Wilson Fisk, alias Kingpin: el capo definitivo

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La mafia en el universo de los superhéroes salta a la pantalla

Decía el filósofo Albert Camus que «todo hombre inteligente sueña con ser un gánster que reina sobre la sociedad a través de la violencia». La fascinación por el mundo de la mafia en el cine y la televisión no es una coincidencia; estas películas y series dan visibilidad a ese anhelo oculto.

Desde tiempos inmemoriales, el ser humano ha fantaseado con la idea de dar rienda suelta a su lado más oscuro. La pertenencia a un grupo transgresor que quebranta el orden establecido en beneficio propio es un «pecado» inconfesable que habita en más de uno.

Antes de que producciones tan míticas como El padrino, Uno de los nuestros o Los Soprano recibieran la bendición de la crítica y el público, el mundo del cómic ya había explorado hábilmente el género. Había elevado la figura romántica del mafioso a un nivel que, con el tiempo, serviría de base para el desarrollo de numerosos referentes culturales.

Si tuviéramos que concentrar todo ese poder embriagador de la mafia en un precursor de muchos personajes posteriores, esa figura sería, sin duda, Wilson Fisk, alias Kingpin. El gran villano de Marvel posee una fuerza narrativa, un poder mediático y una fascinación que atraen a públicos muy diversos.

Todo ello lo ha llevado a representar el crimen organizado de forma magistral, convirtiéndose en un estandarte no solo en las viñetas, sino también en su salto a las series y al cine.

¿Pero quién es Kingpin?

Kingpin es el apodo por el que se conoce a Wilson Fisk. El término tiene una procedencia curiosa, ya que proviene del mundo de los bolos, donde kingpin es la pieza central sobre la que giran las demás. A partir de esta metáfora, el apelativo se trasladó al mundo de la mafia para designar al capo o líder en torno al cual orbita toda la actividad delictiva.

Wilson Fisk nació de la mano de Stan Lee —considerado por muchos la figura más importante y revolucionaria de la historia moderna del cómic— en colaboración con el dibujante John Romita Sr. El personaje hizo su primera aparición en 1967.

Este dato es relevante, ya que la psicología del mafioso moderno, tal y como la conocemos a partir de la icónica El padrino (1972), ya estaba presente cinco años antes en las viñetas de Marvel.

Por lo tanto, aunque no pueda afirmarse una influencia directa, sí resulta evidente que Kingpin anticipó muchos de los rasgos que el cine terminaría consolidando en el imaginario colectivo. La estética y la construcción de los grandes jefes criminales, como Don Vito Corleone, comparten más elementos de lo que podría parecer a simple vista con la figura creada por Lee y Romita.

Fisk no posee poderes sobrenaturales, pero su intelecto, su imponente aspecto físico y su férrea determinación lo han convertido en uno de los personajes más influyentes del universo Marvel. Kingpin es un coloso de más de dos metros de altura y cerca de 200 kilogramos de peso; una imponente envergadura que le permite enfrentarse a superhéroes a pesar de no contar, como se ha mencionado, con habilidades especiales.

Aunque el personaje fue concebido como un experto en distintas técnicas de combate, su verdadero punto fuerte es su inteligencia. Dotado de una mente extraordinaria, este capo mafioso ha puesto todo ese potencial al servicio de su imperio criminal.

Aunque inicialmente fue creado para ser enemigo de Spider-Man, la evolución del personaje lo llevó a convertirse en el antagonista por excelencia de otro superhéroe: el abogado ciego Daredevil. Es en ese encarnizado enfrentamiento donde el personaje ha alcanzado sus mayores cotas de complejidad.

Michael Clarke Duncan fue el primer Kingpin en el cine

El salto a la gran pantalla

En 2003, el magnetismo que despierta la rivalidad entre ambos personajes los llevó a debutar juntos en la gran pantalla. De la mano del director Mark Steven Johnson, la película estuvo protagonizada por Ben Affleck como Matt Murdock/Daredevil y contó con Michael Clarke Duncan en el papel de Wilson Fisk/Kingpin.

Al elenco lo acompañaban Jennifer Garner como Elektra, aliada del héroe, y un joven Colin Farrell como Bullseye, el letal brazo ejecutor de Fisk.

El filme no funcionó todo lo bien que se esperaba entre la crítica y el público. Unos efectos especiales rudimentarios, unas interpretaciones duramente cuestionadas por la prensa especializada y un casting discutido —sobre todo en lo referente a Kingpin— condujeron al ostracismo a una cinta que ha quedado relegada al olvido con el paso del tiempo.

Para interpretar al capo mafioso fue elegido Michael Clarke Duncan. El actor venía precedido por su extraordinaria actuación en La milla verde (1999), que le valió una nominación al Oscar. Sin embargo, pese a su indudable talento, su interpretación del coloso criminal no terminó de funcionar.

La película limitó considerablemente su tiempo en pantalla y, en ningún momento, priorizó su dimensión como gran capo del crimen organizado. El personaje acabó funcionando más como un «jefe final» de videojuego, donde se priorizaba su imponente presencia física por encima de cualquier conexión con la compleja red de extorsión, corrupción y crimen que define al hampa estadounidense.

Otro aspecto que generó controversia —mucho antes de que se popularizara el término woke— fue la elección de un actor afroamericano para interpretar a un personaje cuyo aspecto físico está profundamente definido en el imaginario del cómic.

Kingpin es representado tradicionalmente como un hombre blanco, calvo y de complexión gigantesca, y este cambio no fue bien recibido por una parte de los aficionados, pese al talento y el carisma de Michael Clarke Duncan.

Pese a todo lo negativo, la cinta fue precursora de las adaptaciones cinematográficas de superhéroes que, a la postre, darían tantos beneficios y alegrías a la multinacional Marvel. Además, sería la semilla para la explotación total de un universo creativo que parece no tener techo.

Para este especial sobre la mafia que nos ocupa, esta película también resulta iniciática en la adaptación de «nuestro» gran capo mafioso, Kingpin, al mundo audiovisual. Sin embargo, no sería hasta la nueva reinterpretación del personaje en la serie de televisión Daredevil (Netflix, 2015; Disney+, 2022) cuando alcanzaría su máximo esplendor y mostraría la auténtica magnitud de los claroscuros que puede ofrecer una personalidad tan ambigua.

La erótica del poder corrupto

En 2015 se estrenó, bajo el sello de Netflix, la serie Daredevil. En el papel del héroe ciego fue escogido el actor británico Charlie Cox y, para dar vida a su antagonista, se contó con Vincent D’Onofrio. Es en esta adaptación donde el patrón mafioso brilla con más fuerza que nunca.

Si bien anteriormente habíamos señalado el gran calado inspirador que tuvo la creación del personaje en los cómics para posteriores películas sobre la mafia, esta vez el Kingpin de D’Onofrio recorre el camino opuesto, y las cualidades que lo caracterizan están inspiradas en el mejor Marlon Brando de El padrino.

Recursos interpretativos tan característicos como la voz susurrante del mafioso, con un tono pausado, tímido, casi ahogado, que explota en un huracán de ira en momentos clave, o la compleja psique traumática que arrastra desde la infancia y que lo convierte en una máquina peligrosa, pero contenida en su edad adulta, son cualidades de las que se apropia este Kingpin moderno.

Pero el personaje está mucho más logrado que en trabajos anteriores. Aquí, el capo neoyorquino está construido bajo el amparo de una filantropía artística. La actividad mafiosa agranda sus tentáculos y nos muestra hasta dónde puede llegar la corrupción cuando la tapadera se sostiene incluso bajo la legitimidad de las leyes.

En este recorrido, que abarca desde las tres temporadas emitidas por Netflix hasta las actuales producciones de Disney+, Kingpin llega a controlar, bajo su yugo criminal, toda Nueva York, alcanzando su momento álgido al convertirse incluso en alcalde de la ciudad de los rascacielos.

Es este paralelismo del monstruo criminal que, desde las sombras, llega incluso a ocupar el poder político lo que fascina y, a la vez, nos hace pensar hasta dónde pueden llegar los tentáculos del crimen organizado.

La interpretación de D’Onofrio es brillante y nos transmite toda la fuerza argumental del personaje en cada escena de la que es protagonista.

Vincent d’Onofrio, de «La chaqueta metálica» a Kingpin

¿Y por qué enamora este mafioso?

Está claro que la evolución constante del personaje está hábilmente recreada. Kingpin, a pesar de ser un estandarte del mal, como ocurría con Al Capone, tiene una historia y unos demonios que lo forjan.

Wilson Fisk sufrió maltrato junto a su madre por parte de su padre, que resultó ser un delincuente menor. El odio in crescendo del criminal hacia las personas lo convierte en un ser atormentado que busca redimirse y, en paralelo, redimir a su ciudad de origen, Nueva York. Para ello, legitima cualquier actividad criminal si el objetivo final le beneficia y elimina a la chusma menor que afea su ciudad.

Fisk no se nos presenta como un ser sin alma; al contrario, en el fondo es un romántico, una faceta que se nos da a conocer cuando aparece su querida Vanessa —interpretada en la serie por Ayelet Zurer—. Es entonces cuando más conecta con el público.

Quizá despierte la misma fascinación que genera en la vida real la figura del mafioso que provee al pueblo y cuida de los suyos, y es por eso por lo que la realidad oculta y malvada del personaje resulta tan chocante cuando aflora, explota en ira y confronta con su antagonista: el héroe ciego.

Todo hombre inteligente sueña con ser un gánster

Así, con esta frase del filósofo Albert Camus, iniciamos nuestro viaje «mafioso» a través de un personaje como Wilson Fisk. Y es que, al contemplar la adaptación audiovisual del personaje de Marvel, resulta fácil comprender el atractivo que ejerce. En algún momento de nuestra vida, quizás hayamos soñado con ser un señor Fisk, pero, ojo, ¿qué precio hay que pagar por ello?

Kingpin tiene poder, controla instituciones legales, posee una inmensa fortuna y es respetado y temido por amigos y enemigos. El control corrupto y mafioso del coloso neoyorquino es tal que incluso otras organizaciones criminales, como el clan irlandés, la mafia rusa o la temida Yakuza, le respetan y obedecen, lo que demuestra el enorme alcance de su poder.

Pero, como recuerda una de las frases más célebres del universo Marvel, «un gran poder conlleva una gran responsabilidad». Y, a pesar de los cantos de sirena con los que nos seduce este turbio universo mafioso, no debemos olvidar que todo capo tiene un final trágico. Aunque, quizá, esa sea una historia que no nos corresponde a nosotros juzgar.

Con el paso de los años y adaptándose a los nuevos tiempos, el concepto de la mafia en el cine ha ido evolucionando. Y, aunque siempre se evoque la romántica época clásica del gánster de sombrero, la verdad es que la corrupción ha traspasado fronteras, alcanzando ámbitos como el poder económico y la influencia política.

Es en este nuevo terreno donde la figura de Fisk sobresale de manera imperial. Kingpin ya no es únicamente el villano antagonista del superhéroe de turno, ni siquiera un capo tradicional. El personaje, modelado por ese poder embriagador que ejerce sobre quienes le rodean, es ahora mucho más: un relevante actor político —alcalde de Nueva York— que utiliza y domina las leyes a su antojo.

Quizá esta magnífica actualización del viejo personaje del cómic explique que, décadas después de su origen, este nuevo boss del hampa siga generando admiración, respeto y atracción, convirtiéndose en uno de los rostros de la mafia de ficción más reconocibles de nuestro tiempo.

Escribe José María Morán