La familia de la tele: del papa al expresidente

Dijo el difunto, antes de serlo, que prefería tener cerca a gente alegre que con cara avinagrada. Es uno de los muchos comentarios exhibidos por el papa Francisco entre periodistas sobrevolando el mundo.
No menos mordaz es su crítica a quienes fomentan la coprofagia entre las audiencias de televisión. Como argentino y residente en Italia debió conocer bien el aludido género televisivo. Otrora denominado telebasura, luego televisión de entretenimiento y ahora desmontando bulos. El finado, que accede a fuentes de inspiración infalibles, da un paso más y lanza su parábola: la palanca que mueve al mundo es la televisión.
A partir de este supuesto los gestores de la programación de las distintas cadenas, estrangulan la realidad para que salga más cautivadora en la pequeña pantalla. Cuando Putin o Netanyahu ven en sus informativos el exterminio que están provocando, afianzan más su convicción de estar cumpliendo con el designio divino. Así que nada ni nadie puede detener el ensañamiento con el que tratan a sus congéneres.
De modo que mundializar el conflicto, tampoco debe preocuparles demasiado, con tal que los beneficios vayan para los suyos a costa de los «otros». ¿Cómo soportar las imágenes de los niños muertos en Gaza, la del vuelco de la patera en Canarias o la caza de extranjeros en Harvard?
Contribuyen al enajenante espectáculo televisivo, actitudes como las del presentador de un programa de tarde: Todo es mentira (Cuatro). Se empleó a fondo reprochando al presidente del Gobierno el no haber acudido al Vaticano para el funeral y proclamación de uno y otro papa. El susodicho se preguntaba con sorna si el presidente tendría algo mejor que hacer que ir a Roma. ¿Dónde queda, pues, la aconfesionalidad constitucional?
Si otros presidentes anunciaron su presencia, qué puede justificar el que no acuda Pedro Sánchez a semejante concentración de poderes terrenales. De haber ido, habrán pensado algunos, habría podido ocupar la tercera silla en la reunión improvisada entre Trump y Zelenski. ¿Habrá pensado el poder civil que el arreglo de este mundo descompuesto vendrá de un cónclave de señores con sotanas color avinagrado danzando ante las cámaras de la tele? ¿Si han maltratado la carne, cómo confiar en ellos para arreglar el mundo?
Todo parece indicar que los gestores del medio televisivo están adoptando estrategias comerciales sumamente agresivas y cómplices con el desorden o al menos no siempre respetuosas con los principios democráticos. Desde Supervivientes (Tele 5) hasta La familia de la tele (La 1), pasando por la proliferación de las tertulias en las distintas televisiones, montan el sarao transgrediendo la privacidad, los protocolos judiciales, la deontología profesional (lamentable agresión del falso periodista Bertrand Ndongo al verdadero Antonio Maestre) y hasta las formas de convivencia avinagrando el entendimiento entre la ciudadanía.
Para muestra de cuánto se maquina —y no para bien— desde los despachos de las televisiones, ahí está la batalla que se libra por el control en À Punt, en Mediaset o en RTVE (siguen las críticas a Malas lenguas, de La 2), provocando cambios en los despachos, en los platós y en las parrillas de programación (recientemente desapareció Caiga quien caiga (Tele 5).
Es igualmente cierto que, de vez en cuando, en la televisión aparecen personajes que contribuyen a reconciliarnos con el medio de masas. Un día de esta semana en El Intermedio, Sandra Sabatés entrevistó a Manuela Carmena y resultó todo un lujo escucharle. Al margen de compartir o no sus planteamientos sociales o ideológicos, lo relevante es la argumentación con la que apoya sus afirmaciones, lo respetuosa que se muestra con lo que desconoce y, sobre todo, el sosiego con el que defiende sus ideas.

Otro tanto se puede decir del dominio de plató que Felipe González mostró en la entrevista que Pablo Motos le hizo en El Hormiguero (Antena 3). Tienen ideas y dominio de la palabra que la exponen para acoger, para agregar sin avinagrar al respetable. A todo esto, ¿qué hace Felipe en un programa como el aludido?
Mención especial se ha de hacer al recién estrenado Futuro imperfecto (La 1 y producido por El Terrat-Mediapro), presentado por Andreu Buenafuente. En este caso la apuesta va sobre seguro, porque a estas alturas al ingenioso Andreu poco le falta por demostrar. No solo apuesta por realizar la comedia en el escenario de un teatro con el patio de butacas completo de público, sino que complementa sus monólogos con interesantes humoristas, como Berto Romero, Silvia Abril, Raúl Cimas o Tamara García Romero. Al contrario de lo que suele suceder en La Revuelta, que practican un humor orientado a la provocación y, con frecuencia, escenificado con modales de soberbia.
Contribuye al calentamiento emocional, fiascos como el de Eurovisión debatido incluso en el Parlamento equiparándolo así a la jornada laboral o a si los vídeos con los que Trump agasaja a sus invitados son para insultar o para animar la negociación, mezclándolo en la confrontación con los mensajes entre la clase política, con las causas técnicas del gran apagón o la paralización del AVE cuando les roban los cables de cobre. Sin distinción de enfoque ideológico ni procedencia de la información, todo es macerado en las tertulias de la tele.
Tal vez con mejor propósito que acierto en la fórmula, Jesús Cintora con su Malas lenguas (La 2 y producido por Mediapro), pretende poner orden en el flujo de mensajes de cada momento. El problema es que se acompaña de colaboradores contaminados de la tertulitis y lo mismo hablan del contrato del músico Sánchez, de la insolvencia de Mazón que del presunto estafador Frank de la Jungla.

Igualmente, equívoco es que el presidente de RTVE pretenda justificar la oportunidad de ese engendro con escasa audiencia y título cómplice como La familia de la tele (La 1), ¿lo hace para elevar la categoría intelectual de Belén Esteban o para insultar al respetable invitándole a sumarse a la causa de la telebasura? ¿Cuánto tiempo más lo mantendrán en antena?
El conductor de Malas lenguas y el del recién remodelado Mañaneros 360, Javier Ruiz, están bajo la lupa del Consejo de Informativos de TVE. Por lo visto en su afán de clarificar los bulos y los temas económicos, entran en el proceloso territorio de la Información con mayúsculas y esto es territorio exclusivo de los informadores de la casa. Controversia difícil de entender, máxime cuando se trata de periodistas con una trayectoria reconocible. Pero el consejo también anda con las antenas bien atentas porque al parecer hay ámbitos informativos que han de quedar entre algodones, como los que afectan a la presidencia del Gobierno y sus ramificaciones judializadas.
Tanto intentar descubrir y «verificar» los bulos, que al final la información se vuelve materia inflamable; simple y llanamente incomprensible. Penitencia: ver un poco del Horizonte de Iker Jiménez (Cuatro). En el terreno de la confusión los cuentos de la pequeña pantalla se crean para admirar al lobo, no a Caperucita que es lo woke.
Desde luego, las imágenes de las televisiones dedicadas a los escombros de Palestina, Ucrania, Siria, Yemen, etc. avinagran nuestra mirada y provocan el efecto inverso. La admiración no es ya para la abuelita de Caperucita, para la parte débil, sino directamente hacia el lobo. ¿Será posible que la televisión nos convierta en fieles seguidores de personajes, partidos e ideas asociados al Thanatos?
Escribe Ángel San Martín
