«Dogville» (2003) y «Manderlay» (2005), de Lars von Trier

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De lo maquiavélico a lo conservador: la ilusión de la justicia

dogville-manderlay-0Dos excelentes trabajos de un maestro contemporáneo encierran relaciones en solución de continuidad. Lars von Trier desarrolla panoramas, indaga acerca de la evolución humana por la experiencia y sin perder el fuerte matiz característico que irradia el sello propio.

Grace elevará el paralelismo en medio de una discriminación de valores no desechados. Las contingencias ofrecen oportunidad para buenas interpretaciones: Nicole Kidman y Bryce Dallas Howard son las elegidas. Ventaja para la primera en un desempeño desde el exceso; la vulnerabilidad desnuda posibilidades universales que echan por tierra el mito de la pobreza ingenua y bondadosa.

Toma de partido en dirección al delito en su circunstancia de certera evaluación de los sucesos de la vida cotidiana: un padre tosco en la implantación del miedo como protección, a la vez que sensato en los juicios, James Caan y Willem Dafoe se harán cargo. Breves, pero consistentes, papeles que impulsan tanto el cierre de Dogville como el inicio de Manderlay.

Grace es una chica idealista, contracara de un padre pragmático con valores de clase media encerrados en el delito, cápsula que viabiliza enseñanzas prendidas a lo que podría calificarse como «código del buen padre», «hombre de negocios», autoconsideración típica en todo gánster. Personaje que conserva rasgos familiares de fácil acceso al espectador.

Resumiendo, Dogville nos sitúa en la peripecia de Grace en un pueblo pobre que comienza ayudándola y termina abusándola; Manderlay es la plantación esclavista donde se pretenderá salvar a los explotados desde el liderazgo. La vulnerabilidad cedió paso a la fortaleza del guía. El poder se desgrana, diferentes facetas y transiciones configuran reacciones que denotan la sorpresa del ser humano en situación; la ley del ama será contención, el pretendido equilibrio no considerado por Grace. Recetario que elimina cualquier carga de emoción como resquicio ante la arbitrariedad. Acostumbramiento necesario a la comodidad, una raza presentada en términos de «beneficio» ante el statu quo.

El famoso arreglo, al decir de la psicología de Alfred Adler o el beneficio secundario, según Sigmund Freud, forma de comportamiento sufriente que en el fondo se ejecuta de manera voluntaria por producir un beneficio oculto a ojos del sentido común. Tanto la realidad de Dogville como la de Manderlay se oponen a la inmadurez de Grace; el gánster-padre es la función esclarecedora, suerte de enlace explicativo que concluye y anticipa, conocedor de la naturaleza humana, la calle del delito, la escuela de la vida.

Los personajes de Dogville son prototipos de una inconsciencia maquiavélica, oscuro mundillo de rarezas cotidianas ocultas bajo el manto de la mediocridad; un lugar donde nada pasa, pero todo sucede; una pequeña ventaja dispara mezquindades propias de lo humano, hace falta una visión más amplia que anticipe el resultado. Grace representa la inexperiencia de la juventud en su testarudez, adolescencia tardía que paga un alto precio.

Manderlay es un paso más, aunque bajo la misma premisa: intentos por la «justicia», guía y común denominador para la acción. Setenta años de abolición de la esclavitud, letra moribunda por fuera de realidades idealistas. La mano dura endereza; la rutina brinda seguridad, ausencia de compromiso. La costumbre unifica, mientras Grace experimenta la necesidad de situarse en el aprendizaje y evolución. Todo implica costo, riesgo y esfuerzo.

Puesta en escena teatral en la artificialidad de recursos que relevan lo intrascendente hacia zonas donde transita lo que realmente importa: las relaciones humanas y su psicología de barbarie. Primitivismo de vínculos entrelazados por un nexo que va a desnudar la esencia de seres que solo difieren a los gánsteres en nivel de conciencia.

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Los espacios son compartidos, la ausencia de privacidad es anunciada en un plano cenital, la «precariedad» del set es puesta al descubierto, somos alertados desde un principio. El pueblo es la escasez de lo elemental en medio del chisme, la voz en off nos pone sobre aviso, en Dogville todo se sabe, y, más aún, lo peor: todo se justifica a conveniencia.

La cámara en mano va haciendo eco del relato, el narrador es la cordura, la puesta a punto de lo que en realidad está sucediendo; un toque de suave ironía va delatando intenciones y contradicciones, Grace es la víctima que se pone a prueba sin saberlo, su ingenuo sentido de la justicia, aunque sin quererlo, desvela.

Lo mismo sucederá en Manderlay, misma lógica de presencia que genera movimientos, cambios, la puesta en evidencia de realidades intocadas por la comodidad. Los equilibrios rotos traen consecuencias. Bondades comunes para ambos guiones. La cámara prefigura acciones, desata concepciones, captamos a los personajes por presencias de planos móviles que recortan imagen de forma permanente.

Podríamos hablar de focos que delimitan perfiles de acción y personalidad; constancias y presencias que articulan, a la vez que se contraponen apoyadas en los anuncios del narrador. Momentos de comprensión sostenidos por personajes tan variados como inconstantes. Los actores inducen, configuran desde una funcionalidad que define su posición y movimiento en la dinámica del plano. La cámara en mano se vuelve decisiva.

Paradoja que conserva acciones por sobre materialidades estáticas, el comportamiento humano es el eje de estudio, lo demás es complementario, soporte de lo que interesa saber. Von Trier tiene múltiples razones para la puesta en escena sustentada en escenografías esquemáticas; no son lo importante, solo necesitan ser esbozadas; la función y el significado de las cosas viene dado por la acción humana, la destrucción y la construcción sobreviene en la interdependencia de los seres, es lo único que refleja sentido.

Solo se delinean contornos de espacios vacíos, alusión a lo existente, percepción de una inmaterialidad sumida en discursos cargados de significación, la atención del espectador se deposita en lo situacional, los objetos son irrelevantes, constituyen oportunidad de vínculo.

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De esta manera, Lars von Trier logra hacer pleno foco en el comportamiento humano, en las lógicas del ser en acción. Los filmes son un continuo que perfila esta exploración en divergencias que proponen comparaciones; coincidencias y diferencias, facetas de la cultura al desnudo, el díptico amplía la disección en variantes que apuestan a la riqueza de los vínculos humanos en medio de diferentes movimientos.

Algunos objetos son presentados en su efectiva naturaleza debido a su alta carga de significado. Las manzanas simbolizan lo pecaminoso en la violación de Chuck y el sometimiento de Ben en la caja del vehículo. En La infancia de Iván (1962), Andrei Tarkovsky utiliza el símbolo de forma opuesta, el agua lo neutraliza al purificar en el tránsito evolutivo; mientras que aquí, Grace es objeto sexual más allá de su voluntad, no puede avanzar en el camino.

La manzana presenta otra acepción, es fuente de conocimiento malévolo: Chuck y Ben introducen la vejación justificada por oscuros y retorcidos razonamientos que se extenderán al resto de los hombres del pueblo. La violación se normaliza y los niños la celebran desde el campanario, la crueldad recrudece en sus efectos.

Grace se constituye vivo ejemplo en la contrapartida, hasta el ser más frágil puede despertar y volverse despiadado. En nombre de la justicia, ya sea mediante incendio o sesión de latigazos, el castigo se ejecuta; la ley del talión es realidad. Cuando la conciencia se asocia a la paciencia, una se enciende, la otra desborda para transformase en lo contrario; la contracara explota en el impulso hasta ahora controlado, todo tiene su límite, todo se aprende. La maldad del padre, en el acierto, se vuelve experiencia en términos tan naturales como la vida misma; von Trier crea una atmósfera de aceptación por todo lo que sucede.

Si bien las justificaciones no son explícitas, tampoco nos sumerge en baños de moralina barata; el humano es complejo y diverso, debe ser aceptado, aprendamos algo de todo ello, nos compete, es lo que somos.

Dogville es la «ley del perro» (Moisés se llama el canino); Manderlay, «la ley del ama»; imperativos más internos que externos, bien saben aprovechar las debilidades del prójimo. Un mundo aquejado de indiferencias e indiferenciaciones; el dolor humano es merecedor de abusos, la comunidad local no se diferencia de una banda criminal. Mientras los gánsteres son perseguidos, los pueblerinos violan y maltratan sin que a nadie le importe.

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El poder será la bisagra que articule los dos filmes, el cambio se opera cuando el padre lo comparte, es allí donde Grace reflexiona y «madura», la cruenta justicia abre un impase. De Nicole Kidman a Bryce Dallas Howard; Manderlay traerá otra Grace con responsabilidades patrióticas, la justicia seguirá siendo el común denominador que intentará convencer a una cultura diferente engarzada en un sistema de dominación que la sostiene desde su creación.

El poder, un concepto potente que hace gala de varias dimensiones. Grace tiene el poder de convicción por el uso de la fuerza; Manderlay, la tradición hecha costumbre, los vicios del sistema nada dejan al azar, la repetición afianza el sometimiento, el liderazgo es autoridad, la democracia confunde.

Grace aprendió la lección, se volvió fuerte, pero no lo comprende todo, cree controlar lo que no controla, es más, empieza evitando los latigazos a pedido de una comunidad que los termina solicitando, la venganza, como impulso inevitable, será su complacencia.

El deseo de cambiar el mundo cede ante la complejidad de lo humano. Pero, lo más importante, siempre que hay dominación existe la voluntad de un dominado; la anuencia de una postura complaciente por comodidad desde el temor.

En Dogville, Grace se somete ante el riesgo de ser delatada; en Manderlay, los esclavos se refugian en la seguridad de un sistema que no quiere trasmutar. Modos de ser que obturan cambios hacia la libertad; no existe el dominador sin permiso, el dominado tiene su parte de cuota, la responsabilidad es abarcativa, sistémica, piezas articuladas que mantienen el equilibrio de una estructura por pura y propia sinergia.

Escribe Álvaro Gonda Romano

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