Denuncia y crítica histórica a medias

Muchos países europeos tenemos nuestros pecados históricos, nuestras fallas monumentales y las tropelías que hemos cometido en tiempos no tan lejanos. Esta cinta tal vez quiere hacer una crítica, al igual que ha habido obras francesas de calado que han arremetido contra el antisemitismo en Francia de los años 40, como Adiós, señor Haffmann (2021), de Fred Cavayé; Monsieur Batignole (2001), de Gérard Jugnot; o Lacombe Lucien (1974), de Louis Malle.
Tal vez, Padre y soldado pretende ser una cinta crítica con los abusos coloniales relacionados con el reclutamiento forzoso en África de una soldadesca para las trincheras de la I Gran Guerra, hombres que serían los primeros en la línea de fuego, los primeros en caer y los últimos en ser reconocidos: los tirailleurs. Pero la película se queda en este sentido bastante corta, resulta muy tibia.
Empieza en 1917 con Bakary y su hijo de 17 años Thierno en su país de origen, Senegal, donde trabajan conduciendo su ganado como pastores de vacas. Son sabedores de que el ejército francés ha estado secuestrando a jóvenes senegaleses y enviándolos a Europa para luchar por Francia en la I Guerra Mundial.
Efectivamente, en el remoto Senegal la guerra se presenta en forma de soldados franceses que secuestran a jóvenes de las aldeas, los alistan y los obligan a luchar en Europa, una tierra extraña, contra otras potencias extranjeras igualmente desconocidas para ellos.
Mientras padre e hijo intentan escapar del reclutamiento obligatorio, Thierno es arrestado y obligado a dejar a su familia para una guerra que no es la suya, una contienda en un país que no conoce. Thierno, paradójicamente, acabará dispuesto a dar su vida en esa guerra. El padre se alista voluntario para seguir a su hijo y cuidarlo, lo cual intentará con fortuna desigual.
«Pase lo que pase, no nos separamos», le dice el padre a su hijo. Palabras que de nada valen cuando están a punto de enzarzarse a tiros en una tierra de nadie que se va llenando de cadáveres bajo el fuego aleatorio de los obuses que caen. Este deseo y de esta promesa padre-hijo no tienen en realidad valor, atrapados como están en la locura de una guerra que los fue a buscar a las tranquilas tierras senegalesas.
Desde el primer día que llegan a Europa, Bakary busca constantemente una salida, pero sin dinero para sobornos están atrapados. El teniente blanco Chambreau toma a Thierno bajo su protección y comienza a adoctrinarlo para que crea que luchar por Francia es lo mejor que puede hacer en la vida, algo que le llevará a la gloria, tal que incluso lo va ascendiendo de graduación militar.
Todo esto hace que Thierno comience a inflarse de espíritu patrio-francés y a desafiar a su padre, mientras disfruta de la libertad y de la autoridad que conlleva su nuevo rango de cabo, una oportunidad para descubrir qué tipo de hombre es sin estar a la sombra del patriarca.
Bakary sabe que el movimiento que su hijo ha iniciado es muy peligroso e intenta resguardarlo y mantenerlo cerca, pero finalmente acabará perdiendo influencia sobre él. A partir de ese momento Bakary hace todo lo que está en sus manos para evitar que su hijo muera en el campo de batalla. Hace lo imposible, y usa todo su poder de persuasión para hacer que regrese con él a su país, con su tribu y con la familia. La resultante de este episodio es que el espectador puede sentirse un poquito sensible por las vidas destruidas que fue dejando el país galo en este proceso.
Lo que quiso ser y no fue
La película abrió Un Certain Regard en el Festival de Cannes, lo cual tiene un doble mensaje, según lo veo: por un lado, para ensalzar la memoria de los africanos que acabaron enamorándose de Francia (aunque el país no los trate demasiado bien); y por otro, en honor a la celebridad mundial francesa contemporánea que es Omar Sy.
Padre y soldado (Tiralleurs) es más un retrato familiar que una película de guerra convencional. Apenas visitamos las trincheras ni se ven muchos combates, los que se ven no son duros ni intensos. Apenas hay escenas de batallas ocasionales que tienen una urgencia que las deja más como fondo que como forma, utilizando la terminología de la Escuela Gestalt; o sea, hay algo que envuelve (fondo) y algo que destaca y que es envuelto, la forma.
En esta cinta la guerra envuelve una historia familiar, a la vez que quiere destacar también, con diverso éxito, aspectos lamentables y turbulentos de la historiografía francesa.

Luego está Sy, quien, además de actor es también productor, pero que obviamente otorga poder de estrella a la película, una estrella amable. El público, sobre todo el francés, puede sentirse especialmente atraído por esta visión del colonialismo del país y las vidas destruidas en el proceso. Pues la película relata este asunto peliagudo en un «quiero y no puedo» que le resta hierro y crudeza a tan arduo capítulo. Comprendo que Sy, todo un ídolo en su país, no haya querido hacer pupa.
La dirección Mathieu Vadepied es aceptable y combina escenas de acción con momentos íntimos y familiares. El problema es el guion de Olivier Demangel y el propio Vadepied, que no explica bien cómo los personajes se ven repercutidos o procesan los efectos del trauma del secuestro-reclutamiento. Cuando se alude a ello, se hace con una naturalidad que rompe el esquema del trauma, que es siempre fatal y extremo. No se explora la severidad del imperialismo francés y no hay mayor análisis de los soldados desconocidos que, en la película, son en su mayoría negros africanos.
A cambio, y para cierto pasmo, la historia deja espacio para conversaciones triviales que resultan risibles dentro de tamaño drama, sobre acostarse con mujeres blancas o qué importancia tiene para los africanos pelear en la guerra, etc.
La cuestión es que Bakary está centrado en escapar, decidido a rescatar a su hijo de una muerte segura en combate, pero pronto descubre lo difícil que es su propósito. Además, el fervor patrio galo lleva a Thierno a concluir que la mejor salida es hacerse leal y derrotar al ejército enemigo. De hecho, Thierno asciende de forma sucesiva en la escala castrense, lo que al principio parece algo bueno.
Pero, para horror de su padre, el adolescente cada vez está más entregado a entrar en batalla, antes que quedar en retaguardia cuidando de su integridad. Finalmente, no queda claro si Thierno ve en ello la única posibilidad de libertad, o es la gloria militar una forma de afirmar la independencia de su padre.
El oficial Chambreau aparece como un personaje a mitad de camino entre la locura y una ingenuidad conmovedora. Este oficial privilegiado proclama con orgullo a Thierno que, al menos en la guerra, todos los hombres son iguales. Pero ni la historia de fondo del personaje, supuestamente sorprendente, ni su creciente vínculo afectivo con el adolescente senegalés son especialmente creíbles. De hecho, los acontecimientos históricos que inspiraron a Padre y soldado demuestran ser más convincentes que el tratamiento que le da Vadepied en esta cinta.
Un filme de amargas verdades (a medias), sobre la torpeza de buscar valor en el fragor de la batalla o la imposibilidad de proteger a nuestros hijos de las realidades del mundo. Una película que no llega a donde tal vez habría pretendido. Para eso hace falta más valor.

Reparto y otros valores
En el reparto, Omar Sy es la estrella a la película y hace un rol de hombre osado como patriarca preocupado. Pero con un tono excesivamente melodramático, y resta a otros personajes africanos lo potencialmente conmovedor de sus actuaciones.
Sy y Alssane Dong (el hijo) ofrecen lo mejor de su oficio, buenas actuaciones, sin embargo, Bakary y Thierno dan al filme una apariencia estática y ambos personajes parecen incapaces de sintonizar, sobre todo debido a las limitaciones de la trama. Acompañan con solvencia: Jonas Bloquet (bien como el oficial blanco), Mamar Kane, Oumar Sey, Alassane Sy, Aminata Wone, Françoist Chattot, Clément Sambou, Léa Came, Aristide Tamgda y otros.
La música del compositor franco-griego Alexandre Desplat (que tiene dos Oscar en su haber) acompaña la emotiva y trágica historia de los protagonistas y la envuelve con notas graves y absorbentes, especie de música lóbrega que le viene muy bien a la historia. Magnífica la fotografía del venezolano Luis Armando Arteaga, que capta el contraste entre los paisajes de Senegal y los campos de batalla en Francia: África versus Europa, casi nada.
Estupendo diseño de sonido, pieza fundamental que ayuda a favorecer un tanto la experiencia inmersiva que el guion apenas roza. La película tiene un sonido nítido y limpio, cada explosión, disparos, golpes, tropiezos y otros elementos de la guerra, se escuchan y se sienten.
Esta cinta puede que haya pretendido ser un monumento a los hombres senegaleses que fueron obligados a luchar junto a los franceses en la I Guerra Mundial. Es el segundo largometraje de Mathieu Vadepied, quien aborda la historia, de una forma sombría y sincera, destacando como puede la injusticia del gobierno galo al reclutar a estos hombres negros para poner el cuerpo en una guerra que nada significaba para ellos (a la tropa se la consuela con la vaga promesa de que se les otorgará la ciudadanía francesa y una pensión).
Pero si se está atento, si miramos la letra pequeña, el guion se siente vacío e inauténtico, pues se para en muchos detalles triviales, en lugar de encontrar un enfoque y extenderse desde él.

Falta de crítica veraz
Buenas ideas desperdiciadas en favor de una narración unidimensional. Es llamativo cómo el guion pasa por elementos críticos muy de puntillas, como una bailarina de ballet clásico. Sobre todo, porque Francia tiene una historia de colonización sórdida que dividió naciones y destruyó familias; ese es un material más que sensible y potente para el análisis cinematográfico y debería haberse manejado con más verismo, sensibilidad e incluso mordacidad.
Película, en fin, que toca conceptos delicados sobre un capítulo oscuro en la historia de Francia, pero que no está interesada en profundizar en ello o, mejor dicho, no se entrega a reflexionar e incluso criticar con el rigor que merecen, estas lacras del pasado colonial galo.
Vadepied abandona los argumentos que abre y establece, no las penurias y el dolor de un ejército de jóvenes secuestrados, sino más bien un cuento de un vínculo padre-hijo exagerado, algo que hemos visto docenas de veces antes y en historias más cándidas.
Incluso, aunque se filma parcialmente en Senegal con actores senegaleses que hablan fula, no se puede evitar el hecho de que Vadepied sea un francés blanco. Su libreto parece temeroso de indagar austeramente las ramificaciones de sus premisas, quedando la cosa a medias. Más bien preocupado por los matices, primando la eficiencia narrativa y visual. Como que pasaba por allí y no supo bien cómo salir, probablemente pensando en los aspectos comerciales o de aceptación social. O en las órdenes recibidas por los productores (Sy, mayormente).
Prácticamente no hay nada que distinga a estos personajes de los de cualquier otra película, y aunque Vadepied quiera que pienses que está haciendo algo único e importante, no es así.
Puede que en el futuro aparezcan películas sobre este tema modeladas por cineastas que puedan elevar esta temática tan peliaguda a un mayor nivel de análisis histórico. Pues, aunque esta pretenda ser de denuncia al colonialismo y al racismo, acaba celebrando el valor y el sacrificio de los tirailleurs senegaleses, el cuerpo colonial de infantería del ejército francés reclutado en Senegal y otras partes de África, para ir en vanguardia y poner el cuerpo nada más salir de las trincheras. O sea, carne de cañón.
Es poco convincente que converja la búsqueda del primogénito y el sentido de la guerra, pues la historia cae rendida al triunfalismo francés, que explica el éxito de este largometraje; como también podría explicar los años de prohibición en Francia de Senderos de gloria, de Stanley Kubrick.
Sólo cuando aparecen los créditos finales, el filme trae un mensaje conmovedor sobre la responsabilidad por los horrores que Francia cometió durante la guerra, reconociendo a los soldados olvidados de las colonias africanas. Para llegar a esta terrible y vergonzante conclusión, han pasado ya 109 minutos, muchos de ellos de relleno y dedicados a asuntos bastante secundarios.
Así y todo, tal vez algunos espíritus sensibles se sientan afectados por los momentos finales, a pesar de que se observan a la legua giros predecibles. Si algo impacta no es tanto el escenario, ni las tropelías de la Francia de la época o los abusos hacia la población africana. Lo que puede impactar es la angustia que expresan los ojos de Sy cuando observa en su rol de Bakary que, como senegalés, está en una guerra ajena desencadenada por otras gentes, personas de un mundo diferente al suyo, lo cual pone en peligro la vida de su amado hijo.
La película termina lamentando a los soldados africanos que murieron. A lo que se une un ejército francés que decidió que sus súbditos coloniales eran prescindibles.
Escribe Enrique Fernández Lópiz | Fotos A Contracorriente Films