El gaucho tan bellamente

Desde mi adolescencia tuve, por razones diversas, contacto con el folclore argentino, sobre todo el de la zona norte de Salta, de Tucumán, de Jujuy, de Córdoba, de Santiago del Estero. Zamba, chacarera, vidala, chamamé… Escuchaba en aquellos discos de vinilo a Atahualpa Yupanqui, a Jorge Cafrune, Benjo Cruz, José Larralde, Horacio Guarany o el maravilloso Eduardo Falú; amén de grupos como los Nocheros, Los Chalchaleros… habría mucho más.
No hace mucho comenté una película maravillosa, de un roquero aragonés, Mauricio Aznar, quien en su momento se sintió atraído por el folclore argentino y viajó a Santiago del Estero a aprender sus ritmos y su música, me refiero a La estrella azul (2023), de Javier Macipe.
Si me enamoró esa cinta, no menos encantado me he quedado con este documental. Más aún por cuanto nos regala una crónica asombrosamente bella de una comunidad por la que siempre sentí gran interés: los gauchos, personajes que están igualmente inscritos en el folclore y en las leyendas del país austral.
También en la literatura está el gaucho, quiero recordar aquí el poema narrativo El gaucho Martín Fierro, escrito en verso y una obra ejemplar del género gauchesco escrita por el poeta, periodista, político y militar argentino José Hernández en 1872, considerada obra cumbre.
Los gauchos son los habitantes característicos de las llanuras de Argentina, pero también de Brasil, zona sur chilena e incluso Paraguay. Pero ante todo el gaucho es un ser libre, nómada, que monta su caballo y vive de los trabajos esporádicos que va encontrando, sobre todo con relación al campo, y al cuidado y la conducción del ganado.
Es además el gaucho un personaje dibujado y definido en el cancionero argentino como un ser humilde a quien le gusta el mate, pero también el vino, cantar («Aquí me pongo a cantar, / al compás de la vigüela / que el hombre que lo desvela / una pena extraordinaria, / como el ave solitaria / con el cantar se consuela», José Hernández).
Tiene el gaucho también fama de hombre generoso de ser humilde y bueno. En Argentina, cuando alguien se porta bien, hace favores, es desprendido o servicial se dice que es un «gauchito».
En esta película, los directores Michael Dweck y Gregory Kershaw hacen una obra que sólo por su fotografía, la composición de planos y los elementos decorativos, es un placer verla, una auténtica joya, un deleite para el espíritu y los sentidos. Como escribiera el poeta Fernán Silva: «Gaucho: / naciste en la juntura de dos razas / como en el tajo de dos piedras / nacen los talas».
No hay nada artificial en la captura de cada uno de los momentos del metraje. Vemos a un puñado de gauchos mientras arrean ganado, juegan a las cartas, recorren distancias interminables y comparten rituales familiares o sociales (asados, domas, jineteadas).
Es un proyecto que explora la vida de los gauchos en los Valles Calchaquíes, en la Salta del noroeste argentino. Se presenta como una celebración de sus tradiciones, sus costumbres y su conexión con la naturaleza. Una celebración de los gauchos, comunidad de jinetes, hombres y algunas mujeres, que viven más allá de las fronteras del mundo moderno. Una crónica deslumbrante sobre una comunidad que sigue de cerca las reglas y las tradiciones de su cultura, a pesar del tiempo y del «progreso».
Fotografía
Comienza el filme con una toma monocromática de algo que no podemos reconocer. En una extensión plana de pradera bajo un cielo en pantalla ancha, la cámara enfoca un grupo oscuro que puede ser roca, tierra o animal. Finalmente, esa cosa se agita, revelando un hombre que se levanta de su sueño, botas altas, sombrero de ala ancha y capa rústica. La cabeza de un caballo emerge temblando y resoplando y vuelve torpemente a sus pies. Una sensacional representación visual del estrecho vínculo entre la vida humana, la vida animal y el paisaje.
Esta impresionante escena ya nos dice que esta película se caracteriza por su extraordinaria fotografía en blanco y negro (también de Dweck y Kershaw), que captura la majestuosidad del paisaje salteño y las actividades cotidianas de la comunidad gaucha.
Los directores han optado por un estilo visual que recuerda a las antiguas fotografías gauchescas, creando una atmósfera nostálgica a la vez que de reverencia por una forma de vivir y una cultura ancestral. Un tratamiento visual que impacta, que alzaprima lo estético a expensas de una profundidad narrativa de mayor calado, pero que conmueve.
Fotograma tras fotograma perfectamente compuesto, este documental, entrañable y visualmente resplandeciente, da un amplio espacio a la comunidad gaucha para vincularse y fusionarse con los suyos, con la naturaleza toda y con el espectador.

Género y gauchismo
Hay un relato en el documental que habla de cómo la profesión gaucha ha calado también entre las mujeres, habida cuenta que grupo gauchesco ha sido tradicional y predominantemente masculino.
El episodio se centra en Guada, una adolescente de mente independiente que anhela ser gaucha y probarse a sí misma en un circuito de rodeo local, una actividad dura y peligrosa consistente en montar potros sin domar.
Nos la presentan también en su escuela secundaria, donde rechaza el uniforme prescrito por la directora del colegio pues quiere seguir llevando su equipación tradicional del gaucho, rematado con una boina de gran tamaño. Sus compañeras la miran divertidas. Cuando un profesor le pide que se cambie, la negativa de Guada es rotunda: «Soy gaucha y esta es mi ropa».
Ciertamente, Guada no encaja en la educación formal. La educación que le importa proviene de sus mayores gauchos masculinos en la granja, quienes pacientemente le enseñan cómo ganarse la confianza del caballo, antes de pasar a las complejidades más expertas de la monta a galope tendido y el rodeo.
Otras subtramas
Otros capítulos incluyen la conversación entre un sacerdote y un gaucho. El cura le invita a reflexionar sobre su vida y su legado, para ver cómo quiere ser recordado. Esto genera un emocionante episodio con Lelo, un gaucho octogenario que mira atrás sin remordimientos y satisfecho con su vida.
Otro momento cargado de encanto es el que sigue a Solano y a su hijo pequeño Jony, quien sigue a su padre a todas partes, impregnándose de todo el conocimiento gaucho que puede. El padre lo observa atentamente mientras su hijo aprende a afilar un cuchillo, con los ojos llenos de orgullo y la cautela para que el niño se lastime. Fluida transmisión de conocimientos de generación en generación que tiñe el documental de calidez amorosa.
El hilo conductor entre las historias y los personajes ofrece una visión de estar viviendo en el presente, por lo que, curiosa y paradójicamente, contribuye a reforzar la cualidad atemporal de la película.

Western presente y banda sonora
El documento hace sus guiños al western clásico de Hollywood, por sus tomas de jinetes, los paisajes esteparios con la sierra al fondo y, en fin, toda una imaginería y motivos que sin duda están queriendo hacer equivaler al gaucho salteño con los vaqueros norteamericanos que tantas veces hemos visto en películas del oeste. Incluidos los rodeos, tan parecidos en una y otra parte del mundo.
La elección musical para la banda sonora es estimulantemente ecléctica. A lo largo del metraje podemos escuchar el rock local del disco sencillo La Balsa, de la banda argentina Los Gatos, música que acompaña muy bien las imágenes. Hay canciones de artistas contemporáneos de freak-folk, como Devendra Banhart y Carmensita,con silbidos y elementos corales que evocan los westerns de Sergio Leone.
Pero también lo hace una majestuosa selección de Los pescadores de perlas, de Bizet: el aria francesa sobre la amistad masculina, Au fond du temple saint, que parece escrita para vaqueros al galope que estampan su propia leyenda en las llanuras.
Hay igualmente música folclórica y canciones populares como: Tonada de luna llena, de Simón Díaz; Veinte años, de María Teresa Vera; Alfonsina y el mar, de Félix César Luna y Ariel Ramírez; Qué he sacado con quererte, de Violeta Parra; El árbol que tú olvidaste, de Roberto Chavero; o El payador perseguido de R. Chavero, canciones que vienen como un guante con el filme.
En fin, esta cinta resulta un prodigio de encuadres, de travellings, de planos secuencia, rodado en blanco y negro y en pantalla ancha, en plan western documental.

Etnografía y antropología del gauchismo
Los codirectores siguen un enfoque observacional donde los sujetos no son entrevistados, sino que son capturados en momentos tranquilos de soledad, cuidando a sus animales, administrando la tierra o conversando con familiares y otros miembros de la comunidad.
La ausencia de preguntas y respuestas, en lugar de limitar nuestro conocimiento de los personajes de la cinta, nos acerca a la orgullosa filosofía que los rige y a la inmensa alegría que les brinda, lo que constituye un argumento convincente sobre las recompensas de la vida al margen de las modernidades del Internet, las redes y todo eso. Incluso yo diría que este Gaucho Gaucho, nombre de los protagonistas genuinos, celebra su noble tradición con una apreciación social y sensorial que por momentos evoca a John Ford.
Conclusión
La película comienza y termina con imágenes en cámara lenta y ópera de fondo. Es en todo momento una experiencia subyugante e inmersiva, aunque en algún momento esta sofisticación visual-sonora pueda conspirar contra la profundidad del retrato humano y el espesor psicológico.
Pero sin duda se trata de una película que merece verse, y hacerlo en la gran pantalla a ser posible, pues la manera óptima de disfrutarla en toda su dimensión y con el mejor sonido posible.
En suma, estamos ante un producto visualmente deslumbrante que invita a reflexionar sobre la importancia de preservar las culturas locales. Junto a un enfoque estilizado, que es de agradecer, el filme ofrece una experiencia cinematográfica única.
Escribe Enrique Fernández Lópiz | Fotos Filmin