¡Qué verde era mi valle! (How green was my valley, 1941), de John Ford

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El cine como creación inextinguible

A mi amigo Alberto Lardiés Galarreta.
«Sólo recuerdo la emoción de las cosas».
(Antonio Machado)

A pesar de que la mayoría de los cinéfilos nos hemos acercado al cine de John Ford a través de sus largometrajes del Oeste, en cimeras películas como La diligencia (1939), Fort Apache (1948), Centauros del desierto (1956) o El hombre que mató a Liberty Valance (1962), Ford fue mucho más que un director de wésterns, aunque él contribuyó como nadie a engrandecer esté género cinematográfico.

Ford, al igual que Jean Renoir o Fritz Lang, empezó su carrera en el ámbito del cine mudo, rodando medio centenar de obras en las décadas de 1910 y 1920, y solía asegurar que los trabajos de los que más orgulloso estaba no eran wésterns, sino largometrajes de otros géneros.

En este sentido, un filme como ¡Qué verde era mi valle! (1941) entronca con otras obras maestras de la trascendencia de Las uvas de la ira (1939) o El hombre tranquilo (1952), y acaso suponga una lograda síntesis de la dimensión sociopolítica de la primera y el alcance romántico de la segunda. Escribir sobre este gigante del cine es un ejercicio de admiración y responsabilidad, porque John Ford es un creador que representa en el cine lo que Bach o Mozart en la música, Shakespeare o Cervantes en la literatura, Velázquez o Van Gogh en la pintura: figuras totalizadoras de sus respectivas vertientes culturales, que las consolidan, incluso las superan, convirtiéndose en faros de la cultura intemporales.

La infancia, una época clave

¡Qué verde era mi valle!, en sus cerca de dos horas de metraje, nos habla de la historia de una familia de mineros galeses, pero, en su grandeza, en su amplitud y perdurabilidad, nos está hablando de la vida, de la vida de cada uno de nosotros en sus distintas coyunturas temporales, espaciales, personales. Porque todos hemos sido alguna vez y hace mucho tiempo como Huw Morgan (Rody Mcdowall), el niño de la película, y empezamos a descubrir el mundo gracias a nuestros familiares. En el pasado, en la infancia, existía una fascinación similar a la que siente Huw cuando ve a su padre y a sus hermanos mayores regresar de la mina; cuando se abraza con ternura a la madre; cuando se inicia la estación de la primavera y la luz entra por la ventana; cuando pasea de la mano de su padre o del sacerdote Mr. Gruffydd por las colinas de su pueblo; cuando abre un libro: La isla del tesoro.

Posee ¡Qué verde era mi valle! un carácter retrospectivo, memorístico, que queda reforzado por el prodigioso empleo de la voz en off, enunciada por Huw, un Huw adulto, cincuentón, que antes de marcharse de su pueblo —Ford, sutilmente, no nos ofrece el rostro del hombre, sólo sus manos y su cuerpo mientras recoge su escaso equipaje material— va a reconstruir en base a su memoria la historia de su familia y la vida del pueblecito minero varias décadas atrás.

Esa rememoración, cargada de autenticidad, pues se recuerda únicamente lo que conmueve al corazón, constituye la base del filme. El vasto equipaje de Huw se halla en su interior: son los recuerdos. El magistral uso de la voz en off, así como toda la recreación del universo infantil y todo el potencial nostálgico, influyeron en otras grandes películas posteriores como Matar un ruiseñor (1962), de Robert Mulligan.

La conflictividad sociopolítica

En ¡Qué verde era mi valle!, sobre todo al inicio, existe una armonía en la familia y en la vida del pueblo galés que tiene mucho de paraíso, de mundo feliz. «Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia», dice don Quijote en el discurso de la Edad de Oro. Y las palabras del caballero andante parece que recorren las primeras secuencias de la película, filmadas con el influjo de los cuentos infantiles.

Sin embargo, esa dicha, esa cotidianeidad alegre, se romperá por los problemas laborales en la mina. Los hermanos de Huw se rebelarán ante la bajada de salarios y promoverán la unión sindical. El padre, Mr. Gwillym, un hombre bueno, honesto, sencillo, no respalda ningún tipo de reivindicación socialista. La problemática del trabajo se traslada a la familia de Huw, que se resquebrajará. Los hermanos mayores se marcharán del hogar, habrá una huelga de varios meses. La primavera supondrá su retorno a la casa y al trabajo, una efímera vuelta al primitivo equilibrio. Más tarde, dos de ellos emigrarán a América; otros dos serán despedidos y también buscarán el pan fuera de Gales.

Con 40 años, después de haber visto ¡Qué verde era mi valle! varias veces desde mi juventud, sigo comprendiendo las reivindicaciones de los hermanos de Huw, pero ahora, a diferencia de mi adolescencia, comprendo también al padre, su desconfianza de la política y de la palabrería, su temor de que se rompa la unidad familiar, más sincera y honda que cualquier sindicalismo. En la secuencia en la que los hermanos se marchan de la mesa tras discutir con el padre, Ford, que es un maestro, vuelve a recurrir a la sencillez y la ternura: en la mesa sólo quedan el padre, presidiéndola, y el pequeño Huw, alejado, en una esquina. Unos segundos de silencio, incómodos segundos por la tensión precedente, y entonces el niño, que no sabe qué decir, pero quiere que su padre sepa que él no se ha levantado, tose. El padre dice con sobriedad: «Hijo, ya sé que estás ahí».

Resulta asombroso cómo Ford maneja todas las tramas del filme, todos los materiales temáticos: la infancia, la familia, el cosmos laboral y sociopolítico.

Miradas de amor

Resulta asombroso cómo Ford maneja todas las tramas del filme, todos los materiales temáticos: la infancia, la familia, el cosmos laboral y sociopolítico. A todas estas ramas de un vigoroso árbol fílmico se suma con un brillo potentísimo la historia de amor entre Angharad (Maureen O’Hara), la hermana de Huw, y el pastor religioso Mr. Gruffydd (Walter Pidgeon).

Desde la primera mirada entre ambos, surge el idilio sentimental. Los bellos primeros planos, encantadores, dan cuenta, a lo largo del largometraje, de todo el caudal de sentimientos que hay en los corazones de ambos. También se expresan su amor por diálogos, pero adquieren más profundidad esas miradas legendarias, de las más emotivas de la historia del cine, así como esas escenas simétricas, correlativas, tan queridas por Ford, donde Angharad ve a su amado a través de los cristales de su casa. Su amor no triunfa por el peso de la tradición religiosa, que hace que Mr. Gruffydd no emprenda una nueva vida con la joven, y por un matrimonio, muy decimonónico, que promueven el padre de Angharad y el jefe de la mina con un hijo de este, y que fracasará porque Angharad está enamorada del sacerdote.

En una entrevista, leí al cineasta Ricardo Franco que afirmaba: «Por mucho que dos personas se quieran, no significa que vayan a estar juntas». Maureen O’ Hara, esplendorosa en ¡Qué verde era mi valle!, protagonizará otras dos cumbres del cine de Ford: Río Grande (1950) y El hombre tranquilo (1952).

Sencillez y belleza en la narración cinematográfica

La película también es ejemplar en su fluir narrativo, en el dinamismo con el que refleja el paso del tiempo, también en la infancia de Huw. A este respecto, son preciosos los enlaces de secuencias mediante encadenados, y el subrayado de las elipsis o de la separación temática de escenas por medio de los fundidos en negro. John Ford cuenta en sus películas historias, historias humanas que nos emocionan. Esa agilidad narrativa, que nunca cae en lo pesado o en la pedantería, sólo la he apreciado en el cine de Wilder, aunque el cine de Wilder y el de Ford sean muy distintos.

En ¡Qué verde era mi valle! también resplandece el humor, otra seña de identidad de la filmografía de Ford: en varios diálogos de la madre, en los personajes de los boxeadores o en la escena en que el padre recibe descalzo al jefe de la mina. A su vez, como ocurre en otras películas de Ford, las canciones, cual pasa en el teatro de Lope, afirman el humanismo y la vitalidad del enfoque cinematográfico y favorecen la cohesión de la comunidad minera: se canta al regresar de la mina, se canta en las fiestas, se canta en las bodas.

Por su parte, podemos decir que el cine de Ford alberga un componente poético importantísimo, ya desde el precioso y metafórico título: ¡Qué verde era mi valle! Pondré dos ejemplos de secuencias protagonizadas por Huw: la primera, el niño en la cama, convaleciente por su caída en la poza de agua helada, varios meses sin levantarse, ayudado por el amor de sus padres y de sus hermanos, por el sacerdote, por la lectura de Stevenson. De pronto, llega la primavera con todo su potencial simbólico. ¿Cómo recrea Ford la llegada primaveral? Una ventana abierta, una suave luz y dos pajarillos que se posan, tiernos, en el alféizar, y empiezan a danzar y cantar.

Y la segunda, a continuación, cuando Huw, en compañía de Mr. Gruffydd, da sus primeros pasos tras la convalecencia, en la colina, rodeado de flores y de ese árbol, que no sólo es un árbol, sino el símbolo del tiempo: el pasado, el presente, el porvenir. Y qué decir del final sintético y correlativo, tan entrañable, que décadas después fue tomado como referencia por Sergio Leone en Érase una vez un América (1984) para reconstruir, recordando, a través de una serie de imágenes encadenadas la historia de amistad entre Noodles y Max.

Huw, en compañía de Mr. Gruffydd, da sus primeros pasos tras la convalecencia, en la colina, rodeado de flores y de ese árbol, que no sólo es un árbol, sino el símbolo del tiempo.

Cine y vida, vida y cine

Uno de mis mejores amigos se llama Alberto Lardiés Galarreta. Navarro, de Castejón, es un hombre bondadoso y culto. Y un excelente periodista. En la actualidad, vive en Vitoria con su compañera y con sus dos hijos pequeños. Conocí a Alberto hace más de veinte años en la facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. En las horas libres, o cuando faltaban profesores, o en cualquier rato de la mañana o de la tarde, vimos juntos, y en compañía de otros buenos amigos, numerosas películas en la videoteca de la facultad. El cine afianzó nuestra amistad y amplió nuestra mirada. El tiempo pasó, los surcos del azar machadianos trajeron alegrías y tristezas. En septiembre de 2017, falleció el padre de Alberto. Mi amigo estaba muy unido a él. Años antes, en 2010, había fallecido mi hermano Jorge, la luz más grande de mi vida. Alberto me ayudó mucho en un período muy difícil. Al enterarme del fallecimiento de su padre, subí en autobús a Castejón. Conmigo llevaba un DVD de una película que pensé que ayudaría a mi amigo: ¡Qué verde era mi valle!, de John Ford. Dentro de la carátula, escribí conmovido unas palabras de corazón.

«Debes crear un nexo entre el hecho de que en los momentos más auténticos eres inevitablemente lo que fuiste en el pasado y el hecho de que sólo las cosas recordadas son verdaderas».
(Cesare Pavese)

Escribe Javier Herreros Martínez

¡Qué verde era mi valle! (How green was my valley, 1941), de John Ford.