Gladiator II (2)

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El fracaso de una nostalgia mal construida

Ridley Scott es un director británico conocido por producir y dirigir numerosísimos clásicos modernos del blockbuster, y cuyo estilo cinematográfico se caracteriza por fuertes narrativas y un lenguaje y estética impactante y detallada. Entre sus obras más destacadas se encuentran Alien (1979), Blade Runner (1982), Thelma y Louise (1991) o Gladiator (2000).

Por su parte, Gladiator, predecesora, es para muchos una de las películas más icónicas del cine épico, alabada por su narrativa, dirección y actuaciones. Protagonizada por Russell Crowe como el general Máximo Décimo Meridio, la obra mezcla acción, drama y política en la Roma imperial. Ganó cinco premios Oscar, incluyendo mejor Película y mejor Actor para Crowe. Por otro lado, su impactante banda sonora, compuesta por Hans Zimmer y Lisa Gerrard, se volvió un referente en el género. Así, Gladiator dejó una huella indeleble en la cultura pop, revitalizando el cine histórico para el público moderno.

Llevamos años presenciando la caída de muchos de los considerados como los grandes directores del cine de Hollywood. Desde Coppola hasta Terrence Malick, no paramos de llevarnos decepciones con todos y cada uno de sus nuevos proyectos que, lejos de ser las obras maestras que prometen, desembocan en un cine abstracto, muchas veces sin sentido o excesivamente pretencioso; o en películas totalmente planas, insulsas. Entre estas viejas glorias se encuentra Ridley Scott, que parece no levantar cabeza desde hace, mínimo, una década.

Después de las fallidas Napoleón y La casa Gucci, Scott buscaba resarcirse con Gladiator II, la secuela del oscarizado blockbuster que narra la transición de Lucio Vero (Paul Mescal) de esclavo a gladiador y, finalmente a héroe de un pueblo romano víctima del gobierno autócrata de los emperadores gemelos Geta (Joseph Quinn) y Caracalla (Fred Hechinger). Sin embargo, este objetivo se queda en el intento en una película que bebe de la nostalgia y del fan-service.

Desde el momento en el que el espectador se sienta en la butaca, uno ya sabe exactamente el qué, el cuándo y el cómo se va a desarrollar el argumento. Pero no es la previsibilidad lo que más molesta, sino los excesivos paralelismos argumentales con respecto a la primera entrega. En ambas, y de manera prácticamente idéntica, los protagonistas pasan de ser aclamados comandantes a desdichados, pero valerosos combatientes.

Scott se olvida de introducir nuevos contrapuntos, nuevos modelos de personajes que proporcionen un soplo de aire fresco al filme. En un atracón de nostalgia que pretendía homenajear a los fans de la saga, se muestran flashbacks y referencias vacías, cogidas por pinzas, que en lugar de emocionar al espectador únicamente alarga más el metraje de una película que ya es de por sí bastante (demasiado) extensa.

Lo que sí hace es añadir sinsentidos, como la presencia de tiburones en la batalla naval del coliseo, que, más allá del anacronismo y la falta de fidelidad histórica, resultan sobre estimulantes y totalmente innecesarios en pos de añadir una supuesta épica de la que carecen tanto el giro de guion como las escenas finales. La última batalla entre Lucio y Macrinus, que prometía derrochar grandiosidad tras toda la tensión y resentimiento acumulados, deja al espectador totalmente frío e incluso confuso ante tal desequilibrio argumental.

No obstante, la pérdida más dolorosa resulta, sin duda, la de la banda sonora. En los años 2000, Hans Zimmer dejaría huella con esas melodías tan aclamadas y que tan bien contribuirían y complementarían a la producción, en esta ocasión la música es totalmente descafeinada y fácilmente olvidable. Pasa totalmente desapercibida y carece de la intención e iconicidad que tanto caracterizan la primera: parece, incluso, que sea un recurso empleado únicamente para llenar silencios, en lugar de una pieza fundamental en la obra cinematográfica.

Gladiator II resulta un blockbuster más, que, pese a resultar incuestionablemente entretenida y estar muy bien producida, no aporta nada nuevo.

Salva la película la actuación de un Paul Mescal que, si bien nos tenía acostumbrados a bordar todos sus papeles en producciones más pequeñas o independientes, sorprende gratamente como protagonista de esta superproducción. Con sus gestos, dota al personaje de una gran profundidad psicológica, representando sus contradicciones y conflictos internos de manera excelente.

Otra gran interpretación es la de Joseph Quinn, que añade gran carisma y cierta novedad al arquetipo de tirano tantísimas veces visto en el cine de acción y el drama histórico.

En general, Gladiator II resulta un blockbuster más, que, pese a resultar incuestionablemente entretenida y estar muy bien producida, no aporta nada nuevo más allá de la irrupción de Mescal en el puro mainstream. Constituye, así, casi una copia paródica de su predecesora, tropieza en su intento de honrarla, desembocando en una película completamente olvidable y prescindible.

Escribe Sara López Casas | Fotos Paramount Pictures Spain

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