Exasperante remake

Hace ya tiempo que existe el fecundo y explotado subgénero hollywoodense de la comedia de intercambio de cuerpos. Puedo hablar de cuando Jamie Lee Curtis y Lindsay Lohan protagonizaron Ponte en mi lugar (2005), de MarkWaters. Y hubo otras versiones, incluyendo a Blake Edwards con Una rubia muy dudosa (1991), mala, pero la bellísima Ellen Barkin y JoBeth Williams hacen de la cinta algo de cierto mérito.
La versión de Mark Waters de 2005 mejoró, tenía un poquito el nivelito (diminutivos), con diálogos vibrantes (guionistas Heather Hach y Leslie Dixon), una comedia física y protagonistas con una sólida química. La cual podría decirse que sigue siendo una aceptable adaptación al cine del clásico infantil de Mary Rodgers: Freaky Friday, 1971 (versionada por vez primera en 1976 por Gary Nelson).
Pero prácticamente no hay nada remotamente gracioso en esta nueva secuela que ahora comento. Anna Coleman, la rockera grunge de secundaria interpretada por Lohan, despertando en el cuerpo de Curtis como su madre psicoterapeuta controladora, Tess, y gritando horrorizada al verse frente al espejo: «¡Soy como la guardiana de la cripta!».
Las discusiones intergeneracionales y la fricción madre-hija, que alimentaron atrás algunas risas, sediluyen en el horrible guion de Jordan Weiss, que quiere ceñirse a gran parte del modelo anterior, pero se pasa en travesuras y otros excesos, lo cual diluye la incómoda hilaridad del escenario; hasta el punto de que uno empieza a olvidar quién es quién. O, en fin, deja de importarle.
La película es ruidosa, colorida, estrafalaria, extravagante y agitada como para enmascarar la desesperación en un guion que muestra poca imaginación para los obstáculos psicológicos de personas de tres generaciones diferentes que luchan por entenderse entre sí.
Segundas partes…
Para hablar de esta segunda entrega de Ponte en mi lugar, transcurridas más de dos décadas tras el exitoso relato inicial,hay que empezar por el final. En el mismo momento en que se cierra la historia con la moraleja que nunca falta en las comedias juveniles de Disney, cuando el desfile de créditos se pone en marcha y a un lado de la pantalla vemos una selección de outtakes, bloopers de filmación e imágenes detrás de escena. Y nos damos cuenta de que los actores se lo pasaron estupendamente durante la filmación y que está muy bien compartir todo ese espíritu de camaradería y diversión con el público.
Algunos de esos momentos superan claramente en gracia y efecto humorístico cualquier cosa que hayamos visto en el metraje precedente, durante los interminables y tediosos 111 minutos que tiene. Como si las escenas descartadas resumieran y fueran expresión de lo que esta obra pudo haber sido y no fue.
Este resultado fallido nace de un error de diagnóstico usual en Hollywood cuando anticipa que la secuela de algún producto superará en resultados las expectativas previas. Ya que la fórmula original funciona a partir de algún recurso o vuelta de tuerca eficaz (en este caso el hechizo que impulsa el intercambio de cuerpos entre una madre y su hija). ¿Por qué no duplicar o triplicar el mismo equívoco y lograr automáticamente el efecto cómico que tanto rindió veinte años atrás?
El intercambio, esta vez provocado por una vidente chapucera, empieza a aplicarse como en la película original al tándem madre-hija. Uno de los intercambios es de una de las que está de vuelta, Anna (Lindsay Lohan, con gran parte de su antiguo brillo perdido); ahora es productora artística y madre soltera de la adolescente Harper (Julia Butters), con la cual intercambia; Harper es compañera de colegio de Lily (Sophia Hammons), la hija londinense de Eric, un chef anglo-filipino (Manny Jacinto).
El hechizo se produce cuando Anna y Eric, tras un flechazo irresistible, están a punto de casarse. Pero no es este este nuevo dúo maternofilial el implicado en la permuta de cuerpos y sensaciones. Lo mismo experimenta Tess Coleman (Jamie Lee Curtis, más patética que graciosa), la madre de Anna, con la presumida y pija Lily.

Este doble trueque de personalidades precipita un caos que se extiende a todos los ámbitos (familiares, escolares, laborales) de la vida de las cuatro mujeres. Toda una serie de situaciones que, viendo el filme, en vez de divertirnos nos confunden y nos desconciertan cada vez más.
En todo esto hay observaciones sobre la degradación de la cultura pop mientras se levanta al mismo tiempo con espíritu reivindicatorio la bandera de lo vintage. Algunos personajes masculinos rescatados de la película original se suman a esta nueva entrega con aportes irrelevantes, sin que sepamos para qué ni con qué sentido.
En vez de reírnos nos sentimos cada vez más perplejos (y serios) frente a todo este recurrente alboroto, porque el cambio de personalidades en los nuevos cuerpos no funciona del todo, o sea, funciona fatal.
Un ejemplo vale: Jamie Lee Curtis personifica a una adolescente británica, pero conserva por alguna razón algunos rasgos de su personalidad original, como el acento. Sin ese cambio difícilmente el público reconocerá esa nueva personalidad. Y habría más.
Así las cosas, por momentos nos queda la sensación de que cada actriz debería aparecer con un cartel colgado del cuello identificando al personaje que representatras el intercambio. De otro modo se hace casi imposible a simple vista saber en qué cuerpo está cada una.

Cierre
En fin, película estomagante, absurda, necia y con un humor sin humor, carcajada seca, una estupidez tras otra, un despropósito que sigue al siguiente, tedio, y el deseo, pasado el ecuador, de que acabe la película y pase cuanto antes ese tormento.
Seré franco, la vi un martes, cuando parece haberse impuesto el día para los jubilados, y tengo un amigo que siempre se apunta a estas ventajas de la edad, me invitó y accedí. Era la única película que podía supuestamente visionarse, quitando las fórmula uno de Brad Pitt, supermanes o animación simplex para niños, y así fuimos, y esta vimos, el día de los mayores, y los cuatro que habíamos quedado salimos del cine con cierto mal sabor de haber perdido el tiempo y el único y tonto consuelo de que apenas gastamos dos pavos per cápita.
Pero digo y diré siempre que prefiero pagar y ver algo como mínimo decente, alguna obra digna, un poco de algo. Pero no, esta película da grima, es mala de solemnidad y con tanto cambio de espíritus en cuerpos virados, teníamos el doble trabajo para no perecer definitivamente, de estar muy atentos para saber quiénes eran unas y otras.
Y yo me pregunto, ¿por qué se hace una película tan mala? Una cinta llamada teóricamente a hacer reír, a pasar un buen rato y resulta ser un bluf. ¿Es legítimo torturar al espectador con tan malos productos venidos de Disney o de cualquier otra factoría de lujo o de esas que se llaman potentes? Sinceramente, se podían haber ahorrado el esfuerzo y el gasto.
En estas críticas de Encadenados no recuerdo haber puesto un cinco, aunque hay pelis de Ford, Hitchcock, Kurosawa, Buñuel y alguno más que lo merecen, y con colmo. Tampoco recuerdo haber puesto un cero (0), pues el mero hecho de rodar un largo es ya mérito suficiente para, como mínimo, obtener un punto (1)… nos lo enseñó La noche americana, de Tuffaut.
Escribe Enrique Fernández Lópiz | Fotos Disney España