La España cainita de postguerra en una obra emblemática
Esta conocida película, ya clásica, narra el episodio de tres amigos y un joven que los acompaña, que van a cazar conejos a un coto que fue escenario de una batalla durante la Guerra Civil española. Son hombres de mediana y alta edad, todos pasan por momentos conflictivos y difíciles en sus vidas privadas: separaciones, problemas con la bebida, dificultades económicas, etc. De manera con el transcurrir de los minutos, el espectador asiste entre atónito y angustiado, a un escenario donde la supuesta tranquila jornada de caza se va convirtiendo poco a poco, en un encarnizado enfrentamiento entre los protagonistas.
La volví a ver hace poco y confieso que gustándome el cine y siendo esta película un icono de nuestra cinematografía hispana, con el transcurso del tiempo sigue pareciéndome una gran producción. Toda la cinta destila inquietud y olor a «jarra pellejo» y violencia de postguerra.
José, Paco y Luís, acompañados del joven Enrique, tres amigos metidos en años, y entre ellos, rencillas, chismorreos, conflictos, rivalidad. Y también en ellos hay mucha dinamita encerrada, recuerdos y vivencias de tiempos no muy antiguos. Saura en cinco minutos de metraje hace una genial presentación de los cuatro protagonistas.
En cinco minutos ya olemos que esta caza no va a ser normal. Como dice A. García, el filme fue rodado por Carlos Saura «en unos momentos en que la dictadura franquista se hallaba en medio de una incipiente apertura al exterior que coincidió con la llegada de la década de los sesenta, es lo que tradicionalmente ha dado en llamar la crítica una película de personajes, es decir, un filme que se estructura en base a la tensión dramática entre dos o más personajes y que depende básicamente del diálogo para expresar dicha tensión».
Ello, bajo el abrasante sol de Toledo, elemento recurrente del filme, que subraya constantemente la situación extrema en la que se están colocando los personajes.
Ya en la primera media hora se sabe que aquello va a acabar mal. El encuadre es angustioso, de calor abrasador insoportable y sudor a raudales, de páramo, de jara y tomillo hasta en las narices, de pobres conejos aniquilados de forma brutal, como brutales y propios de la España de antañazo son sus personajes.
Los diálogos concisos, la atmósfera irrespirable y gris, con malos augurios, como la novela de ciencia ficción que lee uno de los protagonistas. Ni Franco ni política ni guerra civil, nada. Sólo la España yerma del cainismo, la envidia y la escasa apertura de miras. A tiro limpio, como en un western, a bocajarro, como corresponde con el salvajismo y el drama universal de tres amigos unidos por profundos túneles de miedo e ira.
Destaco la brillantez de la dirección de un Saura sembrado, el excelente guion del propio Saura y Angelino Fons; la gran fotografía en blanco y negro, como no podía ser de otro modo para esta historia oscura, de Luis Cuadrado; las enormes interpretaciones de tres grandes de la época: Ismael Merlo, Alfredo Mayo y José María Prada, acompañados de forma excelente por un joven Emilio Gutiérrez Caba y otros secundarios que se lucen igualmente. Una música llamativa y muy acorde del gran Luis de Pablo.
Saura supo burlar la censura para crear con La caza una brutal metáfora sobre la España de la época, además de una asombrosa alegoría sobre la violencia y la animalidad. Saura escarba en profundidad en las miserias de esos cuatro amigos que van de caza y logra atenazar el ánimo del espectador y envolverlo en unas imágenes que desprenden una tensión agotadora.

Esta película, de enorme fondo social e histórico, de la España soterrada y animal, salvó las censuras. Al parecer sólo le prohibieron que se titulara Caza de conejos, por aquello de la significación sexual del término «conejo». Hasta en eso eran ignorantes y burdos en aquella época, hasta en la censura eran toscos y torpes. Entonces, a los censores se les pasó por alto la enorme carga de profundidad que el filme tiene. La tremenda época de odio y brutalidad que encierra y que hoy resulta poco imaginable.
Elías Querejeta fue el productor de lujo de esta película. Comenzaría así una relación fructífera y estrecha con Saura que se prolongaría hasta 1981 con su última película como productor, también de Saura: Dulces horas (1982). Antes recuerdo producciones importantes como: Peppermint frappé, 1967; La madriguera, 1969; Ana y los lobos, 1973; Cría cuervos, 1975; o Elisa vida mía, 1977, por mencionar algunas. En fin, quiero al hilo de estos comentarios rendir un homenaje merecidísimo a ese gran productor que fue Elías Querejeta y por supuesto al gran Carlos Saura.
La película consiguió el Oso de plata en el Festival de Berlín de aquel año al mejor director, con un jurado formado, entre otros por Pier Paolo Pasolini, que felicitó personalmente a Saura por su magnífica visión de enfrentamiento fratricida en la España profunda del momento.
Es una obra tan próxima a la perfección como pedirías a cualquier película que sea. La caza nos ofrece una hora y media arrebatadora y a la vez conmovedora. Considero esta película un clásico del que no puede prescindir un amante al cine.
Concluyendo: si te gusta el cine y no la has visto, vela, es una auténtica obra de arte. Y además te servirá a modo de patrón para que, si eres, joven, compares cómo éramos y cómo, venturosamente, somos en la actualidad. Aunque quién sabe…
Escribe Enrique Fernández Lópiz | Artículo parcialmente publicado en FilmAffinity.
