El enemigo público (The public enemy, 1931), de William A. Wellman

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Gran noir de Wellman de la mano de un sensacional Cagney

Referir esta estupenda obra ante los aficionados, esta película magnífica de William Wellman, sin dura hará recordar algunas secuencias clave. Como cuando James Cagney, como el volátil gánster Tom Powers, le restriega un pomelo en la cara a su novia Kitty (Mae Clarke); o cuando cae bajo la lluvia torrencial tras recibir un disparo.

Pero el mejor momento del filme es cuando los gánsteres de Chicago Tom Powers (Cagney en una actuación principal de su carrera) y su compañero, Matt Doyle (Edward Woods), se enteran de que uno de los suyos ha muerto, no a manos de un gánster rival, sino al ser arrojado por su caballo. Powers y Doyle entran al establo con furia contenida, uno no puede de creer que vayan a matar al caballo, y sin embargo lo hacen, a sangre fría.

En una película que comienza y termina con mensajes grandilocuentes sobre la maldad que los delincuentes infligen a la sociedad, probablemente esto se pretendía originalmente para ilustrar la inhumanidad de estos sujetos, aunque no se puede negar su humor negro intrínseco.

Así que, dejando a un lado la moralización impuesta por el estudio, esta película tiene un sentido del humor travieso —véase la escena en la que un mercero adulador le palpa el bíceps a Cagney mientras le toma las medidas para un traje— que compensa una trama a veces insípida.

Gran parte del thriller de William Wellman ha caído en cierto olvido, debido a la proliferación de medios y a la devaluación del cine clásico. Aunque Los Soprano le dio una segunda vida a la película en un episodio donde el gánster Tony Soprano llora la muerte de su madre, una maestra de la manipulación incapaz de corresponder al amor de su hijo, lo que parece mirar esta cinta, cuyo amor del protagonista por su madre (Beryl Mercer) es plenamente correspondido.

Esa, se me ocurre, fue la mayor aproximación de El enemigo público a un reverdecer cultural, lo cual resulta extraño, considerando que estamos ante una de las fuentes de un género que aún perdura, y que cuenta con el valor principal de un éxito que fue impulsado, principalmente, por el carisma de su protagonista: Cagney, ejemplo de gánster y mafioso como pocos.

Película fascinante de William A. Wellman que, como otras rodadas entre el final del cine mudo y los primeros años del sonoro, utiliza la música y los efectos de audio con moderación e imaginación, y que no sobrecarga al público con detalles excesivos.

Se oye y se ve lo que se necesita oír y ver, y la experiencia de ver y escuchar esta obra tiene un efecto meditativo, con una complejidad visual y sonora que caracterizaría con el tiempo al cine contemporáneo.

El ruido del tráfico, los disparos, el sonido de pasos apresurados, la lluvia torrencial, los silbatos y sirenas de la policía, y los ocasionales silencios prolongados, todo ello se integra a la perfección con los sinuosos planos secuencia que siguen al joven Tom y a su mejor amigo Matt mientras corretean por la ciudad intentando ganarse el favor del jefe de la banda local, Putty Nose (Murray Kinnell).

Powers y Doyle son grandes amigos desde la infancia, crecieron como pequeños delincuentes en los concurridos barrios marginales de Chicago a principios del siglo XX y se adentraron en el crimen organizado una vez que la mafia local recibió el dulce regalo de la Ley Seca.

El director Wellman aporta una perspectiva sociológica a su retrato del medio, utilizando antiguas imágenes de noticiarios de la ciudad, marcando cuidadosamente el paso de los años y prestando mucha atención a los detalles del entorno obrero irlandés de los personajes.

La historia tiene un arco narrativo claro, siguiendo a Powers y Doyle desde el club social donde los chicos del barrio cometían extraños delitos para el personaje local, Putty Nose, hasta su primera relación con el incipiente contrabandista Paddy Ryan, pasando por su vida de lujos como gánsteres elegantemente vestidos.

De ahí al enfrentamiento final donde Powers irrumpe en el cuartel general enemigo (una toma merecidamente famosa en la que prácticamente entra solo la cámara), con un revólver en cada mano y la mirada asesina en el rostro. Ello en una trama de ascenso y caída del personaje.

E igual las escenas que siguen a un Tom algo mayor, que se deja llevar por la arrogancia a medida que acumula poder y número de muertos sobre sus espaldas, que se enfrenta a su hermano Mike (Donald Cook), un veterano de la Primera Guerra Mundial y un ciudadano de principios.  

PUBLIC ENEMY, James Cagney, Edward Woods, Robert Emmett O’Connor, 1931

Puede que el guion de Harvey Tew (novela de Kubec Glasmon y John Bright) flojee algo, no es tan sólido como en otras películas de gánsteres protagonizadas por Cagney. Con sus 81 minutos de duración, divaga un poco, y las escenas no siempre tienen una conexión lógica ni psicológica con las demás. Buena la música de David Mendoza y la fotografía de Dev Jennings.

Este extremo se debe en parte a que la historia es bastante simple y a veces, los énfasis no son los adecuados. La larga secuencia inicial, por ejemplo, está repleta de momentos notables de dirección y actuación, pero no prepara el terreno para el resto de la película como debería. 

La implacable intensidad de la interpretación de Cagney como tipo duro plantea una serie de problemas, aunque, ciertamente, son del tipo que cualquier película comercial desea tener.

Cagney, que comienza de manera notable en cuanto a rudeza, va en aumento. No hay duda de que Tom va a llegar a la cima del mundo del hampa y que luego desaparecerá, porque eso es lo que sucede en películas como esta; pero su oscuro carisma eclipsa de manera decisiva a todos los demás personajes —incluso a su hermano, que es un aguafiestas y a Putty Nose, que parece demasiado afable y razonable como jefe del crimen local—.

Da la sensación de que realmente no hay otros personajes, excepción hecha de la madre de Tom, que ama a sus dos hijos incondicionalmente, como las buenas madres.

Incluso cuando Cagney escucha y comparte a otros personajes, él está mucho más vivo que cualquiera con quien comparte pantalla, por lo que es imposible tomar a sus adversarios como amenazas creíbles. Cagney tiene poder sobre los otros, que a su lado parecen tigres de papel.

Es innegable la trascendencia de este filme como punto de partida de todo un (sub) género, el de la mafia y los gánsteres

Cagney, además, tiene mirada perversa y tan desafiante que perfora la pantalla. Se entiende por qué el público enloqueció con Cagney: no parece fingir ser peligroso, sino serlo de verdad, como un exconvicto que salió de la cárcel, tomó un par de clases de actuación y se convirtió en una estrella de cine porque no fingía nada. Pero sí lo hacía, claro: actuaba de manera genial y convincente.

Esas cualidades siguen presentes con tanta fuerza que eclipsan los aspectos más flojos de la cinta. Estos últimos incluyen cierto tedio en cualquier escena que no se centre en Tom, y una actitud predecible (para la época) de quererlo todo con respecto a la criminalidad, ejemplificada en el rótulo inicial, que hace que esta película suene más como análisis moralizante de un problema social lamentable, que como la emocionante historia de un gánster ambicioso pero limitado que prosperó hasta que se le acabó la suerte.

Es innegable la trascendencia de este filme como punto de partida de todo un (sub) género, el de la mafia y los gánsteres, que ha recurrido a lo largo de los años a la película de Wellman para fijar unos puntos comunes que hoy nos son conocidos.

Desde el inmediato Tony Camonte, pasando por el icónico Tony Montana, el omnipresente Vito Corleone, hasta el más reciente Nucky Thopmson, todos beben de la cinta protagonizada por un novato (sublime): James Cagney.

También pone los cimientos del noir, cuya popularidad explotaría durante la década siguiente. Y aunque la sombra de esta obra es alargada, no es tan tupida como para ocultar el paso del tiempo. Acostumbrados ya a tantísimas películas que versan sobre lo mismo, casi un siglo después esta, pionera, eso sí, se siente algo inocente e incluso simplona.

Pero Wellman, no obstante, demuestra recursos notables detrás de la cámara y deja escenas inolvidables –final incluido–. Asimismo, la película mantiene su presencia en el imaginario de los aficionados, gracias a la sonrisa insinuante y la mirada penetrante de Cagney.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

Una de las escenas míticas de la película… Jimmy Cagney sabía cómo tratar a una dama