Un hermoso cuento en la mirada de una niña

Estamos en el Madrid de 1988. Una niña de apenas ocho años, Elena, debe hacer frente a la pérdida de su abuela con quien tanto y tan bien sintonizaba.
A la par, la niña se prepara para hacer su primera comunión aleccionada por un singular sacerdote, apoyada en lo que pueden por su padre taxista y una madre un poco desbordada.
Encandilada con la presencia de una niña gitana, Serezade, que acompaña a su familia en aquel antiguo número con una cabra que baila sobre un taburete. Conocer a esta niña tan libre y alegre siempre con su cabra, le lleva a plantearse si realmente el mundo es tal y como se lo están contando o hay otras maneras de verlo, otras formas de organizar o imaginar la realidad.
Hay un punto cardinal que es cuando Elena pierde a su abuela. La pérdida de la abuela es prácticamente ocultada a la niña, que tenía un vínculo muy estrecho con ella. Pero los padres no la dejan ver una vez muerta, ni participar de los rituales funerarios. Y Elena queda en la bruma del misterio.
Dirección, música y reparto
La realización sugerente y arriesgada de Ana Asensio se mueve entre el lirismo, los sentimientos, una cámara al hombro con contrapicados y planos imposibles, y un guion —igualmente de la Asensio—, bien escrito y pergeñado. En realidad, la película es en gran medida autobiográfica. La directora recuerda «cómo me impactaba el entrar en una iglesia o en la habitación de mi abuela«.
Asensio mantiene su obra centrada en el buen gusto de las localizaciones y con un meritorio tratamiento de la luz (sensacional fotografía de David Tudela), y todo un mundo simbólico rampante que se hace querer e incluso atrapa, acompañado de la sugerente música de Marius Leftarache.
A propósito de música, en la cinta se ha elegido el tema No controles, de Nacho Cano, en la interpretación de Vicky Larraz y Olé Olé. Y es sin duda una manera de definir esta historia pues la canción simboliza el espíritu de la película: «No controles mi forma de vestir / Porque es total / Y a todo el mundo gusto / No controles mi forma de pensar / porque es total y a todos les encanta». Esa manera de hablar y de pensar, con ese matiz infantil, es la de las protagonistas: déjame ser yo, descubrir mi mundo.
Alessandra González, la niña debutante, con una mirada y fotogenia que llena pantalla, en el papel de la cría que descubre junto a una niña gitana —sensacional Juncal Fernández— una alternativa de libertad al exceso normativo, de reglas y prohibiciones de su entorno: la familia, el colegio y el cura. Su amiguita posee unas cualidades de espontaneidad y de levedad que empastan muy bien con las cualidades de Alessandra. Asensio se aventura al poner en la niña ideas, reflexiones y diálogos de calado.
La directora ha declarado de las niñas: «Ana se metió tanto en el papel que su mirada me lo decía todo. Me decía la angustia, el miedo, la emoción, y era fascinante. Y en el caso de Juncal Fernández, tiene todavía más desparpajo del que muestra en la película, que es mucho. Enamora a todo el mundo con su espontaneidad y su soltura, le encanta cantar y bailar».
La chica está arropada por unos espléndidos Lorena López y Javier Pereira como los atribulados padres que no ganan para disgustos porque la niña se ha escapado de casa; Gloria Muñoz, impresionante como la abuela de la protagonista; y Enrique Villén en un divertido rol de sacerdote parroquial.
Un hermoso cuento
Un bonito y poético cuento infantil en la España ochentera, cuando los gitanos y sus cabras montaban su pequeño circo en las plazas y calles. Una niña urbanita, escolarizada, en la antesala de su primera comunión y tras haber perdido a su abuela, que se amiga con la niña gitana que va con la familia y la cabra; a ella le regala su preciada muñeca Barbie.
Asensio plantea en el filme los capítulos educativos y la información televisiva que le llegaban a Elena, tal el caso de la religión, el arte y la poesía (la abuela lee la poesía de León Felipe), las imágenes en el televisor con secuestros de ETA en aquellos años de plomo, la preparación de la catequesis para hacer la primera comunión o la cultura popular del flamenco.
Cada parte a su manera configura el imaginario y los temores de la pequeña. Deviene la cosa idea bien resuelta, en un interesante interjuego con lo fantástico y lo onírico, junto a un bien hacer de la artesanía cinematográfica.
Dado que el tema de la pérdida es central, hay que decir que es la naturalidad y el encanto de las niñas Elena y su amiga Serezade quienes disimulan y compensan una descripción más elaborada de este asunto, o sea, una más certera matización de los lazos entre los personajes y cómo se ven alterados por la pérdida de la abuela.

Desde el punto de vista de la niña
La película es también una semblanza de cómo se ve, desde la mirada de una niña, la oscuridad y lo misterioso, del choque entre el mundo infantil y el adulto. Se van repasando capítulos importantes para la existencia. «El objetivo era llevar al espectador a esa altura, a esa mirada, a cómo ves las cosas de pequeño y cómo las sientes», añade la directora.
Estos mojones vitales tienen que ver con la muerte, el clasismo-racismo, la religión, la fe, el engaño, la crueldad, las convenciones o las relaciones sociales y afectivas. De modo que la película es contada no desde un adulto que mira a la niña, sino de la niña que mira al mundo y que intenta descubrir lo que para ella son misterios insondables.
Desde el principio, un acierto de la directora es que no abandona a Elena niña para contar su visión de cuanto le rodea, lo que ve y cómo lo ve y escucha, lo que piensa, lo que siente, por qué ríe, por qué llora, cuáles son sus sueños, sus pesadillas. Asensio consigue capturar con honestidad la magia de la infancia.
Además, está para ayudar a la niña a construir esta visión del mundo, la presencia de la abuela, una señora amantísima con la cual sintoniza plenamente Elena y que la acerca al flamenco, a la danza flamenca, más libre que el ballet que encorseta a Elena en el colegio, y le va aportando enseñanzas muy importantes para la vida.
La directora ha declarado sobre estos ámbitos antagónicos, uno opresivo, el otro liberador: «El mundo opresivo del que viene, de su casa, la iglesia, el colegio, y el mundo que le despierta Serezade, esa plaza luminosa con mucha luz, donde parece que nunca se pone el sol”.

León Felipe
La abuela le lee a Elena el conocido poema de León Felipe Sé todos los cuentos, que relativiza justamente todoslos cuentos” que le están contando a la pequeña. Los que cuenta la madre, el cura, los profesores o la TV. Es un poema muy bien traído, que relativiza y que justamente se lo enseña la abuela, con quien Elena tiene una complicidad única. La niña registra sus enseñanzas y se va abriendo poco al descubrimiento.
Ana Asensio legitima su engarce con León Felipe, contra esos cuentos que se alzan en el filme, como un repaso menos inocente de lo que cabría esperar de la limpia mirada de la protagonista.
Este poema de León Felipe, después de haber fallecido la abuela, la niña lo arranca cuidadosamente del libro de poemas y lo guarda celosamente entre sus cosas más preciadas. Un poema que dice:
«Yo no sé muchas cosas, es verdad. / Digo tan sólo lo que he visto. / Y he visto: / que la cuna del hombre la mecen con cuentos, / que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos, / que el llanto del hombre lo taponan con cuentos, / que los huesos del hombre los entierran con cuentos, / y que el miedo del hombre… ha inventado todos los cuentos. / Yo no sé muchas cosas, es verdad, / pero me han dormido con todos los cuentos…/ y sé todos los cuentos».
De modo que lo que nos espera en esta película es un (no) cuento, un relato beligerante y significativo en el que la Asensio se contempla a sí misma para reflexionar sobre lo que vivió en aquel Madrid de 1988. Lo cual se refleja en la mirada de la niña. Una España a la que le faltaba un hervor, que se estremecía en aquellos tiempos difíciles del tiro en la nuca.

Es posible otro cine familiar
La película también es el interesante retrato de la infancia de una generación en el Madrid ochentero: los pisos de protección social, la ropa tendida, los juegos en el patio del colegio, la importancia de la familia y las normas sociales dichas o no, el peso de la religión, un mundo que fue y que en parte ya no es.
Está contado todo con sencillez y ternura, con melancolía hacia la infancia vivida, con una voz en off que confiere a la película de un tono de cuento, entre el realismo y la fantasía, la comedia y el drama.
Esa voz, en un momento dado dice: «Esa fue la última vez que vi a Serezade. El espectáculo de la cabra desapareció de las plazas de Madrid. Y quizá Serezade y su mundo nunca existieron».
Esta película demuestra que es posible otro cine familiar, más allá de los muy comerciales, uncine capaz de contar historias profundas de manera ligera, capaz de llegar a niños y adultos. Una obra franca y hermosa.
Escribe Enrique Fernández Lópiz | Fotos Avalón Cine