Parthenope (3)

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Sorrentino y el síndrome de Stendhal

Ver una obra cinematográfica de Paolo Sorrentino es como pararse a mirar un escaparate de una marca de lujo en el que hay una planificación perfecta de los elementos expuestos, un gran trabajo de diseño previo y un deseo de provocar admiración en quien lo observa.

Porque, como ya sabíamos, Sorrentino es un buscador incansable de recursos estéticos formales —especialmente en los últimos diez años— y en esto pocas personas podrán objetar algo al respecto. Otra cosa es si el contenido de ese megalómano escaparate es o no es de nuestro agrado.

Como experto de la imagen y el sonido, Sorrentino siempre nos ofrece planos admirables, una banda sonora que permanece un tiempo en nuestras mentes, y unas secuencias con un ritmo ciertamente especial, rozando a veces incluso la coreografía de un videoclip, terreno que por cierto ha pisado mucho para las mejores firmas planetarias. E insisto, le pese a quien le pese, en filmar esos desfiles repletos de belleza, cuerpos humanos esculturales o a veces no tanto, ropas carísimas. Todo ello en un marco incomparable, o incomparablemente filmado.

También sus temas son recurrentes: amoríos frustrados, reflexiones vitales, sexo y religión que pueden o no fundirse entre ambos, las clases altas italianas, la filosofía del paso del tiempo y la cercanía de la mortalidad… Y todos suelen darse más o menos de forma conjunta casi siempre dentro de ese mito paisajístico que es la bella Italia.

Su nueva obra, ya desde su título, ya nos da pistas de que sigue por los mismos derroteros. Parthenope era una sirena de la mitología griega que dio nombre a una ciudad situada en el lugar donde posteriormente se asentó Nápoles. Es a esta ciudad a la que el realizador dedica la obra, al igual que sucedía con su anterior filme Fue la mano de Dios (2021).

En esta última, Sorrentino nos hablaba de su propia historia vital y del desarrollo cronológico de sus familiares. Nos atreveríamos a decir que, al relatar su infancia, su estilo fue menos fastuoso que de costumbre y dotó al largometraje de una sencillez que no le restaba ni un ápice de lindura al asunto. Ahora, con Parthenope, Sorrentino vuelve a dejarse llevar por un megalómano síndrome de Stendhal en el que el barroquismo y la sublimidad vuelven a eclipsar la mente del observador.

Una nueva gran belleza

Parthenope es el nombre que también recibe la protagonista de esta nueva odisea del realizador italiano, una suerte de anti-heroína bellísima que disfrutará de las mieles de la juventud, pero también será conocedora de su reverso más oscuro, con un hecho que marcará sus días venideros. A través de sus ojos, de sus manos y de su rostro, asistimos a un magma de secuencias y personajes impresionistas que transitarán por su vida de manera fugaz, pero que ayudarán a forjar el camino vital de la joven.

Podríamos decir que esta obra sería una especie de hermana segunda de la que fuera su gran obra, La gran belleza. Si ahora volvemos a decir todos los tópicos argumentales de Sorrentino que antes hemos enumerado brevemente, Parthenope encaja con todos ellos. Porque se trata de una nueva Gran Belleza, pero por primera vez en la carrera del director, con un personaje femenino que nos guía a través de los años.

Como en aquella película, esta se encuentra desprovista de las unidades canónicas aristotélicas de la narrativa: planteamiento, nudo y desenlace. Aunque después de un soberbio primer acto, sí podríamos decir que existe una razón para el desarrollo deslavazado de su segundo tiempo. Lo que vemos después de una primera mitad arrebatadoramente inspiradora es un devenir de secuencias que puede parecer que pequen de liviandad, un ir y venir sin motivo aparente.

Sorrentino decide, quizás aquí más que nunca, dejarnos a una suerte de camino onírico de descubrimiento y de madurez de la muchacha; nos deja sin pistas, sin asas donde poder agarrarnos. Pero lo hace de manera absolutamente consciente. No en vano, cerraremos la película sin poder saber quién es verdaderamente Parthenope, o lo que piensa o siente la muchacha. Porque ella es, durante las dos horas y cuarto que dura la obra, un enigma irresoluble, un misterio envuelto de belleza y melancolía abocada a una vida solitaria.

La que entiende Sorrentino es la belleza de la vida, pero también del cine y del arte.

La cámara juega a ofrecernos virtuosos planos, parajes de ensueño, momentos de delirio artístico en incluso fantástico; y a brindarnos unas interpretaciones notables en su conjunto. En definitiva, a conquistarnos el corazón con veleidades que, a su vez, y valga la contradicción, resultan profundamente inspiradoras. Porque cada elemento y personaje parecen querer decirnos algo que se nos escapa, que impactan en la vida de Parthenope sin remedio. Es como si Sorrentino anunciara temas universales a cada secuencia para dejar el trabajo al espectador de formular la tesis pertinente.

A todo esto, también nos arroja un compendio de referencias cinéfilas de tradición italiana. Porque la que entiende Sorrentino es la belleza de la vida, pero también del cine y del arte. Podemos entrever a Visconti, Fellini, Bertolucci, a grandes clásicos de la comedia cinematográfica de su país, pero siempre escribiendo con una caligrafía propia admirable.

Entendemos que tenga sus detractores, porque su obra usualmente no resuena de manera lineal o narrativa, sino que resuena con las emociones. Sorrentino entiende lo que debería ser la gran belleza… del cine.

Escribe Ferran Ramírez | Fotos BTeam

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