El Hobbit : Un viaje inesperado (2)

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Olifantiasis 

el-hobbit-1Casi diez años después de haber concluido la trilogía de El señor de los anillos, Peter Jackson rompe su promesa de no acercarse jamás a la Tierra Media.

En el camino no sólo han quedado —para desazón de algunos y alegría de otros— compromisos incumplidos y alguna que otra taquilla desvencijada tras un sonoro fracaso; el neozelandés ha dejado atrás también algunas de las señas de identidad de la trilogía que lo hiciera famoso: las que más elogios suscitaron y las que más críticas promovieron.

En el aspecto positivo de ese abandono, podríamos destacar su gusto por el melodrama y su poco mesurado entusiasmo por el monólogo edulcorado; El Hobbit carece de efusiones emocionales al estilo de las de Samsagaz Gamyi, que tanta desolación y sonrojo provocaron en algunos espectadores.

En el negativo, su capacidad de síntesis adaptativa y su pulso para la acción, aparte del  innegable talento para dotar de profundidad a sus personajes, cualidades que parecen haber quedado sepultadas bajo las mejoras visuales que otorgan las 3D y los 48 fotogramas por segundo.

También algunos de los más puristas y recalcitrantes defensores de la epopeya escrita, que lo acusaban de traidor a la memoria de Tolkien encontrarán no pocos ejemplos en Un viaje inesperado tanto para el ataque como para el elogio:  Jackson ha esquivado el rigor adaptativo haciendo uso de la estrategia del exceso, dilatando hasta lo indecible las escasas páginas de El Hobbit; si quisiéramos resumir este extremo en un tópico, podríamos decir que todo el libro está en la película, pero no toda la película está en el libro.

Los defensores del rigor de tipo fundamentalista, es decir, aquéllos que afirman que Jackson debiera contar el libro y sólo el libro —puesto que Tolkien lo escribió así y eso es palabra de Ilúvatar—, hallarán suficientes motivos para sacrificarlo en la pira de los herejes. Por el contrario los del tipo erudito (vale decir friki), quizá puedan valorar el hecho de que el director, siendo uno de ellos, ha sumado a las páginas de El Hobbit los apéndices de El señor de los anillos y sobre todo partes de los Cuentos inconclusos del autor, así como fragmentos no publicados de sus escritos recopilados por su hijo Christopher Tolkien en La historia de la tierra media.

Este último extremo distaría mucho de ser una traición al uso, y para el que suscribe, incluso no tendría por qué ser una mala idea. Sin embargo, eso no quiere decir que esté bien ejecutada.

Los rotundos peros que pueden ponerse a la recién iniciada trilogía de Jackson son de otra índole, y como casi siempre están vinculados al asunto económico.

No me extenderé aquí sobre los procesos judiciales de una producción que debió ver la luz apenas tres años después de la última entrega de El señor de los anillos; baste decir que el propio Jackson, agotado, oscarizado y satisfecho, quiso dejar de vérselas con hobbits, elfos y magos por un tiempo, por lo que dejó la dirección de la precuela en manos de Guillermo del Toro, un realizador lo suficientemente próximo a sus postulados como para llevar a buen término el proyecto.

No obstante, los ya mencionados problemas hicieron que el mexicano acabase por desentenderse del mismo, devolviendo la criatura al regazo del neozelandés. Esto supuso un primer mazazo a las aspiraciones de El Hobbit, puesto que muchos pensaron que lo que la saga estaba necesitando era un soplo de aire fresco.

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No ayudó tampoco el rotundo éxito de las tres predecesoras, que habían devuelto a las arcas de las productoras unos beneficios estimados en torno al 1000%: la gallina de los anillos de oro era un animal demasiado preciado como para dejarlo descansar después de tan suculenta puesta.

En ese sentido, los productores de la Metro Goldwyn Mayer y la New Line Cinema estimaron que el cuento de Tolkien bien podría dar para una nueva trilogía, a pesar de que el manuscrito original apenas alcanzaba las cuatrocientas páginas. Si hacemos un sencillo cálculo, podemos obtener un total de 133 páginas por película, lo que a todas luces es demasiado poco material literario para tanto celuloide. Añádase a esto que cada película dura cerca de tres horas y tendremos el despropósito servido, eso sí, en tres dimensiones y 48 fotogramas por segundo, para no perder detalle.

La codicia es de por sí mala, pero aún lo es más si va seguida de la megalomanía: a cualquier productor astuto le hubiera bastado con hacer tres películas de hora y media, con lo que la saga hubiera resultado completa y bien adornada, además de mucho más económica; pero si haciendo caso del dicho de más vale lo malo conocido, dejamos el proyecto en manos de un friki empedernido (dicho sea con todo el respeto) devoto de Tolkien y enfermo de detallismo, el resultado acaba por ser elefantiásico.

El Hobbit hubiera resultado bien con una película de tres horas o dos películas de hora y media; todo lo demás son, a espera de visionar las otras dos partes, adefesios innecesarios.

Así que una vez introducidos los pormenores técnicos, podemos pasar a comentar el producto en sí.

Comienza El Hobbit de un modo estupendo, introduciendo, como ya lo hiciera El señor de los anillos, los pormenores históricos del relato que va a contarse; a este pequeño prefacio sigue otro no menos sugerente, el de la irrupción de los enanos en la apacible vida de Bilbo Bolsón, Gandalf mediante. Y es aquí cuando empezamos a ver que la cosa se va de madre: ese prólogo se extiende no menos de media hora, y el espectador comienza a sentirse tan hastiado como el propio Bilbo de la desfachatez de los enanos; añádase a eso la infame costumbre patria de doblar las canciones, y tendremos una primera indigestión de turrones navideños en forma de película de aventuras.

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Uno parece respirar cuando Jackson se prodiga en mostrarnos magníficos detalles de su especialidad: el tratamiento de los espacios abiertos. Abundan las escenas majestuosas, salpimentadas con el vértigo que pueden llegar a producir las 3D. Sorprende el detalle de los escenarios, y sobrecogen algunas escenas de acción rodadas en espacios «naturales», como las grutas de los enanos y trasgos o el desfiladero donde hombres montaña tienen un enfrentamiento tan espectacular como injustificado.

Pero todo eso es incapaz de disipar las sombras que planean, como Sauron, durante todo el metraje: la acción se dilata hasta lo cansino; las aportaciones de personajes como Radagast, secundarios sin apenas líneas de diálogo en lo literario, suenan infantiloides y hasta ridículas —estoy pensando en el trineo de conejos, sacados de la chistera de Jackson— y no parecen tener otra función que la de introducir un personaje histriónico en un metraje ya sobrado de ellos. Por último, la trama transversal que dará lugar a los acontecimientos que se narran en El señor de los anillos queda desdibujada en medio del tedio que se apodera por momentos de la pantalla.

Son estos detalles imperdonables en una película de aventuras hecha para niños, que por lo general son incapaces de aguantar tres horas en una butaca.

Pero, ¿merece la pena ver El hobbit? La respuesta es sí, desde luego, puesto que la historia parece cobrar vida cuando Jackson se centra en la narración primigenia: la escena de los trolls, aunque extrañamente modificada, sigue teniendo su encanto pues recupera el sabor (nunca mejor dicho) de los cuentos clásicos con los que más disfrutamos de niños. A su vez, la secuencia de las adivinanzas de Bilbo y Gollum posee una fuerza y una capacidad resolutiva que hace por un momento olvidar todos los tumbos absurdos que hasta el momento ha dado el realizador. Gollum sigue siendo el auténtico comodín de Jackson, y la pantalla se llena con sus gestos y su personalidad dual, atractiva y repulsiva a un tiempo, para hacernos olvidar por accesorio, el hecho de que estamos viendo una película en tres dimensiones.

La historia es la historia, aunque quede inconclusa, y eso no parece que vaya a estropearlo Jackson.

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He de confesar que no menosprecio su talento, y que me siento más que satisfecho con su anterior trilogía. Pero probablemente El Hobbit hubiera resultado mejor en manos de Guillermo del Toro. ¿Por qué?, porque otro de los aspectos que ha descuidado Jackson es la coralidad, es decir, el tratamiento integrado en la trama de los diferentes personajes. Sólo los principales aparecen definidos, y hasta nueve de los enanos apenas tienen intervención dialogada en la película. Si algo hubiera podido hacer mejor el mexicano, era esto, pues parece comúnmente aceptado que uno de sus puntos fuertes sea la profundidad psicológica de sus protagonistas.

Transcurre así El Hobbit sin pena ni gloria durante casi la mitad del metraje alcanzando, eso sí, notables cumbres en algunos momentos. Algunos repudiarán el resultado, puesto que a las películas de hoy día se les exige un valor añadido más allá de la mera aventura adrenalínica, y no estarán del todo equivocados. Si uno compara las aportaciones en este sentido de El Hobbit con alguna de las recientes producciones de Pixar o incluso de Dreamworks, el resultado puede aparecer como bastante pobre.

En mi opinión, ya suficientemente esbozada, se trata de un problema de densidad argumental: El Hobbit ha desleído sus argumentos como un vino aguado en un río tan caudaloso como el Brandivino. Hay mucho artificio de videojuego, mucha pirotecnia visual, pero eso no compensa una historia artificialmente ahormada a las necesidades de la industria.

Esperemos que Jackson rectifique y nos dé un poco más de licor espirituoso en las siguientes entregas. En muchas ocasiones nos ha persuadido de ser capaz de hacerlo.

Escribe Ángel Vallejo


Para saber más sobre Peter Jackson:
El señor de los anillos: La comunidad del anillo
El señor de los anillos: Las dos torres
El señor de los anillos: El retorno del rey
The lovely bones 

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Título El hobbit: Un viaje inesperado
Título original The hobbit: An unexpected journey
Director Peter Jackson
País y año Nueva Zelanda, 2012
Duración 169 minutos
Guión Peter Jackson, Philippa Boyens, Guillermo del Toro y Fran Walsh
Fotografía Andrew Lesnie
Música Howard Shore
Distribución Warner Bros. Pictures International España
Intérpretes Martin Freeman (Bilbo Bolsón), Ian McKellen  (Gandalf), Andy Serkis (Gollum), Cate Blanchett (Galadriel), Elijah Wood  (Frodo Bolsón), James Nesbitt (Bofur), Lee Pace (rey Thranduil), Christopher Lee (Saruman), Ian Holm (Bilbo anciano), Hugo Weaving (Elrond), Richard Armitage (Thorin, Escudo de Roble), Ken Stott (Balin), Graham McTavish (Dwalin), William Kircher (Bifur), Stephen Hunter (Bombur), Dean O’Gorman (Fili), Aidan Turner (Kili), John Callen (Oin), Peter Hambleton (Gloin), Jed Brophy (Nori), Mark Hadlow (Dori), Adam Brown (Ori), Benedict Cumberbatch (El Nigromante)
Fecha estreno 14/12/2012
Página web http://wwws.warnerbros.es/thehobbitpart1/index.html