Carmy Berzatto y el perdón

The Bear es una rara avis. Además de seguir con consistencia y calidad el ritmo de una temporada por año, algo que parecía impensable en el ecosistema de producción de hoy, ha conseguido enganchar al mundo a una serie sin acción, prácticamente sin trama, y cuyo interés reside en aquello que se va gestando de manera subliminal.
Porque ya a nadie le importa si el negocio sale adelante o entra en bancarrota; si el menú carece de vanguardia; o si el crítico de turno ha redactado, o no, una buena valoración. Hace tiempo que el foco se desplazó, y que el restaurante, protagonista silencioso de las primeras entregas, pasó a un segundo plano. Es la cocina, sin embargo, el escenario en el que se despliegan los egos e inseguridades de unos personajes que derrochan humanidad, y que, al mismo tiempo, resultan absolutamente insoportables e histriónicos.
The Bear es sus personajes y es, por delante de todo, una historia de perdón. Perdón hacia uno mismo y perdón hacia los demás, perdón hacia la vida e incluso hacia a aquello que ya no está. Cada protagonista tiene su propio viaje hacia él, pero es alrededor de Carmen Carmy Berzatto (Jeremy Allen White), chef ejecutivo, de quien mejor se observa este proceso de catarsis que culmina en la nueva temporada.
Durante las primeras temporadas, Carmy se muestra como alguien totalmente encerrado en sí mismo, incapaz de comunicarse, y que ha desarrollado rasgos propios del trastorno obsesivo compulsivo. Sin embargo, es, precisamente, esta obsesión por el control y la rutina lo que lo mantiene anclado al mundo, aquello que lo aleja de una crisis nerviosa y de verse anegado por un cúmulo de traumas y emociones que es incapaz de gestionar. Le teme a la calma, a la soledad, a un silencio que le obligue a enfrentarse a la realidad.
Pero es desde el conocido como «episodio del congelador» que Carmy deja de abstraerse y de disociar: ahora es plenamente autoconsciente, e incluso se esfuerza por ser mejor persona. Ha dejado de fumar, va a terapia de grupo y reconoce y agradece el esfuerzo de los demás.
Toda esta serie de actos, acompañados de un contrapunto humorístico que, no obstante, no acaba de funcionar, son los que humanizan, enternecen y permiten que el espectador, si no lo había hecho ya, acabe de empatizar con un joven cuya máxima tortura es la autoexigencia y que no tiene de enemigo más que a él mismo.
Así, toda la temporada gira en torno a la redención del protagonista, al proceso de reconciliación con uno mismo y con los demás que resultan, no obstante, interdependientes. Además de en Carmy, este proceso de introspección se ve también reflejado en el resto de personajes, ya sean el síndrome del impostor en Sydney, la psicosis en Donna o el luto en Marcus.
Todo este trasfondo y complejidad, acompañado de la focalización argumental en el desarrollo de los personajes, son, sin lugar a duda, los puntos fuertes en la serie. Los elementos técnicos, el espacio y el guión, además de ser impecables, se encuentran perfectamente subordinados a ellos, lo cual desemboca en un conjunto prácticamente perfecto cuya mayor virtud es una lentitud que permite digerir e interiorizar cada trama y secuencia.
The Bear es una concatenación de episodios botella en los que no hay soluciones fáciles ni finales redondos: lo que hay es proceso, incertidumbre y una honestidad brutal. En un tiempo donde lo inmediato prima sobre lo esencial, The Bear se atreve a cocer a fuego lento una historia sobre lo difícil que es vivir y lo aún más complejo que es perdonarse.
Escribe Sara López Casas | Fotos Disney+ España