Las televisiones en el aniversario de la DANA

Es posible que cuando vean la luz estas líneas, las reivindicaciones proclamadas estos días se hayan satisfecho, al menos parcialmente. Sorprende, por infrecuente, la unánime animadversión ante la negligente gestión del president. Nunca se había exigido de tantas maneras y con tanta insistencia, que alguien abandone el cargo por incompetente. Tampoco casi nadie, la verdad, había dado tantos motivos como el ciudadano Mazón.
El hecho es que la tragedia y su gestión están proporcionado un suculento pastel temático para las tertulias de televisión. Horas y más horas de platós con entrevistas, declaraciones, bulos, filtraciones, recortes de prensa, extractos de documentos judiciales, todo hiperventilado ante las cámaras de televisión.
Es el espectáculo que propician los ámbitos políticos más conservadores para presentar en diferido el efecto de su errática gestión. Las televisiones recogen todos esos materiales, los convierten en un atractivo formato audiovisual y lo lanzan para cautivar a sus audiencias. Ciudadanía que se queda atrapada en un discurso tan seductor como falaz que solo fomenta la ignorancia y el conservadurismo irredento.
¡Pero esto no es nada nuevo! El manejo de las estrategias de comunicación a interés de una parte ha sido estudiado críticamente por el recientemente fallecido sociólogo belga Armand Mattelart. Con sus trabajos contribuyó a desvelar cómo el Pato Donald, la concentración empresarial de los grandes medios de comunicación o la videovigilancia, servían al imperialismo cultural belicista y patrimonial.
El primer aniversario de la DANA, la denuncia de nuevos casos de corrupción, coincidiendo con el libro de memorias del emérito o el juicio al fiscal general, proporcionan combustible de primera mano para los platós de televisión. Terreno propicio para saturar con informaciones, imágenes, análisis torticeros, intoxicaciones y ocurrencias, unas con ironía como las de El intermedio o revanchistas como en Todo es mentira (Cuatro), además de los afinados comentarios de Buenafuente (Futuro imperfecto) o de Marc Giró en Late Xou.
Lo paradójico es que tantas horas de pantallas han contribuido en muy poco a conocer con exactitud cómo se gestionaron las horas de la barrancada o qué principios tienen quienes ocupan los despachos de la cosa pública. Constantemente se ha de recurrir al diferido para discernir si estamos en el terreno de la verdad o de lo verosímil. Como si esto último fuera lo que mayormente cautiva a las audiencias con la atención cada vez más dispersa.
¿Cómo es posible, cabe preguntarse, que esté sucediendo todo esto en una sociedad moderna como se dice que es la de estos lares? Con tantas horas de tertulia televisiva, no se estarán auspiciando cambios del orden cultural y de las instituciones en las que se fundamenta. De ahí que el desplante de Mazón o la rapiña de Ábalos no sea más que otra patada a la pelota de la democracia, como lo fueron los fuegos de este verano, los fallos del sistema andaluz de salud, la escasez de vivienda y de alimentos, los asesinatos en Gaza, el unilateralismo corporativo que impone Trump en el Sahara o la criminalización de la inmigración. En definitiva, algo sustantivo no está funcionando en el modelo de convivencia y lo malo es que la extrema derecha lo aprovecha.
Los magazines de las distintas cadenas, sean matutinos o vespertinos, en todos se articula un relato muy homogéneo, tanto con imágenes, testimonios y comentarios sobre la barrancada de hace un año y el desastre provocado en diversas poblaciones valencianas y castellanomanchegas. En el Mañaneros 360 (La 1), con la incorporación de Javier Ruiz y Adela González, adoptan un tono de narración deportiva tan exagerado que no parece muy apropiado para hablar de los desplantes a las víctimas ni de los largos aplausos de un nutrido grupo de cargos de la Generalitat Valenciana a su jefe.
En El Intermedio (La Sexta), sobre todo el día del homenaje a las víctimas, tampoco ofreció algo diferente. La tarea entrañaba riesgos, de ahí que todo el programa desplegara un humor contenido y respetuoso. Eso sí, anunciaron insistentemente que después de ello estaría Ana Pastor desde Valencia haciendo El Objetivo que, poco nuevo añadió, salvo volver a entrevistar a varias víctimas de la DANA y reciclar otras ya emitidas. El tono y las imágenes eran de una enorme tensión emocional, lo cual impresionaba mucho pero no añadía elementos nuevos para entender la circunstancia vital de estas personas. Contestar a ¿por qué están como están o por qué siguen casi igual que hace un año?
Pese al impacto que tienen las televisiones (Rosalía dixit), ningún programa se ha desmarcado del patrón de imágenes y sonidos de la barrancada. Tendencia que se puede constatar tanto en El programa de AR (Tele 5) como en el presentado por Sonsoles Ónega en Antena 3. A la cita tampoco han faltado programas tan promocionados y que poco a poco se van quedando en casi nada como es el experimento de TVE con Malas lenguas (próximo a la crónica negra), Directo al grano que cuenta con la copresentación de Marta Flitch/Gonzalo Miró y un estilo de comentar sus contenidos un tanto extemporáneo.

El día de autos en este programa se anunció un reportaje especial titulado 37 minutos a oscuras. Dedicaron ese tiempo a desvelar qué pudo pasar con Mazón durante ese tiempo, pero sin conseguir poner luz en medio de tanto desaguisado. Tampoco La Sexta ha eludido esfuerzos sobre el tema al que se volcaron con El Objetivo de Ana Pastor, Al Rojo Vivo y los especiales nocturnos de La Sexta Xplica moderado por el saltarín José Yélamo.
El esfuerzo informativo también se ha notado en À Punt con su magazín: Connexió Comunitat Valenciana. Cierto es que el día 25 de octubre, celebrándose la mayor manifestación en esta comunidad, la televisión autonómica tiró del diferido para ofrecer una corrida de toros de hace unos años, mientras el resto de las televisiones la retransmitían en directo. Y con el diferido sigue À Punt si ficha ahora a Toni Cantó, mientras algunos de sus profesionales formalizan la objeción de conciencia. Pero ¿qué pretende el Gobierno de España lanzando un anuncio en hora punta sobre la «reconstrucción»?
En definitiva, la mayoría de estos programas entrelazan pequeñas piezas con las que construir un relato televisivo cuyo objetivo prioritario no es tanto arrojar luz sobre algún hecho o fenómeno. Ni siquiera el intento de Jacob Petrus en Aquí la tierra (La 1), consiguió hacernos comprender cómo se formó y evolucionó la tormenta y los tornados de aquellos días. Es cierto que valiéndose de los simuladores atmosféricos y de la realidad aumentada nos permitió ver la evaporación del agua, la virulencia de los tornados y hasta la cantidad de piscinas olímpicas que se hubieran podido llenar cada minuto con el agua caída en Turís ese día.
En diferido o en directo, la programación de televisión generaliza unos formatos que, parafraseando a Hannah Arendt, solo hacen que banalizar la actualidad, ya sea política, económica o cultural. Ahora bien, el mérito no es exclusivo de la televisión, contribuyen a ello tanto las redes sociales como la estructura empresarial de los grandes grupos de comunicación. Su interés por los principios democráticos es inversamente proporcional al que mantienen por los beneficios económicos… y políticos.
Escribe Ángel San Martín
