El hombre sin nombre

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La trilogía del dólar, de Leone, Eastwood y Morricone

En Benavides de Órbigo, mi pueblo, se conserva todavía el edificio del último de los muchos cines que en su tiempo hubo: el Gran Cine Imperial. Como una reliquia del pasado, se yergue en medio del pueblo; un templo olvidado que amenaza ruina, con algunos pintarrajos por las paredes, y ventanas tapiadas.

Todavía mantiene en lo alto el último de sus rótulos, muy sugerente, por cierto, con la silueta de un vaquero montado a caballo en el horizonte del gran valle. Iconografías de cine puro. Ahí se ha quedado, al lado de la carretera, como un pecio varado en la orilla, azotado por los vientos, mantenido por la estructura y la dignidad de lo que fue.

Allí vi por primera vez la trilogía del dólar, sin saber, por supuesto, que se trataba de una trilogía. Mucho tiempo después, este mismo año, gracias a Balbino Ferrero, Director del Festival de Cine Luna de Cortos, de Riego de la Vega, he tenido ocasión de conocer al proyectista que sin duda se encargó de colocar las películas en la máquina de proyección Ossa que tiene nuestro cine, el famoso Trebolín que, enamorado del cine como Totó, el protagonista de Cinema Paradiso, se ha entregado a la noble tarea de recuperar infinidad de máquinas de proyección procedentes de todos los lugares y épocas, arreglarlas, y ponerlas en funcionamiento en un museo increíble que se puede visitar en Veguellina de Órbigo, un museo extraordinario para cualquier aficionado al cine.

En casa teníamos una cinta de casete con música de películas, que comenzaba con la maravillosa música de La muerte tenía un precio, y que tenía en la portada su carátula, ese perfil en negro de un pistolero (Lee van Cleef) agachándose para recoger su pistola en medio del pueblo del oeste. Esa trompeta, por favor. Ese coro. Esa cadencia de paso de Semana Santa sobre la melodía del reloj. Esa épica majestuosa que te pone un nudo en la garganta. Y luego ese bajo lleno de misterio. Qué alegría tan inmensa escuchar esto.

Siempre he pensado que Morricone se inspiró en los pasos de Semana Santa, eso que se conoce como música cofrade, para hacer sus mejores y más potentes temas de las tres películas. Desde entonces, siempre he llevado conmigo, también a Cheste, adonde me fui a estudiar siendo un niño, una sencilla arpa de boca, con la que sacaba esas deliciosas melodías y ese ritmo de tres tiempos del galope del caballo.

En la Universidad Laboral de Cheste teníamos un cineclub que dirigía el profesor de Física, Adolfo Bellido, luego fundador y director de la legendaria revista de cine Encadenados. Un buen día nos comentó que iba a ponernos en el cineclub la película Por un puñado de dólares, y aunque coincidía con una proyección especial de El gran dictador, de Chaplin, en el paraninfo de la Universidad —una de las tristemente desconocidas joyas de la arquitectura contemporánea española, dicho sea de paso—, yo preferí ir a aquella pequeña sala de proyección del edificio de Docentes, para volver a disfrutar de esta extraña película.

No sé cuántas veces he visto estas tres películas, porque siempre que las pasan por la televisión me quedo a verlas, aunque estén empezadas, como dice Garci. Adolfo nos habló de Kurosawa, claro, de Yojimbo, y de Ennio Morricone. Pero en todo caso, todavía me llama la atención la atracción que me produjeron aquellas películas, en gran medida, creo, por las bandas sonoras, tan épicas y sublimes, ya digo, como los pasos de Semana Santa.

Escúchese, si no, el tema concreto de «Por un puñado de dólares (versión 1)» a trompeta, o «Alla Ricerca del’evaso», «Rindiendo cuentas», «Duelo en la Iglesia» de La muerte tenía un precio; o el «Tema principal», «La misión de San Antonio», o la sublime «El éxtasis del oro» y por supuesto «El trío» con su toque de castañuelas y todo, de El bueno, el feo y el malo.

Lo primero que tenemos que decir es que, si estas tres películas forman una trilogía, ello se debe principalmente al hecho de que las tres películas tienen al mismo protagonista, un desconocido protagonizado por Clint Eastwood. Hay una deliberada insistencia en reconocer al mismo protagonista en las tres películas, no solo por el hecho de que se trata del mismo actor, sino, ante todo, por el hecho de que el protagonista viene caracterizado de la misma manera en las tres. Es el mismo personaje. Un desconocido, sin nombre y sin pasado.

Por otra parte, en efecto, las tres películas integran un contexto escénico parecido, mucho más ampliado en El bueno, el feo y el malo, y una estructura narrativa también paralela. En Por un puñado de dólares (1964), el hombre sin nombre aparece como un forastero que llega al pueblo fronterizo de San Miguel, desgarrado por dos familias rivales. Sin adscribirse a ninguna, manipula a ambas hasta desmantelar un orden podrido. No lo mueve la moral convencional, pero su intervención restablece un equilibrio. Antes de que alguien pueda preguntarle quién es, desaparece.

El antiguo cine Imperial, hoy poco queda de él

En La muerte tenía un precio (1965), reincide como cazador de recompensas. Persigue a el Indio, un criminal devorado por un trauma fijado en un reloj musical. En su camino encuentra al coronel Mortimer, quien busca reparar una herida del pasado. Su alianza —hecha de miradas, estrategia y desconfianza— culmina en un duelo que es más un rito que un combate. Una vez resuelto el destino de Mortimer, el hombre sin nombre se escabulle de nuevo, intacto.

En El bueno, el feo y el malo (1966), ya durante la Guerra de Secesión, establece con Tuco una relación de engaños y recompensas compartidas, mientras el siniestro Sentenza persigue un tesoro escondido en un cementerio militar. Los tres quedan atrapados en una espiral de traiciones que culmina en un duelo circular, especie de juicio final del Oeste. Y de nuevo, concluida su parte, el hombre sin nombre se aleja sin que hayamos aprendido nada sobre él, salvo que no puede ser reducido a una historia personal.

Este recorrido —cambiante en escenarios, tonos y tramas— mantiene sin embargo un eje permanente: un protagonista sin pasado que actúa como fuerza reguladora en un mundo sin ley.

Comprender esta trilogía supone, ante todo, comprender a ese personaje desconocido, el hombre sin nombre. El hecho de que este personaje carezca de biografía le confiere una presencia abstracta, nadie sabe de dónde viene (incluso en la versión estadounidense se añadió un prólogo horroroso en el que se veía a un doble del sin nombre salir de la cárcel, como anunciando que todo lo que iba a pasar después en Por un puñado de dólares era fruto de una venganza, pero no hay tal.

En verdad su presencia es inexplicable, un deus ex machina al que sólo podemos identificar por sus símbolos, como una especie de héroe arquetípico, precisamente porque lo reconocemos por sus atributos, su indumentaria, en definitiva, que son los que lo identifican en las tres películas.

Y ahí llegamos al poncho, esa prenda tan peculiar, que es la que lo identifica plenamente. Parece ser que lo compró Clint en España, y se empeñó en ponerlo para el rodaje. Fue una gran idea. El poncho, combinado con el sombrero, el cigarro, la mirada oblicua, enigmática, el colt, ese instrumento quirúrgico incluso, que actúa preciso y sin retórica, los vaqueros ajustados, las botas camperas y las espuelas, la expresión hierática, el andar lento y ritual (acompasado por la música solemne de Morricone imitando pasos de Semana Santa), y ese anonimato radical lo convierten en un símbolo.

Y ahí llegamos al poncho, esa prenda tan peculiar, que es la que lo identifica plenamente

El hombre sin nombre llega de lejos, de fuera de este mundo, trae consigo un aura de misterio, pero también de confianza, y está lleno de recursos, es extraño, pero también generoso incluso asumiendo culpas, «hijo de mil padres» dice Tuco, carga con los sacrificios en el duelo final de La muerte tenía un precio, y salva a la familia que refundará un nuevo mundo en Por un puñado de dólares.

Se inmiscuye en el mundo de los humanos, en esas diversas miserias, pero ninguno de los motivos que conducen la acción de los antagonistas incumbe al enviado, aunque no le hace ascos a una buena cantidad de monedas, pero está claro que no lo necesita. No lo podemos imaginar montando un rancho con la pasta, desde luego. Tampoco tiene motivos para la venganza, pero contribuye al castigo de los malhechores y lo ejecuta como propio.

Es el bueno, en El bueno, el feo y el malo, pero tiene además otras características extrañas. En un mundo lleno de hombres que cavan, el hombre sin nombre, portador del arma, del colt, no cava, está exento de los trabajos de los hombres, libre de pecado dispara sin miramientos.

Es inmortal, con escudo metálico bajo el poncho o sin él, tiene una suerte sobrehumana, nada le afecta, aparece y desaparece de un modo extraño, es también un renacido, aunque a veces le vemos galopar con su caballo por los caminos más extraños, esperando escondido a sus enemigos en las encrucijadas. Es un ser extraordinario.

En todo caso, lo cierto es que Sergio Leone, el propio Clint Eastwood, el desierto de Almería y las montañas de Salas de los Infantes, con la música de Morricone, hacen del hombre sin nombre una figura heroica muy próxima a los arquetipos griegos. Seguramente, Leone pudo haberse inspirado, aunque fuera indirectamente, por los péplums que había estado haciendo previamente.

El hombre sin nombre viene de lejos, viene, tal es nuestra tesis, de otro mundo. Su presencia como cazador de recompensas parece más una excusa, un modo de justificar su acción implacable y justiciera ante humanos que necesitan una explicación de su extraña presencia. En su mirada irónica se puede leer esto también. No obstante, si fuera un cazarrecompensas al estilo del Doctor King Schultz, en el Django desencadenado, de Tarantino, o el Pat Garrett de Peckinpah, la historia sería distinta. No hay en él la gélida acción homicida del amigo, tendría su historia y su explicación. Incluso el Doctor Schultz lleva consigo los documentos judiciales firmados, parece un funcionario, extraño, pero funcionario. Podría entenderse así la separación de esos dos mundos, sin duda. El Estado, por una parte, y los pueblos de frontera, del oeste, a los que llega el mensajero, ese intermediario que transita entre las instituciones políticas y el oeste.

La clave para asociarlo con Hermes me la dio, sin duda, su aspecto: el poncho, por una parte, y el sombrero de ala ancha

Pero la acción del Sin nombre es constitutiva, no es un fiscal intermediario, su apelación moral es universal. Y sus señales nos lo alejan de cualquier idea de un funcionario cumpliendo con su deber, al servicio de las leyes de un Estado. Cosa que al Sin nombre le trae sin cuidado, salvo quizá por la recompensa. Aprovecha las circunstancias, pero no es su finalidad. Su carácter enigmático se convierte así en un paradigma moral él mismo, un arquetipo, quizá parecido al jinete pálido, incluso al fuera de la ley, todavía más al forajido de Sin perdón, pero también al gran Torino.

El enigma del Sin nombre tiene raíces mitológicas griegas, creo yo. Es un mediador que procede de otro mundo. Entre los griegos el gran mediador es Hermes, el dios mensajero, Mercurio para los romanos. Una mínima indagación acerca de los parecidos genera asombro, y comienza uno a pensar que no es casualidad, que quizás Sergio Leone, o tal vez el propio Clint Eastwood, está inspirado explícitamente en él. Veamos:

La clave para asociarlo con Hermes me la dio, sin duda, su aspecto: el poncho, por una parte, y el sombrero de ala ancha. Del poncho se ha hablado mucho, pero nadie ha reparado todavía hasta ahora en la proximidad que tiene con el chlamys (la clámide) de Hermes.  

Podría ser casualidad, pero también tenemos el sombrero, ese pétaso que llevaban precisamente los viajeros para defenderse del sol, que el Sin nombre nunca se quita. El caduceo, la vara con las dos serpientes enroscadas que simboliza el comercio, la diplomacia, la elocuencia, aunque a veces se ha confundido con la vara de Esculapio, se aproxima a la pistola con la que el Sin nombre resuelve los conflictos.

Hermes no solo lleva mensajes, lleva también la muerte, y las armas necesarias. Así lo imaginó Velázquez, empuñando una espada mientras se aproxima a Argos dormido para matarlo. Por otra parte, están también las botas o las sandalias aladas que se replican en las botas del Sin nombre con las espuelas que hacen volar al caballo y, sin duda, su presencia constante en los caminos, en las encrucijadas, esperando, adelantándose a todos de modo misterioso, otra de las funciones originarias de los Hermes, el ser mojón de los caminos y las encrucijadas.

El hecho de que los vaqueros del oeste recojan de modo generalizado estos signos de Hermes, lejos de hacernos retroceder en la semejanza tendría que animarnos a revisar toda la mitología del western en términos de este atuendo idealizado, que a su vez está recogido e inspirado por los dragones del Cuera con su lanza y escudo, figuras también herméticas, que son además vanguardia entre dos mundos que estando lejos se están aproximando.

¿El hombre Sin nombre es un trasunto de Hermes o un extraterreste?

Otra razón más para que el spaghetti western pueda ser entendido como el western más genuino, porque al fin y al cabo el oeste americano era territorio español, y el entorno escénico del desierto de Tabernas, la sierra de Madrid o los montes de Salas de los Infantes, están roturados en un paisaje hispano más fidedigno al oeste histórico que ese horizonte virginal y salvaje que nos quiere vender el relato mítico estadounidense.

Pero esto también nos indica que todavía no es suficiente para identificarlo y menos aun para pensar que se ha tenido en cuenta en la conformación de esta trilogía la figura de Hermes de un modo explícito. En todo caso, aunque así no fuera, sería mucho más llamativo que las coincidencias se extendieran a una de las funciones más significativas de Hermes, que es la de psicopompo, el que lleva a los muertos al infierno.

Cuando después de plantear esta idea me puse a revisar la trilogía encontré primero la curiosa relación del Sin nombre con el carpintero que hace los ataúdes en Por un puñado de dólares. Pero es todavía más explícita la función de psicopompo del Sin nombre en La muerte tenía un precio, que termina precisamente en un plano en el que el Sin nombre se sienta en el carro, abandonando su figura hierática a caballo, después de cargar detrás a todos los muertos. Montado en el carro, el Sin nombre jalea al caballo que se pone en marcha. Lo para un momento para recoger las alforjas de monedas, seguramente para pagar al barquero del Aqueronte, y se lleva a todos los muertos.

Una escena todavía más compleja y surrealista ocurre en El bueno, el feo y el malo. En ella, cuando el Sin nombre vaga moribundo por el desierto dominado por Tuco —que tiene la pistola y por tanto el poder—, de pronto llega hasta ellos un carro lleno de cadáveres tirado por una recua desbocada que galopa sin guía ni destino. Precisamente en este momento es cuando el Sin nombre recupera su libertad, somete a Tuco, se hace con el secreto del tesoro y da sentido al viaje de aquel carro que ya se dirige hacia el cementerio.

La película se convierte entonces en una carrera hacia el cementerio de Sad Hill, la loca carrera de Tuco entre las tumbas acompañada por la música de Morricone que da lugar a la última escena, el descubrimiento del tesoro escondido en medio de aquel extraño cementerio circular, aquel Hades del que sólo vemos salir al «hijo de mil padres», al Hermes que sabe y puede volver de entre los muertos, al psicopompo que tiene la pistola.

Escribe Pablo Huerga Melcón

La trilogía del dólar, de Sergio Leone, Clint Eastwood y Ennio Morricone