Hoppers (2)

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Ecologismo: ¿ciencia o política?

Daniel Chong, creador de la serie de animación Somos osos y de la película de 2020 con el mismo nombre para Cartoon Network, tuvo una breve relación con Pixar hace quince años para colaborar en el guion de un cortometraje –Air mater, vinculado a la saga Cars– y desde entonces no había vuelto a dejarse caer por las oficinas de Emeryville hasta este año, en que ha realizado un largo para la compañía del flexo.

Hoppers constituye su segunda incursión en la liga de los mayores, aunque parece claro que Pixar no ha querido arriesgarse con una promoción excesiva ni parece haber invertido en grandes avances tecnológicos o creativos para dotar de entidad propia a esta cinta.

El resultado es el esperado: Hoppers tiene todas las características de un título menor de la filial de Disney y no pasará a la historia de sus grandes producciones ni por su originalidad ni por su éxito en taquilla: es una película hecha con oficio, pero que parece rutinaria en sus planteamientos, reiterando ciertos clichés sobre los que apenas se permite hacer algún apunte crítico.

Así, por ejemplo, el personaje principal, Mabel, una chica ecologista y alocada, constreñida por fuertes lazos emotivos, se nos presenta como una acertada caricatura de la bienintencionada irreflexiva que puede llegar a provocar más daño del que quiere evitar: su militancia acrítica le lleva a abandonar los estudios para dedicarse al activismo chillón, y en ese camino descubre que las cosas tienen más tonalidades de grises de las que esperaba.

Su antagonista es un alcalde ambicioso que apenas tiene mayor interés que el de ser reelegido, para lo cual no duda en pisotear las más sagradas normas del respeto a la naturaleza, obviando las verdaderas necesidades de la ciudadanía, que no pasan realmente por la construcción de grandes autopistas, sino más bien por la conservación de la naturaleza o la necesidad que tienen ciertas personas –como el personaje del anciano que, por cierto, protagoniza la escena postcréditos– de sentirse queridos y acompañados.

Los planteamientos iniciales de Hoppers son interesantes, toda vez que recurren a elementos muy manidos en el cine de Pixar como la relación nieta-abuela, que no alcanzará nunca los hitos de Coco, Up! o ni siquiera Vaiana, o la transformación virtuosa de una adolescente que descubre que siempre estuvo equivocada en sus métodos, aunque nunca en sus intenciones, como de nuevo en Coco, Brave o Del revés.

Otro punto fallido es la caracterización unidimensional de los antagonistas, cuya redención apenas se explica más allá de las buenas intenciones del filme: lejos quedan el Anton Ego de Ratatouille o el Ken de Toy Story 3, donde incluso el villano caracterizado por Lotso tiene un lugar en nuestro corazón por la desgarradora historia que le llevó a ser quien era.

Uno de los elementos más llamativos de la película es el de su paradójico uso de la antropomorfización. En Hoppers no partimos de la idea de Zootropolis, en la que esta se da por descontada: se supone que hablamos de animales comportándose como tales en un biotopo. Los científicos se muestran incapaces de observar su comportamiento desde dentro y para ello deciden desarrollar robots con formas diversas –aves, castores, conejos– sobre los que volcar su conciencia para infiltrarse en sus ecosistemas y estudiarlos sin llamar la atención o ser descubiertos. Hasta aquí todo parece corresponderse con los métodos de estudio de la etología aderezados con los tópicos de la ciencia ficción.

La paradoja consiste en que una vez dentro de sus hábitats, todos los animales se comportan realmente como humanos: hay valores morales y reglas de convivencia, jerarquías políticas y lúdicas manifestaciones artísticas, personalidades distintas configuradas por esperanzas, logros y fracasos… de manera que el único límite real para la comprensión entre ambos órdenes –el humano y el animal– es el lenguaje.

Un lenguaje que parece guardar un isomorfismo conceptual perfecto –lo que presupone una organización social simétrica– y que se ve mágicamente traducido por un interfaz que no se sabe muy bien cómo funciona ni bajo qué circunstancias deja de hacerlo. En este apartado la suspensión de la incredulidad bordea muchas veces la ilegalidad de sus postulados, pero a mi juicio esto solo indica que la película tiene un público objetivo mayoritariamente infantil.

A su a menudo descuidada verosimilitud cabe oponer la gracia con que los autores han introducido el uso del teléfono móvil como traductor universal, o cómo se han cuidado los guiños a los clásicos del cine: Los pájaros de Hitchcock, Tiburón de Spielberg o hasta Juego de Tronos, a la que recurren para caricaturizar las relaciones de poder, que, efectivamente, se dan entre los humanos.

Hoppers acierta a veces, aunque sin permitirse profundidades que desvirtúen su inequívoca vocación de parábola infantil

En este sentido Hoppers acierta a veces, aunque sin permitirse profundidades que desvirtúen su inequívoca vocación de parábola infantil: aparecen la tentación totalitaria, el populismo, los intereses ocultos de los poderes económicos… elementos tratados de forma humorística y desenfadada pero que no dejan de señalarse como posibilidades reales cuando se descuida lo esencial: la capacidad de planificar a largo plazo según necesidades vitales o la pérdida de la visión de conjunto y la servidumbre a la comunidad mediatizada por el egoísmo.    

Lo interesante aquí es cómo los animales parecen representar las formas menos sofisticadas del poder –el carácter asambleario, la monarquía hereditaria, la lucha por el territorio y la reparación por venganza– y los humanos las más refinadas técnicas de manipulación de masas, sustanciadas en el activismo acrítico, las obras faraónicas y el espectáculo mediático como trampantojo de las políticas efectivas.

El corolario de todo esto es que todos los extremos llevan al fracaso y que la mejor vía para la convivencia es el diálogo entre posturas e intereses diversos, pero siempre entre iguales, entendida esta isonomía como la pertenencia a un mismo ecosistema, la naturaleza, que puede soportarlo todo –incluida la necesidad de devorarse unos a otros– menos los desequilibrios.

Eso sí, lo único que se muestra como intolerable en la película es el despotismo autocrático: Sic semper tyrannis.

Una película menor, en resumen, que no pasará a la historia de Pixar ni por su trama ni por sus personajes, mostrando a veces una inercia peligrosa en la repetición de clichés, pero que aún se disfruta sin excesivos reproches para los que gustamos de las fábulas con animales humanos, demasiado humanos.

Escribe Ángel Vallejo | Fotos Disney-Pixar