura (a cuestión) y sufriendo durante su cautiverio la violación por parte del clérigo Lorenzo Casamares (Javier Bardem) lo que provoca su embarazo. El hermano Casamares cae en desgracia tras la implacable venganza del padre de Inés, huye a Francia y se convierte en un ferviente revolucionario afrancesado tras colgar los hábitos.
Pasados los años y de vuelta a Madrid como prócer de José Bonaparte, Lorenzo Casamares se reencuentra con Inés Bilbatua, ya liberada pero enloquecida por las privaciones padecidas en prisión, y con la hija de ambos (una pizpireta jovencita de 15 años que se dedica a la prostitución, también encarnada por Natalie Portman).
Pero de nuevo cambian las tornas con la expulsión de los franceses y la instauración de la monarquía absoluta de Fernando VII, siendo Casamares apresado y finalmente ajusticiado por la Inquisición recién restaurada.
Todas estas idas y venidas son contempladas por un atónito Francisco de Goya que, impotente, solo puede plasmar las atrocidades de las que es testigo en su serie de grabados Los desastres de la guerra.
Francisco de Goya, el observador impenitente
A pesar de que el interés de Forman por Goya arranca en su juventud, cuando cursaba estudios en la escuela de cine de Praga, resulta paradójico que la figura del pintor sea más bien accesoria en el film, un mero acompañamiento de las desventuras de los verdaderos protagonistas: Inés Bilbatua y Lorenzo Casamares.
Goya se convierte así en un testigo silencioso, un observador implacable y bienintencionado, que intenta reclamar cordura ante los poderosos frente a tanta injusticia, aunque con escasos resultados.
La escritura de Carrière y Forman se nutre de las historias folletinescas y los dramas románticos característicos de las novelas de Victor Hugo o Alejandro Dumas (pensemos en Jean Valjean o Edmundo Dantés), en donde el héroe sufre continuas penalidades, estando a su vez inmerso en los acontecimientos históricos que condicionan sus acciones. De la misma manera, en Los fantasmas de Goya la abundancia de incidentes y los frecuentes giros de guion desbaratan la estructura del film, haciéndola excesivamente episódica y dispersa, aunque nadie duda que estamos ante un producto solvente, muy distraído y no carente de ritmo.

La película mezcla con acierto hechos históricos reales con situaciones y personajes ficticios, recurriendo a alguna exageración o imprecisión histórica que sin embargo funciona bien en la trama. Así, parece que la Inquisición no tendría tanto poder en ese momento para imponer semejante pena a Inés Bilbatua, y más si dicha actuación no contaba con el beneplácito del rey. Sin embargo, a los autores les interesa resaltar como eje central el fanatismo, la intolerancia y la crueldad que ejercen tanto el estamento religioso como el político, siendo ambos totalmente inmunes a la clemencia y al perdón.
Analizadas de forma aislada, muchas escenas rozan lo inverosímil, aunque en conjunto consiguen su objetivo. En este sentido podemos destacar la secuencia en la que Inés Bilbatua encuentra casualmente un bebé abandonado en el suelo de una taberna, aplacando así su instinto maternal o la venganza del padre de Inés (un perfecto Jose Luis Gómez) sobre el hermano Casamares, haciéndole firmar bajo coacción una declaración en la que reconoce que en realidad es un mono. Lo irracional toma carta de naturaleza en esta secuencia. Todo se puede reconocer bajo tortura, incluso la cosa mas absurda que podamos imaginar.
La escena final merece ser analizada ya que redime en parte la trayectoria compleja y con múltiples aristas del personaje interpretado por Javier Bardem. Sometido a tortura por la inquisición, se reafirma en sus ideas y no se arrepiente de su transición hacia posiciones afrancesadas y liberales, siendo públicamente sometido a garrote vil.
En la plaza pública todos los personajes principales acaban confluyendo, el populacho jalea la ejecución y vitorea a Fernando VII con un «¡viva las cadenas!». El cadáver de Casamares es acompañado de la mano por Inés Bilbatua, que parece amarle pese a todo desde el fondo de su mente enferma, mientras un Goya apesadumbrado observa el cuadro en la distancia.
Miloš Forman dota a la figura de Goya (muy bien interpretado por Stellan Skarsgård) de un aire mundano y pragmático, incluso jocoso en el primer tramo del filme, que sabe adaptarse a las diversas circunstancias políticas de su tiempo; así, cuando el artista cuestiona a Casamares ser un veleta y su falta de compasión hacia Inés y su propia hija, este a su vez reprocha la hipocresía del pintor y le afea que se mueva solo por interés económico: «solo te importa el dinero, trabajas para cualquiera que te pague, el rey, los franceses, los ingleses».

El director checo muestra de forma naturalista la actividad pictórica del pintor aragonés. Asistimos de forma detallada a todos los pasos y materiales que se requieren en la elaboración de los grabados y la realización artesanal de las copias. También los trucos que emplea para pintar las figuras a caballo, el mayor dispendio que debe hacer el retratado si quiere que aparezcan sus manos en el lienzo («pintar las manos es difícil, son 2000 reales una mano y 3000 las dos») y los problemas que se derivan del exceso de realismo al sacar poco favorecidas a algunas figuras de la realeza.
La representación fílmica de la obra pictórica de Goya, muy funcional en el caso de Forman, difiere por ejemplo de la empleada por Carlos Saura en Goya en Burdeos (1999). El enfoque de Saura traslada con mayor acierto el espíritu del artista al soporte cinematográfico, gracias a su teatral puesta en escena y a la utilización del color por parte de Vittorio Storaro, creando auténticos cuadros en movimiento.
El diseño de producción de Los fantasmas de Goya sabe sacar provecho de los escenarios naturales y monumentos de Salamanca, Segovia, Madrid y Aranjuez. Sin embargo, a pesar de la pericia en el rodaje de las escenas bélicas, no muestra el empaque y la riqueza visual de Amadeus o Valmont, predominando los planos acotados que simplifican los encuadres de calles y edificios, lo que le da un aspecto formal más televisivo. Eso sí, destaca el magnífico trabajo de vestuario de Yvonne Blake y la fotografía de Javier Aguirresarobe, con sus claroscuros que en algunos planos recuerdan el tenebrismo de la pintura de Caravaggio.
Capítulo aparte merece la criticada interpretación de Javier Bardem, utilizando un tono de voz atiplado muy característico que no deja indiferente, pero que en mi opinión describe bien el carácter soberbio y desdeñoso del clérigo Lorenzo Casamares. Resulta chocante inicialmente, pero profundiza y consigue mostrarnos convincentemente su progresión sentimental, social y política. Mas plano es el trabajo de la siempre correcta Natalie Portman, en su doble cometido, con un trabajo de maquillaje algo pasado de rosca para caracterizar a una Inés Bilbatua arrasada por años de reclusión y locura.
La película recibió en general malas criticas y fue un rotundo fracaso en taquilla. Vista en perspectiva, en verdad estamos ante un trabajo menor de Forman, pero nadie puede negar la dignidad de un título con una buena factura técnica y que denuncia sin ambages el horror de la guerra, el fanatismo y la intolerancia. Y para los tiempos que corren, no es poca cosa.
Escribe Miguel Ángel Císcar
