El delator (The informer, 1935), de John Ford

Published on:

Sobre la traición y la redención

Comienza la película con la silueta del personaje de espalda, al fondo soldados en posición de búsqueda o combate con fusiles y bayonetas caladas; de nuevo el personaje del filme con un fondo de rejas y soldados haciendo guardia en una oscura y desapacible noche; después, sombras de personas con túnicas señalando y acusando, figuras casi religiosas en penumbra, y de nuevo el personaje, siempre de espalda, con los brazos en alto.

Y luego, estas estas leyendas:

«Una noche en Dublín, arrasada por las revueltas – 1922».

«Entonces Judas se arrepintió, arrojó las treinta monedas de plata y se fue» (Mt. 27: 3).

Película dramática basada en la guerra civil irlandesa. Su productora RKO contó con un presupuesto de 240.000 dólares y recaudó 950.000 $.

Se desarrolla la historia en la Irlanda de 1922. Centra el relato una vil traición a lo Judas, una felonía entre amigos y correligionarios. En el Dublín turbulento y agitado de aquel principio del siglo XX, en plena guerra civil, cuando se luchaba por la independencia y contra los británicos, IRA por medio, vemos deambular a Gypo Nolan (Victor McLaglen), un tipejo de ebriedad permanente al que no se le conoce oficio alguno y menos, beneficio.

No tardamos en saber que ha sido expulsado del Ejército de Liberación Irlandés por no haber podido llevar a término la ejecución de un policía británico que había matado a uno de los suyos; a sangre fría no pudo matarlo, lo cual da cuenta del pobre e infeliz hombre que es Gypo. El IRA lo echó de sus filas.

En sus desvaríos etílicos su sueño principal es viajar a Estados Unidos en compañía de su novia Katie Madden (Margot Grahame), la cual se gana la vida ejerciendo la prostitución. Gypo, animado por una recompensa traidora, unas monedas que le ofrecen las autoridades «oficiales», vendrá en delatar el paradero del activista Frankie McPhillip (Ford), viejo amigo y compañero de armas.

Enorme filme sobre el perdón

Al comienzo, en pantalla vemos panorámicas de un Dublín oscuro, entre nieblas, pobre, con gente que canta y bebe, una semblanza de nocturnidad permanente (todo el relato se desarrolla en la noche). Gypo se pasea por las calles mirando el cartel pegado en la pared donde bajo la foto de su amigo Frankie se ofrecen 20 libras, con un «se busca», por denunciar su paradero.

Al poco encuentra a su novia, la prostituta que intenta ganarse la vida con un señorito rico y Gypo, con su brutalidad lo agrede y acaba revoleándolo, para desdicha de Katie que le grita con notable enojo que necesita comer y pagar el alquiler y que no tiene dinero.

Luego, ella se enternece y le dice que es el único hombre que tiene realmente y le pregunta cuál será la solución para escapar de allí, pensando en América: hace falta dinero, diez libras para ir a América y veinte para ir al mundo entero.

Es en este punto de cifras, cuando al tosco y beodo Gypo se le abren los ojos de la recompensa de veinte libras que acaba de ver en el cartel, e incluso se altera y enerva por la idea que ha lanzado la muchacha: ya empieza a rondarle la traición, y la conciencia también comienza a hacer de las suyas.

No tardará Gypo en encontrarse con el buscado Frankie en una casa de comidas. Le cuenta que anda vagando, que lo han largado de entre los suyos, que los ingleses le consideran irlandés y los irlandeses, inglés; en fin, que es un desahuciado. Pero Frankie le anima y le invita a que piense cuántas cosas hicieron juntos como equipo, él con su cerebro y aquel con sus músculos. Frankie, tras informarse si hay vigilancia, decide ir a casa de su madre y de su hermana para verlas y promete al rudo amigo que le hablará bien de él al comandante para que considere su decisión y lo reintegre de nuevo en sus filas.

Ahora ya sí, claramente y con fuerza, a Gypo, que cavila mientras come y bebe, le viene a la mente la recompensa, incluso camina a mirar en una vidriera la maqueta del barco que los podría llevar a él y a su novia a América. Mientras mira el escaparate los gestos de la culpa lo inundan y con sus manos se restriega la cara como queriendo quitarse los malos pensamientos de encima.

En sus desvaríos etílicos su sueño principal es viajar a Estados Unidos en compañía de su novia.

Pero sin remisión, cegado por una idea fija, se encamina a la oficina militar británica y restregándose la gorra por la cara, titubeante y finalmente decidido dice venir a por la recompensa de Frankie McPhillip, su amigo, el irlandés buscado, el héroe y admirado colega. El delator aparece sentado y con la cabeza gacha en la comisaría «enemiga».

No tardará mucho en que las fuerzas británicas abatan a Frankie y Gypo reciba el dinero del inglés al modo en que un traidor recibe ese tipo de cochinas monedas: con desprecio. Lo que viene es el periplo del Gypo-judas dando tumbos por la ciudad, sumido en la miseria moral y comido por su pecado persecutorio y tirano: los diablos interiores le acosan. Incluso en un alarde de patán cínico visita a la desconsolada madre del amigo y le da dinero. Ante antiguos correligionarios se muestra agresivo, suspicaz y de comportamiento y rudeza que rápidamente levanta las sospechas y las alarmas de los miembros del IRA.

En las escenas que siguen, el rey Gypo, el paladín de la libertad, invita a todos los parroquianos a pescado y bebida sin coto. Necesita descargarse del dinero del delito, de la gran culpa y traición que lo come por dentro. Gastará las libras en güisqui. Sobre todo, cuando visita una casa de alto copete donde acabará liquidando su fortuna. Los perseguidores, que le siguen, van contando el dinero que despilfarra y observan que es justamente el dinero del rescate, las malditas 20 libras.

Los miembros de la armada republicana acaban llevándose a Gypo fuera de la indecente fiesta para que se cumpla la justicia de los compañeros de armas, de los liberacionistas irlandeses. Hay que liquidarlo para preservar la integridad y seguridad del comando. Aunque Katie intenta ayudarlo, no lo consigue: se ha delatado. En un juicio, en una especie de sótano con Mary, hermana, y los colegas del IRA, se dicta sentencia.

En el medio está el drama de la madre y la hermana de Frankie, y su novio, dirigente principal del IRA que ha prometido encontrar al delator y encargarse de él.

Gypo es encerrado, pero consigue huir disparando, hiriendo a miembros del IRA, hasta llegar a casa de Katie donde le cuenta lo que ha hecho por ella, la cual exclama perpleja: «¡Que Dios te perdone!». Y acaba dándole algo de consuelo e incluso le dice que siempre lo querrá, porque no sabe lo que ha hecho.

McLaglen lo hace más que bien como el delator-judas que, tras su delito, se convierte en un hombre que busca redención.

Muy interesante filme de Ford que fue rodado en apenas tres semanas con un exiguo presupuesto. Una obra premiada nada menos que con 4 Oscar: director (Ford), actor (McLaglen), guion (Dudley Nichols) y la música de Max Steiner. 

Es una maravilla de película. Nuestro gran director hace una alegoría de la historia de Judas, el apóstol traidor que vendió a Cristo por unas monedas.

Si es genial la dirección de John Ford, no lo es menos el guion de Dudley Nichols, adaptando una obra del revolucionario novelista y cuentista irlandés, primo de Ford, Liam O’Flaherty (que participó activamente en la lucha por la independencia de Irlanda), The Informer (1925), el año que recibió el James Tait Black Memorial Prize, uno de los premios literarios más antiguos de Gran Bretaña, concedidos por la Universidad de Edimburgo.

Como decía, música importante del compositor de origen húngaro Max Steiner, composición acompañada por los orquestadores Maurice De Packh y Bernhard Kaun, de la que saldría la canción Heaven, candidata al Oscar también. Y una gran fotografía de Joseph H. August (B&W) de corte expresionista.

El reparto es de lujo, con un Victor McLaglen como intérprete (el hermano de la novia en la película El hombre tranquilo, Ford, 1952), cuyo Gypo es toda una lección de trabajo interpretativo que hace más que creíble al rudo personaje. Destacan también, como actriz principal la inglesa Heather Angel, sensacional como Mary McPhillip; y como actores de reparto, Preston Fostern (Dan Gallager) y Wallace Ford (Frankie McPhillip), acompañados por Margot Grahame, estupenda como como Katie Maden.

Acompaña un coro de excelencia con actrices y actores como O’Connor (Sra. McPhillip), J. M. Kerrigan (Terry), Neill Fitzgerald (Tommy Connor), Donald Meek (Peter Mulligan) o Francis Ford («Juez» Flynn), entre otros.

Ford consigue una obra de elevado nivel, bien enfocada desde sus valores estéticos, actorales, de realización, puesta en escena y montaje. Un acertadísimo perfil de personajes, todos ellos embarcados en una aventura solvente y moral.

McLaglen lo hace más que bien como el delator-judas que, tras su delito, se convierte en un hombre que busca redención a la vez que se cumple el dicho de: «Excusatio non petita, accusatio manifesta»; lo que en castellano seria: excusa no demandada, acusación manifiesta. Su tormento interior lo delata.

Una obra que se desarrolla circularmente, un relato oscuro que intercambia los papeles de los personajes con cada soplo de niebla en Dublín.

Ford logra una puesta en escena sombría e incluso claustrofóbica, inspirada en Fritz Lang y otras obras germanas de los años 20. Con esta película, los EE. UU. se benefició de la gran labor que tantos cineastas europeos llevaron a cabo en la industria hollywoodense. Filme de corte existencial que aporta datos y señales para entender la vida y para que, al fin, despierte la conciencia del hombre.

El delator es una obra que se desarrolla circularmente, un relato oscuro que intercambia los papeles de los personajes con cada soplo de niebla en Dublín. El protagonista Gypo Nolan es calificado por su novia como como un «pobre hombre ciego» que acabara viendo destapada su mentira, ni más ni menos que por otro hombre ciego, el mismo que reconoce en su voz al asesino.

Ford, simpatizante con el IRA nos ofrece una cinta marcada ideológicamente por su postura ante la realidad política irlandesa («un traidor puede destruir un ejército») y el catolicismo («para un delator es fácil jurar en nombre de Dios», «te digo que es el diablo»), y lleva a la pantalla una metáfora según la cual un rebelde irlandés es el Mesías de la nación oprimida y su amigo Gypo es reflejo del famoso traidor bíblico. Y como marca de la casa, Ford recurre a objetos comunes para convertirlos en símbolos que marcan el curso del relato.

El personaje de Gypo cala hondo, su tosquedad y a la vez su alma primaria, casi infantil, su instinto de misericordia y su ansia de ser perdonado hacen que se torne difícil condenarlo, pues incluso la madre del hombre asesinado lo perdona ante la cruz de Cristo, porque es meramente un borracho sin sentido del juicio, un hombre infeliz que deviene mártir de su propia culpa y que acaba confundiendo a su víctima, Frankie, con el Jesús crucificado a cuyos pies muere tiroteado.

Poco antes, con Gypo agonizante en la iglesia, la madre de Frankie lo perdona porque, utilizando palabras de Jesús: «No sabía lo que hacía».

Escribe Enrique Fernández Lópiz

El personaje de Gypo cala hondo, su tosquedad y a la vez su alma primaria, casi infantil, su instinto de misericordia y su ansia de ser perdonado.