Fallida, grandilocuente y pésimo reparto

Michael Cimino, director de El cazador, adapta una de las novelas de Mario Puzo, autor de El padrino, que relata la historia de Giuliano, un bandido que intenta liberar Sicilia de la corrupción del gobierno de Roma y de la Mafia.
El egocéntrico bandido Salvatore Giuliano combate contra la Iglesia, la mafia y la aristocracia. Roba a los terratenientes conservadores ricos para dárselo a los pobres, quienes a su vez lo honran como su salvador. Especie de Robin Hood o Curro Jiménez siciliano, lo cual deviene parodia o sainete, sin más.
A medida que su popularidad crece, también lo hace su ego, tanto que incluso llega a pensar que está por encima de todo. El fin de ser benefactor de los pobres es liderar un movimiento populista por la independencia de Sicilia, rescatarla de la corrupción del gobierno de Roma y de la mafia.
Melodrama ocre
Estamos ante un melodrama gris, macilento, melancólico y completamente confuso sobre hombres que se creen dioses cuando en realidad solo son meros padrinos, alcaldes o pequeños capos de medio pelo.
Se desarrolla la historia en Sicilia tras la Segunda Guerra Mundial, cuando Salvatore Giuliano, un joven pertinaz e intransigente, se propone poner en marcha un movimiento de rebeldes, luchadores por la reforma agraria y para poner fin al dominio de la mafia.
Es obvio que Giuliano fracasa, lo cual no puede ser de otro modo pues El Padrino II, rodada en 1973, no se habría podido filmar. Lo que sí ocurre es que su leal grupo, hombres en las montañas de la escarpada Sicilia, preocupa a los capos, a la Iglesia y al Estado.
Ello en una Sicilia donde los «mandamás» son justamente los políticos, la mafia y la iglesia, esta última dirigida por un típico cardenal. Estos tres poderes suelen reunirse a menudo para dar solución a sus problemas, que no son pocos.
Escenas gloriosas
En la película hay escenas que son memorables (incluso risibles). Como la inicial, donde el joven héroe (Christopher Lambert) irrumpe en el patio del conde, la policía pisándole los talones, y con la habilidad de un cowboy monta un caballo al estilo Llanero Solitario saltando por encima de las nalgas del equino, y subiéndose a la silla de un tirón. No le pega a un siciliano.
Mientras el caballo relincha y se encabrita, los ojos del héroe se cruzan con los de una bella mujer en un balcón, ella casi en paños menores, por lo que hay un intercambio de primeros planos muy significados antes de salir al galope en medio de una lluvia de disparos. No deja de tener su gracia que en medio de la balacera tenga tiempo Giulano para expandir su líbido.
Otra escena es fruto del director de fotografía, Alex Thomson, que sin duda dota a la cinta de un estilo visual impactante (lo cortés no quita lo valiente), aunque a veces incluso excesivo. Es cuando la duquesa Camilla (Barbara Sukowa, más bella que actriz) camina hacia su baño quitándose su ropa, la cámara la sigue a toda velocidad. Luego, retrocede y sigue a la criada que recoge la ropa que va tirando al suelo la Sukowa, como si alguna prenda se hubiera enganchado en algún sitio.
Y otra puede ser cuando Giuliano entra con audacia a robar a la habitación de Camila: «Así que eres un bandido», dice la duquesa. «Y como todo siciliano, lo que quieres es ir a Estados Unidos y abrir una pizzería en Nueva Jersey». Para caerse.

Reparto medio/bajo
Hay otras varias escenas similares, en parte debido a la ausencia de carisma de un Christopher Lambert grisáceo, en el rol principal. Un actor que carece de chispa, personalidad, atractivo para la cámara e ingenio. No lo podemos imaginar como líder de masas y menos como ídolo de culto. Para colmo, es Lambert el señor de los sicilianos, un mesías autoproclamado que quiere entregar las tierras de su país a los pobres. Pero no es actor para ese tallaje.
El resto del reparto es de más o menos. Tenemos las energías desperdiciadas de John Turturro como Aspanu, el secuaz de Giuliano; Joss Ackland bien como don Masino Croce, uno de los grandes capos de la mafia siciliana, quien se refiere a él, bien como su hijo o como el hijo que nunca tuvo, un pez gordo que hace lo imposible por proteger a Giuliano del gobierno italiano.
Barbara Sukowa, más bella que actriz; Giulia Boschi, se luce poco; Ray McAnally, el ministro Trezza, empeñado en matar al bandido; Aldo Ray, pasable; y Terrence Stamp como el príncipe Borsa de Sicilia, una figura en gran medida irrelevante que se pasea con un paraguas y acento británico, diciéndole a Giuliano lo «fascinante» que es.
Composición visual
La película dirigida por Michael Cimino prosigue con ese vicio de convertir cada película que dirige en una aproximación al desastre. Filme que parece futo de meditaciones turbias, vagas y apenas visibles en contraluz, en las que Cimino parece querer esconder la identidad de sus personajes.
La composición visual de Cimino es uno de sus puntos fuertes. Bellas tomas de hombres con rifles salpicando el paisaje, y Sicilia luciendo preciosa con sus cultivos dorados bañados por la luz del sol de la tarde. Sin embargo, el resto prácticamente eclipsa la belleza.
De otra parte, al ser película oscura y tono mate, en interiores no se visiona bien la imagen. Primeros planos oscuros e indistintos. Fondos sobreexpuestos y descoloridos. El personal mayormente en penumbra. En ocasiones, incluso los paisajes parecen difuminados.
La cuestión es que con frecuencia no podemos estar seguros de qué personajes están en pantalla. Para más, ello se agrava por el uso de voces en planos generales y a contraluz, lo que nos lleva a preguntarnos quién está hablando. Incluso, si nos fijamos, podemos ver a un personaje hablando con la boca cerrada.

Entre el wéstern y la lucha de clases
Vemos en pantalla una Sicilia con cierto aire de wéstern, con terratenientes explotadores, y mafiosos y gente armada por todas partes. A veces los hombres armados emergen de piedras y colinas y parecen los sioux de las clásicas obras del far west.
Para más, también nos habla de la típica revolución del pobre contra el rico. Incluso, oh milagro, el gran capo Croce cree que el movimiento que el joven encabeza, de masas, claro, es beneficioso para todos. Revolución igualitaria, sin ideología, pero colectivista, a ver… parece más cine «político» que otra cosa.
Mas quiere la mala hiel abundante esta forma de revoluciones que la traición y el anticomunismo furibundo trunquen el sueño del capo, y que muchas personas sean asesinadas de diversas formas y por motivos inconfesables. Una vez muertas, a esas personas se les coloca un papel de solapa con el mensaje: «Así mueren los enemigos de Giuliano».
Grandilocuencia
Y toda esta parafernalia y grandilocuencia fluye a merced de una trama que se toma tan en serio a la Mafia, Sicilia y los gánsteres, que parece una obra de Dante. El mal se confunde con el bien y a pequeños e insignificantes hombres se les atribuye una potente carga moral.
Esta película se toma tan en serio a sí misma que al final resulta frustrante la incapacidad de los personajes para disfrutar de la vida y ser razonablemente felices. Hay una demasía de severidad colectiva.

Cierre
Quiero recordar aquí que en 1980 Cimino dirigió La puerta del cielo, ejemplo del fracaso de una productora, pues recaudó en taquilla apenas tres millones y medio de dólares, muy por debajo de los 35 millones que costó. La consecuencia es que hundió a la potente productora United Artists, que fue comprada por la Metro-Goldwyn-Mayer.
En lo que a mí respecta, y no soy único, esta película me gustó cuando la vi en su estreno. Pero era una cinta revisionista que definió a EE. UU. no como un país acogedor y abierto a oportunidades para todos, sino racista y que no quería inmigrantes en su supuesta tierra de promisión. Fue un western bellamente rodado.
Cimino fue considerado, a partir de este «desastre», una especie de apestado. Cuando ocasionalmente se le permitió dirigir, su delirio y ambición excesiva estropearon cada oportunidad.
Los defectos son muchos y diversos. De una parte, la elección de un pésimo Lambert y un reparto desafortunado, como ya he señalado. Música extradiegética, ajena a la trama y redundante. Por otra parte, al parecer se falsea notoriamente la historia de Giuliano.
Le sigue un montaje burdo y nada venturoso, junto a una escenografía enfática y excesiva, poca tensión dramática, escenas que ruborizan (ya he comentado algunas), y un relato que se hace pesado e, incluso, previsible.
En suma, no faltan los fallos en esta bonita postal siciliana. Entonces, más vale no emplearse a fondo. Como reza el dicho, no hay que hacer leña del árbol caído. Pero como estamos con el tema mafia, creo obligado decir, que de mis lecturas y visionado de películas sobre el tema, que Cimino en esta cinta ofrece una falsa imagen de la mafia siciliana.
Escribe Enrique Fernández Lópiz
