Comedia arriesgada, elegante, y brillante Miriam Hopkins

Thomas B. Chambers (Fredrich March) y George Curtis (Gary Cooper) son respectivamente un autor teatral de obras que nunca llegan a representarse y un pintor que no ha conseguido encontrar su lugar en el mundo del arte. Ambos llevan años habitando una pobre buhardilla del barrio parisino de Montmartre y viviendo de milagro, pues apenas tienen ingresos.
En un viaje en tren conocen a Gilda Farrell (Miriam Hopkins) una publicista avivada, decidida y de fuerte personalidad; mientras ellos duermen, Gilda les hace una caricatura a ambos. Al despertar les muestra el dibujo y quedan un poco perplejos por los retratos; ella les dice que es publicista y bastantes cosas más. No tardan en sentirse atraídos por la joven. Lo cual acaba traducido en amor: ambos enamorados. Pero ella es incapaz de elegir a uno y les propone vivir con los dos y dedicarse en cuerpo y alma a impulsar sus carreras artísticas. Y aceptan la idea de vivir amistosamente los tres juntos.
Deliciosa cinta de Ernst Lubitsch, que demuestra de nuevo la capacidad de este enorme cineasta para la comedia corrosiva, satírica, de un humor gaseoso, intrépido e inteligente. El filme es el resultado de la adaptación de una pieza de teatro original Noël Coward, obra que subraya aspectos tan humanos como el amor, los celos y el complejo mundo de las relaciones sentimentales.
Con esta comedia, Lubitsch hizo patente el origen europeo de gran parte del cine americano clásico, contando además con tres figuras hollywoodiense del momento, como Gary Cooper, Fredric March y Miriam Hopkins. March acababa de ganar el Oscar al mejor actor por El hombre y el monstruo, 1931, de Rouben Mamoulian, filme que no fue estrenado en las pantallas españolas, en el cual también participó Miriam Hopkins.
Historia insólitamente moderna para su época
De modo que se enamoran, ellos de ella y ella de ellos. Gilda, en un rapto de modernidad para la época, queda prendada de ambos. Ella lo explica en una maravillosa escena en la que dice que Tom y George son como dos sombreros muy distintos, cada uno con sus peculiaridades que los hacen especiales, y ama tanto a uno como al otro.
Como sucede a menudo, el flechazo no es inmediato, incluso se caen mal. En la secuencia inicial Lubitsch demuestra que no necesita que los personajes hablen hasta que transcurren varios minutos. Incluso, a lo largo de la historia prefiere el gesto mudo al diálogo, con cuanto sugiere el silencio.
Los protagonistas son presentados de un modo muy ingenioso, ellos están durmiendo y ella los retrata en sendas caricaturas; al observar los dibujos, George discute sobre los parecidos y así podemos intuir la gran amistad que le une con Tom.
En fin, que esta conversación lleva al descubrimiento de que los tres comparten nacionalidad, que Gilda es publicista, que Tom escribe obras de teatro que nunca se estrenan, aunque dice ser muy bueno, y George pinta cuadros que no se venden y que no le gustan a Gilda lo más mínimo.
Unas horas de viaje después, los tres parecen inseparables. Al llegar a París, el triángulo se pone a prueba; los dos intentan conquistar a la mujer que es incapaz de decidirse. Y hay un cuarto elemento, Max Plunkett (más que sensacional Edward Everett Horton), jefe y confidente de Gilda, que habla de moralidad, virtud o comodidad. También él está muy interesado en la joven, y su interés por la mujer es igualmente amoroso, o sea, igual que el de los otros hombres. Si se muestra amigable y protector es porque, sencillamente, está celoso y anhela quedarse con ella.
Los celos obviamente afectan a George y Tom en un principio, al tomar cabal conciencia de que persiguen a la misma mujer, pero cuando Gilda revela sus sentimientos y les dice que la competición es absurda, los tres llegan a «un acuerdo de caballeros» con el que intentarán permanecer juntos felizmente.
Ella, a partir de ese punto, reparte y distribuye su tiempo entre los dos hombres, ayudándoles con sus respectivas carreras, que claramente están necesitadas de una musa y de una directora que conduzca sus producciones. Todo ello sin sexo.

Así será al menos mientras los tres vivan en la misma ciudad. Es sorprendente encontrar una película del Hollywood de los años 30 sobre un ménage à trois donde además la mujer ocupa el lugar que habitualmente está reservado para personajes masculinos, que abarca la sexualidad de una manera tan abierta, tan «europea». Aún hoy las películas que nos llegan de Estados Unidos ofrecen una visión muchísimo más convencional en torno a las relaciones amorosas, y una salida de tono del rol de la mujer como el que plantea Lubitsch avergonzaría a mucha gente.
De hecho, el filme tuvo que esquivar la censura para llegar a los cines, algo a lo que Lubitsch tuvo que acostumbrarse a lo largo de su carrera. La famosa magia del indescifrable «toque Lubitsch» y un reparto formidable con evidente sintonía entre los protagonistas son media película. Ambos hombres, y el tercero en liza, aciertan a convertir esta obra en una comedia romántica inmortal, insolente y placentera que conserva su frescura de manera extraordinaria. Como si hubiera sido ayer el día de su estreno.
Dirección y guion
Esta joyita tiene los tres puntos fuertes que necesita una gran comedia: una dirección precisa y afilada; un guion perfectamente engrasado del que llama la atención cualquier escena o citar cualquier diálogo; y un grupo de actores competentes e incluso maravillosos para sus papeles.
La dirección de Lubitsch es sensacional y poco más cabe decir. Elegante, con variadas indirectas fuera de plano y muchas escenas tan increíbles que no hacen falta palabras (basta incluso con ver el comienzo de la película), lo cual demuestra una vez más la razón de por qué Lubitsch era el maestro de la comedia sofisticada.
Como curiosidad, la película está basada en la obra de teatro Design for living (título original de la película), escrita en 1932 por Noël Coward, con notable éxito. Sin embargo, Ben Hecht reformó la historia de arriba a abajo, reescribió todos los diálogos y la única frase que sobrevive de la obra de teatro original es una frasecilla, graciosa pero intrascendente. Esta fue una de las grandes críticas que se le hizo a la película, que se alejaba bastante de la exitosa obra original. Sin embargo no impidió para que fuese también la cinta un gran éxito el año de su estreno.
Puede considerarse que el guion tiene un pequeño descenso de ritmo hacia la mitad del metraje, lo cual se entiende y comprende por el comienzo tan potente que tiene, pero esta leve bajada de tono es sobradamente compensada con unos diálogos geniales, de esos que uno puede anotar para citar en alguna charla e incluso en cualquier ocasión de la vida cotidiana, pues de este tipo de películas se aprende mucho.

Un reparto de lujo
Para los papeles masculinos principales los productores eligieron, al parecer tras una dura criba, a Fredric March y Gary Cooper que encarnaron a Tom y George, dos amigos con inquietudes artísticas y escasa fortuna, que mientras viajan en tren camino a París conocen a una compatriota, Gilda, interpretada por Miriam Hopkins. Habrá un cuarto actor genial: Edward Everett Horton.
Los cuatro intérpretes hacen un sensacional trabajo de química y sintonía, con un repertorio interpretativo maravilloso y una presencia en pantalla que no se puede olvidar toda vez que se visiona la película. Pero, veamos, pues me permito hacer una valoración de estos actores y actriz.
En el reparto, en una clasificación, destaco por sobre todo a Miriam Hopkins y su brillante trabajo de mujer que es el centro del amor de tres hombres, nada menos. No es difícil averiguar la razón o razones de que estén enamorados de ella. Es una mujer bella (la Hopkins era conocida por el calificativo de Southern Belle), inteligente, deslenguada, de carácter firme y con capacidad para replicar verbalmente argumentos muy diversos. Hopkins acierta a llenar cada resquicio de su personaje. Podríamos decir que es una mujer torbellino a la que queremos ver en cada momento del metraje. Una actriz versátil, exquisita, pícara, expansiva y un valor principal para Lubitsch en esta producción.
Molly Haskell, crítica de cine y refinada analista del imaginario femenino en Hollywood, intelectual preocupada por la creencia arraigada de la inferioridad de las mujeres, subrayó en su libro de 1974: From Reverence to Rape: The Treatment of Women in the Movies, su particular interés por el trabajo de Miriam Hopkins en esta película.
Según Haskell, en el filme de Lubitsch, «el personaje de Hopkins aparece atrapado entre una ética laboral puritana y un Eros antipuritano, entre un acuerdo entre caballeros y sus propios impulsos poco civilizados. ¿Quién podría igualar la taimada y picara sofisticación de Hopkins en su encarnación de una ingenua extranjera, una mujer que abraza el sexo en parte porque lo anhela, pero sobre todo porque nunca lo ha practicado? ¿Qué otra actriz podría reclamar para las mujeres, con semejante franqueza, el derecho de los hombres a “probarse” diferentes mujeres, como si fueran sombreros, hasta encontrar la adecuada? (…) En la obra de Lubitsch (…) la comedia humana no es un espectáculo ni masculino ni femenino, tampoco es algo exclusivamente profesional, privado o personal. Si las mujeres de Lubitsch son difíciles de encasillar, es porque suelen estar ocupadas tomando nuevos caminos, percatándose de las múltiples caras de su propia personalidad».
Hopkins representa un papel que puede uno imaginar que no es sino el que siempre hacía: un rol que trasciende los límites de la narración, un personaje que gira en torno a una «feminidad emancipada».

Un poco más abajo en este ranking actoral colocaría prácticamente empatados a Edward Everett Horton y Fredric March. El primero, interpreta a un fiel amigo de Hopkins, un pretendiente en la sombra cuyo personaje lo define muy bien. Everett está estupendo como la representación de la normalidad, la corrección y la moralidad imperantes, sabiendo moverse entre los distintos componentes del trío con una gracia y una soltura que hace destacar a un personaje que sin nuestro actor habría quedado en una posición más eclipsada. Divertida es la frase que repite y que el dramaturgo pone en boca de uno de los personajes de su teatro: «Sólo tengo una cosa que decir, la inmoralidad puede ser divertida pero no suficiente para sustituir un cien por cien de virtud y tres comidas al día».
March, por su parte, interpreta al dramaturgo, un hombre sensible y comprensivo, con un trabajo que nos presenta a un escritor y a un ser claramente afeminado y divertido a la vez. Parece como si Lubitsch le hubiera pedido a March que interpretara a su personaje para que el público percibiera en él, sutil pero claramente, a un genuino gay.
Un par de escalones por debajo está Gary Cooper, el más flojo del reparto, quizá el que menos encaja. Cooper parece un poco incómodo en el papel, pues como es sabido, suele hacer siempre de hombre machote y único en escena. Aquí ha de compartir con otro varón, no sólo hábitat, sino incluso fémina. Así y todo, cumple sobradamente. A lo cual colabora la buena onda cómica con March y la propia Hopkins.
Concluyendo
Es una obra encantadora que nada tiene que ver con tanta cosa burda o gruesa como se ha visto en el género comedia. Es una cinta elegante, bonita, con mucho encanto y que, a pesar de abordar asuntos y temas truculentos supuestamente (triángulo amoroso, infidelidad, etc.), sale airosa. Quien la vea, al acabar, se sorprenderá con una sonrisa en los labios.
En definitiva, una joya a descubrir seguro por muchísimos aficionados, jóvenes y no tanto. Una película creo que mal conocida, incluso dentro de la filmografía de Lubitsch. Obra que nos obsequia con hora y media de carcajada inteligente, diálogos sensacionales, anécdotas agudas, momentos fantásticos y un grupo de actores que da gusto verlos. Amén de un tratamiento del tema central que sorprende mucho y gratamente. Con una secuencia última entusiasta.
Escribe Enrique Fernández Lópiz
