Montecarlo (1930), de Ernst Lubitsch

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Encantadora e inteligente película

La condesa Vera está a punto de contraer matrimonio con el estirado príncipe Otto. Se abre una cajita con las alianzas y aparecen los nombres: Duque Otto Liebenheim – Condesa Helene Mara. Se despliega la larga alfombra roja para el acto.

En las puertas de una gran mansión, la servidumbre e invitados cantan a coro las bondades del maravilloso y soleado día. El coro de palacio interpreta con gran ardor la canción Day of days (Día de días): Maravilloso día de amor / Día hermoso / Que brille el sol / Día glorioso que hace salir el sol / La belleza reina / Sobre este día de días; unos carteles, pegados en diversos lugares, auguran y anticipan ese día esplendoroso…

Pero hete aquí que al punto rompe a llover en plan diluvio, y lo que vemos luego es que la novia ha huido dejando el vestido colgado sobre una silla. El duque, presa del pánico, grita en tono afeminado y tontón: «¡Papá, papá!». Y a renglón seguido vemos a la condesa corriendo por el andén de la estación y subiendo al vuelo a un tren. Ha decidido dejar al conde e ir en pos de su destino y de su vida. El conde, lastimeramente, exclama: «Es la tercera vez que huye de mí».

Los invitados están muy alterados y piden que se les devuelvan los regalos de boda, pero el padre del novio grita que nunca los Liebenheim han devuelto nada. El criado sugiere una pequeña explicación y el padre le ordena al novio que vaya a darlas. La escena de las explicaciones, con toque musical, no puede ser más graciosa, el duque ha dicho que traerá a la novia a rastras y que habrá boda… algún día.

Cuando vemos a la condesa en el tren con su doncella, ella exclama que ha sido una escapada apurada y que por poco si no se encuentra casada, pero que el traje no le quedaba bien y fue la señal para salir corriendo, que le debe al sastre la decisión, si bien ha perdido la oportunidad de contraer con un hombre rico. No sabe bien a dónde se dirige hasta que, finalmente, consultado el revisor, este le sugiere ir a Montecarlo.

Ella, tan contenta, empieza a hacer cábalas de cuánto ganará en el casino. En la siguiente escena la condesa canta una preciosa canción: «Más allá del horizonte azul, espera un hermoso día, fuera las cosas que me aburren, la alegría me espera la alegría me espera, veo el azul horizonte, mi vida acaba de empezar»…

Fuera, maravillosos paisajes campestres mientras hombres y mujeres saludan y recolectan la cosecha de cereal… bonitas imágenes acompañan la música y a la bella condesa sentada en su compartimento mientras canta.

Cuando acude al famoso casino un hombre muy fino, el conde Rudolph Farriere, caballero de recia estirpe, queda prendado de ella. Él, viendo por un detalle que es supersticiosa, le dice que, si toca su cabello, tendrá buena suerte en el juego. Ella, casi furtivamente, toca su pelo y empieza a ganar en la ruleta como por arte de magia, aunque acaba perdiendo por codiciosa. Al poco, ella y Rudolph están comunicándose por teléfono en su habitación del hotel con otra deliciosa canción.

Al día siguiente nuestro caballero conoce al peluquero de la condesa y se amigan, siempre, el conde con la mirada puesta en acceder a Mara. Así, hasta llegar a un acuerdo en que él pasará a ser el peluquero de la noble dama.

A continuación, Rudolph, se hace pasar por el nuevo peluquero, la agasaja, la acaricia con supuestos masajes terapéuticos y otros, hasta que ella empieza a fijarse en él y a sentirse enamorada. También será su chófer, sirviente y otros, con enorme gusto.

La conclusión es que Rudolph consigue hacerse pasar por cuanto haga falta para poder estar con ella y, finalmente, besarla y enamorarse ambos. Pero la condesa no tiene dinero ni para pagar el hotel.

Por esas cosas de la vida, se presenta súbitamente su antiguo prometido y ricachón, el duque Otto Liebenheim, con su voz y su aspecto a medias entre gay y borderline, quien le promete de todo, sobre todo riqueza; y ve ella de nuevo la oportunidad de ser rica, de una buena posición y poder pagar sus deudas.

Ernst Lubitsch, que de nuevo acierta a sortear la dura censura del momento, con el estilo que le es propio y sobre todo con una enorme inteligencia y picardía

Entonces Rudolph, que no ceja, le insiste y le abre la posibilidad de que juegue con él en el casino con la certeza de que, con su presencia, ganará. No tarda en aparecerse bien vestido e inician unas sugerentes escenas de canto y amor soterrado. Y van a jugar juntos, pero el duque Otto, que está allí, no les permite jugar.

Al poco Rudolph se presenta en la habitación de la condesa Mara henchido de gozo y con una fuerte suma de dinero, por lo que la condesa lo besa profusamente, y la pasta cae al suelo como algo secundario. Quedan encantados el uno por el otro hasta el día siguiente.

Al día siguiente, unas rocambolescas escenas erigen a Rudolph como el galán y rompecorazones que es, y ella lo desea ardientemente tras algunas graciosas y sugerentes escenas.

Algunos aspectos técnicos

Maravillosa, encantadora y sensacional película de un genial Ernst Lubitsch, que de nuevo acierta a sortear la dura censura del momento, con el estilo que le es propio y sobre todo con una enorme inteligencia y picardía: meramente sugiriendo, sin excederse en escenas ni actitudes, dando pinceladas de amor y erotismo, todo ello con unas bellísimas canciones cantadas primorosamente por sus protagonistas.

En el reparto tenemos a la guapísima Jeanette MacDonald, en el rol de la condesa, que hace un trabajo encantador y carismático, con química con Jack Buchanan, quien interpreta a Rudolph, cuya interpretación es sobresaliente y añade un plus de autenticidad a la relación de los personajes. Buchanan, con su estilo relajado y su habilidad para la comedia física, complementa con brillantez a la MacDonald.

Acompañan magistralmente: Claud Allister, ZaSu Pitts, Tyler Brooke, Albert Conti, Lionel Belmore y John Roche.

Tiene un genial guion de Ernest Vajda (sobre la novela de Booth Tarkington y la obra de Evelyn Greenleaf Sutherland), un libreto fluido y con diálogos muy ocurrentes, graciosos y picarones a lo Lubitsch.

Música de Leo Robin, Richard Whiting y W. Franke Harling, con momentos icónicos, con canciones que marcaron un hito en el cine musical. Magnífica fotografía de Victor Milner (en B&N).

Lubitsch era un genio y podía convertir un leve juego de amoríos en ambientes elegantes, en un juego de inteligencia apelando a la sexualidad

Recapitulando

Puede que alguien que vea la película pretenda decir que no es más que una opereta con una McDonald cursilona haciendo gorgoritos.

Pero claro, Lubitsch era un genio y podía convertir un leve juego de amoríos en ambientes elegantes, en un juego de inteligencia apelando a la sexualidad, pero con elevadas miras. Y sabía conmover, siempre con alto nivel, nada de tonterías o trivialidad. Lubitsch despierta el voyeur que todos llevamos dentro y sólo vemos instantes fugaces de otros destinos que nunca aparecen en la escena.

Película que tiene belleza visual, aunque lo que le interesara a nuestro director fueran las situaciones y lo latente, el mundo encubierto que apunta, que asoma y que es Eros.

Una comedia brillante en medio de un entramado de juego, con momentos para el recuerdo, como la canción Beyond the Blue Horizon, que se convirtió en una especie de carta de presentación de la película y en uno de los grandes éxitos de Jeanette McDonald en su carrera.

El resultado es encanto a raudales y una rara virtud pues la cinta resiste el paso del tiempo de manera admirable. Los veinte minutos primeros son auténticamente geniales, llenos de instantes de brillantez y magia. Película que fue preludio de maravillas posteriores.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

El resultado es encanto a raudales y una rara virtud pues la cinta resiste el paso del tiempo de manera admirable