Man on the Moon (Man on the Moon, 1999), de Miloš Forman

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Humor con gotas de melancolía

«No soy un cómico, nunca he contado un chiste…
La promesa del comediante es que saldrá y te hará
reír con él…Mi única promesa es que intentaré
entretenerte lo mejor que pueda».
(Andy Kaufman)

Man on the Moon (1999) fue uno de los últimos trabajos cinematográficos de Miloš Forman. Si bien no supone un hito en su carrera, sí podemos considerarlo un filme valioso, una obra apreciable en el cine estadounidense de finales de los 90.

Estructurada a modo de biopic, la película narra las vicisitudes existenciales del artista Andy Kaufman, un actor inclasificable, genuino, de la década de los 70 y principios de los 80. A Kaufman le encarna un Jim Carrey en estado de gracia, que acaso compone la interpretación cimera de su trayectoria.

Junto con la diégesis biográfica, esta obra representa una lúcida reflexión sobre los límites de la realidad y de la ficción, una lúcida meditación sobre la sociedad del espectáculo. De ahí que presente bastantes puntos en común con El show de Truman (1998), de Peter Weir, filme coetáneo, también protagonizado brillantemente por Carrey.

El cine como juego, el arte como experiencia lúdica, de divertimento, pero asimismo el cine como plataforma de pensamiento, de análisis sobre su alcance artístico y vital, sobre sus repercusiones en el espectador. En este sentido, los títulos de crédito iniciales, con Kaufman apelando al público, hablando del final cuando es el comienzo, ya suponen toda una sorpresa para los receptores. Aquí se aprecia la ascendencia del Bergman de Persona (1966), con el actor en primer plano dirigiéndose a cada uno de nosotros, aunque el enfoque dinámico, hilarante, posee una impronta claramente felliniana. Fellini se articula en uno de los grandes referentes de Man on the Moon.

Que Forman es un cineasta que domina el oficio y que llevaba décadas dirigiendo películas se aprecia en su estilo narrativo. Existe en Man on the Moon una espléndida mezcolanza de las actuaciones en vivo de Kaufman, en platós televisivos, en teatros, en salas de fiesta, en bares, con las secuencias donde Kaufman charla con su representante George Shapiro y su gran amigo, a su vez intérprete, Bob Zmuda.

A este respecto, Danny DeVito, en el papel de Shapiro, y Paul Giamatti dando vida a Zmuda, ofrecen genialmente la réplica a un sublime Carrey. A este excelso elenco interpretativo se suma en la segunda mitad del largometraje una notable Courtney Love, encarnando a Linnie, la compañera de Kaufman. Con otra óptica, con un estilo distinto, la combinación de actuaciones en directo y secuencias colectivas, recuerda a Toro salvaje (1980), de Scorsese.

Acaso el mayor atractivo del personaje de Kaufman resida en su carácter rebelde, rompedor. Él no se consideraba un cómico al uso. «No busco la risa fácil, busco una reacción genuina», dice en una escena de la película. Sus discrepancias con los directivos de la televisión, que en los años 70 tenían ya un poder considerable, reflejan su idiosincrasia libérrima, su esencia independiente.

Al tiempo que se refuerza la antítesis entre el artista libre y personal, y un entorno televisivo plagado de normas y directrices, Forman va tejiendo una mirada inteligente sobre el mundo del espectáculo que, hacia mediados de los 70, ya ostentaba una preponderancia en la sociedad que el paso de las décadas no haría sino acrecentar. El cine que reflexiona sobre la hegemonía de la televisión en la vida de las personas ya había sido tratado con maestría en algunas de las propuestas fellinianas: Roma (1972), Ginger y Fred (1986) o La voz de la luna (1990). El filme de Forman es alentado por estas creaciones de Fellini.

En mi opinión, son superiores los momentos de la película donde Kaufman actúa en locales de fiesta o en bares. Aquí, Carrey lo borda, y se constata la genialidad tanto del personaje encarnado como del actor que lo encarna. Sobresalen, a mi entender, dos secuencias: una al inicio, donde Kaufman imita a Elvis Prestley, una de las máximas estrellas de la música. Que el propio Carrey imitase al magnífico cantante en los comienzos de su carrera, en la segunda mitad de los 70, resulta muy ilustrativo acerca de la frágil línea que separa la realidad de la ficción, siendo quizá la vida una simbiosis de ambas.

Man on the Moon (1999) Directed by Milos Forman Shown: Jim Carrey (as Andy Kaufman)

La otra secuencia cumbre, ya en el tramo final, tiene lugar cuando después de un espectáculo de Kaufman, con el público entregado a su talento, el intérprete invita a un vaso de leche con galletas a todos los asistentes. Además de su humanismo, donde se confirma el reconocimiento de las cualidades interpretativas de Kaufman por parte del público, la escena resulta un rayo lumínico de esperanza, de continuar con el arte, con la vida, pese a la coyuntura durísima de Kaufman, enfermo de gravedad.

Otro centro de atención relevante de la película corresponde con la temática del doble. Los desdoblamientos, de herencia barroca, realizados, por ejemplo, en algunos trabajos teatrales de Lope de Vega, como El perro del hortelano (1619), base del prodigioso filme de Pilar Miró en 1995. En el caso del largometraje de Forman el doble se llama Tony Clifton. A veces es interpretado por Carrey y en ocasiones por Giamatti, en otra maravillosa vuelta de tuerca del guion, que ensalza la dimensión lúdica del filme y potencia su vertiente meditativa en torno a las posibilidades artísticas y sus nexos con la propia existencia. Pienso que la influencia fundamental en este apartado procede de Billy Wilder, sobre todo el Wilder de Irma la dulce (1963), acaso la película que mejor se haya adentrado en el cosmos del doble. El inmenso Jack Lemmon también deja su huella en el trabajo actoral de Carrey.

En 1992, el grupo de rock estadounidense R.E.M. compuso una de sus canciones más bellas, Man on the Moon, homenaje musical al actor Andy Kaufman. A finales de esa década, Forman realizaría su tributo cinematográfico. La pieza de R.E.M. formó parte de la banda sonora del filme. La banda roquera contribuyó con otro tema espléndido a la película de Forman: The Great Beyond.

Sin ser una obra maestra cual Alguien voló sobre el nido del cuco (1975), Man on the Moon se erige como un largometraje atractivo, con encanto, dentro de la dilatada trayectoria fílmica del cineasta checo.

«If you believed they put a man on the moon…».
(R.E.M.)

Escribe Javier Herreros Martínez

Sin ser una obra maestra cual Alguien voló sobre el nido del cuco (1975), Man on the Moon se erige como un largometraje atractivo