El bazar de las sorpresas (The shop around the corner, 1940), de Ernst Lubitsch

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Maravillosa, encantadora, única… y con adaptaciones

Al poco de terminar Ninotchka (1939), Lubitsch empezó a filmar esta película, la cual acabaría en poco menos de un mes.Se realizó secuencialmente, en el mismo orden de la cinta y con un costo inferior al medio millón de dólares. Dijo Lubitsch, en plan modesto: «No es una gran cinta. Es sólo una historia pequeña y tranquila… no costó mucho considerando el reparto… Espero que tenga algún encanto».

Pero estamos ante una joya de nuestro director, una comedia sobre la gente común, sobre la vida cotidiana, sin lujo decadente ni oropeles que distanciaban a sus personajes de lo que el público vivía y sentía.

El origen de la historia arranca en Illatszertar (Parfumerie), drama húngaro de 1937 compuesto por Miklós László; prosigue en la adaptación que hicieron Samson Raphaelson, guionista habitual y mano derecha de Lubitsch; y culmina con la química entre sus actores, James Stewart y Margaret Sullavan, antagonistas durante prácticamente todo el metraje, debido a una confusión de identidades que es central en la historia.

Stewart despliega, como suele hacer con su magnífica y confiable presencia fílmica, un rol a caballo entre la seguridad varonil y el desparpajo. Para Lubitsch, Stewart era la antítesis del ídolo, alguien capaz de cautivar al público sin tener un rostro apuesto, una presencia sensual o un estilo seductor.

La historia

Hugo Matuschek (Frank Morgan), jefe de una afamada tienda de obsequios de regalo en Budapest, entra cada mañana al establecimiento, donde le esperan sus respetuosos empleados. El Sr. Matuschek recela de un tímido empleado de nombre Alfred Kralik (James Stewart), pues cree que se la pega con su esposa, al cual acabará despidiendo. Pero no por mucho tiempo.

El el dueño no tarda en darse cuenta de su error y entonces lo nombra jefe de la tienda mientras él convalece en el hospital por un intento de suicido, y le indica que debe despedir al culpable, un presuntuoso empleado a quien nadie soporta.

Matuschek y Compañía es una empresa seria, lo que no quita para que Kralik responda al anuncio de un periódico comenzando y manteniendo en el tiempo, un romance anónimo por carta con una señorita desconocida. Hete que entra una mañana en la tienda una tal Klara Novak (Margaret Sullavan), mujer que busca empleo. En contra de la opinión de Alfred, Novak exhibe gran capacidad para vender cualquier cosa y Matuschek queda gratamente impresionado, y la contrata como dependienta.

En el trabajo, Alfred discute constantemente con ella, sin sospechar, él ni ella, que es la mujer a quien escribe cada día, y al revés. Alfred prepara su primer encuentro con su misteriosa amante y se encuentra, inopinadamente con la «anodina» compañera de trabajo Klara, que resulta ser su idealizada dama.

La médula del argumento

Lo central del argumento es el cuento de dos jóvenes que contactan a través de un anuncio clasificado, desarrollan una intensa relación epistolar sin conocerse personalmente y sin tener ni idea de que trabajan en el mismo lugar, siendo que como compañeros apenas se toleran. Ella, Klara, es una vendedora y él es Alfred, el hombre de confianza de Matuschek y Compañía. Todo ello en un bazar que vende artículos importados de lujo, localizado en la lejana Budapest.

Las personas del bazar son personas sencillas, trabajadores asalariados a las órdenes de un patrón con altibajos emocionales. Lubitsch se sintió muy cercano a esa historia y así lo comentó: «En Budapest conocía una tiendecita exactamente así… Las relaciones entre el jefe y los empleados son casi iguales en todas partes del mundo, me parece a mí. Todo el mundo tiene miedo de perder su trabajo y todo el mundo sabe cómo las pequeñas preocupaciones humanas pueden afectar a su trabajo. Si el jefe tiene la digestión un poco pesada, es mejor tener cuidado y no buscarle las cosquillas; cuando las cosas le han ido bien, su buen humor se refleja en todos los empleados».

Son personajes giran en torno al trabajo, como una familia presidida por la figura paternal del jefe. Se les ve en pantalla generalmente en su sitio, afanados, contentos de las ventas, como haciendo patria, como alegoría de una especie de pilar de la estructura social y defensores de los valores democráticos.

El otro factor aglutinante de los personajes son sus sentimientos, su fragilidad emocional dependiente de un gesto, de una llamada, de una carta, de unas palabras. En esta obra, el adulterio no se ve como un gesto inteligente por encima la norma social, o algo sobre lo que alardear e incluso hacer alguna chanza, sino como un hecho reprobatorio que duele, que conmueve y con daños colaterales en ese microcosmos de la tienda.

El encanto del filme viene traído de la mano y arropado por una mirada nostálgica del estilo de vida y de la Europa ideal

También la decepción amorosa se nos muestra como un acontecimiento capaz de trastornar la vida de alguien, de enfermarlo e incluso de poner su vida en serio riesgo.

Son seres a merced de sus sentimientos, hombres y mujeres sencillos que giran en torno a ellos. Pero Lubitsch no bromea con esta fragilidad, no hace broma alguna para provocar risa. Más bien se conmueve y acompaña a sus personajes con cariño y en pos de una felicidad anhelada.

Girando a su alrededor hay personajes secundarios interpretados por actores europeos como Felix Bressart y Josef Schildkraut, seres reales que a veces sufren pero que serán, en general, bien tratados por el destino.

Algunos apuntes de interés

El encanto del filme viene traído de la mano y arropado por una mirada nostálgica del estilo de vida y de la Europa ideal y prospera que la cercanía de la Segunda Guerra Mundial amenaza destruir. Se ambienta además en fechas navideñas, por lo que los sentimientos están a flor de piel; especie de fábula navideña donde los personajes devienen felices después de sufrir penurias varias (recuerda a Capra). Pero no es una cinta moral, es comedia romántica cuyo ingenio festivo y algunas pizcas dramáticas de fondo provocan la sonrisa y cierta satisfacción del ánimo.

No me parece que sea una película innovadora formal ni técnicamente, pero sí concita el compromiso y el interés del espectador, desde el momento en que le es revelada la sorpresa principal de la trama: para su asombro, Kralik se entera que Klara es su adorada, mientras en la cotidianeidad, en el trabajo, se enfrentan permanentemente. Si bien Kralik avant la lettre, o sea, a modo de precursor, adivina o, mejor, conoce la identidad de Klara, antes que ella y antes del final del cuento.

Esta situación crea un vínculo emocional con el espectador y hace a un suspenso romántico que va a durar casi hasta la brillante conclusión del filme. Es decir, cómo va acabar esta historia, qué va a suceder, que pasará cuándo lo sepa, y de esta manera Lubitsch nos hace cómplices del secreto, nos tiene en sus manos a falta de saber cómo se va a resolver este entuerto tan tierno como humano. Lubtisch declaró: «Para la comedia humana, pienso que nunca fui tan bueno como en El bazar de las sorpresas. Nunca hice una película en la cual la atmósfera y los personajes fueran más sinceros que en esta cinta».

Ernst Lubitsch, fundador de la llamada «comedia refinada» y de su propio estilo, hace una dirección brillante y exquisita.

Dirección, guion y reparto 

Ernst Lubitsch, fundador de la llamada «comedia refinada» y de su propio estilo, hace una dirección brillante y exquisita de esta comedia encantadora. Tiene un guion igualmente genial, de Raphaelson (y un no acreditado Ben Hecht), adaptación de la obra teatral de László, exitoso dramaturgo húngaro. Música deliciosa de Werner R. Heymann y fotografía muy buena en blanco y negro de William H. Daniels de una nitidez y una claridad maravillosa.

En el reparto destaca la figura de un jovencísimo James Stewart, con su amada «anónima» Margaret Sullavan (ambos excepcionales); y les secunda un grupo de superlativos actores y actrices como Frank Morgan (grande en el rol de jefe), Joseph Schidkraut (el odioso empleado), Felix Bressart, William Tracy, Sara Haden, Inez Courtney, Sarah Haden, Inez Courtney, Sarah Edwars, Edwin Maxwell, Charles Halton y Charles Smith. Todos más que mejor.

Cuando la vi por primera vez pensé lo mismo que la segunda y posteriores: ¡qué cosa más sencilla y deliciosa! Claro es que lo sencillo sólo lo pueden hacer los grandes como Lubitsch, algo que parece simple, pero que es complejo, que parece una escueta comedia de enredos, pero es algo más, sobre todo porque hay en ella un aluvión de frescura y vitalidad.

También incluye la cinta un amplio estudio sobre el ser humano, las virtudes y los rincones ocultos de hombres y mujeres, la grata sorpresa de poder ver que, a pesar de todo, la esperanza en un mundo mejor es posible. Con un ánimo que presume alcanzable lo que se desea.

Tiene este filme, como casi todos los del maestro Lubitsch, un abordaje irónico especial al que se denominó el «toque Lubitsch», que usaba no solo para saltarse la censura, sino también para complicar la trama, enredar, divertirse y para hacer ambiguas las situaciones, una ambigüedad que por lo común encierra un soterrado mensaje político, social o sexual.

Weinberg dijo que este toque Lubitsch era un modo de narrar que posee: «los sutiles ingredientes de la ironía, el pathos, la amargura y la risa, todos en uno; muy a menudo es el sarcasmo más anímico que visual que brota de una situación imposible que pueda degradar al héroe o descalificar al genio».

También el filme pone de manifiesto que para descubrir quiénes somos realmente, hay que ejercitar la mentira, que habremos de mentir, actuar con cautela y en forma inteligente y sagaz. Y la pregunta nos plantea si no lo hacemos cada día. Las mentiras, sean piadosas, importantes, pequeñas o mayores tiñen nuestra existencia, incluso más allá de eso que llamamos hipocresía. La mentira en Lubitsch es una herramienta retórica magnífica para encontrar, paradójicamente, la verdad. Como decía Nietzsche: «A lomos de todas las paradojas se cabalga hacia todas las verdades».

La brillante solución de Lubitsch es que surja la verdad con el uso de farsas y ficciones.

Los giros argumentales son muy importantes en este filme. James Stewart es idealista, pero tiene también brotes mezquinos en su rol de Alfred Kralik, muy preocupado por su relación con el jefe de la tienda Hugo Matuschek, y por medrar y ascender. Está igualmente ilusionado con su amor platónico por carta, sin darse cuenta de que ella anda muy cerca. Y viceversa.

Cuando Matuschek contrata a la bonita joven Klara, introduce a la actriz Margaret Sullavan, la protagonista de la película y eje de esta con su actitud neurótica y alocada, que nos encandila con sus diálogos nerviosos e hilarantes. También con su soltura e incluso con su ambición.

De otro lado, el jefe, que se equivoca con Alfred en relación con la infidelidad de su esposa Pepi, acaba reconociendo que el culpable es el odioso Ferencz Vadas (Joseph Schilkdraut) que es despedido, lo que lleva a Alfred a la jefatura de ventas, o sea, al ascenso social, el reconocimiento y la oportunidad de hacer justicia con un tipo mezquino e indeseable, un adulador, un presuntuoso, un seductor, un engreído sin remisión.

El acierto principal de esta obra está en que todos los enredos no solamente sirven como exhibición de progresión dramática, sino que las complicaciones dan cada vez nuevos matices a la historia y llevan la disyuntiva hasta el extremo.

El dilema es que Alfred no revela su identidad para poner a prueba a su presumible futura novia, de la que él se siente enamorado. Entonces es cuando el espectador puede preguntarse si somos las mismas personas ante nuestros amigos o compañeros, que con nuestros amores.

La brillante solución de Lubitsch es que surja la verdad con el uso de farsas y ficciones, lo cual ocurre en la última escena, pero no lo desvelo para que veáis esta película imprescindible que cada vez que la disfruto, me aporta cosas nuevas, ideas nuevas, nuevos interrogantes también.

Éxito y remakes

Tuvo esta película un enorme éxito de taquilla en 1949. A dos años de la muerte de Lubitsch se realizó un primer remake: En aquel viejo verano, un musical dirigido por Robert Z. Leonard, con Judy Garland y Van Johnson. Luego llegaría a Broadway como She loves Me (Ella me ama). Un segundo remake fue Tienes un e-mail (1998), como queriendo darle actualidad a la historia con los nuevos tiempos del correo electrónico.

Ninguna de esas versiones consigue capturar la esencia del filme original, único poseedor de ese «toque» mágico, de ese secreto cautivador que Ernst Lubitsch se llevó consigo a la tumba.

El remake de Nora Ephron: Tienes un e-mail.

Nora Ephron: Tienes un e-mail

Esta que ahora comento es una película romanticona relativamente reciente de Nora Ephron, 1998, en cuya trama Kathleen Kelly (Meg Ryan), la propietaria de una librería de cuentos ve peligrar su negocio cuando una cadena de grandes librerías abre un enorme y surtido local justo al lado de su modesto establecimiento. Cuando conoce a Joe Fox (Tom Hanks), el hijo del dueño de la cadena sentirá inmediatamente por él una gran animadversión. Ambos ignoran que mantienen una relación por correo electrónico. Tiene un reparto donde destacan Tom Hanks y Meg Ryan.

Cuando se estrenó esta película, resultaba aún algo raro recibir un email; era algo tan ocasional como ilusionante y sobre todo muy actual y contemporáneo, lo recuerdo muy bien. De modo que la Ephron pretendió, utilizando las nuevas tecnologías, actualizar la magistral película de Lubitsch.

La cinta tiene sus pinceladas de encanto, en gran medida gracias al buen hacer de la pareja protagonista. Es también ser una comedia inocente, de amor, que en su momento aseguraba una respuesta del público positiva como la publicidad que obtuvo AOL (American On Line), una empresa nueva de Internet que fue quien financió la obra. Por cierto, tres años después AOL absorbió a la Warner. Por poner, sería como si la pequeña tienda de Meg comprara la gran cadena de Tom.

La neoyorquina Nora Ephron (1941-2012), con un guion suyo y de Delia Ephron (hermana menor), construye una divertida y amable comedia romántica muy digerible e incluso simplona, que no tiene empacho en afirmarse como remake de la celebérrima película de Lubitsch y de la obra teatral del húngaro Miklós László.

En este caso se hace bueno el dicho: «Segundas partes nunca fueron buenas». O cuando menos podemos decir que, aunque esta peli es entretenida, es muy inferior a la de Lubitsch, que es una brillante excepción en la historia del cine, nada que ver con Ephron o esta peli de divertimento inocente y afable.

El reparto es quien salva en gran medida la película, con un Tom Hanks que, aunque no esté en su mejor momento, cumple sobradamente; junto a él una bonita Meg Ryan con la cual sintoniza, hay química, aunque la Ryan sea una actriz limitada y no pase suficientemente el corte.

Ni que decir tiene que la cinta fue todo un éxito de taquilla, pues eran los comienzos del correo electrónico, lo cual le daba un plus de interés a la película. Pensemos la publicidad que obtuvo AOL, la fulgurante empresa de Internet patrocinadora de la película.

En fin, película que a nadie daña, que aporta poco o nada y de la que el conocido crítico Roger Ebert del Chicago Sun-Times dijo: «Su atractivo es tan viejo como el amor y tan nuevo como Internet».

Ernst Lubitsch durante el rodaje de El bazar de las sopresas.

Concluyendo

He escrito sobre una película de Lubitsch, lo cual hago con sumo agrado pues es de mis directores favoritos. Su enorme capacidad para sorprender, su enorme talento para un tipo de cine elegante y a la vez sarcástico, y su listado de películas de lujo, hace que Encadenados haya dedicado un monográfico, un Rashomon justificadísimo sobre este cineasta.

Nuestro director, de origen judío y nacido en Alemania (1892-1947), naturalizado en 1933 estadounidense, dio muestra de excelencia y versatilidad dominando géneros como la comedia, el drama, la tragedia, la farsa y el espectáculo.​

Esta película es una de las más populares y próximas a la gente de clase media trabajadora, sin la elegancia o el glamur de otras obras suyas. Y finalmente, he querido mencionar un remake, pero sólo a título de curiosidad. Esta réplica, Tienes un e-mail, la vi fuera de España y coincidía cuando yo empezaba a utilizar el correo electrónico, una manera de comunicación que entonces nos acercaba con enorme facilidad a amigos y colegas muy distantes.

Fue el sucesor de la carta postal manuscrita y también, al menos en mi caso, estuvo de manera importante el fax que cumplía una función de comunicación que utilizaba una línea telefónica para enviar originales escaneados (papel) o recibir datos enviados desde máquinas remotas.

Lo que me dice la experiencia es que, así como ya muy poca gente escribe cartas manuscritas y muy pocos utilizan el fax, el correo electrónico está cediendo paso al WhatsApp, una manera por lo general más breve e inmediata de comunicarnos. Tal vez se le ocurra a alguien versionar esta peli de cartas en prensa, con esta nueva modalidad más breve y rápida: el WhatsApp. ¡Quién sabe!

Escribe Enrique Fernández Lópiz

El bazar de las sorpresas