The Pitt, Temporada 2

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La soledad de Noah Wyle en la Pensilvania trumpista

The Pitt, el nuevo drama de hospital de HBO, es ya una de las grandes apuestas televisivas de la última década. Su premisa no es nada del otro mundo: Michael Robinavitch «Robby» (Noah Wyle), un médico de mediana edad, navega por el luto, la angustia y la autoexigencia mientras intenta mantener en pie el proyecto profesional de su vida, la unidad de urgencias de un hospital de Pensilvania.

Recuerda mucho, en este sentido, al The Bear,de Jeremy Allen White. Pero, mientras que la tragicomedia es prácticamente ajena a la realidad yanqui, The Pitt da un paso más allá, e introduce una dimensión crítica hacia la decadencia estadounidense y la «era Trump».

En la primera temporada, las principales problemáticas eran la crisis del fentanilo y los tiroteos masivos; ahora, se centran en la dependencia tecnológica, los abusos de la policía migratoria y los recortes en investigación y sanidad del republicano. Aunque la crítica, quizás por limitaciones de producción, se haya estrechado, en ningún momento peca de sutilidad ni de tibieza. Esto es, sin duda, algo digno de mención en los tiempos que corren.

Aun así, esta segunda temporada carece de algunos elementos que explican el éxito de la primera entrega, como el tan característico cinismo de los diálogos. Lo más decepcionante, sin embargo, es la decisión de los guionistas de centrar todo el análisis psicológico en Robby.

Pese a que Wyle hace un trabajo excelente a la hora de personificar la gestión masculina de la depresión y del estrés postraumático, este foco hace que, inevitablemente, se pierdan por el camino otras subtramas de igual o mayor interés. Por el momento, nos hemos quedado sin conocer el proceso de rehabilitación de Langdon y la nueva madurez de Whittaker.

Por otro lado, ¿dónde han quedado esos personajes femeninos tan complejos? Se ignoran, casi por completo, el pasado de Santos, la neurodivergencia de Mel y la relación tóxica de Dana y Samira con el trabajo. Todas ellas eran, para muchos, motivos de peso para engancharse a la serie. Mientras tanto, no acaba de quedar claro que estos temas se puedan retomar de forma orgánica en posibles próximas temporadas.

Este abandono también hace disminuir una intriga que, a la par, se ve comprometida por la falta de una irrupción de gran calibre como fue el tiroteo de la pasada entrega. El ciberataque funciona y añade ciertos contrapuntos cómicos y un escalón más de frenesí, pero se queda corto al lado de la tensión hollywoodense de la tragedia del festival.

Pese a esto, The Pitt continúa aprobando con nota. Los personajes siguen manteniendo su esencia, al mismo tiempo entrañable e insoportable; el estilo de grabación es excelente, y las relaciones interpersonales, cuya exploración en escenas más calmadas se agradecen como respiro al caos constante, son cada vez más interesantes, sin eclipsar en ningún momento el hilo principal.

En este sentido, es motivo de celebración que exista, por fin, una serie de médicos que no derive en un culebrón.

Escribe Sara López Casas

Los personajes siguen manteniendo su esencia, al mismo tiempo entrañable e insoportable; el estilo de grabación es excelente