Crítica con mucho swing

Con el permiso de ustedes, por el posible anacronismo, lanzo una pregunta inicial: ¿Hay puntos en común entre Ragtime (novela – película) y el concierto de Bad Bunny en la Super Bowl de 2026 en EE. UU. (concierto – mercadotecnia) o con los montajes de Rosalía o de Shakira?
Adelanto una posible respuesta afirmando que indudablemente algo en común tienen. En ellos la música es fundamental para cohesionar y poner en relación temáticas como la inmigración, el racismo, la religión, la diferencia de clases, además de marcar tendencia en lo social y cultural.
La película se sitúa cronológicamente en el paso del siglo XIX al XX, mientras que el resto de los eventos citados transcurren en el primer tercio del siglo XXI. Comparten así mismo la moral de un capitalismo descarnado y ávido por monetizar las emociones.
A partir de este pie, volvemos la mirada sobre la película para interesarnos por cuestiones del siguiente tenor: ¿Qué ha cambiado durante el tiempo transcurrido desde el referenciado en la película a nuestros días? ¿Siguen vigentes los temas abordados en Ragtime? ¿Hasta qué punto la película mantiene la tensión narrativa de la novela? ¿Se reflejan las miserias socioeconómicas de aquellos años y los conflictos morales que los alientan?
La novela de partida
La película Ragtime se produjo a partir de la novela homónima publicada en 1975 por el exitoso escritor E. L. Doctorow), quien, tras finalizar su formación universitaria en 1952, se enrola en el ejército estadounidense, y cuando termina el servicio en una base militar de Alemania, vuelve a trabajar en la Universidad de Columbia.
La acción y los personajes de Ragtime los sitúa el autor, como ya se ha señalado, en los primeros años del siglo pasado, focalizando la atención sobre los conflictos sociales y culturales presentes en los orígenes de EE. UU. Conflictos tales como el racismo, la segregación, la violencia o la explotación capitalista, temas todos ellos ya abordados por el autor en algunas publicaciones precedentes como El libro de Daniel.
La obra que nos ocupa la escribió con el apoyo de una beca de la Fundación Guggenheim y el resultado final recibió numerosos premios y reconocimientos como el National Book Critics Circle Award en 1975. La Modern Library la incluyó entre las 100 mejores noveles del siglo XX.
La crítica destaca de la novela la afinada disección que hace del panorama político y cultural dominante durante esa época. En el relato se da entrada a renombrados e influyentes personajes de la actualidad de aquel entonces, tales como F. D. Roosevelt, Henry Ford, Freud o el mago Houdini y muy especialmente Scott Joplin. De todos modos, como el propio autor reconoce, Ragtime es una novela no una crónica sociopolítica, por cuanto se recurre a personajes y situaciones tomadas de la realidad, pero envueltos en una esfera de ficción cuando no directamente imaginarios.
Atento como estaba a cuanto sucedía en la sociedad del momento, no se le escapa que hay un estilo musical muy extendido entre los grupos sociales que retrata en la novela. Es el ragtime que fue adoptado por músicos tan notables como el propio Scott Joplin, quien en 1889 publicó la exitosa pieza musical titulada Maple Leaf Rag. Creación que contribuyó decisivamente al desarrollo del jazz y el blues, entre otras variantes musicales, resultado de la mezcla de los ritmos aportados por los distintos grupos de inmigrantes.

Del papel al celuloide
La película Ragtime la produjo Dino de Laurentiis, uno de los más reconocidos en la época, conocido principalmente por haber trabajado con Federico Fellini y otros destacados directores de Hollywood como John Huston, Orson Welles o David Lynch. Lo cual no debe sorprender pues participó en la producción de más de 150 películas de cine y televisión, lo que le permitió relacionarse con muchos directores, equipos técnicos y artísticos con los que pudo liderar proyectos muy ambiciosos.
De Laurentiis había comprado los derechos de varias novelas del aclamado E. L. Doctorow. De todas ellas la que más cautivó su atención fue Ragtime y por ello decidió llevarla al cine. En un primer momento la dirección se la ofreció a Robert Altman quien, por diferentes motivos, no aceptó el encargo.
Después de algunos otros ofrecimientos, contactó con Miloš Forman que había formado parte de la nueva ola de cine checoslovaco, y además su paso por varias ediciones del festival de Cine de Nueva York había causado muy buenas sensaciones entre el público y la crítica. Según reconoce Forman, tanto la novela como la primera versión del guion le impresionaron tanto que de inmediato se puso a trabajar en el proyecto con De Laurentiis. El guion de la película corrió a cargo del autor de la novela y de Michael Weller.
A propósito del director
Del oscarizado director Miloš Forman (1932-2018), está casi todo dicho en este monográfico de la revista en el que se analizan sus películas. Tan solo destacaría algunos detalles porque sobrevuelan en la película Ragtime, tales como el orfanato, los bomberos, el escapista Houdini o el ruso Tathe haciendo cine mudo. Añadir que fue el menor de tres hermanos y siendo niños la Gestapo los dejó huérfanos de padre y madre, acogidos luego por parientes y alguna institución dedicada al cuidado de menores.
Desde muy pronto se interesó por el teatro y el cine de Chaplin, Keaton y Ford, lo que le llevó a ingresar en la Escuela de Cine de la Universidad de Praga. Tras la escritura de varios guiones y la dirección de cortos —la mayoría con muy buena acogida por la crítica y el público—, su primer largometraje se estrenó en 1963.
Desde el principio se ocupó críticamente del entorno social y político de su país, sometido entonces a la Unión Soviética. Tras pasar por varios festivales llegó al de Nueva York, lo que le permitió visitar los Estados Unidos y probablemente decidir que este debía ser su nuevo país de acogida.

Qué cuenta la película
Al hilo de la novela, la película Ragtime, con 8 nominaciones a los Oscar, pone el énfasis en la historia de superación de un pianista afroamericano llamado Coalhouse Walker Jr., joven, honrado y dispuesto a ganarse la vida con su trabajo. Se propone mantener así a la familia que empezaba a formar tocando el piano en una banda de ragtime en el salón de baile más de moda en el Nueva York de principios del siglo XX. Personaje que viene a ser el prototipo del self-made man del capitalismo naciente.
Sin embargo, en el camino trazado se le van cruzando al protagonista no pocos contratiempos, tantos como para que Forman necesitara 155 minutos trepidantes (tras suprimirle 20), para clausurar la historia con un sorprendente final. Hasta llagar a este momento, Walker Jr. va a tener que enfrentarse individualmente (Ballester, C. (2007). Milos Forman. Hacia una búsqueda de la individualidad. Cátedra) a múltiples dificultades, justo las que Forman le atribuye al capitalismo descarnado en fase de formación y tan distinto del modelo soviético con el que el director era muy crítico.
Dos mundos con los que el director parece que se propone ajustar cuentas en gran parte de la película Ragtime. Formado en el modelo económico auspiciado por la Unión Soviética, de pronto descubre en el occidental tantas lacras como en el que acaba de abandonar. Todo está sometido al escrutinio del dinero, desde el silencio del protagonista para que no denuncie a los bomberos o la suculenta suma de dólares ofrecida a Evelyn por testificar en falso hasta lo que se le pagó al feriante ruso Tathe por la venta en exclusiva de “su” invento: un libro que al pasar las páginas animaba los dibujos.
Muchas de estas escenas, aunque duras, están tratadas visualmente con esmerado cuidado y, en ocasiones, aligeradas con toques de humor muy incisivo. Como cuando en plena campaña electoral el vicepresidente dice en el mitin que las puertas de la presidencia, entonces ocupada por Roosevelt, «siempre estarán abiertas para vosotros». No obstante, cuando Sarah, sirvienta de color, se acerca al candidato implorando clemencia para su prometido, la policía la detiene a porrazos y acaba en el hospital.
Al pianista Walker le va tan bien que, pese a ser negro, se pueder compra un coche en el que pretende llevar a su novia hasta la iglesia para celebrar la boda. Sin embargo, al pasar por delante del cuartel de bomberos —otra vez los bomberos: Ver ¡Al fuego, bomberos! (Horí, má Panenko, 1967) en este monográfico—, le prohíben seguir avanzando si no paga un elevado peaje, al negarse le quitan el coche e incluso hacen sus necesidades en el asiento del conductor.
El policía de distrito, ante la presión del jefe de bomberos no es capaz de que se lo limpien y acaba llevando a prisión al sorprendido pianista. Sarah, su novia, acude al mitin del vicepresidente para implorar clemencia por él, pero acaba muriendo por la agresión policial al detenerla.
El fatal desenlace de la joven, que era madre de un bebé, lleva a que las autoridades pongan en libertad a Walker. No obstante, considera que esto no repara el daño causado y con el apoyo de un grupo de amigos y un blanco solidario con su causa (Brad Dourif, empresario y hermano menor de una familia bien), comienza a exigir justicia de todos los modos posibles, incluso mediante el uso de las armas.

Ingredientes de la trama
Pese al metraje, la película logra mantener la atención sobre la pantalla tanto por las temáticas que aborda ya en aquellos años como por el cuidado estilo con el que selecciona imágenes y efectos. Desde luego que a ello contribuye la magnífica fotografía de Miroslaw Ondrícek, y la no menos meritoria recreación de los escenarios neoyorquinos de principios del XX.
Escenarios en los que se desenvuelven las actrices y actores con interpretaciones muy notables tratándose de una película coral, tanto de quienes participan por compromiso con el director, como el inspector, interpretado por James Cagney, ya retirado, o Jack Nicholson que trabajaba en otra película y en la de Forman solo pudo aparecer en un plano como pirata en la película muda que rodaba Tathe en una playa, es el enigmático ruso vendedor de libros animados.
Las peripecias de los personajes, al menos los de mayor presencia, resultan convincentes y perfectamente creíbles, en la mayoría de los casos, tanto por las situaciones en las que aparecen y las interacciones que mantienen entre sí. A lo cual contribuye sobremanera los ingredientes de dos géneros cinematográficos que Forman maneja con solvencia: el musical y el western. La banda sonora fue compuesta por Randy Newman que incorpora piezas de ragtime, melodías melancólicas, solos de piano especialmente atractivos e incluso canciones tan cautivadoras como la que aparece al final de la película.
Como ya se ha señalado, los decorados entre los que se desenvuelven los personajes contribuyen a engrandecer la fotografía, compuesta con profundidad de campo y compensadas las zonas iluminadas con las sombras. Pese a ser una obra coral, predominan los planos cortos para así resaltar la emoción interior que experimenta cada intérprete, poniendo de manifiesto su posición ante lo que está sucediendo.
Destaca así la lucha individual y desesperada de Warker Jr. reclamando justicia para su causa y, como no lo consigue, se une a otros forajidos que le ayudan con las armas a reponer tanta humillación. La chulería desafiante de los bomberos, la prepotencia del sheriff o la soberbia de la suegra de Harry K. para evitarle la pena de muerte, son otros tantos ejemplos de cómo Forman adopta ciertos códigos de los westerns clásicos.

Momentos vibrantes
En realidad, hay muchos que, por distintos motivos, cautivan la atención del patio de butacas. La primera que destacaría, todavía sobre los títulos de crédito iniciales, la pareja formada por Evelyn Nesbit y Donald O’Connor, su profesor de danza, aparecen bailando ragtime en un plano con fondo oscuro y la música elevada.
Con otra secuencia muy parecida termina el largometraje, dando así una clave sobre el montaje de la película coherente con las repeticiones contrapuestas del ragtime. De hecho, a lo largo del relato se incorporan varias escenas musicales en fiestas y celebraciones que contribuyen a mantener la progresión de la historia de los personajes, así como las relaciones emocionales entre unos y otros. Con ritmos y funciones narrativas parecidas se descubre el ragtime en películas como El golpe (1973), El gran Gatsby (1974) y más recientemente en Sinners (2025), entre otras muchas.
Tras la escena del baile inicial comentada, aparece Walker poniendo música de piano a la proyección de unos cortos en blanco y negro dando a conocer las noticias del momento. Siempre envueltas en un tono de humor cargado de ironía. Mediada la película aparece otra vez un noticiario con música de piano, y en uno de ellos se da cuenta que Ford inaugura una nueva fábrica de coches cuyo lema es: «Uno por minuto».
Especialmente dura es la secuencia en la que Walker, tras destrozarle el coche y matar a palos a su novia, acude a un abogado a pedirle ayuda legal. Ante lo que el letrado le pregunta si tiene dinero para pagar, él le contesta que sí, no obstante, el abogado le aclara que se olvide de pleitear porque no va a sacar nada, pues lo que debe hacer es «aprender a ser negro».
Otra escena en la que Forman carga las tintas contra la miseria moral de aquella sociedad es cuando dos abogados acuden a casa de Evelyn para darle el dinero prometido por su suegra: un millón de dólares por mantener ante el juez que su marido, el celoso Harry K., además de pegarle, estaba loco. Con esta declaración no lo condenarían a muerte por asesinar al amante de su esposa. Pues bien, cuando llegan a casa los enviados de la suegra con el dinero, la pillan en el sofá con su nuevo amante, ante lo cual le dicen que solo le darán 25.000 dólares. Evelyn se enfurece por la rebaja, pero los enviados le advierten que o se queda con la cantidad ofrecida o nada, pues además de no haberse divorciado de su marido como prometió ahora la pillan en adulterio.
No menos hilarante es la escena final del juicio contra Harry por asesinato, cuando el juez Alan Gifford lo declara inocente pero precisa: «Claro, si usted está loco no puedo dejarlo en libertad, así que lo envío al manicomio». ¡Los primeros planos de las caras de los asistentes son apoteósicos!
Ritmo sincopado
Tanto el novelista como Miloš Forman, consideraron que el título Ragtime, reflejaba muy bien la idea de mezcla de tradiciones, de ritmo discontinuo y, sobre todo, una melodía con cadencia de marcha y compas 2/4. Patrón al que se amolda el montaje, combinando escenas en las que se exalta la nobleza de los personajes con lo más sórdido de las corruptelas o expresión de prejuicios racistas.
Cabe destacar que no hay una idea precisa sobre qué es el ragtime, salvo que apareció a finales del siglo XIX con las aportaciones de distintas tradiciones recogidas por Scott Joplin y James Scott dando forma al «ragtime clásico” (Hess, J. B., 1992. Le Ragtime. Presses Universitaires de France). Sin duda, la variante más extendida y la que luego dio lugar al jazz y el blues.
La modalidad más frecuente se interpreta al piano según lo escrito en la partitura. De ahí que el industrial y rígido padre de familia (James Olson), cuando Walker va a visitar a su hijo, le pide que toque las partituras de ragtime que hay sobre el piano, frente a la excusa del pianista el padre afirma ufano: «Es que no sabe leer música». A la provocación Walker responde sentándose ante el piano e interpreta las partituras.

Coda
El propio director manifestó que con Ragtime no pretendía hacer un análisis sociológico de la sociedad neoyorquina del momento. Extremo que pone de manifiesto la diversidad de subtrama que componen la película, así como lo inverosímil de algunas de ellas. Sin embargo, como si el tiempo no hubiera pasado, el director coloca en el centro de sus relatos problemas y situaciones del siglo pasado pero que mantienen plena vigencia en nuestros días.
Los conflictos que plantea casi nunca se resuelven de forma maniquea, porque Forman no cree que los asuntos solo puedan ser negros o blancos. Conflictos que ha de abordar el individuo en su enfrentamiento permanente con las circunstancias que le rodean, ya sea el poder judicial, la miseria humana o el aparato policial soviético. El conflicto de clases subyace a lo largo de toda la película.
Cuando la madre acomodada (Mary Steenburgen) recoge en el jardín al bebé de su empleada Sarah, al morir esta, les pide al marido y al jefe de policía que el bebé lo cuidará ella, porque es preferible a llevarlo a un hospicio (del que el jefe de policía dice: «yo les llamo almacenes de desechos»). El hermano de la esposa (Brad Dourif), pese a ser blanco, se suma a la causa de Walker y le facilita pólvora de su empresa de fuegos artificiales para que el pianista aplique la justicia por su mano amenazando con volar la biblioteca municipal.
El protagonista se atrinchera en la biblioteca con un grupo de amigos armados hasta los dientes, exigiéndole al jefe de policía que, si le entregan el coche limpio y al jefe de bomberos, el grupo depondrá las armas. Ni una cosa ni otra, pero Walker consigue del inspector que sus compinches abandonen la biblioteca y cuando están a salvo, él sale del edificio.
A esta escena le sigue la de Evelyn bailando con su profesor la popular pieza One More Hour. Manifiesta así un lúcido mensaje moral sobre la condición individual de los seres humanos y el naciente capitalismo en su país de adopción.
En definitiva, una película a la que merece la pena dedicarle el tiempo que dura (155 minutos), disponible en las plataformas.
Escribe Ángel San Martín
